6 de septiembre de 2014

el comentario 4 comentarios

Símil Blattodea


Igual que las cucarachas. Hay días que te sientes tan infame como un rastrero y no puedes dejar de reclamarle a los cielos el hecho de que alguien desde las alturas te esté escupiendo. Días de esos en los que parece que te has dado la mano con el diablo sin importar si eres zurdo o diestro porque todo te sale volteado, los caminos se tuercen, más que nadar debes pelear contra la corriente y hasta las manecillas del reloj se vuelven menos inofensivas de lo que parecen.

9.30 hace media hora que debería estar exponiéndoles el proyecto a los ingleses, esos que tienen la vida minuciosamente cronometrada sacarán su guillotina y me condenarán por la tardanza. Nada, esto no avanza, he quedado atascado en el tráfico, va para largo. Llamo a la oficina y los pongo al tanto:

–Llegas sí o sí. Que es la mejor oportunidad que hemos tenido en años. ¡Es que si no te matan los británicos, nosotros nos encargamos!

Cuelgo. Toco bocina. Venga, ya estamos, esto como que se afloja. Pienso que al final del día tal vez pueda conservar mi cabeza y… ¡Mierda! El imbécil de atrás ha impactado de lleno el parachoques. Bajo para evaluar los daños. ¡Válgame, pero si lo ha desmontado! A saber de dónde sacó éste la licencia de conducir.

–A ver si miramos mejor el retrovisor –le escucho decir con ironía al apearse de su auto–. Creo que no vas mal, solo tendrás que pagarme por uno de los faros delanteros.

¡El colmo del descaro! Y encima en cuerpo de mujer. Batalla perdida, allí no se puede razonar. Toca llamar a tránsito y ojalá se den prisa. Espero, espero, espero. La mujer se amotina, sube de nuevo a su auto, pone la marcha, se da a la fuga.

– ¡Heeeey! –le grito. Asoma la cabeza por la ventanilla, mientras me responde alejándose:

– ¡Nos vemos en las vías!

No me lo puedo creer. Encajo el parachoques lo mejor que puedo y tras subirme al auto, lo pongo en movimiento. Es tarde, así que acelero para recuperar el tiempo perdido, quizá tenga chance de agarrar de salida a los ingleses. ¡No puede ser! Una patrulla me insta a detener el auto. Multa segura. Recibo la hoja que me tiende el policía y me contengo en mitad de un improperio, creo que después de todo le ahorraré trabajo a mis verdugos, la sanción recibida me sienta igual que un disparo en los sesos.

Al fin llego al edificio, estaciono el auto en el primer espacio que veo y subo hacia la reunión. Ni rastro de los ingleses. Entro a la oficina, una ola de aplausos me da la bienvenida. Mi sentido de ubicación y coherencia se afecta. Siguen aplaudiendo entusiasmados, me siento tentado a compartir su alegría.

– ¿Qué celebramos? –pregunto.

–Tu imbecilidad, menudo inútil. ¿Qué te parece mandar toda una empresa a la ruina?

–Una maravilla. –respondo entre dientes con una torcida sonrisa, cínico.

Desalojan la oficina, no sin antes lanzarme sus profundas miradas de aprecio y dedicarme sus mejores deseos.

–Ah, por cierto, les he dicho que les llevarías los planos a primera hora de la tarde. ¿Crees que podrás hacerlo? –me dice el mandamás antes de atravesar la puerta.

–Por supuesto. –respondo con una seca inclinación de cabeza.

Se burla por lo bajo emitiendo un sonido inarticulado. No me da chance si quiera de sentarme al escritorio, consulto la dirección, le echo un ojo al reloj y salgo pitando. Son más de las doce y me pregunto cómo carrizo se atraviesan 70 kilómetros de carretera en menos de tres cuartos de hora.

Como si corriera en un maratón dejo el edificio rumbo al coche, no está donde lo he estacionado, ha conseguido nuevo lugar enganchado a una grúa que se aleja remolcándolo. ¡Maldición! A ver qué pacto no le he cumplido a las tinieblas. Paro el primer taxi que pasa y me vuelvo un embrollo entre el puesto de atrás con los planos. Le doy la dirección al chofer.

– ¡Caray! Fíjese que no conozco muy bien esa ruta. ¿Le importará servirme de guía?

Lo que faltaba. Le digo que no habrá problema, pero ¡vaya que lo hay! El tipo carece de orientación espacial y cuando indico que gire a un lado termina tomando el opuesto. A ese paso tardaré el doble de tiempo en llegar. No hemos recorrido ni la mitad del camino cuando el auto se detiene.

¿Y ahora qué? El anciano me mira insistente desde su asiento.

– ¿Le molestaría empujar?

Me froto el rostro con las manos, como si quisiera arrancarlo. Así quizá la suerte que hoy me acompaña me desconozca y se marche espantada a otra parte.

Con mucho esfuerzo llegamos a una estación de gasolina, mientras se llena el tanque del auto mi estómago me recuerda que mi cuerpo también necesita algo de combustible. Voy a por un café, decido sentarme en la acera a beberlo mientras observo un malabarista manipulando bastones de fuego. Uno de ellos se le sale de control y va y cae en mi dirección, me aparto pero no lo suficientemente rápido para evitar que prenda el saco que tenía colgado del brazo, antes de soltarlo logra traspasar la manga de la camisa. ¡Rayos! Ahora luzco una hermosa quemadura en la piel y una oscura mancha en el pecho se mofa de que no haya podido beberme el café.

–Ya lo peor ha pasado, podemos marcharnos. –me anuncia el chofer y yo lo miro iracundo antes de ponerme en pie.

Tras otro tanto de orientación frustrada, el auto vuelve a detenerse.

– ¡Ah, no! Esta vez no ha sido culpa mía. –Se excusa el chofer­–. Solo puedo traerlo hasta aquí, está cerrado para vehículos.

¡Arrrg! Bajo del auto, tomo los planos con notoria molestia y lanzo la puerta. No estaba entre mis planes hacer camino a pie. Mucho más adelante hay una gran barricada, un guardia se acerca y me prohíbe el paso, indica que están en construcción y las vías estarán cerradas hasta que terminen la obra. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Empiezo a atar cabos, entra una llamada al móvil, la contesto.

– ¡Ah! Se me había olvidado informarte que los británicos no quieren los planos sino hasta la semana entrante y que cambiaron de oficina administrativa porque están remodelando la antigua.

Corta, evitando que la lista de imprecaciones e injurias que empiezan a desatarse de mi boca lleguen a su correcto destinatario.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! –me descontrolo, mando a volar al teléfono, quiero arremeter contra cualquier cosa, pero la nada me parece un indigno contendiente. Pateo cual idiota el pavimento y en una de esas uno de mis zapatos queda embadurnado de algo pastoso. ¡Puaj! Mierda. De tanto nombrarla, no me extraña que haga acto de presencia.

Enfadado, le grito a los cielos e inmediatamente me responden enviándome un magistral aguacero que si pretendía ser un baño de bendiciones, a mí me cae tan bien como un baldazo de orina. Y secretamente sé que esto último, tras todos mis insultos, sería una insignificancia comparado con lo que pueden hacer los de arriba.

Los planos cargados a más no poder de agua son una pérdida, la ropa empapada se me pega a la piel. Para la hora en que estoy frente a mi casa no doy un céntimo por mi alma y antes de entrar tiro a la basura los zapatos con la sensación de que son felices de deshacerse finalmente de mí.

Mi chica me abre la puerta y se detiene en seco, espantada. Debo de dar una buena imagen descalzo, calado hasta los huesos, casi a medio vestir con la camisa manchada y rota, los ánimos halándome hacia abajo y una expresión de derrota. Yo entro indiferente y luego la escucho gritar mientras corre a subirse al sofá.

– ¡Una cucaracha! –grita. Sí, ya lo sé, que es así como me siento. Me giro a observarla y entonces reparo en que me señala algo en el suelo.

– ¡Mátala! ¡Mátala!

–Anda, pero si solo es un pobre insecto.

– ¡Ya te digo! ¡O duermes con ella o conmigo!

La aplasto de un chancletazo y al hacerlo tengo la impresión de que también ha disminuido mi desdicha. Mi chica se acerca, me tiende la mano.

–Vamos a darte un baño.

Miro a la preciosura que tengo al lado, al asqueroso cadáver de la cucaracha en el suelo y pienso: “Ni de lejos me le parezco”.


Aldo Simetra



4 comentarios:

  1. Muy buen relato Aldo. Un día de furia con final positivo.

    Lo que me preocupa es sentirme tan identificado (no con la cucaracha) y el darme cuenta que la mayoría de los problemas que uno tiene es por contar con auto.

    Vamos por el transporte público de calidad y que el problema lo tenga el otro.

    Un abrazo

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    1. Le agradezco mucho, Opin.

      Menos mal me especificó. Yo era de los que creía que un auto le facilitaba a uno la vida hasta que reparé en que de allí provenían mis mayores dolores de cabeza.

      Pues sí, que el problema lo tenga otro. ¡A por el transporte público de calidad!

      (Aunque no se crea, eso también resulta un problema. Acá el transporte público abunda, pero eso "de calidad" escasea).

      Un abrazo desde por acá.

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  2. A ver... una cucaracha, como cualquier ser vivo, solo busca comer y reproducirse, como todo el mundo. Mueren de vejez, por intoxicación o envenenamiento o de un zapatazo o pisotón "bien dao" (cruje al morir y punto) se recoge con un pañuelo de papel y a la basura (no tiene más la cosa). En cuanto a los coches y a las mujeres que describes... buena ficción.
    Un abrazo, Aldo
    :-bd

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    Respuestas
    1. Vaya! :-t Juraría que me está buscando pleito, jajajaja, eso me pasa por meterme con la cucaracha.

      Te agradezco mucho, Inma.

      Un abrazo desde por acá.

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