12 de junio de 2014

el comentario 8 comentarios

Mestizaje


Desde el filo de un cerro, - en el cordón de las Sierras Chicas de Córdoba de la Nueva Andalucía, como la llamara al fundarla en 1573, aquel andaluz nacido en Sevilla, generoso y pacífico, Don Jerónimo Luis de Cabrera - un aborigen moreno, de mediana estatura, vistiendo una especie de camiseta larga y rústica había divisado a la mujer lavando unas ropas en el estrecho arroyo. La vegetación enmarañada, propia de los valles cordobeses, sería testigo de una de las tantas historias que comenzaron a repetirse entre los pobladores naturales de estas tierras y los colonizadores, algunos, y conquistadores otros, que llegaron desde Europa.

Todas las mañanas a la misma hora, él la contemplaba con su ojo avezado sin ser visto. Ella canturreaba en español. El nativo de barba oscura, rasgo típico de esta etnia, no alcanzaba a escucharla y de hacerlo no le entendería.
De tanta observación, llegó el día en que decidió bajar del cerro abriéndose paso entre los arbustos como un puma silencioso. Logró acercarse hasta la joven, y tácitamente la acosó desde la otra orilla del cauce angosto y cristalino.
Arriba, un cielo azul-celeste límpido donde brillaba el sol.
Abajo, una historia por iniciarse.

Siete soles habían nacido y otros siete hubieron de morir detrás de los cerros cordobeses, desde el avistaje de la mujer de pelo negro ensortijado. Para entonces, la osadía del comechingón,  apoyada en la calma de esa mujer distinta, iba en aumento.
Su piel, sus caderas redondeadas y sus pechos blancos apareciendo en el profundo escote, el que admiraba aún más, cuando ella se agachaba a meter y sacar la ropa  varias veces del agua, enardecían su sexo.

Otra semana tardó el comechingón en pisar la ansiada orilla más por indecisión que por distancia. Hacía días que rodeaba el cerro y venía por la quebrada, asegurándose de estar antes que la mujer blanca. Parado,  al descubierto, seguro, esperó casi todo el día y terminó marchándose al anochecer loco de furia. Ella no llegó.
La vigilancia desde el llano continuó a pesar de la ausencia. A la tercera jornada, el hombre cruzó a la otra orilla del arroyo y se quedó agazapado tras un cúmulo de arbustos bajos que no superaban el metro de altura, una mixtura de carquejilla, peperina y algún piquillín joven. 

Esa vez, la mujer blanca volvió con su cesta desbordante de  ropa para lavar y, conocedora del lugar palmo a palmo, lo presintió. Siguió su camino hasta el cauce de agua como si nada pasara y se dispuso a cumplir con su misión. No terminaba aún, cuando un movimiento brusco que agitó su alrededor, la sobresaltó. De repente, se sintió elevada por los aires en brazos de un ágil corredor que la condujo a la orilla de enfrente para internarse en la quebrada hasta una especie de gruta cavada en la piedra. Micaela no podía articular palabra ya que una mano fuerte le tapaba la boca. Bien sabía que los indios de la zona no cabalgaban aún y que el caballo no era conocido en estas nuevas tierras sino que había sido traído por los españoles con fines de colonización y sólo ellos los usaban.
Sus ojos negros parpadeaban incesantemente viendo traspasar matorrales, espinillos y plantas desconocidas, que parecían esfumarse en la carrera pedestre.
En la cueva, el comechingón agitado y sudoroso la acostó sobre la tierra limpia de piedras y yuyos, arrodillado a su frente se quedó mirándola. Ella no se resistió,  pero sin embargo se incorporó y valientemente le clavó sus ojos en los de él, los que para su sorpresa no inspiraban miedo. Observó su vincha tejida en lana de colores vivos y sus adornos en brazos y cuello hechos con tiras de cuero de guanaco. Una sensación agradable la recorrió. Él,  le rozó la cara y le tocó el pelo, luego la olió. Micaela siempre había escuchado a su padre defender a los pobladores de estas lejanías australes, por lo que había ganado la confianza de muchos de ellos. Le había enseñado a no temerles.
La barba negra del nativo le recordaba a su primo Miguel,  ése que vivía lejos de Córdoba, en la pampa húmeda, allá en Santa Fe de la Veracruz. Micaela hizo lo mismo que su raptor: le tocó la tez, luego su cabeza y por último, lo olió. Fue suficiente. Él la empujó hacia la tierra oscura y la poseyó sin resistencia.

Mutuamente aprendieron algunas palabras de sus respectivas lenguas y poco a poco comenzaron a comunicarse.  La gruta en el cerro, se convirtió en el hogar que no tenían.
Don Ismael Alcántara Sorallo, el padre de Micaela, fue el único que conoció el romance. Una tarde, su hija volvió del cerro vistiendo  una falda larga tejida y una camiseta corta adornada con laminillas de caracol de tierra. Salvador, como habían bautizado en secreto al comechingón, le había regalado el atuendo. Otro día, la joven llegó adornada con pulseras de semillas.   Su peinado partía el pelo al medio y se recogía con una trenza.
El viejo sevillano meneó su cabeza sin que su hija lo viera y supo que desde ese día la había perdido para siempre. Se consoló pensando que prefería la nobleza de Salvador a la avaricia de Miguel, ese pariente que pretendía a Micaela.

Meses más tarde, nacía Encarnación, mestiza, fruto de la unión de dos razas,  dos mundos, un amor.

8 comentarios:

  1. Estimada Zunilda. Una impresionante historia, perfectamente relatada.

    Si la leyera una activista diría que usted está haciendo apología de la violencia de género y no sé cuantas cosas más.

    A mí me resulta duro de roer la aceptación del padre, pero no deja de ser un cuento hermoso, tal como siempre nos tiene acostumbrados.

    La felicito, aunque ya debe estar cansada de tantos alagos.

    Cariños.

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    1. Gracias Opin. Sí, lo del padre suena raro. Fue un escollo ciertamente. Pero sé que, aunque contadas, deben haber existido personas más amplias que las describe la Historia. Igualmente esto es una ficción. La mayor parte del mestizaje provino de la apropiación sexual de los españoles respecto de las mujeres nativas. En fin, Ud. sabe que soy romántica y quise creer que podía contar la historia desde el otro lado. En Córdoba Capital, quedan familias de origen comechingón, casi sin mezclarse. Mis afectuosos saludos.

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  2. Me da vueltas en la cabeza que si Micaela se hubiera resistido y el padre se entera de que Salvador se la llevó sin siquiera pedirle permiso, pondría en tela de juicio la nobleza de éste último.. Me encantó el escrito, con ese bonito condimento de lo nativo. Lo disfruté mucho. Saludos!! ;)

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    1. Gracias Fritzy, escribir vinculando el cuento con la historia la hace más amena.. . .Ay, ese personaje del padre, salió flojito. Un abrazo.

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  3. Ese comechingón sí que salió ganando. Sabe a autóctono su relato. Un abrazo.
    Saludos desde por acá.

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    1. Gracias Aldo. Sí, es parte de la historia de mi Provincia con la ficción incorporada. Mis saludos desde las sierras.

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  4. Una bella historia de amor.
    Una cosa es la violencia de género y otra las "maneras toscas": a mi me parece que la ternura no solo se trasmite con los gestos sino que también la descubrimos a través de las miradas y como no... de la "química".
    En cuanto al personaje del padre estoy contigo... flojo. Pero sobre todo flojo por ser el elemento más sabio y que más amor aporta a tú historia.
    Abrazos

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