27 de octubre de 2014

el comentario 4 comentarios

Rejas

 

El frente de la casa es rosado. El revoque se va desgranando aquí y allá sin caerse, agregándole a la pared un tono amarillento, antiguo. Termina en la terraza, territorio inexpugnable, un dibujo de caminos entrelazados que se esconden y vuelven a aparecer infinitamente, la coronan. La puerta es altísima, dos hojas de madera, tan pesadas, que deben abrirse por las mañanas y cerrarse solo cuando la tarde comienza a trepar por la piel descascarada de la cancel. Cada una tiene, sobre el frente que da a la calle, una manija de bronce torneado, que ayuda a los niños y a los viejos a salvar el umbral de mármol gastado en el centro, desde siempre en desventaja frente a las media suelas repuestas prolijamente, merced al aporreo del martillo del morador del taller de la media cuadra, donde se mezclan el cocoliche del dueño y su mujer, con el olor de la suela engomada y los caramelos media hora con los que el tano completa los vueltos.

Platea preferencial del sábado a la mañana el umbral, los pibes menores se pelean culo a culo a ver quién se sienta en el medio, siempre que no les haya ganado de mano el viejo que vive al fondo, que suele esperar lo que le queda sentado allí, el sombrero achicándole los ojos y la hernia colgando, indolente, en el centro del pantalón. Entonces, la diversión consiste en mover de a poco esa esfinge italiana hacia un costado.

Desentendido de tales juegos, el mayor se para canchero apoyando un hombro en la madera, las manos inquietas en los bolsillos, una pierna cruzada delante de la otra y la punta de la zapatilla sobre los mosaicos, espiando distraídamente la barrita de pibas que pasean por la otra vereda. El hechizo se destroza contra el sonido del pique de “la pulpo” en las baldosas, los pies trotan prestos a ocupar la punta derecha del campo de juego, contra la raya de hierro que alguna vez fue la ruta del tranvía y bien cerca de la platea de enfrente.

Desde el conventillo de al lado, por encima de la pared que como un espejo separa y a la vez une a ambos, llega la melodía tanguera de un wincofón, Troilo frasea con su fuelle barrigón, mientras las mujeres baldean los patios y zaguanes al compás del 2 por 4. Sentado en un banco de paja un viejo fuma y espera paciente que el disco gire, hasta que el varón del tango cante una letra que él escribió, una noche en ese patio, recordando tal vez a la que fue, en otro tiempo, la más papa milonguera.

A veces, desde ese otro umbral, acompaña a los chicos un hombre que ha sido joven, el cigarro le ha desgarrado las cuerdas vocales y le ha dado un tono ocre al bigote, que casi nunca deja ver los labios, la línea de una sonrisa que, algunos recuerdan. Su voz es un ronco susurro, amigable, el fantasma disfruta solo unos minutos de la luz del día, después, descansa hasta la hora de cuidar alguna de las ventanas del boliche de la esquina, bien agarradito del vaso de ginebra.

Sobre la puerta, en una de las hojas, justo debajo de la manija, está la boca del buzón y en la otra, más allá de la altura de los pibes, una mano de bronce aprieta una bocha, cuyo destino es hacer resonar la madera, mientras ellos esperan que gracias a algún llamado vigoroso, la fabulosa garra suelte alguna vez su presa.

Al frente hay dos ventanas idénticas, tan altas que uno puede pararse dentro del rellano a ver la calle, la reja vieja pintada de negro, sostiene unos barrotes torneados, que bajan repitiendo siempre el mismo dibujo, aprisionados a las planchuelas transversales, escondite secreto de la pelota de goma a la hora de la ronda del “autito”, discretos testigos del beso entrecortado, robado sobre los pasos apurados de la salida furtiva del crepúsculo.

En las tardes de calor la hoja de la ventana queda entreabierta, mientras la noche va pintando la sombra de un paraíso sobre los barrotes. Entonces, adentro, algunos de los pibes esperan en la oscuridad, el sonido leve del roce de un cuerpo contra la reja para acercarse en silencio.

Afuera, la mano de un muchacho se apoya ansiosa en los hierros, la chica eleva un poco la punta de los pies y sobre las palabras que a él no le salen en el mismo orden que las piensa, empieza a acortar el camino del entendimiento.

Adentro, mientras los varones son una sola respiración, ni un parpadeo, ni un suspiro, a la nena se le escapa una risita nerviosa, que ya se transforma en carcajada, revolcándose sonora por el piso de madera.

Afuera, los enamorados apenas se sorprenden, mientras, el abrazo que no se desune los lleva hasta la próxima sombra, unos metros más hacia la esquina, donde al fin el beso conmueve la piel de los dos.

Adentro, los pibes se enroscan en una lucha sin cuartel en la oscuridad, olvidados de todo lo que no sea sobrevivir a semejante revoltijo. Hasta que una mano temible, chorreando burbujas de jabón en polvo, enciende la luz y ayudándose con la otra, no tan hábil gracias a Dios, deshace el ovillo, separando cada cabeza con las piernas y los brazos que le corresponde, cada risa a su boca, cada uno de los menores a un rincón y el más grande a comprar querosene, antes que se haga de noche,... ¡ Que lucha señor estos chicos ¡

Osvaldo Barales
http://patiodetierra.blogspot.com.ar/

4 comentarios:

  1. muy bella y completa escena familiar que parece de tan antiguo pero no. Cada lugar y cada momento de un día en casa de familia, en familia de barrio tan armadito y tan añorado. Gracias por sus imágenes y sentimientos.

    ResponderEliminar
  2. Terminando tan buen relato, me quedo con el olorcito de la Pulpo recién comprada, y Julio Sosa de fondo... pura y hermosa infancia.

    Saludos!

    ResponderEliminar
  3. Siempre esa maestría que lo caracteriza Osvaldo.

    Que buena estampa de aquellos tiempos de zaguán a puertas abiertas. De despreocupada infancia y personajes que habitaban las fachadas que marcaban el perímetro de un patio de juegos llamado calle.

    Me daría mucha pena pensar que próximas generaciones no lleguen a entender el sentido y el sentimiento que encierran sus cuentos.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. Excelente Polo, muy bellas imagenes. Quizas por estar tan comprometidos en muchas de las historias que cantas, muy bellas. Daniel Griffa.

    ResponderEliminar

Si usted tiene voluntad de escribir su comentario, también esta invitado a publicar con nosotros obras más complejas. Simplemente envíenos su trabajo a nosomosescritores@gmail.com y nosotros nos encargamos del resto.

Gracias por visitarnos y participar.

Si no encuentra cómo y se muere de ganas, también puede comentar aquí con su perfil de Facebook



Código de emoticones para sus comentarios
:) :( ;) :D ;;-) :-/ :-O X( B-) #:-S :(( :)) =)) ~X( :-t 8- =P~ #-o =D7 :-SS :-q :-bd