29 de marzo de 2014

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No me dejes morir aquí


La voz sonaba suplicante y desesperada. Conocía perfectamente ese tono aunque nunca lo había escuchado de esa manera y eso que con Manuel nos conocíamos desde muy pequeños y cada uno con oir al otro sabía perfectamente si era algo grave o preocupante.

— Vení a buscarme –Dijo— Y no tardes

Cuando esto ocurría todo se dejaba de lado para acudir en ayuda del amigo que no estaba bien o al menos parecía no estar bien. Salí rápidamente de mi casa y mientras caminaba hacia la parada del ómnibus comencé a recordar algunos episodios vividos en aquella infancia en el barrio llenos de innumerables momentos que marcaron mi vida y la de él también.

No es extraño para mí decir que Manuel fue desde el vamos mi mejor amigo, nos conocimos y jamás nos separamos el uno del otro salvo cuando nos casamos, y así y todo, siempre nos veíamos, quizás con menor frecuencia que antes pero siempre buscábamos la forma de encontrarnos.

Desde el principio de nuestra amistad nos juramentamos estar unidos pase lo que pase y nada ni nadie pudo evitarlo. Al menos siempre creímos que nuestra relación era indestructible. Hasta hoy había sido así, pero algo cambiaria abruptamente nuestro destino que fue forjado a fuerza de cariño, unión y voluntad extrema a pesar de todo y de todos.

Tomé el ómnibus y saqué mi boleto, recordé cuando fuimos juntos un día a la plaza que estaba a la vuelta de nuestras casas. Nos gustaba sentarnos bajo un viejo y enorme árbol que en verano nos cobijaba del calor, allí fue en dónde hicimos aquel pacto de unión eterna y nos prometimos que si la vida intentaba separarnos pasara lo que pasara acudiríamos a ese lugar a buscar uno al otro, ese sería nuestro punto de encuentro.

Recordé también que cierta vez se nos ocurrió ir a vender helados por la calle. En esa época uno alquilaba bicicletas en la heladería y luego al volver las devolvía junto con la recaudación que se había logrado. Nos sentíamos millonarios aunque la paga fuera poca ya que nos permitía disfrutar de nuestro dinero. Ahorramos un montón de tiempo y un día pudimos por fin comprarnos aquella pelota de cuero por la que nos desvivíamos. Había que ver las caras de los otros chicos cuando fuimos con ella a la plaza y desde allí en más supimos al instante que todo lo que nos propusiéramos podíamos hacerlo realidad.

Fuimos creciendo y un día nos convertimos en adolescentes. Por consiguiente tuvimos cambios en todo sentido, éramos dos rebeldes tratando de vivir la vida a mil y claro está también aparecieron las primeras novias. ¡Si hasta nos gustaban las mismas chicas! Aunque nunca mezclamos la hacienda como se dice y cada uno sabia cual era el momento de avanzar sin dañar al otro. Siempre fue así en todo. Y esto tampoco fue la excepción.

Manuel tuvo varios amores, lo imposible para él no existía, su espíritu conquistador era inquebrantable y hasta hubo alguna que otra jóven que rompió con su novio por entregarse a sus encantos. Esto realzaba más su personalidad tan avasallante ya que no era un chico atractivo ni mucho menos y yo siempre lo embromaba con eso.

— Sos feo Manuel —Le decía divertido— No entiendo como las pibas te dan tanta bola

El se reía y luego me tiraba al suelo fingiendo enojarse dándome golpes de mentirita en mis riñones. Poseía una simpatía inigualable, en eso me ganaba por varios cuerpos. Yo era tímido y muy introvertido y varias veces me tuvo que dar un empujón para encarar a la chica que me gustaba o hablar por mí para evitarme que pasara un mal momento o un rechazo, Debo agradecerle también eso, nunca dejó que nada ni nadie me lastime.

Obviamente que fue el primero en casarse y con la más linda del barrio. Lucila era la chica más codiciada y en las reuniones que se hacían todos querían bailar con ella, si esto se lograba era sacar chapa de gran triunfador y ni hablar si después de hacerlo ella aceptaba a que la acompañaran hasta su casa, era prácticamente convertirse en un ídolo para los demás. Y por supuesto él copó también esa parada. Al casarse, sentimos que era la primera vez que podíamos separarnos pero eso no ocurrió ya que me hice muy amigo de Lucila quien aceptó de inmediato nuestra relación de hermandad, casi de gemelos diría yo.

—Tuvimos suerte — Le dije un día hablando del tema—
—No, suerte no —Me contestó— Antes que separarme de vos la dejo a ella

Nos reímos mucho por su comentario y luego la vida nos siguió llevando de la mano. Yo también me casé algunos años después aunque me divorcié rápidamente y la razón fue que mi ex no se llevaba bien con Manuel ni él con ella. Recuerdo que una noche volví de una reunión con mi amigo y me hizo una escena. Nunca más mi pareja se recuperó, al contrario, fue todo de mal en peor hasta que un día me fui de mi casa para no volver.

Así era mi relación con Manuel, parecía que nada podía quebrar nuestro pacto. Al menos hasta hoy.

Entré en el Hospital. Eran las tres de la tarde de una dia de verano y fui hasta la habitación 214 del segundo piso. Al ingresar, vi a mi amigo conectado con cables en su pecho que controlaban su corazón, él ya sabía que se estaba muriendo sin embargo al verme fue como si una brisa lo rozara y que recuperaba repentinamente sus ganas de vivir.

— Acercáte —Me dijo—

Lo hice y le acaricié la cabeza con enorme ternura mientras mis lagrimas corrían por mis mejillas.

— No me dejes morir aquí —Susurró en mi oido—

Arranqué los cables que lo tenían atado a esa cama parecida a una cárcel, lo levanté y lo abracé fuertemente. Lo vestí como pude y me lo llevé de allí. Paré un taxi y le pedí que me llevara a un lugar. El lugar.

Murió en mis brazos bajo la sombra de aquel querido árbol. Aquel del pacto de eterna amistad y gran parte de mi alma se fue con él aquella tarde de verano.

Jorge Iglesias
el gallego rebelde


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28 de marzo de 2014

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Si me bajas las estrellas no vomito mariposas


Todo inicia cuando andas preocupada por conseguir a tu media naranja y la buscas hasta el fin de la Tierra como si a dos cuadras de tu casa no existiese una frutería bien aprovisionada.

Justo en el instante en que estás por desistir, aparece un supuesto príncipe azul de la nada a pintar como loco pajaritos preñados, quedas impresionada con tanto colorido y olvidas que en tu infancia pintabas con algo distinto al carboncillo. Llega el momento en que promete bajarte las estrellas, tú le crees con los ojos cerrados como si en la vida hubieras visto ciencias naturales y no te hubieran enseñado o no hubieras aprendido que en el viaje más notable que realizó el hombre al espacio, sólo se trajo un tarro de arena bajo el brazo.

Allí es cuando te dejas maravillar por cualquier cursilada, la más mínima cosa tiene sentido poético, le encuentras uso a una sarta de frases ridículas, y tras sentir el tan mencionado “revoltón de mariposas en el estómago” todo empieza a tener magia.

Das por ciertas las historias de amor eterno, confías en el infinito, aceptas de buen grado el “hasta que la muerte nos separe” y juras que tendrás un final feliz mucho mejor al de los libros. Te entregas en cuerpo y alma, ves fuegos artificiales en el cielo de tu cama y la vida a la que nunca le hallaste sentido, de buenas a primeras, cambia.

El mundo parece perfecto, pero el reloj avanza: Se apaga la explosión de hormonas que confundiste con insectos, te aburres de ver aparecer las mismas luces de colores bajo tu techo; entonces, uno de los dos decide hacerle honores al tic-tac que escucha y tomarse un tiempo.

De pronto, sin saber cómo ni por qué, mientras caminas para despejar la mente te topas casualmente con la frutería. Entras, escuchas a una parejita decirse las mismas tonterías que tú decías y se te antoja bastante deprimente y absurda. Como cosa rara, pasa rodando por el suelo una fruta anaranjada que luego de detener con el pie recoges; ahí es cuando te das cuenta de lo que es en verdad una naranja que, a propósito, decides llevarte para que al cancelarla te sorprenda que aun estando entera valga casi nada.

Regresas a tu casa, donde tu hermanito hecho un artista está pintando con una caja de 120 lápices de colores. Te le acercas, te sientas a la mesa en la que fabrica una maqueta del sistema solar e instintivamente tomas una figurilla. – ¡Suéltala! –te dice en el acto. Antes de devolvérsela te percatas de que eso es lo más cercano y similar que has estado jamás de una estrella.

Se desbocan dentro de tu mente un sinfín de pensamientos, muy esclarecedores por cierto:

“Las medias naranjas son cosas realmente incompletas; a la hora de pintar ilusiones nadie sabe construir realidades; las relaciones son mágicas porque duran poco menos que nada; todos desconocen el significado de un “hasta siempre” porque lo mismo se refiere a una hora que a una semana; los orgasmos en absoluto tienen que ver con la pirotecnia; hay que tener cuidado de no ser tan estúpida como para enamorarse del primer imbécil que se vea pues, las estrellas te las muestran todos pero no te las baja cualquiera”.

Fritzy Zamor


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26 de marzo de 2014

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El Códice de Arzipíades


Arzipíades forzó el despegue de sus párpados luego de una noche de constantes extravíos con su almohada. Caminó tambaleante hasta el living siguiendo la línea recta que la pared le indicaba a sus hombros, encendió el Wi-Fi y antes que el protocolo de conexión le guiñara todas las luces simultáneamente prendió la PC y se fue hasta la cocina para dedicarse una revitalizante taza de café.
No sabía por qué, pero debía levantar la persiana. Hacía tiempo que la vida no comenzaba a fluir por sus venas si no dejaba entrar el sol, aún cuando el mismo ya hacía tiempo que se pavoneaba del otro lado de la ventana a la espera de que lo dejaran pasar.
Enceguecido por los rayos que parecían más blancos al batir la oscuridad, pudo vislumbrar que el manuscrito seguía allí, abandonado sobre la mesa de la cocina en medio de pegamentos caseros y hojas de factura artesanal. Incluso las plumas de ganso manchadas de tintas orgánicas flotaban en una lata de arvejas a medio llenar con aceites que impedían su secado.
Ya no lo invadía el espanto. Suponía que el proyecto que había iniciado a expensas de los consejos de Diógenes estaba por llegar a su fin abruptamente y que las páginas coloridas que contenían sus textos ofuscados y dibujos imaginados en combos naturistas terminarían sus días separados en basura orgánica y de la que no. Tacho negro, bolsa verde.
¿En qué había estado pensando? La pregunta recurrente lo hacía navegar en medio de la duda entre este proyecto y el de encarar un trabajo dentro de los cánones normales, aún cuando le resultava obvio que ninguna de las dos podría llegar ni siquiera a ser una obra conocida o al menos proveerle el alimento.
-Como el Manuscrito Voynich, ¿entendés?...o querés seguir toda tu vida de arquitecto?- Le había dicho Diógenes tres años atrás.
Cuando iniciaron el proyecto no había entendido a ciencia cierta en lo que quería involucrarlo, casi nunca lo entendía, pero era muy simple; había que crear un manuscrito críptico y atrapante, que emulara en la mente del observador el mismo efecto que logra la fascinación por lo sobrenatural, oculto o extraño. Un papel atrapamoscas para el intelecto.
-Mirá Shakespeare,-le había dicho intentado que todo pareciera fácil y probable- agarrá material virgen lo envejecés como la gente y después yo te contacto con un amigo que sabe y tiene con qué hacer las tintas...
   -Se van a dar cuenta Dío, no son giles, son eruditos...y nosotros un par de salames...
-Y qué te importa. ¿Vos querés ser famoso, parecer inteligente o ganar plata? Abrí los ojos Bartimeo, hoy en día gana más una loca que dice que se quedó embarazada de Maradona que un ingeniero aeroespacial con todos sus doctorados. Tenés que jugarte al escándalo. Ahí está la plata y la fama. En el espectáculo.
   -Vos querés decir que si me descubren o no, igual recibiría atención y podría cobrar por entrevistas y copias o acceso al libro. Algo así como un tipo de prostitución de las letras, pero sin pegarme ninguna venérea...
-Es la era del Bulo, kamikase, del Hoax, tontín. Conozco a un productor de un programa de la tarde y si eso me falla, te grabo en pelotas leyendo el libro y lo subo a YouTube así por lo menos al rato tenemos dos millones de visitas que quieran ver al loco del libro...o te armo una página en Facebook para tus fans y en Twitter vamos armando un trend topic para que la gente se enloquezca hablando de vos...
   -No se...¿a vos te parece que esa masa de gente adicta al móvil se puede enganchar con un tema tan extraño como un flaco en bolas leyendo un libro y que encima no sea artista...? ¿Pensás que cualquiera me va a seguir y hacerse fan porque descubrí un libro con dibujitos escrito en un lenguaje extraño? No, no te creo...a no ser que le pegues una foto con una mina en bolas no creo que alguien se fije en las mías...-
Y realmente tendría que haberse escuchado.
Arzipíades miró de soslayo su proyecto de ciencias y decidió ir a regar las plantas de albahaca y menta del balcón. Ser famoso por quince minutos era la moda, pero para eso alcanzaba con tirarle un huevaso a una figura del espectáculo, declararse gay saliendo de un intangible armario, practicar sexo oral en un baño público,  o inventar un romance con alguna política y hacerla caer en desgracia. No, no era lo que trataba de conseguir. Él quería una fama duradera, superior a los quince minutos,  incluso si llegaba de forma tardía. Que cientos de años después de su muerte, los científicos y literatos del futuro tomaran su libro e intentaran descifrarlo. Definir su autenticidad, exaltar su rareza. Que todos hablaran del Códice de Arzipíades y fuera referencia forzada para arqueólogos y diletantes.
   -Tiene que tener tapa de cuero de oveja- Había dicho para comenzar a imaginarlo y que su amigo reconsiderara la idea y se retractara del intento-
-Bueno-
   -Con grabados a fuego en caracteres que no tengan nada que ver con lenguas vivas o muertas...
-Un invento...
   -Los folios cocidos con tripa de gato. La tripa de gato siempre tiene que ver con lo oculto y con la magia...
-Tripa...de gata...prefiero...
   -Pegamento cola de caballo...
-Pegamento de carpintero, vale chaval...
   -Si y las páginas no pueden ser hechas de papel...ni de papiro...
-No queda otra cosa que no sea el pergamino...
   -Dermis de cordero, ternero o cabrito estirada y tratada. No va a ser fácil...
-Ni difícil. Tengo un amigo que los hacía para vender en la feria hippie...Se cagó de hambre...
  -Si podés tratá que el bicho tenga más de quinientos años...
-Muy gracioso. Qué más?
   -Escrito con cálamo...
-Si, y con tintas naturales...
   -Bueno, bueno, pero ya mismo me tengo que poner a trabajar, tené en cuenta que ésto me va a tomar años y no sé ni siquiera si lo voy a poder terminar....creo que conviene que me lo tome con calma porque, no te voy a bolacear, tampoco es que le tengo mucha fé al asunto. Preferiría seguir con mi vida sin perder el laburo. Por ejemplo y para que te des idea de lo complejo en lo que nos metemos; el manuscrito tendría que cumplir con la ley de Zipf , esa que dice que en las lenguas humanas la palabra más frecuente en una gran cantidad de texto aparece el doble de veces que la segunda más frecuente, el triple que la tercera, etc. Va a ser un trabajo de locos...y de calculadora...
Y realmente estaban locos.
Arzipíades pensaba en algo parecido al Kunst Formen der Natur de Haeckel, con animales y plantas que nunca nadie haya visto pero que les parezcan familiares. El idioma no debía parecerse a ninguno existente y es allí donde tomaría ideas prestadas del Manuscrito Voynich.
No podía permitir que nadie lo descifrara, en lo posible, jamás.
Tal vez varios siglos mas tarde alguien inventara un decodificador apropiado e inventaría un contenido que él jamás había colocado en el volumen. Sería entonces el tiempo de un segundo estafador en la línea hacia la inmortalidad. Estaba preparado para compartir el mérito, sobretodo post-mortem.
Se le había escapado una sonrisa al pensar que el dibujar libremente lo que no existe y escribir aquello que nadie debe lograr leer, era la fórmula mágica hacia el Best Seller con menor contenido jamás realizado.
Sopladas tres velitas desde aquél inicio de actividades las mismas se habían convertido en un impulso irrefrenable que lo mantenía atado a las plumas y los colores, escribiendo frases que no seguían ningun correlato con las de tan solo una hoja atrás. Una locura que lo absorbía en esfuerzos que nunca serían debidamente recompensados pero que no podía abandonar.
La cafetera pitó su alerta de café listo.
La compu ya había iniciado sesión en su usuario.
Diógenes le había dejado un mensaje con un documento que pensaba filtrar en los diarios.

El manuscrito Arzipíades es un libro totalmente ilegible. No es una metáfora: fue escrito en una lengua desconocida y con “glifos”, signos, que también resultan desconocidos. Fue hecho con pergaminos  y escrito tal vez en la primera mitad del siglo XV. Se le perdió el rastro por unos siglos y reapareció en 2014, cuando un señor llamado Diógenes Pillgrim, fue a Roma a comprarles libros viejos a los jesuitas.
Pleno de dibujos de plantas tildadas de “frankenplantas”, por parecer hechas con partes de diferentes especies, y estrellas y seres humanos que se bañan en fuentes y castillos con almenas que nadie puede reconocer. Se cree que probablemente, es un tratado sobre la naturaleza, tal vez en un lenguaje asiático o de Oriente Medio.

Tipeó que lo de frankeplantas le parecía una exageración y que no se adelantara tanto a los hechos. Que recién había cocido los folios con la tripa, faltaba darle el envejecido final y después había que filtrarlo en la biblioteca de la Ordo Fratrum Minorum de Roma y traerlo como el descubrimiento del siglo.
No quería decirle que no tenía mayores esperanzas, que al carbono-14 no podían engañarlo, que no tenían conexiones válidas con el mundo de los coleccionistas de arte y aunque hubiera copiado aquello que observara en la Royal National Library of The Netherlands y su extensa colección de manuscritos, cualquiera mínimamente versado descubriría el timo. ¿Pero eso no estaba también en los planes?  A lo sumo y merced al trabajo dispensado podría recibir el mismo reconocimiento popular que su colega el arquitecto Luigi Serafini y el mundialmente apreciado Códice Seraphinianus, o en su defecto aceptar el escarnio popular convertido en notas de color en revistas de papel reciclado.
Arzipíades verificó las hojas respeto, la portadilla y la contraportada. La costura había sido exacta y las guardas esperaban el añadido de las tapas. Los entrenervios se notaban perfectos y las cabezadas eran hermosos trenzados de lana de oveja coloreados que seguían la forma de la media caña, ya que el lomo terminaría siendo curvo y con nervio repujado en cuerdas que se había preocupado en colocar. Las gracias las había marcado sobre el cuero humedecido de tal forma que al momento de haberlo finalizado  deberían permitir la apertura y cierre del libro sin mayor esfuerzo.

Arzipíades se sentía orgulloso de su obra pero inhábil para el engaño. Una vez terminado lo dejó secando en un lugar del balcón donde el sol siempre pegaba, esperando descubrir alguna falla evidente bajo su incidencia en distintos ángulos. Hora tras hora se detenía frente a su obra magna y se quedaba mirando cada nueva faceta que la luz le descubría. Pronto el cansancio de un sueño feroz lo sorprendió y el descanso reparador lo llevó de la mano a otro mundo donde su imagen encabezaba los titulares de los diarios como el mayor falsificador de todos los tiempos.
Los aplausos y sus admiradores lo perseguían persistentemente y pronto ese batir constante se convirtió en la melodía de miles de gotas atraídas por la gravedad impactando un suelo que ya no las absorbía.
Al abrir los ojos, el brillo de las aguas acumuladas sobre las cerámicas del balcón y las gotas chispeando sobre el vidrio parecieron regalarle un momento mágico de paz en medio de la melancólica tarde. De inmediato se dio cuenta que su obra había recibido más líquido elemento del que podía manejar y en un pequeño charco de tintas diluidas escurría su contenido en mezclas abstractas como su propia esencia.
Arzipíades no se sorprendió, ni siquiera la lógica angustia pudo llegar a envolverlo. La obra ya no era el simple objeto material, había sido un camino recorrido en una búsqueda inútil, tras un engaño que lo atrapó a él mismo.
Recuperó los restos sumergidos y simplemente los depositó dentro del horno abierto y con la llama en mínimo, recostado sobre una pizzera de aluminio con repasadores y papeles varios que ayudaran al mejor escurrido. Pensó que tal vez eso le daría una mayor credibilidad, que en su interior los defectos que la naturaleza había realizado con su impronta eran tan aleatorios y reales que podrían ocultar aquellas perfecciones que él no había podido evitar.
Le dejó un email a Diógenes. Dos palabras que cerraban un ciclo de trabajo.
-Está listo-
Y Arzipíades se repitió mecánicamente que no era el fin de una travesía, que en realidad su obra debería versar sobre esos últimos tres años, de sus esfuerzos y cavilaciones, de amores perdidos y encontrados a la sombra de un único proyecto que le había estado secando la mente a diario. De su ingenuo intento de estafar al mundo con un libro mayúsculo e inquietante, un incunable, que nadie podría llegar a leer jamás.
Decidió al fin que era el momento de comenzar una obra genuina, aunque fuera para un único y solitario lector perdido entre las bandejas de saldos de una olvidada librería, en un húmedo  y sombrío callejón de los recuerdos, en la ciudad más austral y deshabitada de toda Argentina.
En un irrefrenable impulso final, cerró la puerta del horno y llevó la llama al máximo.
Pensaba con esa ingenuidad tan suya, que si todo fallaba, aún podría contar la historia del famoso códice dañado por las llamas de un antiguo incendio.

OPin
2014
Cuentos Sin Rumbo

http://cuentossinrumbo.blogspot.com.ar/
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25 de marzo de 2014

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Vivir es imaginar


Desperté conmovida una vez más, las ideas me atormentaban, las imágenes me confundían y los ruidos de mi cabeza no me dejaban concentrar en lo que realmente necesitaba resolver en este momento. Ya no había escapatoria.

No tenía idea que fecha era, ni si estaba el sol, ni que había afuera. Mi mundo a simple vista se agotaba en las cuatro paredes que me rodeaban. Pero este ambiente determinaba cada vez menos mi interior. Me sentía en otra dimensión, empapada de recuerdos, música, paisajes, amores e historias que no existían.

Resignada a la injusticia de la sociedad, preferí vivir en vez de sobrevivir en el lugar donde me tocaba. Lo que me llevo a tomar esa decisión fue algo mas fuerte que todas las cosas materiales que me tocaban o por las cuales luchaba, algo que no sabía definir con exactitud. Pero ese algo era lo que me salvaba cada dia del odio, la desesperanza y la tristeza.

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Romeo me estaba esperando en un café cerca de la plaza principal, teníamos que discutir asuntos cotidianos, no muy interesantes y sumamente monótonos. El solo hecho de pensar en estar sentada ahí hablando de la rutina, los papeles y los problemas con los clientes me hacían querer escapar hacia una playa desolada sin nadie que interrumpa mi novela de verano o simplemente mi paz.

Pedí el cortado de siempre, comí el dulce que lo acompañaba con ese gusto tan particular, encendí el cigarrillo e intente centrarme en tema.

Al finalizar, sin una solución muy clara, camine hacia la oficina. Respirar el aire fresco de la mañana de marzo me recordaba que todavía quedaba en mi un espíritu liberal y un mundo interior donde no existían los pesares. Llegue y me recosté en el sillón habitual, tome otro café. Observaba fijo a dos jóvenes que estaban todos los días a la misma hora en la plaza de enfrente mirándose uno al otro sin decir una palabra, me parecía extraño, me interrogaba que pensaría cada uno de ellos, que sensaciones experimentarían sus cuerpos como consecuencia de eso que muchos llaman ‘amor’. Se podía notar una energía tan intensa entre los dos que me hacía sentir viva con el solo hecho de contemplarlos.

Me di cuenta que lo que motivaba cada uno de mis días era ver a esos jóvenes sintiendo tanto y diciendo tan poco. No importaban ni las palabras, ni el ambiente porque todo empezaba y se terminaba en sus ojos. Seguramente ellos no tenían ningún problema que fuera importante, ninguna obligación que los haga ausentes en esa plaza.

Los miraba dos horas cada dia, y vivía atrapada en mi historia imaginaria. Probablemente sentía más ganas de estar en su lugar que mirándolos desde mi lujosa oficina, plagada de quehaceres y asuntos pendientes. Mi necesidad se reducía cada vez más a unos ojos que contemplar con tal pasión como la que observaba entre ellos.

Y en este preciso momento me encontraba como yo hubiera creído querer estar siempre, sin obligaciones, sin rutina, sin trabajo ni quehaceres, entre cuatro paredes y únicamente concentrada en esos jóvenes que seguían vivos en mi inspiración, yo ya no tenia que sentarme en un sillón frente a un ventanal para verlos, solo me concentraba cerrando los ojos para no ver tal privación de libertad en la que me encontraba, que por cierto ya no le daba importancia. Por la energía que existía entre esos jóvenes quería seguir viva. No me importaba pasar mil años en esta celda mientras pueda recordar esa conexión visual, esa plaza, esos ojos y toda esa estética que los rodeaba.


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Es la inspiración y algo tan simple lo que te hace sentir vivo que no hay que viajar a otra dimensión para encontrar lo que suena mejor dentro de ti. Vivir es crear, imaginar y soñar con las cosas de todos los días.

Gina Filippi
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24 de marzo de 2014

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Cuita 1/4: Saliendo a flote


"Nadie soporta el olor de su mierda", me dijo mi madre alguna vez. Y la verdad, después de pasar como cuatro días borracho con un malestar de los mil demonios, debo darle la razón y agregar que la suciedad, el sudor y el alcohol no son buena combinación.

Si a esto le sumo el sentirme igual que la peor de las pifias, destrozado por completo por hechos que aquí no vienen a cuento, imagino la impresión que doy a primera vista y la decepción que dejaría una segunda. Lo curioso de todo es que cuanto más daño te haces y más a la deriva te eches, mayor es la culpa que sientes.

Me canso de hacer zapping en el tv sin ver nada en especial, tirado de cualquier manera sobre el sofá, acabando con toda la reserva de cereal de la cocina y cualquier botella que se me pase por el frente; llevo la misma ropa de hace no sé cuántas noches, la barba entierra mi cara, me encuentro casi al mismo nivel del piso de la sala e inspiro lástima.

Me hago consciente de lo mucho que apesto en muchos sentidos y aquella frase de mi madre empieza a atormentarme. “¡Rayos! Cómo quisiera tener la nariz tapada en este momento” –digo, notando lo agria que se oye mi voz y el rancio sabor que se adhiere a mi paladar. Luego no logro dejar de pensar en lo bajo que he caído, en lo solo que estoy y en que definitivamente, al momento de embarrarla, nadie soporta el olor de su mierda ni qué decir del de los demás.

Entonces, echo a un lado lo que sea que me esté bebiendo, dejo el mando del tv estar, me levanto con el cuerpo agarrotado y acalambrado, libero al mueble de mi letargo, me dirijo a la ducha convencido de que es lo mejor que he hecho en los últimos días y esperando obtener algún tipo de liberación al removerme la mugre de encima.

Evoco aquello que alguna vez alguien me dijo: “A veces hay que tocar fondo para saber qué tan bajo se ha caído y agarrar impulso para mantenerse a flote en la superficie. Así que cuando sientas que te estás hundiendo con tus problemas recuerda una cosa: la mierda flota, eres tú quien se ahoga”.

Así que a mis mierdas les digo, citando a Álvaro de Campos: "¡Iros al diablo sin mí, o dejadme ir solo al diablo! ¿Para qué habremos de ir juntos?"

Aldo Simetra
http://treboldeizary.blogspot.com.ar/
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23 de marzo de 2014

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Estúpida burbuja


Todos alguna vez tenemos ese sentimiento de estar encerrados, sofocados, ahogados. Sentimos que no nacimos para esto, estamos viviendo una vida que no nos pertenece, miramos a nuestro alrededor y nada parece estar bien, todo se siente ajeno, como si viviéramos una vida perfectamente planeada, superficial, pero en nuestro inconciente sabemos que en realidad no vinimos al mundo para esto, nuestra existencia no debería ser tan insignificante, vinimos aquí para dejar una huella, hacer un gran cambio.
Un momento todo esta bien, te levantas, vas a estudiar, al trabajo, regresas a casa, pasas tiempo en familia o quizás solo te echas a distraerte de los “problemas” que ha tenido tu día perfectamente rutinario. Al siguiente momento, bam! Te das cuenta de que algo no esta bien, algo no esta funcionado, comienzas a sentir como algo cambia en tu interior, por tus venas corre el deseo de ser alguien más, de tener una vida completamente distinta, tener aventuras, conocer el mundo, el mundo verdadero, salir de la burbuja en que has vivido toda tu vida, porque de repente has crecido y tu burbuja te queda pequeña, es ahí cuando te sientes encerrado, sofocado, ahogado.
Pero antes de dar ese paso, de romper la burbuja que te atrapa, te detienes una milésima de segundo y te pones a pensar ¿Qué es lo que voy a hacer? ¿Cómo voy yo a conocer el mundo, a cambiarlo? Soy solo una persona normal, uno más del montón, estoy dentro de la media, y la media no es tan mal, es incluso cómoda, por supuesto que no tiene adrenalina, no me alimenta con ganas de seguir viviendo con más entusiasmo cada día porque se que tengo un propósito definido, un propósito significante, un propósito que puede cambiar al mundo.
Pero aún así, no deja de ser cómoda, segura, es en esa milésima de segunda que te detienes a pensar ¿vale la pena tirar todo por la borda? ¿Desechar una vida planeada por vivir una completamente desconocida? ¿Y si el mundo no es lo que yo pienso, y si no cumple con mis expectativas? Entonces todo habrá sido en vano, dejare de ser uno más del montón para convertirme en un miserable, uno verdadero porque al menos ahora mis sueños están intactos, esperando a ser cumplidos, intactos, pero al menos no rotos.
Miras nuevamente a tu alrededor, la vida ajena y superficial ya no parece tan mala, decides esperar, creyendo que la burbuja estallará sola cuando tus sueños estén prontos para cumplirse, después de todo es mas fácil creer que las oportunidades llegan solas que salir a buscarlas.
De pronto ya no te sientes encerrado, sofocado, ahogada, una sensación de calma te invade, no es paz, sino calma, calma porque la burbuja ya no te queda pequeña, no tienes que preocuparte por esas ideas locas de salir corriendo a un lugar feliz, verdaderamente feliz, calma porque no tienes que lidiar con la verdad, esta no es la vida que quieres para ti, pero es muy tarde para eso, tus miedos te han convencido de lo contrario.
Felicitaciones, has vuelto a ser insignificante, uno más del montón.

Camila Bentancur

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22 de marzo de 2014

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La previa de Josefina


Todos los sábados Josefina se reunía en su casa con amigos para hacer la previa antes de ir al boliche El Jagüel al que le encantaba concurrir ya que alli se escuchaba su música preferida. El rap. Cada uno llevaba la bebida alcohólica de su preferencia y estaban bebiendo hasta la hora en que el local bailable abría sus puertas. Josefina era una hermosa chica que estudiaba abogacía y además trabajaba de promotora siendo varias veces tentada a que se dedicara al modelaje pero a ella no le gustaba. Tenía un espíritu alegre y aparte de su gran belleza lo que más se destacaba en ella era su bondad y su don de gente aunque algo en su personalidad que no encajaba con su forma de ser y era que le gustaba beber y mucho por eso varias veces y después de hacer “Las Previas” y seguir alcoholizandose en el boliche tenía que ser acompañada por algún amigo o directamente por su padre quien iba a buscarla para luego de esperar que al otro día la borrachera se le pase tratar de convencer a la chica para que desistiera de seguir por ese camino.
Ella explicaba una y mil veces que podía controlar su adicción sin problemas y en verdad parecía ser así ya que en la semana su vida era completamente normal y no tomaba una sola gota de alcohol.
Pero un día la tragedia se desató. Salió aquel sábado del Jagüel totalmente ebria, cruzó sin mirar la calle y fue atropellada por un vehículo muriendo en el acto.
Tras grandes muestras de pesar por su fallecimiento, sus familiares y amigos acompañaron sus restos hasta el cementerio. Allí luego de su entierro y ante su tumba su mejor amiga Ivanna propuso un pacto a todos aquellos que participaban de aquellas previas.
Sin entender mucho de que se trataba sus amigos
escucharon a la chica

—A partir de hoy —Les dijo— Propongo que las previas se hagan en mi casa

Todos se miraron asombrados y se enojaron con ella ya que no podían creer que la mejor amiga de Josefina estuviera proponiendo el nuevo el lugar de encuentro en un momento tan triste y duro pensando en esa frivolidad sin tener en cuenta o no dándose cuenta de su proceder tan desubicado y frio. Ivana llorando los miró uno a uno a la cara y continuó.

—En homenaje a nuestra querida amiga haremos la previa sin alcohol. Tomaremos solo café y gaseosas. Propongo también que a la salida del boliche y cada sábado uno de nosotros se quede afuera vigilando portando termos de café para ayudar a los chicos sean conocidos o no que salgan ebrios y asi esperar a que se recuperen al menos un poco para poder regresar a sus casas o si es necesario llamar a sus padres para que vengan a buscarlos, de esta manera podremos alivianar un poco este dolor y sentir que la muerte de nuestra amiga servirá al menos para crear conciencia en todos.

La madre de Josefina quién estaba escuchando a Ivana se acercó y la abrazo fuertemente.

—Yo acepto tu propuesta —Le dijo emocionada— Jóse era mi única hija y al menos de esta manera paliare en algo mi dolor y la culpa que siento por no haberme dado cuenta de lo que pasaba. Yo llevaré los termos y hablaré con la policía y la intendencia para que nos dejen instalar una carpa en donde ayudaremos a todos esos chicos

—Yo estoy con Ustedes —Dijo Lautaro uno de los amigos—

Y los demás aceptaron unánimente y se embarcaron en el proyecto.

Una semana después pusieron manos a la obra y ésta pronto surtió efecto ya que muchos municipios y vecinos imitaron la idea. Muchos dueños de los boliches comenzaron a controlar mejor sus locales y restringieron la venta de alcohol a menores prohibiendo también la entrada a todo aquel que estuviese en estado de ebriedad .

De esta manera y con una simple idea muchas Josefinas fueran salvadas.  

Jorge Iglesias
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21 de marzo de 2014

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Fritando humedades


Bebiendo barriletes quiero fugarme con vos,
En un camión de la basura compre mi triste Don.

Culpando al chófer por su negada distracción,
termino en la iglesia vomitando recuerdos.

Ayer con la gangrena paramos la infección,
la leche está cortada con vainillas es mejor.

Me siento en la niebla esperando a un Dios,
llovizna muy fuerte en el frágil y desolado rincón.

Puteo a tus moscas por pesadas y con olor,
No entro a tu placard para morir en canción.

Fritando humedades, una montaña rusa explotó
Me duele la cabeza, hoy no tengo corrector.

La lapicera negra dormitando en mis dedos,
me mira y me dice vacaciones por favor....

Sintonizando mis huesos, busco un brillo a mi favor,
No soy el dial de tus alegrías, de tus noches, de tu sol.
 
Eduardo Olmedo
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19 de marzo de 2014

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Frágil y femenino asesinato


Para todas las mujeres, gracias por existir.

Ella asesina su humor una vez al mes. No le hables fuertes ni seas dulce,
si algo no le gusta te va a saltar como cobra maldita de África.
Te va a picar y meter su irónico veneno para que empieces a temblar con ataques de epilepsia y convulsiones hasta que la muerte le guiñe el ojo y te pasen a buscar en una ambulancia.

Tiene el pelo abombado y su mirada, cada minuto que pasa, te cobra el impuesto al dolor más cruel, se siente vulnerable a tu risa, a tu pavo comentario por lo bajo, a tu sonrisa fácil y a tus manos.
Son días olvidadizos de flashes, de joyas, maquillajes hasta de perfumes. Días en que un té puede ser un café y tu mermelada un dulce de leche, lo nublado va a ser tormenta y de seguro va a caer piedra.

En casa el clima esta tenso, no se mueven ni las cortinas, mis chistes son leños para esa salamandra de mujer que arde de malestares por solo hecho de ser mujer.
Aunque ella es lo que siempre soñé, mi hermosa princesa rubia sin príncipe azul se siente la chimoltrufia o la ultima a rescatar del Titanic, por cuatro o cinco días compite con Doña Florinda en la cancha de los amores.

Por mi M en mi DNI, por H en la vida, soy culpable y voy a cumplir condena, masculino o femenino que gran diferencia o mejor dicho que hermosa diferencia ¡.
Todo es tan anormal que es normal escucharla reír y llorar.
No tiene hambre hasta que te ve comer, quiere tu plato pero que le des de comer en la boca. De la alegría a la más polvorita soledad pasando por la Av. llanto hay unos centímetros/segundos de distancia.

Es una mujer que está muy fuera de la línea derecha, en la ruta me mira, habla y llora. Siente que no hay consuelo que pueda cambiar este ánimo de hoy, que la tecla no está en ON, está en OFF. Estamos sin trato sin acuerdo sin contrato y en el trabajo se siente peor.

La verdad de lo que está sucediendo en este melódico garabato del alma muchas veces se me escapa como agua entre manos, es que no me doy cuenta.
Hay días que los cadáveres se asoman por la bolsa negra, no gritan ni silban solo asesinan a las narices prostitutas que sangran a más no poder.
 
Eduardo Olmedo
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17 de marzo de 2014

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Constancia


El resplandor de su cabeza calva le vino a la mente, así tal cual, una sandía morena sobre  hombros  que ya no recordaba bien. Él había decidido quitarse los pocos cabellos que aún se sostenían  porque, según contaba, eran viajeros cada día menos asiduos que sacaban la tienda de campaña y se aparcaban junto a arbolitos diminutos, aferrándose a no largarse de una buena vez y haciendo de la acampada una vergüenza pública. Pensaba que era una traición mayor el alejamiento gradual, que borrarlos de un navajazo para siempre. Él decía que nadie entendía la desesperación del vacío, donde la piel ganaba terreno poco a poco. Estaba condenado a desprenderse de las glorias de un pasado que se pegaban en la almohada, tapaban las coladeras y se desbarataban cuando se quitaba el suéter por la noche. Por eso un buen día se compró un rastillo azul en la tiendita y acabó con el drama de la alopecia masculina –al menos la no decretada.
Ella lo conoció calvo, así que no podría ser de otra manera cuando pensaba en él. Tenía sus formas, casi rituales, de encender la luz y dejarlo salir de la recamara del olvido.  En sus recuerdos lo fijaba en ciertos espacios de los que no salía nunca. Le había inventado dibujado en exvotos cuadrados, de los que aún quedan en las iglesias viejas. A veces era un muñeco plano que agitaba los brazos  anunciando fuego, o su cráneo redondo se inclinaba sobre las palmas juntas bajo santo desproporcionado, o daba gracias  a la virgencita porque se nos quemó la casa pero tú nos dejaste vivir y luego la construimos otra vez de tu mano. Así lo recordaba, en cuadros inmóviles en que él se desplazaba únicamente de izquierda a derecha y de norte a sur. Él  sin arriba y sin abajo, porque las memorias, si acaso, tendrán olor o sabor, pero nunca vida propia.
A ella no le gustaba ni  cuando se conocieron, ni cuando se hablaban, ni cuando se despidieron la primera vez. Él tenía una sonrisa sólo de dientes, los labios se le confundían con la piel marrón de la cara. Pero aún así, después de tantos años, a ella se le remueve un gusano en la garganta, va, enciende la computadora, espera la eternidad mascullando que tan avanzada la tecnología y siguen haciendo pantallas de bulbos, se ríe disimulada y el gusano se le arrastra hacia adentro, donde ya no lo puede alcanzar, teclea su nombre y aparece la única fotografía que siempre ha tenido en el perfil de la red social. Sólo se ven los labios continuados  enceguecidos por una mueca y la cabeza brillosa. 
Se entera que ha tenido un éxito relativo, que publicó un par de libros, con el poco talento que tenía. Pero el talento parecía no haber crecido sino expandirse en hojas rellenas de los mismos cuentos chinos que le enviaba a ella, que le escribía a ella y que se inspiraban en ella. Siente entonces que un ave negra  le despega del cabello –que ella aún mantiene abundante-, pero antes atrapa con la pata un hilo que la recorre completa, y mientras más alto vuela, más se le destejen los sueños y mientras más graznidos, más se le encona el rencor en el lado izquierdo del vientre. Un par de libros, con el poco talento que tenía. 
Ella  sabe, porque se lo escuchó muchas veces, y porque estaban juntos cuando alguien se lo dijo, que para ser escritor hay que escribir, un pedacito roto y malcomido, una parrafada hueca, un recuerdo, las manecillas del reloj, lo que sea, pero escribir todos los días. Ahora él tiene publicados dos libros y con el poco talento que tenía. Qué bueno dice ella. Lo merece dice ella. Es la constancia dice ella. Miente. 
Ella, en la orillita de la mentira, se sienta para repasar algunas justificaciones para la poca constancia propia. Muy seria se cuenta los dedos varias veces, se dice que ha hecho mucho, ha viajado mucho, ha estudiado mucho, ha vivido mucho. No todo fue tiempo perdido. Miente. Ahí delante de la fotografía muy retocada de él,  sigue repitiendo una historia, que le contaría en vivo, si no fuera una colección de pinturas hechas por encargo en su memoria. Si los labios no tuvieran esa única mueca hendida en la cara, juraría que él se está riendo de su cuento. Al menos eso.
Lo recuerda la última vez, callado y desierto, con las manos morenas sobre el regazo. Ellos no hablaron nada, acaso ella buscó un instante, pero él se había convertido en un globo ligero  que flotaba en el aire y ella en un predador inválido. Él la miraba de tanto en tanto, desde el exvoto que ella pintó para retener ese día, con las palmas juntas, en una silla vaporosa, y musitando gracias a la virgencita porque hoy no quería enseñar los dientes blancos y chiquitos, y tú me salvaste de tener que dar explicaciones a esta mujer, oh dulce, oh santa, oh pura santa María.  
Y ella se servía otro whisky para no levantarse y enseñarle, frente a todos, lo grande que era el hueco de su cuerpo en el suyo. Así de éste tamaño, fíjate bien, desde aquí debajo de las costillas y hasta el huesito de la rodilla. Así de negro como tu mentón. Así de podrido como las palabras que se entierran en mi lengua. Y otro whisky para quitarse el sabor de los dientes chiquitos que no tocaría jamás. 
Él callado toda la noche, hasta que los estragos de la luz del sol y ella tuvo que pedir otro whisky para el camino. Se despidieron de los amigos en común y salieron juntos, ella, él y la esposa. La calva refulgía en la claridad y sin prisas se metieron todos en el autobús. Ella llegó a casa, escribió algo, y colgó el último exvoto donde aparecería. Él con las manos vueltas al cielo, la mujer plana junto a él y una aparición central de la virgen del perpetuo socorro subida en una nubecita azul, ambos extasiados  dando gracias a la virgen por el milagro de que nos salvaste a mí y a mi mujer de una víbora que nos salió en el monte, él y la mujer de rodillas con un autobús urbano flotando sobre la nubecita azul y una notita de bendita seas virgencita del perpetuo socorro porque pudimos subirnos al camión, pero ella se bajó rápido y nosotros seguimos el camino sin preocupación. Luego de ese día, se le acabaron las ganas de escribir, viajó mucho, leyó mucho e hizo mucho, para compensar.
Días después, él todavía escribió algo que era para ella, sobre ella y por ella. Un relato en el que subía al baño y ella lo esperaba arriba para decirle que era un cabrón, él  bajaba las escaleras, se sentaba a  discutir sobre cierto cuento de elefantes de Hemingway  y pensaba en la muerte durante toda la noche, sin beberse ni un sorbo de agua. Luego de esa noche, siguió rasurándose cada tercer día para ser un calvo por decisión, siguió hablando de mujeres, siguió haciéndoles relatos, siguió acostándose con su mujer y publicó dos libros. Y con el poco talento que tenía.


Ren Solleiro
Imagen tomada de: http://elhombrejazmin.com/2011/11/exvotos-la-representacion-como-intercesora/
http://trafico-pesado.blogspot.mx/
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16 de marzo de 2014

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Ciudad de los Reyes




Érase una vez una Navidad gris y ventosa. Gris por el color plomizo del cielo en el mes de diciembre. Ventosa porque cerca del mar la brisa volaba a todas horas, y las casas se corroian con el aire curtido y la tierra salada de la que estaban hechas las montañas. Era una Navidad hecha de colores apagados y maderas carcomidas.

Había una vez una Navidad con familias sin padre, con madres valientes y varios hijos de edades aledañas.
Con casas de balcones de madera, casas de cemento roto y pintadas de azul o amarillo. Casas ahogadas entre otras casas, a las que se llega a través de un largo pasillo oscuro que nace en calles grises y marrones, para acabar en patios bañados de luz mortecina.

Casas en barrios altos, límite metropolitano que linda con la montaña, desde donde baja, también en Navidad, el mismo viento tordo de todo el año.

Fiestas de Navidad en la linea que separa el bien del mal. La diferencia entre vivir y sobrevivir. Entre tener poco y no tener nada. Porque más allá de los barrios se llega todavía más lejos. Donde la miseria no tiene nombre porque las palabras no alcanzan lo que ven los ojos y tocan las manos.

La linea que forma el horizonte es magnífica en este lugar loco, es de colores entre una nube de arena. Millones de almas entre chapas y cartones. Ciudad que rodea la ciudad. Un mar infinito de hogares de papel que se borran con cada lluvia y se levantan con el sol. Cobijos concebidos con el mismo fuego que los demuele, con la misma fuerza incombustible que los reconstruye, como ayer, de tierra, piedra y madera.

Érase una vez una Navidad entre familias sumergidas en dolores malditos e insanables sufrimientos. Historias que caminan entre calles polvorientas arrastrando los pies, pero que mañana no habrán dejado una sola huella. Porque son millones, y tienen nombres que se olvidan.

Navidad entre sacos de arroz y habichuelas, pesados y sellados por brazos enfermos y sanos. Dedos morenos y aceitunados, con sangre condenada a la muerte por haber amado con la suerte equivocada. Sangre castigada que destina sus propios frutos a un porvenir incierto.

Gente de ojos oscuros con el alma enraizada, locamente enamorada de su tierra traicionera. Capaz de esperar toda una vida la metamorfosis de su amante ingrato, o capaz de escapar muy lejos buscando otras fortunas, para luego volver de nuevo atrapada por la nostalgia. Gente sin miedo a perder porque ya nació perdida, todo lo que sucede después no puede ser sino dicha.

Madres que no consienten a los hijos porque no tendría sentido. Como fieras leonas enseñan a cazar, a vivir, a buscar sustento y trabajo lo antes posible para no ser devorados. Quien posee esta fortuna sobrevive, aprende a perseguir sin respiro su futuro; a veces apresa una vida propia y feliz. Para más tarde agradecer a la madre de piel vieja y ánimo de acero todos los sacrificios que conocen solo los que viven entre las casas de colores corroidas por el viento.

Ciudad de colores desgastados, de centro vivo y majestuoso, de perimetro colosal. De contraposiciones y analogias. De divinidades y tinieblas.

Ciudad de mar y playa para quien tiene los pies que lo acerquen, de terruño esteril para el que más lejos se queda a vigilar su casa de cartulina con miedo a que otros se apropien.

Y sin embargo se desparrama en las entrañas y la memoria la semilla del regreso. Aunque no hayas nacido a la orilla del mar, o en lo alto de la sierra entre reliquias o restos milenarios, o más adentro donde empieza la selva, el titánico rio y otros mundos mágicos. Tierra que te corteja y conquista, que encapricha al extranjero y avasalla al nativo.
Érase una vez una Navidad que unia corazones sobre el oceano. Hilos de añoranza sobre el Atlántico, sobrevolando la foresta, o sobre el Pacífico y sus islas, miles de kilómetros, como pequeños aviones invisibles, o bajo el mar, como las mareas. Hilos de pena, de esperanza o de soledad, diminutos o enormes pensamientos que unen continentes.

Mientras, de la montaña baja, como todos los años, el tordo viento que sazona la ciudad con el aire del mar.

A todos los que saben del mar y la sierra, y que sujetan con fuerza sus hilos invisibles.

Carmen Lozano


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Hasta que la osadía nos una


Fue casualidad o causalidad que se encontraran a un metro de distancia
Un metro de distancia que pudo haberse evaporado simplemente con un par de pasos
Pasos que no dieron al quedarse quietos
Quietos, mudos y paralizados en el mismo tiempo.
Tiempo en el que todo avanza sin razón ni causa
Causa que rogaron fuera develada
Aunque fuese un instante,
Aunque fuese un momento
Porque sabrían que no fue coincidencia encontrarse de nuevo.
Y entonces, probablemente sus pies habrían ido a destiempo,
Pero en la dirección correcta.
Las palabras habrían encontrado el modo de recordarles sus voces.
Tal vez, el pasado se asomaría a contemplarlos y
Descubrirían que ahí, en ese espacio, ahora más cercanos,
Serían consecuencia de un mismo acto.
¿Fue casualidad o causalidad encontrarse a un metro de distancia?
Se preguntaron mientras sus espaldas, a lo lejos, tuvieron el valor de saludarse.
Sus labios replican
La piel les reclama
La mente enloquece
El alma se apaga.
"Y eran esos los labios que quise saborear esta mañana".
"Y es esa la piel que quiero acariciar otra vez".
Cuerpo y corazón se reprochan el no ser totalmente independientes
Mientras sus dueños piensan distantes:
¡Qué raro el habernos encontrado de nuevo!
Y si la cobardía no fuese su único escudo,
Y la mente, su principal aliada
Nada les impediría darse cuenta de que las casualidades no existen,
Que solo las causalidades las crean.
Un metro de distancia los separaba esa tarde,
Pero kilómetros de una osadía inexistente los separará siempre.

Fritzy Zamor


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15 de marzo de 2014

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El invisible


Golpearon mi espalda las primeras brisas del sur. Anunciaban la probabilidad de un cambio en el clima que le hiciera frente al brumoso polvo marrón, que la sequía se había obstinado en depositar en el ambiente. Busqué refugio en un pañuelo que colgaba del picaporte de la puerta y que el quehacer del jardín me obligara a quitarme y proseguí mi tarea. Amanecer y atardecer pintaban el mismo panorama. Eran los últimos días de un invierno tenue, más parecido a un otoño invernal. De esos Mundos invisibles que nos rodean, que comparten nuestro entorno, llegó. Se instaló en algún lugar muy próximo a mí. No le percibí hasta más tarde. Hacía tiempo que los canteros de caléndulas requerían la presencia humana, así fue que continué hasta el anochecer. Transpirada y cansada me dí una ducha y sólo tomé un té, ya que raramente no tenía apetito. Me fui derechito a la cama. Un pijama limpio y de color rosa me esperaba. Las sábanas níveas me recibieron como para que durmiera toda la noche, sin embargo, no fue así: giros y más giros enredados en una lucha sin cuartel, arrugando el percal, y mi ropa limpia recién puesta. Tuve sueños raros, persecuciones de alguien o algo que no podía ver. Sentí, en medio de la brumosa carrera, estertores y escalofríos. De madrugada desperté con los ojos desorbitados, la garganta me quemaba, así que fui hasta la cocina por un vaso de agua. No quería reconocer el caluroso miedo nocturno que me abrasaba y felizmente tuve la sensación que, desde ese momento, a partir del líquido fresco nutriendo mis venas y arterias, podría conciliar el sueño. Sin embargo, solamente logré sumergirme en un sopor indeseable que acabó por partirme la cabeza. Cuando ya mis ojos se habían desplomado ante el cansancio, una corriente de agua, como canilla abierta, me sobresaltó. Sentí una opresión en el pecho que me desequilibró aún más. No podía respirar. Esta batalla se presentaba dura, seguro la perdería. Dos días después, me rendía totalmente ante Él. Me había traspasado de lado a lado con mil espadas que me causaban dolor en todo mi cuerpo. Estaba aniquilada.

Tienes un virus”, sentenció el médico del lugar, un señor calvo que me miraba desde muy cerca y quien me sobresaltó al despertarme. Esta vez, “El invisible” me había encontrado con la guardia baja.

Zuni Moreno
Imagen de  foro.tiempo.com

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14 de marzo de 2014

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Un siglo de “Platero y yo“


Un siglo de “Platero y yo“, el libro para adultos que leímos con candor
La primera versión de la obra de Juan Ramón Jiménez se publicó en 1914. Habla de sexo, trabajo infantil y hasta de un caldo de perritos, señala un experto. Influyó incluso en Borges.

Por Bárbara Alvarez Plá para revista Ñ


“Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños”, decía Juan Ramón Jiménez (1881-1958) en el prólogo a la primera edición de Platero y yo, la novela a la que su nombre quedaría adherido. “Es un libro que necesita una lectura adulta, habla de sexo, de homosexualidad, de trabajo infantil”, señala Jorge Urrutia Gómez, especialista en este autor, que marcó el canon de la poesía española y fue Premio Nobel en 1956.

Cargando con este malentendido, Platero y yo cumple 100 años. En 1914, cuando la publicó la editorial La Lectura, la obra tenía sólo 63 capítulos desordenados: la versión con los 136 capítulos originales, más dos anexos, en el orden en que hoy los conocemos, no apareció hasta 1917.

En realidad, en 1914, el libro se publicó por casualidad. El escritor tenía pendiente un trabajo con el que no pudo cumplir a causa de una discusión con su esposa, Zenobia Camprubí. Pero para no dejar sin nada a su editor, Jiménez le dio unos capítulos de Platero.

Jorge Urrutia Gómez, catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de la Edición Crítica de Platero y yo, cuenta que “en 1914, el editor no sabía qué hacer con el texto, y lo metió en una colección juvenil, entonces empezó a leerse en las escuelas españolas. Ahí se hizo una interpretación sentimentaloide que nada tenía que ver con la realidad. Le han hecho muy mal las instancias escolares... hay mucha crueldad”.

¿De qué habla? De cosas como ésta: agárrense: “Aquella dorada y blanca, como un poniente anubarrado de mayo... Parió cuatro perritos, y Salud, la lechera, se los llevó a su choza de las Madres porque se le estaba muriendo un niño, y don Luis le había dicho que le diera caldo de perritos” .

El libro no sólo se leyó en las escuelas españolas: varias generaciones de estudiantes argentinos transitaron las peripecias del narrador y el burrito “pequeño, peludo y suave”.

Platero y yo dejó su marca en la literatura. En diálogo con Clarín, Urrutia señala que “es responsable de la fijación de la prosa poética como género en la literatura en español. Su prosa reacciona contra el barroquismo anterior, es seca, sencilla, no le sobra nada. Demuestra cómo la lengua puede describir incluso lo más doloroso de la forma más bella. El texto busca la belleza lingüística, por eso no se aprecia su crueldad en una lectura superficial”.

Simpatizantes de la República, Juan Ramón y Zenobia dejaron España en 1939, cuando empezó la dictadura de Franco. Fueron a Miami, pero finalmente se instalarían en Puerto Rico hasta la muerte del poeta.

En 1948, la pareja llegó por unos días a Buenos Aires. Aquí Jiménez, dice Urrutia, “instauró la idea de que había que perder la idea nacionalista de la literatura ”. Sus influencias alcanzaron a Jorge Luis Borges, que en su libro El Hacedor, incluyó un texto titulado “Borges y Yo” que “nunca hubiera podido escribirse sin leer Platero y Yo ”, dice Urrutia. “Borges captó perfectamente la idea de Juan Ramón, que es la disociación del sujeto. La obra se podría haber llamado “Yo y Yo”, porque el burro Platero no es más que el poeta. Se trata del enfrentamiento del poeta consigo mismo, de un enfrentamiento con la vida, que inevitablemente terminará en la muerte, eso es Platero y Yo, y por eso Borges termina esa historia diciendo no estar seguro de cuál de los dos ha escrito la página”.

Cuando Juan Ramón recibió el Nobel de Literatura, en España se entendió que era un premio contra Franco. El poeta nunca quiso volver a su tierra. Pero sí ser enterrado en su pueblo natal, Moguer, para cerrar el ciclo de la vida, que primero había concluido ese otro al que el poeta imaginó con sus “ espejos de azabache de los duros ojos cual dos escarabajos de cristal negro ”. “¿ Platero, tú nos ves, ¿verdad ?”, escribe Juan Ramón Jiménez al final de la obra, cuando el año termina y el burrito asciende al cielo de Moguer.
http://www.revistaenie.clarin.com
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12 de marzo de 2014

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Lotería


Me gusta más el impar que el 2.
Vos, mirando el techo con el 15 en tus pechos.
Yo, en la espalda me tatuó el 22.
Me desvela el hermoso 7 de tu cuerpo.
A quien le compro todos los números para este sorteo ?

Un 14 que aparece de vez en cuando después de las 23 hs.
Tengo la sospecha de que seas mi 17.
Boca sucia, 3 besos de mi boca y 1 solo rey.
44, para este 22, puede ser mi vida sin tu duro 7.

Quiero un 24x7x365 con vos pero sin ley.
Tengo 1 y vos también, compartamos como Dios los panes.
Profe por favor en las 24, nos multipliquemos para no dividirnos.
Aunque 4 dicen los papeles, me divido en 2 para ser 3, se me queman los planes.
Mientras escapo me multiplico, ya somos 5.

Terminaré en un desgraciado 48 por no ser 2
Pero no lo puedo evitar, quiero todo en par,
dos entierros y dos desnudos, y 1 nudo para ahorcar.
Sumemos el 22, el 15 y el 7 es lógico es igual a 44.

La multiplicación en la división de bienes.
Se da cuando el adulterio, fracciona sentimientos.
Sumemos nuestros antecedentes y veamos los secretos.
Historia más presente, puede llegar a ser un futuro cierto.

Eduardo Olmedo
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8 de marzo de 2014

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La cómica y trágica historia de mi vida

 

Son las dos de la mañana. Mareado por el cigarro y aturdido por el vino barato de aquella boda que celebramos hace dos años, miro mis manos, recorro la botella que ahora medio vacía aguarda que le de el último trago de la noche y el primero de la mañana. Y pensar que hace unos días me avergonzaba ir a comprar una botella... Ahora parece que las presumo cuando voy a la casa.

Mis pensamientos me agotan... No dejo de preguntarme que demonios me pasa. Miro a la derecha. Tomo el cigarro, suplicante.  Cuantos he fumado? Que dirías si me vieras ahora? - "Maldito adicto" estoy seguro que eso pensarías. No me importa; inserto el cigarro en mi boca y la brasa eleva el dulce sabor a muerte hasta mis entrañas... Que bien se siente exhalar tabaco!
Han pasado tres semanas de aquel día. Que trágico... Habíamos hecho tantas cosas. Nueve meses pasaron y quisiera que nunca se hubieran terminado. Éramos felices? -Tomo otra gran bocanada de aire con sabor a quemado... Se impregnará el aroma en los muebles? Que dirás cuando finalmente llegues? "Maldito irresponsable!" Estoy seguro.

Exhalo la nube de muerte, cada vez me hago más bueno en sacarla a un tiempo. Miro el reloj, han pasado tres minutos... Desde aquella noche no puedo dormir antes de las 2:13; parece que aún te veo recostada, mirando al vacío, pensado en la hora en la que finalmente me calle y te deje viajar lejos de nosotros, lejos de la casa, lejos de la cama... Alguna vez soñaste con no ser lo que fuimos?
El cadáver de lo que alguna vez fue cigarro cae en tu lado de la cama. Yo sonrío. La cara que pondrás cuando sepas que no sólo tengo los zapatos en la cama sino que hay cenizas de pecado en el suelo, en la mesa y en la almohada. Mañana limpiare la casa, seguro mañana. Quiero pensar que todo estará bien cuando finalmente te des cuenta de lo que me haces falta.
Tallo mi cara con el dorso de mi mano. Llevo días con el ojo derecho un poco irritado, me molesta cuando el nervio se agita, me hace sentir como un loco, o al menos eso me dijiste cuando te pedí que no hicieras lo que hiciste, cuando te fuiste. No quiero derramar el vino en la cama, si supieras que no te mando el dinero por que me lo gasto en botellas y otros mentados vicios.
Que puedo hacer para reemplazarte? Suspiro de nuevo, el humo se siente que vez más caliente y parece reconfortarme. Que pasa si me detectan cáncer? Vendrías a verme? -"Seguro es otro de tus trucos... No te cansas de decir mentiras?" Esa sería tu respuesta.  Esta noche no miento, lo hice antes, vaya que lo hice antes. Pero esta noche soy sincero. Estoy aquí sentado pensando en que te diría para tenerte a mi lado con el fruto de nuestro amor en mis brazos, mirándonos gesticulando cada carita tierna de nuestra princesita.
Nueve meses de sonrisas, abrazos, intriga y regalos... Cuantos regalos. No me esperaba tanta ropa. Y que puedo decir de los muñecos. Te acuerdas cuando nos dimos cuenta que nos faltaba el babero? Y aún cuando faltaba mucho para que lo usara fuimos a comprarle ese trapito con el estampado de frutas que tanta ternura nos causo cuando la imaginamos sentada en la silla que tus padres nos trajeron. Hay manera de omitir estos recuerdos?
No lo aguanto más! Han pasado dos días desde la última vez que la vi. La quiero hoy, la necesito ahora. Una semana, eso fue todo lo que tuve, una maldita semana. Quiero que me la traigas! Quiero que me la des ahora y que te largues con tus tonteras y tus palabras! No te quiero más conmigo!
Es el último bocado. Ojalá el olor a cigarro apague el aroma a pañales y toallitas húmedas. Realmente deseo deshacerme de este aroma? Estoy seguro que no habrá diferencia . De todos modos cuando duermo esta cama trae de vuelta tu forma, trae de vuelta tus caricias y la suave canción de tu suspiro cuando duermes.
Esta noche (así como cada noche), estoy seguro de que por más que lo intente no puedo dejarte atrás, siempre estas presente en todo lo que soy y lo que hago. Es por eso que decido cambiarte de lugar para siempre, dejarte afuera permanentemente y pasarte de mi corazón a las páginas en blanco de la cómica y triste tragedia de mi vida. Mi autobiografía. Considera esta mi última carta de amor.

Tomo la botella y me sumerjo en el último sorbo del amargo sabor de boca que me dejaste, hoy es la noche en la que comienzo a contar mi historia...

K. Beruang

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7 de marzo de 2014

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Juan 8:7


Cuentan que en algún lugar del mundo, los hombres más bravíos eran probados a caminar en el desierto con un saco de piedras a cuestas que representaban los pecados que habían realizado. En la travesía iban evaluando sus actos y en la medida en que se arrepentían y eran perdonados, el peso se iba aligerando. Las piedras se convertían en polvo que se colaba por el tejido del saco y se unía con la arena del desierto y así eran salvos o por el contrario, en tierra solidificada como una gran lápida y así eran condenados.

Muchos hombres, por temor a sufrir este último destino, tomaron la opción de ir deshaciéndose de las piedras en el camino y surgió así una modificación de la prueba, quedando casi soterrado el propósito y sentido original. Así fue como se dio paso a su nombre final: “Lanzar la primera piedra”, con el significado de que después de hacerlo se marcaba el inicio de la liberación de los pecados cometidos.

Un buen día estaba un grupo probándose de esta manera, cada uno lanzaba una piedra al suelo cuando sentía que era absuelto de alguna de sus penas. Todos excepto uno, al que la mayoría juzgaba por el tamaño de sus faltas.

Uno de ellos, orgulloso por haber vaciado gran parte de su bolsa, lo increpó:

-¿Tan mal y tan gravemente has obrado en tu vida que se te es tan difícil despojarte de una sola de tus piedras?

Muchos de los presentes se quedaron boquiabiertos imaginándolo cometer los peores crímenes, otros negaron abrumados y el resto, lo miró con recriminación dejando entrever su indignación. Él no se inmutó, sólo se encogió de hombros sin mudar su rostro de expresión y respondió:

-¿Acaso lanzar piedras ha de limpiar mi conciencia?

-Se supone que en eso consiste la prueba: Aquel que quede libre de pecado, va deshaciéndose de ellas.

-Que los ángeles me asistan si la arrogancia me ciega e intento dictaminar mi perdón o mi condena.

-¿Qué dices?

-Aun quedando sin pecado al lanzar la última, no podría redimirme de la soberbia que demostrase al arrojar la primera.

-Pues yo ya he lanzado más de una y siendo así, me parece un buen intercambio. Que la soberbia sea el pago por mis pecados, pero no tendré que cargar con ellos atravesándome el espinazo. Yo viviré soberbio a todas luces y tú morirás como pecador en su escondite.

El increpado meditó un instante y adoptando otro tono de voz preguntó:

-Entonces, ¿cada piedra que arrojas es un pecado que dejas?

-Por supuesto. –respondió el muy orondo y los demás se mostraron de acuerdo.

-Ustedes me miran incrédulos porque no he arrojado una piedra y yo ahora me sorprendo de lo mucho que pecan.

-¿Acaso no está repleta de pecados tu mochila? –replicó con sorna y todos rieron.

-Yo sólo he cargado piedras. –contestó llanamente sin sonreír apenas.

-¿Y por qué razón lo habrías hecho? –preguntó por primera vez escéptico.

-Pretendía enseñarles que un hombre común y corriente puede soportar peso semejante, pero he sido yo el aleccionado: mi carga es ligera porque no me pesan ni mi alma ni mi conciencia; en cambio, ustedes necesitan deshacerse de la suya porque sus penas son tantas que, tener que lidiar encima con esas piedras, les supone una tortura.

Al término de la travesía, los integrantes del poblado se asombraron de ver llegar a un joven enjuto llevando sin ninguna dificultad un aparatoso cargamento, mientras era seguido por un grupo de hombres fornidos que se mostraban bastante disminuidos a pesar de llevar una bolsa sencilla, pero ninguno que llevara las manos vacías. Creyeron entonces que la prueba había perdido efecto y empezaron a temer que el pueblo se sumiera en la perdición, ya que ni siquiera contarían con un héroe libre de pecado que les obsequiase con algún tipo de salvación.

Pese a ello corrió el rumor de que ese mismo grupo que había peregrinado en el desierto había regresado más fuerte, más justo y más noble que la mayoría de los hombres y se había deshecho de gran parte de sus defectos de carácter.

Más tarde, otros siguieron su ejemplo persiguiendo esas virtudes pero a diferencia de sus antecesores, no llevaban la bolsa llena de piedras sino que durante el viaje se iban adueñando de las que vieran y ésa era la sola prueba que mostraban al volver a la aldea, creándose con ese hecho una nueva leyenda. Puede que de allí se originará una vieja canción cuyos versos principales han estado en boca de más de uno por esos lares: “♪Sobran los pecados en donde abundan las piedras, antes de tirarlas es mejor recogerlas...♫".

Con el pasar de los años esta historia se ha desvanecido en el olvido y el único vestigio que ha quedado de ella es un cartel tallado en una gran lápida que reza: “Lance la primera piedra y dictamine su condena”.

Ninguno de sus actuales habitantes sabe con certeza lo que significa, pero suelen llamarla “la roca de la soberbia” en honor a quien talló esas letras.

Fritzy Zamor


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5 de marzo de 2014

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Carnaval de agua


Mi primer recuerdo de los carnavales de agua viene de la mano del sentimiento de mis bronquios destapados y el claro aire de las sierras cordobesas. Regresan a mi mente con cariño esas épocas de vacaciones en Córdoba, cerca del pueblito de Río Ceballos, allí donde el tío de mi padre tenía un chalecito llamado "Mi Ilusión" que solía facilitarnos para pasar en familia unos cuantos días en medio de la naturaleza serrana. Épocas en que vacacionar significaba al menos un mes de dolce far niente.
La casita se encontraba ubicada en la parte más alta del barrio Luján y desde esa posición uno podía incluso tocar las nubes a su paso si se lo proponía. En la esquina una barranca que apenas lográbamos subir con el viejo 4L de mis primas-abuelas debido a su pronunciada inclinación, la misma que con el tiempo y las lluvias obró como condena de muerte para la propia colina, deslavada sin miramientos.
En la otra esquina el club social con pileta olímpica que nunca vi funcionando y la casa del amigo que siempre nos daba paseos en su sulky canasta.
Alrededor solo monte cerrado y fauna de todo tipo. Zorritos, vivoras, lagartos overos y cientos de las mejores arañas.
Todo sigue allí, en el mismo lugar pero con muchos más vecinos que antes, aunque las viejas casas como la de doña Azunta, que nos vendía los huevos de sus gallinas y el pan horneado en su horno de barro , hayan sido devoradas por la vegetación que nada perdona.
Incluso la vieja escalera de mil escalones que bajaba desde la sierra hasta la plaza circular, se encuentra abandonada y cubierta de hierba y con escalones faltantes como una sonrisa desdentada en medio de la naturaleza.
Para hacer las compras había que caminar unos cuatro kilómetros hasta el pueblo. O lo hacíamos por las sierras o siguiendo la ruta que une Pajas Blancas con Río Ceballos.
En eso estábamos, caminando a la vera de la ruta en una calurosa tarde de Febrero cuando un viejo camión Bedford cargado con tambores de acero y una multitud de jóvenes con el torso desnudo, nos sobrepasó, no sin antes descargar sobre nosotros varios baldes de fresca agua clara.
La sorpresa inicial trajo de la mano el alivio al calor y este finalmente la alegría que se festejaba con una risa lanzada al aire con todas las ganas.
Primero supuse que habría un insulto y sin embargo, cuan equivocado estaba, todos saludamos con la mano en alto a los vándalos del camión, mientras nos salía de la boca entre carcajadas húmedas un "gracias" que tenía mucho que ver con el calor de plena tarde.
Lo más divertido de aquellos carnavales de los años 60 eran las batallas de agua. En el barrio SUPE de Banfield había encuentros memorables entre vecinos que se reunían siempre en las mismas cuadras a jugar. Con "Bomberos locos", pomos comunes, bombitas o baldes, la idea concreta era una guerra a batallarse en cada cuadra del barrio y que tenía como contendientes a dos bandos que no hacían distingo de edad. Chicas contra chicos y allí entraban desde la abuela hasta el crío con pañales que posiblemente fuera su nieto.
Al igual que en una Convención de Ginebra para la batalla con agua, había una regla de oro que no se podía quebrantar: nadie podía atacar o , lo que es lo mismo, mojar a alguien de su mismo sexo.
Y como la espuma en aerosol no estaba en los planes de ningún industrial, el agua perfumada era un lujo que solo muy pocos tenían en cuenta, aún cuando ya desde la época de la colonia se usaran cáscaras de huevo vacías y rellenas de agua perfumada como granadas de mano para atacar suavemente a las más delicadas fosas nasales.
Lo mejor de estas húmedas armas era el agua extraída de pozo, que por suerte venía bien fresquita, tanto como para paliar la más intensa quemazón veraniega.
El Corso nunca me gustó. El papel picado tampoco. Las caretas menos. Disfrazarme lo hacía en cualquier momento del año, así que para mí la esencia del carnaval estaba en estas batallas de agua que tanto nos ayudaban a conocer y querer a nuestros vecinos más cercanos. Los mismos que nunca olvidaré.
Lo demás no era tan divertido.

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