15 de octubre de 2014

el comentario 8 comentarios

Continuidad de los tiempos


-de Cortázar a Arbolito y los otros-

“Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”

Aunque sabía que era una novela histórica, ó sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los sufrimientos y las pasiones de los personajes en lo más hondo de su cuerpo.

-Oiga Sargento, aliste a los hombres. Mañana al amanecer retomamos la marcha y los quiero a todos bien pertrechados, lanzamos la última embestida y eliminamos a todos esos indios de mierda.

-Si señor, aunque la tropa está un poco cansada señor... Pero a sus órdenes señor.

-Cansadas mis pelotas!!! Prepare a esos vagos y al que se amilane lo paso por mi sable, carajo!

Su mano izquierda, en estos pasajes del libro, se cerraba fuertemente, formando un puño que movía hacia arriba y abajo, rozando con los nudillos el terciopelo verde acariciado hasta hacía un momento.

A la madrugada siguiente, el ejército al mando del “guardián de las fronteras”, avanzó sobre la última toldería que quedaba a unas pocas leguas de Dolores, el primer pueblo patrio. Para economizar balas, que escaseaban en esos tiempos, el comandante mandó degollar a cuanto indio se encontrase, sean hombres, mujeres ó niños. Y así se hizo, a ningún milico se le ocurría contradecir al comandante, era mejor desertar y vivir desterrado y furtivo, antes que desafiar a terrible sanguinario. Degollar y economizar balas era la consigna.

Se dio cuenta, cuando ya le quemaba la piel de los nudillos al rozar tan insistentemente el terciopelo del sillón, que la novela lo estaba alterando demasiado. Decidió abandonarla un momento, y servirse un whisky con bastante hielo, para de paso refrescar su colorado puño. Al tomar el vaso con su mano derecha, notó una mancha roja en la manga de su robe de chambre beige que había traído de París hacía un mes. Pese a que esa mancha llamó su atención y lo puso de mal humor, decidió seguir con su novela.

-Le aseguro a mi pueblo, que todas estas muertes serán vengadas por mí y nuestros hombres –dijo el jefe ranquel-. Y tomo personalmente el compromiso de cumplir y hacer cumplir estas palabras –sentenció.

En todas las comunidades aborígenes, reinaba el miedo, la angustia, el terror por las noticias llegadas sobre esos avances sanguinarios del ejército, al mando del que se hacía llamar “el guardián de las fronteras”. La única esperanza dentro de las comunidades, era saber que el jefe ranquel que se comprometía a defenderlos, no se rendiría hasta cumplir su promesa.

Al comandante le llegó la felicitación del gobernador desde Buenos Aires. Lo premiaba por su defensa de la patria, con 500 leguas cuadradas en el lugar conquistado que él eligiese.

Habrá sido por el whisky, por un día tan largo, ó no sabía porque, pero de repente sintió mucho cansancio. Le pidió a su mayordomo que le prepara una cena liviana así se retiraba a descansar temprano, y así lo hizo. Al quitarse la bata, notó que no era solamente una mancha roja en su manga, si no varias y por distintos sitios, tendría que avisarle al mayordomo que tenga más cuidado con su ropa.

Por la mañana recorrió la finca, se sintió conforme con la elección del personal a su cargo, había faltado un buen tiempo estando de viaje, pero se mantenía todo en perfectas condiciones. Tendría que ir pensando en delegar algunas cosas más, y dedicarse más tiempo a darse sus gustos. Almorzó en el parque, debajo de los robles, como solían hacerlo con su mujer cuando ésta aún vivía. Pidió que le sirvan el café en el estudio, se sentó en su sillón verde, con vista al parque, y se entregó a la lectura de las últimas páginas de la novela que tanto lo apasionaba.

Envalentonado por sus últimas incursiones en territorio indígena, y sintiéndose apoyado por Buenos Aires, el comandante sanguinario decidió seguir hacia el oeste, donde figuraban en su mapa otros asentamientos indígenas rebeldes a la corona española.

-Preparen a los hombres y con sus sables bien afilados, mañana retomamos nuestra ardua y gloriosa labor de agrandar las fronteras de la patria –les decía convencido de su buena obra a sus oficiales. Y para incitarlos a cumplir bien su matanza, les prometía terrenos para construir sus casas, que disfrutarían con sus familias al lograr conquistar ese desierto.

Leía esas palabras y sentía que él era el único hombre en la tierra capaz de frenar semejante matanza de inocentes. No podía dejar de rozar sus puños en el terciopelo del sillón. Sentía bajo sus pies la tierra de esas pampas cubiertas de sangre, escuchaba los alaridos de las mujeres y los niños, lo sacudía el dolor de esos hombres embestidos brutalmente en nombre de la civilización. Olía la sangre, acariciaba el cabello de las ancianas degolladas por su único pecado de ser nativas de esa tierra con tantas riquezas, y tan deseadas por esos invasores asesinos.

En la desenfrenada embestida, la que fue llamada la Batalla de las Vizcacheras, el comandante observaba la lucha desde la retaguardia de sus hombres, maravillado con la facilidad con que reducían a carne muerta a esos indígenas, era real que sus soldados estaban muy bien entrenados.

Nunca se supo si fue realmente el jefe ranquel, si fue un cabo de los Blandengues, ó si fue otro personaje del que se habla, pero que nadie pudo identificar. En lo que si coinciden varios historiadores, es que el cuerpo del comandante, ya sin cabeza, siguió ladeado en el flanco izquierdo del caballo, enganchado por uno de sus pies al estribo, atravesando el campo de batalla y barriendo con todo su cuerpo, la tierra empapada de sangre.

De la cabeza del “guardián de las fronteras”, no se sabe quién la levantó, ni tampoco si la misma mano que la llevó de trofeo por varios pueblos, fue la misma que lo decapitó de un solo golpe.

Por la mañana, el mayordomo le dejó preparado el desayuno junto al hogar, con los leños encendidos. Luego, se dirigió al estudio para recoger el vaso de whisky, que como era costumbre, dejaba su patrón en la mesita, al lado del sillón verde. Las ventanas del estudio se encontraban selladas desde hacía mucho tiempo, nadie podía salir ni entrar al parque por ahí. No entendía como llegaron esas huellas de barro color marrón rojizo al estudio, ni tampoco porque su patrón, cuando bajó a desayunar, tenía un gesto como de satisfacción, como de deber cumplido…
Ernesto Palner
http://ernestopalner.wordpress.com/

8 comentarios:

  1. El sueño de todo lector hecho realidad en el texto. Eso debería poder hacerse cada vez que se lee un libro. Muy buen relato.

    Saludos desde por acá.

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  2. Aldo, muchas gracias por tu comentario. Julio Cortázar, en La Continuidad de los Parques lo hace magistralmente. Yo quise recrear ese texto, para traer a los días que corren esas invasiones del imperio de turno y sus lacayos. El cacique Arbolito y el genocida general Rauch, fueron los protagonistas reales de esta historia en mi país, Argentina. Un abrazo, y gracias de nuevo por tus palabras.

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  3. Buen homenaje. A la altura de las circunstancias.
    Me gustó en serio.

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  4. Muchas gracias Agustín, me alegro que te haya gustado.
    Saludos!

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  5. Me ha gustado mucho, sobre todo el final. Gracias por compartirlo. ;;-)

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    1. Inma, muchas gracias a vos, y me alegro que te haya gustado el final, personalmente también me gusta cuando me sorprenden un poco en las últimas líneas, y si el que escribe soy yo, y logro aunque sea un poco ese efecto... tarea cumplida.
      Saludos!

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  6. Interesante relato, muy bien logrado.

    Aún cuando no ha pedido devolución con nuestro método no puedo resistirme a comentarle que se me hace necesario un cambio de léxico y estructura sintáctica en las frases que son expresadas de forma directa por un jefe o cacique Ranquel o el mismo "guardian de las fronteras" Hay una diversidad cultural y una barrera temporal que a mi gusto vale la pena respetar para diferenciar a los personajes a nivel cultural por su manera de hablar.
    ¿Cómo habla un Ranquel el castellano o cómo sería una traducción viable? queda en manos del escritor. ¿Cuales son los modismos y palabras en uso por aquellos años? Existen numerosos escritos de época donde el castellano antiguo ayuda a dar visos de veracidad.
    Pero nuestro personaje lee un escrito ajeno. Una novela histórica de otra factura. Lo entiendo.
    Solo trato de expresarle con este esfuerzo por darme a entender, que me ha gustado tanto que esos pequeños detalles me parecen relevantes.

    Muchas gracias por compartirlo.

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  7. Hola O Pin, recién caigo en la cuenta de aclarar si se desean devoluciones, gracias por marcarlo, me parecía que con la invitación a comentar, que figura al pie de esta página, era suficiente... no puedo disimular mis pocos y recientes pasos en estos menesteres de los blogs...

    Por otro lado, la declamación de Arbolito no me gusta, ni me gustó al momento de escribirla, opté por "traducir" la idea del mensaje de ese cacique, continuar con la historia, y apoyarme en que se trata de un personaje leyendo una novela, como lo notaste.

    Agradezco mucho tu tiempo y tus palabras, estas críticas constructivas son las necesarias para intentar dejar de ser "noescritor"....

    Un afectuoso saludo!

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