18 de mayo de 2014

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El viajero



Nunca nadie supo con certeza cómo llegó, ni cuándo, ni mucho menos qué sucedió aquella última noche de invierno. Sólo se sabía que habían escuchado los lugareños de una isla poco poblada unos gritos desgarradores, provenientes de niños horrorizados por una escena aterradora. La imagen viva de un hombre desplomado, aparentemente inconsciente, sobre la playa a simple vista aparentaba ser un juego infantil. Pero fue cuando los lugareños, entre ellos el médico con mayor prestigio en la isla, vieron en la costa los restos de un velero de madera. El más grande vestigio del destrozo yacía en la cumbre de una roca enorme, como estatua del peligro que implicaba navegar por esas aguas misteriosas. El médico, al ver al desafortunado y desgraciado hombre inerte, ordenó inmediatamente que lo llevaran a su consultorio improvisado.

Lo dejaron reposar en una mesa vieja y corroída por la humedad. Por las noches muchos de los lugareños aseguraban haber estado escuchando voces y susurros a raíz del encallamiento del velero. Otros más, más decididos que los primeros, determinados a escarmentar a la población, juraban absurdamente que lo habían visto caminar con la mirada perdida y sin un rumbo claro. El miedo se sembraba conforme los días en la isla transcurrían y el sueño del desgraciado hombre se incrementaba cada día más.

Fue un día casual, como el mismo día en el que el hombre había encallado, que éste había recuperado la conciencia. Se había despertado entre jadeos y el sudor había empapado su camisa mugrienta y hedionda. La barba le había poblado durante esos días y ahora parecía un náufrago.

Tomó del cuello de la camisa al médico y lo azotó a la pared con una mirada amenazadora y con unos gemidos amortiguados apenas por el estruendo del forcejeo de ambos.

—¡Sé dónde está tu velero, sé dónde está, te he ayudado! —exclamó el médico, alarmado ante la idea de ser asesinado por aquel hombre. Éste lo soltó de inmediato cuando mencionó el velero.

Asintió con despreocupación y comenzó a observar a su alrededor. El médico le ordenó a su hija, la más agraciada de la isla, que llevara al desgraciado hombre a ver los restos de su velero. Ella aceptó, conmovida por el hecho de acompañar a quien había sido el tema de conversación durante la semana.

El camino fue arduo y tardado. El hombre difícilmente se podía mantener en pie pero hacía un esfuerzo enorme, conteniéndose con más gemidos casi silenciosos. El cabello largo y la barba descuidada y sin afeitar le confería un aspecto maleante que atemorizaba a los infantes que jugaban en la costa.

Cuando ambos llegaron al lugar donde se creía que había sido visto por última vez el velero, el hombre quedó emocionalmente destrozado. Las lágrimas rodaban por sus mejillas resecas, humedeciendo apenas éstas. Se había hincado y había alzado los brazos al cielo, murmurando cosas imperceptibles que Sonia, la hija del médico, interpretó como más gemidos. Se desplomó de nueva cuenta y por un momento la chica temió que fuesen sus últimos momentos y que ya no quedara más de él, pero se recuperó tan pronto como había caído y se levantó sin mediar palabra, regresando por donde habían recorrido.

La primavera había empezado y el médico tomó aquello como una señal para ayudar a su prójimo. Podía realizar cualquier trabajo conforme fue recuperando peso y masa. Lo habían afeitado y lo habían vuelto más presentable. Junto con Sonia, quien era estudiante de medicina, aprendía del médico sobre la instrumentación que tenían y los secretos de la medicina que le aguardaban. El hombre no hablaba y, cuando su barba crecía descontroladamente, se asemejaba más a un primate que a un humano. Pero el hombre sabía escuchar y entendía a la perfección de lo que le hablaban, sin poder precisamente comunicarse. Comenzó a atraer la mirada de los lugareños cuando vieron que había mejorado. Pero, lo que el médico y Sonia sabían, era que nunca debían mencionarle el velero, hundido en la costa no tan profunda, estancado en aquella cumbre rocosa, cuya imagen a Sonia nunca se le podría borrar.

La isla prosperaba y el segundo invierno llegaba. Para ese entonces, el desgraciado se había llamado el Viajero. Había cosechado fama y hasta en ciertas ocasiones curaba a pacientes que tenían problemas relativamente sencillos. El reconocimiento le había llegado mediante largo tiempo de instrucción. Pero el invierno había traído frío a su corazón, mientras el calor de un hogar intentaba contrarrestar en vano y sin éxito, la gélida sensación de vacío en su corazón. Parecía que las fechas le traían varios recuerdos inminentes de su aparente naufragio. Durante ese año, sólo había logrado el médico sacar conjeturas de lo que pudo haber ocurrido. Ni siquiera sabían de dónde era, ni la edad que tenía. Si había dejado familia, o quizá una propiedad de fortuna. Las primeras tardes de aquel invierno, el Viajero se sentaba en la costa y suspiraba frecuentemente junto a Sonia, con la mirada perdida en el horizonte y el sentimiento divagando en él. Sonia sabía que no era feliz en aquella isla, pero no sabía cómo ayudarlo. El Viajero sabía que Sonia no se sentía bien al no poder ayudarlo.

Una noche, en la residencia del médico, el ruido seco del cerrar de una puerta apenas fue amortiguado por el rítmico sonido de las olas del mar golpeando las rocas. Habría sido imperceptible si Sonia no hubiera estado reflexionando aquella noche. Al escucharlo, se puso de pie de un brinco y salió de su hogar con apenas una prenda ligera ante la brisa gélida. No había rastro del viajero en el centro de la isla, pero Sonia sabía más o menos a dónde se dirigía. Corrió presurosa entre la arena. Su respiración era entrecortada y se agitaba más y más. La noche no ayudaba mucho a encontrarlo y parecía la neblina se había esparcido sólo en la costa. Algunas voces de niños y adultos, que inexplicablemente seguían despiertos, despertaron las voces de más y más personas, que veían únicamente correr a la chica hacia la costa. El centro de la isla no quedaría muy lejos pero el frío hacía que Sonia no pudiera correr a grandes velocidades. Cuando llegó y la neblina comenzó a impregnarse en la escena, imposibilitando todavía más su vista, se topó con la sombra del hombre, a lo lejos, expectante.

Estuvo a punto de gritarle. De verdad que lo hizo. Pero sabía que sólo lo alertaría y que posiblemente le haría daño. Se quedó parada, con la respiración jadeante, a la espera de que él descubriera por su cuenta que estaba ahí. Que lo veía irse. La neblina fue desapareciendo conforme el hombre se acercaba a la costa. Era como si ésta lo siguiera. Como si su sombra, apenas perceptible en la noche, fuese la compostura misma grisácea. La sombra se había vuelto más clara y ahora se veía la figura del hombre, ataviado con un grueso abrigo y su cabellera tan larga, que serpenteaba entre sus hombros y caía en su espalda alta. Había abierto los brazos como si fuese a abrazar a un lejano y viejo amigo. Sonreía inexplicablemente, pero lo hacía de manera sincera y enérgica, como si no hubiera sido más feliz en toda su vida que en aquel momento. Cuando el hombre volteó hacia ella, también le sonrió débilmente. Fue una sonrisa sutil, un agradecimiento cauteloso pero con un gran mensaje.

El hombre se quitó el abrigo. Sonia estuvo a punto de gritar, pero contuvo el aullido tapándose acertadamente la boca. Había un latido constante que se escuchaba a lo lejos de la sombra. Persistente, débil pero ahí, presente. Donde habría de estar el corazón del viajero, había un agujero oscuro, vacío. El latido se escuchaba a lo lejos, ahí donde la negrura abrupta consumía cualquier rastro minúsculo de luz. El hombre se acercaba al mar, y sonreía al hacerlo. Lo hacía sin nerviosismo, sin titubeos y sin una pizca de miedo. Sonia, alarmada por aquel hecho, no sabía exactamente qué hacer. Gritar sólo propiciaría la curiosidad de los pobladores y posiblemente el viajero se alejaría de una vez por todas, sin volver.

Sin mostrar apego a la isla, el viajero se sumergió en el mar mientras las olas batían su cuerpo. El latido iba perdiendo intensidad. Se hacía cada vez más débil conforme el hombre se adentraba más a las profundidades de aquella roca, hasta desaparecer en un silbido del aire, en un suspiro del cielo y en un sollozo del mar.

Sonia regresó a su hogar y no medió palabra. El médico descubrió que su pupilo había partido pasado el mediodía, cuando los restos del velero habían desaparecido tras haber permanecido un año. Nadie se pudo explicar a ciencia cierta qué era lo que había ocurrido y nadie habría sospechado de Sonia porque ésta en ningún momento mostró interés en el tema. Se mantuvo silenciosa, sin despertar la sospecha de su padre, que posiblemente caería en crisis al enterarse que fue la última en verlo partir y no hizo nada para impedirlo.

Pero la chica sí sabía qué había ocurrido. Era un hecho que pocos lugareños pudieran haberse dado cuenta, porque no era simple de interpretar. Aquella última noche de invierno, hacía un poco menos de un año, el hombre había muerto. Su muerte se debía al poder que irradiaba su velero, al apego que tenía a éste. Aquella noche había cambiado todo para él al descubrir que su vida misma se había visto devorada por las olas y engullida como un bocadillo. El viajero había muerto en el preciso instante en el que su velero había sido destruido.

Nadie habría creído exactamente la teoría de Sonia, por lo que ella lo guardó en lo más profundo de su corazón. Cada noche de invierno, de cada año, el viajero resurgía del mar en la madrugada en alerta de encontrar su velero, su corazón latente. El latido de éste se presentaba durante unos instantes, y éste la veía. Le sonreía, y se volvía a sumir en las profundidades. Una búsqueda interminable que acabaría sólo cuando el viajero quisiera. Porque el viajero había dejado el corazón en su velero y era por eso que tenía aquél oscuro agujero, aquel vacío en su interior que nada ni nadie podía llenarlo. Había dejado su corazón en un velero que nunca nadie supo cómo en calló. En el que nadie, supuestamente, lo vio.

 

http://www.tomateuncafeyleeme.blogspot.mx/

4 comentarios:

  1. Lo felicito por el empeño de desarrollar una obra extensa como ésta, pero esa mísma característica hace que sea difícil mantener los tiempos, la estructura y por sobre todo la atención del lector.

    La verdad es que hace falta mucha experiencia para lograrlo. Como decía el maestro Gabo, la carpintería de todo escrito es lo más importante y lo que atrapa al lector.

    Yo también he caído en los reiterados "había" esto o aquello, o la redundancia a lo largo del texto sin usar sinónimos o alguna elegante perífrasis. O incluso he llegado a parecer un extraño escritor que elabora las frases como un traductor de texto automático, sin respetar el orden que tiene cada componente en una oración.

    El tiempo ayuda y las revisiones constantes o la lectura en voz alta frente a otros, ponen de manifiesto nuestros puntos flojos y nos permiten solucionarlos.

    He pasado por su recién nacido blog y veo muchos textos prometedores.

    Espero que mi comentario le sea de alguna utilidad.

    Un gran abrazo.

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  2. El fondo del tema me parece muy interesante. En el resto estoy de acuerdo con OPin sobre todo en lo de la extensión del texto y mucho más si tu narración vas a exponerla en Internet.
    Pero... sigue adelante y escribe y escribe y sobre todo concentra sentimientos y vivencias en pocas palabras.
    Un abrazo,
    Inma

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  3. Hola Juan Pablo! Me gustó tu relato. Los veleros y el mar unidos a las personas...Hay que vivirlo para sentirlo. Estoy de acuerdo con Inma y con OPin. Lo bueno de las leyendas es que crean una atmósfera diferente en cada persona, pero si al escribirlas nos recreamos demasiado en el propio arte de escribir, el argumento se nos pierde, y todo se vuelve negro como en el cine.

    Hace poco descubrí un truco para depurar los escritos, para aclararlos y embellecerlos con sencillez. Se trata de olvidar el texto durante unos días, no releerlo, dejar espacio en nuestra cabeza para que al volverlo a leer, al cabo de una semana o así, descubramos esas reiteraciones que no veíamos. A mí me funciona muy bien.

    Espero ayudar! Un abrazote

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  4. Excelente consejo de Jonhan. Yo hago lo mismo.

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