30 de mayo de 2014

el comentario 6 comentarios

Montevideo, Uruguay.

Fuente: elaboración propia.

Conté las hojas que habían caído en el jardín. Las conté una a una mientras el viento se las llevaba todas. Era una fría tarde de otoño y el viento soplaba con fuerza. Desvié la vista de las hojas que alborotadas sufrían al vaivén del viento, y miré al cielo. El cielo gris, de un gris monótono y brillante. Sin gracia. Ni alarmante ni desconcertante: aburrido.

— ¿Me podés mirar por favor? No puedo así sino.

Le miré aburrido como el cielo: con el mismo gris en mis ojos. Desafiante.

— Necesito terminar esto bien Martín, te lo pido por favor... no fue mi intención, vos me conocés.

— Convengamos que no, ¿verdad? Digamos abiertamente que no Florencia. «¡No!» Obviamente no te conozco.

Sus ojos llorosos ya de hace un rato miraban suplicantes, ¿piedad? No podía sostener esa mirada. Esa suplica que tocaba en lo más hondo de mi ser. No debía flaquear: «debo ser fuerte».
Así que miré nuevamente al cielo gris, pero está vez me fue imposible contener el llanto y una densa lágrima resbaló por mi mejilla. Cayó lentamente dejando tras de sí un leve ardor. Un ardor, que con propiedad puedo decir, surgía desde lo más hondo de mi alma.
En su momento no pude describirlo, no podía encontrar las palabras; aún no logro hacerlo. Era un ardor cómodo. Intolerablemente cómodo. Como si algo faltara, como si la sangre coagulara dentro de mí y lo hiciera todo más denso, espeso: intolerable. 
Podía sentir las palpitaciones en mis oídos, acompasadas al entrecortado de mi respirar. Podía sentir el estomago comprimirse y los músculos del abdomen tensarse. Podía sentir todo ese desasosiego hacerme mierda desde adentro.
Aún así solo fue una lágrima, solo una la que logró escapar, y volví a repetirme: «debo ser fuerte».

El silencio, nos separó por lo que parecieron horas. Las hojas habían vuelto a arremeter unas con otras. El viento constante, zumbaba.
Tuve la repentina necesidad de tomarla de las manos, de llorar. De llorar mientras la tomaba de las manos, de rogarle que me perdone. No importaba ya más nada, solo necesitaba volver a estar con ella. Poder mirarla, poder sonreírle, poder sentirle para que me sienta. Pero el orgullo me puede más. «El ego es un tatuaje de muerte tatuado en la frente...». Me reí por lo bajo no por la gracia: por lo desafortunado del momento. Alfonsina hace eso.

La sonrisa se diluyó en una mueca de dolor, así como el alcohol en agua; amarga, estática en mi rostro, mientras una segunda lágrima se hacía paso. Así con ella la rabia, una rabia tan honda, con tanto dolor, con tanta culpa. ¿Culpa?, ¿cómo después de todo lo que había ocurrido podía llegar a sentir esta culpa? ¿Culpa de qué? Si quedé como un completo idiota. La idea del absurdo arremetió contra mí nuevamente. Oscuros pensamientos volvieron y la angustia se hizo primera en la fila.

El silencio no se prolongó por mucho más, noté se erguía a mis espaldas y con un tono bastante seguro para el sollozo constante que había tenido por compañía, me habló:

— Me... me hubiera gustado terminar esto bien Martín, pero...

«pero...», pensé.

— Pero te entiendo. Juro que te entiendo, yo...

Sus palabras lograron desatar la tercera lágrima. Quedé a la espera. Esperaba una disculpa, algo que hiciese de todo un chiste. Pero sabía mejor que esto. Sabía demasiado como para siquiera proponérmelo realmente.
Los siguiente que escuché fue el crujir de las hojas de otoño bajo sus botas. Botas que se alejaban, con su llanto ahora más claro, más lejano. Lejos de confortarme su dolor, me atormentaba. «Llanto como cuchillas».
El ardor volvió a mi rostro, el viento seguía zumbando frente a mis oídos, pero no era ese el zumbido que me nublaba ahora. Lloré. Lloré como nunca antes lo había hecho. Lloré como si en vida, llorara mi propia muerte. Lloré y le hice justicia al desazón que me comprimía el pecho. Lloré y lloré.
El dolor afloraba con violencia, más doloroso que tenerlo dentro fue dejarlo ir. Lloré sin control; por mucho que intentara no podía controlarlo. Lloré, y entre espasmo y espasmo, sentía.


Eugene


6 comentarios:

  1. Muy buen trabajo Eugene. Una conexión con los sentimientos que siempre nos es difícil conseguir.

    Felicitaciones.

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  2. Me ha encantado tu escrito, más que todo por la representación de sentimientos masculinos que yo no sé por qué, la mayoría de las veces les gusta esconder..
    Un abrazote y saludos!!

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  3. Me gusta mucho el efecto del ritmo que marcan las lágrimas a lo largo de tu texto; primero una, dos... y al final un torrente de llanto sin control.
    Un abrazo,
    Inma

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  4. Tranquilo, hombre, que esa vuelve. Bromeo. Me ha gustado el relato.
    Saludos desde por acá.

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  5. Me encantó. El relato de un dolor que no se confiesa en su razón de ser, sino en su razón de estar. No sé por qué Martín llora, más siento su dolor como si lo comprendiera. No me interesa realmente preguntarle que es lo que realmente oculta ese dolor, que es obvio, un dolor más grande con formas específicas. Me interesa es llorar sus lágrimas porque sin saber por qué, también me duele. Mi única forma de sufrir su dolor, es sufriendo el mio. Cada palabra me transformó en Martín, para que Martín llorara. ¿O será que el paralelo de esos dos universos (el suyo y el mio) quedó entrelazado en tales palabras, para que el fuera yo y yo fuera él? No sé... solo sé, que entre espasmo y espasmo -entre palabra y palabra -, sentía.

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