7 de septiembre de 2014

el comentario 6 comentarios

Monólogo


Ibas a entrar, estoy convencida, porque reconocí tu paso seguro direccionado hacia la puerta alta, de vidrios gruesos y biselados con adornos de bronce, bien pulidos en sus aldabas. Era la puerta del bar de calle Suipacha, ése, de los encuentros fugaces en tardes de invierno y más duraderos en siestas de verano. Ése, donde las mesas y sillas son de madera negra reluciente y los camareros lucen graciosamente camisa blanca impecable y moño rojo al cuello. Entrabas justamente a ese Café porteño donde el tango está ausente porque las voces de los LCD invaden el ambiente con noticias de futbol o política salvo, cuando de vez en cuando, si un monitor se apaga, puede escucharse a Shakira o a Charly en sus antiguas versiones de rock. Este bar, querido mío, ya no ostenta la media luz de hace veinte años atrás, sino que por el contrario, las dicroicas hieren la vista. Te vi esquivo, te sentí cobarde. Pero. . . ¿Qué estaba pensando? Aparté de mi mente ese pensamiento. Era casi soberbio. ¡Hacía tanto tiempo! Para qué imaginar, suponer, desear cosas, si seguramente no me reconocerías. Los años pasan y las etapas de la vida se cumplen inexorablemente. En algunas, se ganan kilos y se pierden las sonrisas puras e intrascendentes de la juventud. Además, yo no permitiría que nadie viera una sola cana en mi cabeza que siempre gozó del reconocimiento generalizado por el brillo y el color azabache del pelo y, recién tengo turno el jueves en la peluquería. Repito, te noté esquivo y sólo porque estaba yo en ese bar, oronda frente a mi Notebook escribiendo la lista de tareas del día siguiente o borroneando algún poema o simplemente curioseando en Internet, justo sobre la vidriera que daba sobre la calle transversal, cuyo nombre nunca recordé. Qué pena me diste. Ella queriendo entrar y tú acorralado contra el vidrio forcejeando por volverte sobre tus pasos. En el tire y afloje ganó ella. Se veía una buena mujer: delgada, rubia, arrugada como típica fumadora de años, con la tez opaca por la nicotina, pero parecía buena al fin, y se colgaba de tu brazo tan cariñosamente, que me conmovió. Es curioso cómo las mujeres en ciertas ocasiones nos aunamos, nos entendemos y hasta nos queremos, aunque haya un hombre de por medio. Y te digo, aunque sé que nunca leerás esto que escribo, nunca. . .De no ser por esa actitud de búsqueda de protección de tu mujer, te hubiese salido al encuentro. Vamos, te dije con los ojos, vamos. . . entra, si el tiempo ha pasado. . . o voy a creer acaso, que el tango tiene razón, que: veinte años no es nada. . . Con tu actitud casi me lo creo.

Alcé mi PC móvil y salí presurosa sin rumbo. . .


6 comentarios:

  1. Bien contado. Nunca estamos a salvo del encuentro con los fantasmas. Ni aún cuando estamos pertrechados de computadoras portátiles, lcd, dicroicas tangos o rock clásico. Nada alcanza para espantarlos.

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    1. Gracias Agustín por leer este micro. Y tienes mucha razón. . .Esos fantasmas cuando menos lo sospechamos, vuelven! Un abrazo

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  2. Me ha encantado el monólogo. Como que en algunos los años pasan en vano..

    ¡Un abrazote!!

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    1. Gracias Fritzy! y sí, la vida siempre tiene una carta bajo la manga, para bien o para mal. Abrazo.

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  3. La belleza de esa canción que dice "veinte años no es nada". Es cierto, no son nada, se quiera o no el regreso. Y lo mejor de todo es ver la cobardía de una mirada congelada en el tiempo y sentir en tu pelo el poder del azabache y la ligereza de un pc para salir volando...
    Un abrazo
    Inma

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  4. Como relato, hermoso. Y el tango Volver sí que tiene razón para ese hombre:

    "Tengo miedo del encuentro
    con el pasado que vuelve
    a enfrentarse con mi vida..."

    Salute!

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