10 de mayo de 2014

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El diálogo literario


El diálogo literario

El diálogo literario es una copia del discurso real, se trata de jugar con las convenciones lingüísticas de los actos de habla. El diálogo es parte esencial en la narrativa y la forma de expresión caracterizadora del teatro.

El diálogo en la narración

En la ficción literaria se suele distinguir entre el discurso del narrador y el discurso de los personajes. Tanto el hablar del narrador como el de los personajes se encuadran en un proceso marcado por convenciones conocidas por el lector. Es decir, el lector a las convenciones propias del diálogo “real” ha de sumar las propias de lo literario –por ejemplo la reproducción en estilo directo, los signos que suplen lo gestual–. La competencia del lector permitirá contrastar el valor estilístico de los diálogos contenidos en una obra. Así, en el diálogo entre Ana Ozores y Don Fermín de Pas, en el capítulo XXIV de La Regenta cuando discuten la conveniencia o no de ir al baile del Casino y el traje que la Regenta ha de llevar, el lector ha de utilizar sus conocimientos pragmáticos, conocer el universo mental en el que se sitúa el diálogo, como si se tratase de un diálogo real y no ficcional y, a la vez, situarse en la ficción para captar los valores estilísticos y el entramado de relaciones de esa ficción. Veamos el texto de Clarín.

–Pero, ¿y si él se empeña en que vaya?
–Es muy débil... si insistimos, cederá.
–¿Y si no cede, si se obstina?
–Pero, ¿por qué?
–Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy... Y nos alude... habla del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que se la gobiernan desde fuera... Y después, que la Marquesa está ya algo fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo!
–Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda con él? ¿Tan amigotes siempre?
–Ya se sabe que a casa no le lleva...
–¿Y es de etiqueta el baile?
–Creo... que sí...
–¿Hay que ir escotada?
–Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van como quieren; algunas completamente subidas.
–Nosotros iremos... subidos ¿eh?
–Sí, es claro... ¿Cuándo toca la catedral? ¿Pasado? Pues pasado iré a la capilla con el vestido que he de llevar al baile.
–¿Cómo puede ser eso?...
–Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos satisfechos.
–Así lo espero.
Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de que fuéramos al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los ojos a la celosía del confesionario, era bastante subido, no dejaba ver más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes, que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el conjunto.
Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don Víctor se empeñó «en que se fuera, y se fue».
                Leopoldo Alas “Clarín”, La Regenta,


El diálogo en la narración es un elemento más al servicio de la ficción, que hará avanzar ésta en el sentido elegido por el autor. En todo caso, siempre supone una ruptura del hilo narrativo y contribuye a imprimir un determinado ritmo al relato. Las palabras de los personajes se han de insertar en el discurso del narrador, se trata de citar las palabras de alguien, de reproducir un discurso distinto al del narrador y esto puede hacerse de distintos modos. La elección de uno u otro procedimiento de cita es ya una elección estilística y marca la distancia del narrador respecto del personaje.
Tradicionalmente se han distinguido las siguientes formas de representar el discurso de los personajes:

ESTILO DIRECTO. El que se da en aquellos discursos en los que se citan las palabras o pensamientos de los personajes de manera textual, tal y como se supone que ellos mismos los han formulado. El narrador introduce un verbum dicendi y a continuación reproduce el hablar del personaje entre comillas o con un guión, que puede ir precedido en la línea anterior de dos puntos como marcas tipográficas. También se puede prescindir de los verba dicendi, como sucede en el fragmento de La Regenta trascrito más arriba; esto suele suceder cuando está claro quiénes son los personajes que hablan.

Fíjate en el siguiente texto en el uso de las comillas y en los verbos introductorios –marcados en negrita– que, como verás, pueden ir delante o detrás de las palabras de los personajes.

Para mis padres, estas atenciones del maestro eran un honor. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos: “No hace falta, señora, yo ya voy comido”, insistía don Gregorio. Pero a la vuelta decía: “Gracias, señora, exquisita la merienda”.
“Estoy segura de que pasa necesidades”, decía mi madre por la noche.
“Los maestros no ganan lo que tendrían que ganar”, sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. “Ellos son las luces de la República”.
“¡La República, la República! ¡Ya veremos adónde va a parar la República!”.
Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia. Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero a veces los sorprendía.
“¿Qué tienes tú contra Azaña? Eso es cosa del cura, que os anda calentando la cabeza.”
“Yo voy a misa a rezar”, decía mi madre.
“Tú sí, pero el cura no.”
Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría tomarle las medidas para un traje.
“¿Un traje?”
“Don Gregorio, no lo tome a mal. Quisiera tener una atención con usted. Y yo lo que sé hacer son trajes.”
El maestro miró alrededor con desconcierto.
“Es mi oficio”, dijo mi padre con una sonrisa.
“Respeto mucho los oficios”, dijo por fin el maestro.
Manuel Rivas, La lengua de las mariposas.

ESTILO INDIRECTO. Consiste en un procedimiento por el que las frases o pensamientos de los personajes son incorporados al discurso del narrador que con sus propias palabras los resume en primera o tercera persona narrativa. Esto supone que es la perspectiva del narrador la que prevalece. Sintácticamente, del verbum dicendi depende una subordinada sustantiva que se introduce generalmente con la conjunción que. Se marcan en negrita las señales del estilo indirecto

El vagabundo –narizotas, alcohólico y trascendente– contó que se dirigía a la recogida de aceitunas, para luego seguir hacia levante, donde pensaba hacerse barquero de agua dulce. Y explicó que su idea era instalarse en la orilla de un río caudaloso y recoger todo cuanto arrastrasen las aguas, que en épocas de crecidas era mucho y de mucho valor: muebles, ropa, objetos artísticos, animales recién ahogados, electrodomésticos, relojes de pared y todo tipo de pertenencias privadas y públicas.
                                            Luis Landero, Juegos de la edad tardía

ESTILO INDIRECTO LIBRE. Esta modalidad de discurso permite reflejar, de forma convincente y vivaz, el pensamiento del personaje sin prescindir de la tercera persona del narrador. Como marcas lingüísticas de su presencia están el uso del imperfecto de indicativo, la reconversión de la persona yo en la persona él, la afectividad expresiva proporcionada por exclamaciones, interrogaciones, léxico, coloquialismos, etc., así como la ausencia introductoria de los verba dicendi. En el siguiente ejemplo se marca en negrita el discurso reproducido en estilo indirecto libre.
En torno suyo giraba la oscuridad absoluta, radical. ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esta niebla espesa, impenetrable: ¿Estaría en el limbo? Se estremeció.
Gabriel García Márquez, Ojos de perro azul
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