1 de agosto de 2014

el comentario 2 comentarios

Descriptiva con aroma a café


Los Cafés de Buenos Aires, tienen ese “no sé qué” que acoge con solidaridad en la estancia pasajera. Reconfortan. Acarician el pensamiento, sellan la confianza de sus clientes habituales o de paso. En su devenir, han sido y son testigos silenciosos de amores y desamores, encuentros y desencuentros, acuerdos y desacuerdos, tesis y antítesis. . .
En ellos, se tiene la sensación  que las maderas de sus sillas y mesas todavía despiden olor a nuevo. Los espejos, finamente enmarcados, precipitan al aura emanada de su propio universo. Sus “mozos”, correctamente vestidos y conocedores sabios del oficio, sirven con gentil atención y cuidado. Da lo mismo que “Los Cafés de Buenos Aires” se ubiquen sobre la calle Florida o próximos al Congreso de la Nación, o que atraigan al transeúnte desde la Avenida Santa Fe, Córdoba, Corrientes o en la histórica Avenida de Mayo por cuyas anchas aceras, seguramente deambulará en neblinosas noches, el fantasma de Mitre, Borges, Quinquela, Piazzola o el de mi abuela francesa.
Los Cafés literarios, algunos más alejados del tortuoso centro, brindan un ambiente estimulante para degustar la lectura o practicar la escritura, escuchando de fondo la instrumental de un tango.
También existen Cafés que si bien no guardan esa nostalgia dulzona, propia del “Café de los Angelitos” o del “Tortoni” nada tienen que envidiarles, porque en ellos la mente igualmente se aquieta, se expande en un entorno propicio, interactuando con las personas y objetos que, en la reflexión callada terminan cobrando vida.
Todos, conservan la impronta de la época en que surgieron y guardan mensajes echados a volar con el toque del sombrero o la sonrisa carmesí, oculta tras un fino pañuelo. Constituyen ensambles culturales en la historia de la metrópolis y forman parte de la tradición porteña.
El reconocimiento ha incluido a muchos de ellos en la declaración política del Gobierno de la ciudad, como Patrimonio Cultural de la misma, ya sea por su belleza arquitectónica, por su antigüedad o por haber recibido a personalidades nacionales y extranjeras de nuestra Historia.
A aquéllos que se detienen en estos míticos espacios a compartir diariamente un tiempo de su vida, les resultará propio, percibir ese sutil embrujo ciudadano que brota de su clima y ambiente.
En los famosos y no tan famosos Cafés de la Capital, con la mirada puesta en sus sobrios y elegantes decorados, tomando un cafecito, un cortado, o un café con leche con medialunas, cualquiera sea la hora del día, seguramente cada quien recreará, la magia del vapuleado siglo XX que se fue.
Y, sin lugar a dudas, experimentará un regocijo interior, mezcla de infinitas sensaciones compartidas con el aroma del buen café, la melancolía propia del tango, y la humedad de un día porteño.
Pero, por sobre todas las cosas, habrá de dar rienda suelta a ese inusual sentimiento,  de sentirse acompañado aunque se esté solo.


2 comentarios:

  1. Me voy a tomar un cafecito .. ;)

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  2. Si me permite, lo acompaño, Sr. O Pin. . .desde mi notebook. . .

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