29 de junio de 2014

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Nos cuentan los maestros XLIV - Ramón Fernández Palmeral

Consejos muy útiles para escribir y que nos entiendan. 
Recordando algunas lecturas sobre La Semántica que no es otra cosa que el estudio del sentido de las palabras, de cuyo tema hay una extensa bibliografía de la cual no me voy a ocupar aquí, sino de extraer algunas notas o razonamientos prácticos para escribir mejor y que nuestro lector entienda y comprenda lo que nosotros escribimos porque la escritura no es otra cosa sino un código de signos convencionales, palabras como emblemas, símbolos o estímulos de un acuerdo entre los hablantes de un idioma, que comprendemos a través de la conductividad y de la observación del mismo mundo que percibimos.

Para ello hay que tener muy en cuenta unos principios fundamentales y saber que:

LENGUAJE. Sistema de signos que nos sirven para comunicar nuestras ideas y sentimiento, evocando (traer a la memoria) en la mente de otra persona las imágenes conceptuales que se forman en nuestra propia mente. Por ello nos ha de quedar evidente y claro que las palabras NO transmiten las cosas, sino la imagen de la cosas, es decir, que la palabra evoca el sentido de la cosa, y el sentido de la cosa evoca las palabras, por ello el lenguaje es recíproco y bipolar, una doble articulación de las asociaciones de las ideas.

No sabemos muy bien cual es el proceso psíquico que logra esta maravilla de la comunicación entre las personas, pero la poseemos como seres inteligentes que somos. Partiendo de estos principios lógicos y que hemos de comprender su mecánica, continuaremos con otros puntos.

DOBLE FUNCION DEL LENGUAJE: Si hemos visto que el lenguaje tanto hablado como escrito, sirve para comunicar conceptos y evocar en la mente del interlocutor las imágenes que se forman en la nuestra, es lógico articular esta maravilla de mecanismo psicológico a nuestros intereses de escritor, que comunicaremos mensajes con doble intención, o sea, la de conseguir que el lector reaccione según nuestros deseos, obtener respuestas a lo que preguntamos, o inducimos o damos a entender, pero para ello hemos de darle información, ser sus confidentes, sus chivatos.

Porque según el modo en que dominemos el arte de escribir conseguiremos preocupar, indagar, incordiar, hacer llorar o reír a nuestro antojo. Este dominio empieza por tratar de hablar con claridad, exponer nuestras argumentos con precisión ayudará luego a escribir también con claridad. Si nosotros decimos que tenemos un coche y ya está, el lector no sabe cómo es ese coche. Nos falta decir la marca y el modelo, también el color, o cómo es la tapicería interior, así y todo no puede ver el coche pero posee una gran aproximación.

Para conseguir estos efectos hay que conocer muy bien la regla de los signos para comunicar: pasión, fervor, colorido, atmósfera, ambiente, urgencia, angustia... Porque la palabra no es la cosa sino lo que indirectamente evoca o el lector recordará el decir de nosotros. Comunicamos conceptos como es el caso de la poesía, y luego el lector descifra en su mente los conceptos recibidos, o las palabras asociadas o asociativas

VALORES EXPRESIVOS: Lo novatos en la escritura suelen generalizar cuando quieren comunicar. Suelen decir esto es maravilloso, genial, estupendo, interesante, cuando en realidad esto no significa nada. Para decir que una cosas es maravillosa hemos de emplear más palabras, un día no puede ser simplemente bonito y se acabó, en cambio sí podemos decir: «El sol reverbera en los cristales, la flores abrieron su caritas, la mar se puso de un violeta violento, la gente caminaba en mangas cortas, los perros orinaban al pie de las cornisas y un olor a pinos entraba por los sentidos...» He aquí el lenguaje literario escrito, diferente al oral, más pobre y decadente cada vez.

Por ello, según los lectores que hemos elegido así les hablaremos, no es lo mismo un lenguaje para un público infantil, adolescente, técnicos en informática o un grupo de agricultores o ganaderos. Hay que tener muy en cuenta los calores socio contextúales de nuestros interlocutores porque si fallan los signos que emitimos, los resultados variarán. Porque cada palabra contiene cuatro tipos de asociaciones: sentido base, valor expresivo, sentido contextual y valor sociocultural. Por ello es necesario dominar bien el diccionario y conocer bien las acepciones de una palabra. por ejemplo la palabra: discutir, tiene varias acepciones, como examinar con cuidado o hablar para llegar a un acuerdo.
El escritor ha de ser un experto en palabras o mejor dicho un mago de las palabras con la que juega sin darnos cuenta de que es mejor jugador que nosotros. Por ello la retórica, la paciencia en el expresarse, el rectificar y el recomponer frases para buscar sentidos determinados es oficio al que no podemos renunciar, la ayuda posterior del estudio de los términos estilísticos: metáforas, sinécdoques, metonímica, alegoría, hipérbaton..., son herramientas básicas del escritor.

LA POESÍA. Como a la poesía se le considera el arte del lenguaje que explota las virtudes de representación del mundo de los sentimientos, a través de una compleja red de mecanismos: conceptos, asociaciones, abstracción, música, ritmos y evocaciones en la mente del lector, estos ejercicios siempre son recomendables para quienes empiezan a escribir, ha sido siempre anteriores a una obra narrativa. Por ello el ejercicio de la poesía es imprescindible para empezar a escribir con cierto estilo personal.


En definitiva hemos de ser lógicos y tener claro que nuestro lector verá por donde nosotros le llevemos, somos sus lazarillos, y si somos buenos lazarillos él verá colores, luz, pasión o sentimiento si se lo explicamos bien, con acumulación de detalles, no seamos concisos en literatura, otra cosa es redactar un contrato o un informe.

RAMÓN FERNÁNDEZ PALMERAL

Publicado por el MUNDO CULTURAL HISPANO
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26 de junio de 2014

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Prosa del Marino


Las inquisitivas dudas
se volvieron contra nosotros
cual espejos de corte cóncavo
estirando la proyección
hasta verse invertida.

«¿Mi querido Capitán
cuál es el destino
que con tan poca precisión
en este ascenso y descenso
que así como mi conciencia
mantenemos plegable?»
«Mi estimado marinero,
¿debo acaso responder,
en arrogante sátira,
o será de mayor sensatez
callar e ignorar?
Sin ánimo de ofensa mi compañero,
mi fiel navegante, mi amigo,
¿no es usted acaso
quién poseé el instrumento
creador exquisito, e inigualable
de esta travesía?»
«Le ruego me disculpe Capitán,
si la noche fuera día
y el día de fascinante luz
vería mi rubor aún
en mi maltrecho rostro.
"Amigo"
amigo usted me ha llamado.
Que la lágrima que retengo
sea libre,
con tanta pureza,
de este vívido sentimiento.
Capitán le agradezco
la honra, el cumplido
mas permítame replicarle,
pues no logro comprender;
sabe usted que no sé leer
tampoco escribir.
Permítame le pregunte:
¿a qué refiere?
¿Cuál es ese instrumento
al que refiere
con tales descripciones?»

Y el oleaje nos elevó
como tantas otras veces.
Sodio de fino grano
se suspendía, con o sin magia,
sobre las densas moléculas;
— sobre, no bajo —
La humectada nube
en la cual nos zambullíamos
mojada como el mar mismo
haciendo honor a su existir
permitía ver, mas no lo suficiente
como para observar.

«Selene, Mándi,
tantos nombres ha tenido.
¿Hermosa?, sí.
¿Majestuosa?, aún más».
«¿Que dice el instruido?
¿Capitán usted escucha?
Eso creí. ¡Instruido,
usted hombre de piel seca!
A usted me dirijo,
¿qué es eso que con tanta sabiduría aclama,
a quién le llora en esta noche sin Luna?
Hable, hable con fuerza
¡Grite de ser necesario!,
que mi querido Capitán
no le escucha, y él,
sino ninguno, es capaz de entenderle.
Capitán, Amigo
hable usted
que no logro entenderle;
soy de diferentes tierras,
¿será entonces que
hablamos diferente idioma?»
«¡Instruído, hable fuerte
que mi amigo, el pescador
no le escucha ni le entiende.
Cree él, sé yo
que cree mal,
cree él que usted y yo
hablamos lengua distinta.
¡Dígale instruido,
el error que comete al pensarlo,
dígale e instruya!»
«Mi querido Pescador,
mano derecha del Capitán también,
solo hablaba para mis adentros,
conversaba como todos
con mi alma. Es sabido
que el alma si no se le habla
se siente sola
y enferma de tristeza.
No querrá un alma enferma
en su barco mi amigo pescador,
no la querrá ni conocer»
«¿Y de qué habla
uno con el alma?»
«Le comentaba de la luna,
de sus nombres.
El alma es ciega, ¿sabe?
Pero pura. El alma sabe
lo que debe saber,
e ignora lo que debe ignorar».

Y nos elevamos por última vez,
luego de la exquisita charla.
Los rayos de luz perfectos,
lo iluminaron todo
desde lo alto.
Encontramos la paz,
donde la paz no gobierna
ni es gobernada.
El mar, el religioso mar,
nos devolvió la paz.
Nuestras almas,
habíanse alimentado tanto
de hermosos recuerdos
y preciados sentires.
¿Qué más iban a hacer
sino despedirse?
Cuando uno está completo,
cuando uno se satisface:
dice Adiós.

Eugene

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25 de junio de 2014

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Toque de queda


Báilame un tango al final del día,
De esos que duermen el pensamiento 
Y despiertan el cuerpo
De esos que son más que movimiento.
Dime que me quieres con una caricia 
Que bulla al son de la melodía.
Que los labios callen 
Que la mente ceda
Que el alma reaccione 
Que las pasiones vuelvan
Antes de que todo se detenga.
Y revíveme con tu cercanía
Que tu aliento cansado 
Haga pausa entre cada paso.
Convertirnos en notas 
Ser marionetas del ritmo
Que nuestros poros lloren 
Al sucumbir al sonido.
Y que la noche caiga 
Al terminar la tonada
Que salgan las campanas 
A interrumpir la velada.
El silencio 
Pone en quieto a nuestra danza
La soledad 
Comienza su batalla.
En la luna plateada 
Se abre una brecha.
Un suspiro guarda 
Una esperanza ciega.
Hace presencia 
El toque de queda
Y solo va a dejarnos horas muertas.


Fritzy Zamor


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21 de junio de 2014

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20 Minutos


Más de veinte años tengo en esta empresa, no contaba siquiera los 19 cuando llegué aquí. La jornada laboral terminaba después de las 18:00 horas y cada que se lo refiero a mi hijo de 17 años, no se fía de mí.

Recuerdo que aquí le celebramos las 16 primaveras a Carmencita, esa quincena hubo fiesta. Iba a ser cosa pequeña, pero los catorce pisos se las arreglaron para que fuera un gentío; pareció cosa de huelga porque nadie produjo, aunque yo me mantuviese en mis trece de que se necesitaban más personas en los puestos de trabajo que en el banquete. Fue tal el aquelarre que después de eso tuve que negarme a que hicieran celebraciones de ese tipo al menos una docena de veces. Ya no insisten, pero en silencio todos, incluyéndome, recordamos con gusto aquel 11 de Noviembre.

No sé por qué hoy precisamente el ocio ha diezmado mi entusiasmo y me ha puesto a divagar. Hay algo fuera de lugar, tendré que llamar a Dulce para que renueve el espacio y deje de inquietarme esta sensación de que algo va mal. Si se enterara mi socio, me vería con el ceño fruncido y le achacaría la culpa al trasnocho; él sí que no cree en nada desde que la muerte se llevara a sus sietemesinos, después de rogar por milagros que nunca tuvo.

En fin, tengo como seiscientos mil asuntos pendientes que debería atender en lugar de andar pensando tonterías. Me pongo a ello y al instante me interrumpe mi secretaria. No está en sus cinco, pero es eficiente. Me avisa que la tienda de instrumentos cierra temprano y debo ir a comprarle el cuatro a mi nieta Isabelita, también trae un paquete entre las manos.

– ¿Y eso? –le señalo.

–Ah, es para usted. Lo han traído hace menos de media hora y me han mandado que se lo entregue poco antes de terminar la cuenta.

–¡Bah! Démelo de una vez.

Extiendo el brazo y lo recibo. ¿Qué le habré hecho a los terrestres para que se me odie tanto?

Sudo frío, siento temblar mis manos, pierdo el dominio del cuerpo, me encojo y me retuerzo en mis adentros. La secretaria, indiferente, abandona la oficina. Repaso los últimos minutos y comprendo por qué rememoraba mi pasado, la pieza perdida empieza a encajar y sé que no haré esa llamada a Dulce, pero que ella de igual modo vendrá.

Bajo la mirada, encuentro mis dedos llenos y vacíos al mismo tiempo. Me enfrento al uno. ¡Bum!

Todo se redujo a cero.


Aldo Simetra

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16 de junio de 2014

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No simples vocales, imaginación



   Habían pasado varias semanas desde que el equipo médico confirmara, de forma definitiva, el diagnóstico: una enfermedad degenerativa acabaría, no lenta, sino rápidamente, con sus capacidades mentales. Tras unos segundos de preocupación, se quedó mirando la ventana del consultorio, como si ésta fuese una obra de arte en un museo. Le pareció el bello símbolo de una ventana por la que salía la incertidumbre y al mismo tiempo, dejaba entrar una acogedora luz llamada realidad.

   Nunca había sentido interés por la febril actividad que amontonaba ancianos a la hora del té, en las salas de la residencia donde vivía, pero tras esas semanas de conocer lo que pasaría con su mente, y sin saber muy bien por qué, llamó su atención un joven, con el pelo como el del león más libre del mundo, que embelesaba con sus palabras a cinco viejos, aparentemente atontados con él. Se acercó allí con sigilo, como de puntillas, colocándose lejos pero lo suficientemente cerca como para oír lo que decía.

   El chico hablaba de los cuentos infantiles, los de toda la vida. Explicaba con vehemencia estructuras, frases y símbolos. Tan pronto parecía estar anulando la bondad de Geppetto, el carpintero, con un letrado psicoanálisis de sintagmas, como convertía al lobo del bosque en un luchador superviviente de feroces hambrunas en épocas de hielos y glaciares.

   Con tanta palabrería, le pareció que los sintagmas eran como los agujeros de los destrozados pantalones que llevaba el joven, y que el lobo se había perdido en las montañas de la imagen de su Greenpeace-camiseta, con ese escote roto por alguien, que al parecer, había intentado robársela sin quitársela primero. Y su curiosidad seguía aumentando mientras la peña centenaria miraba al profesor ensimismada. Por lo visto, el jovencito pretendía que escribieran un cuento entre todos. Cada uno de los cinco viejos debía imaginar, pintar o escribir una frase que tuviese algo que ver con una vocal. Luego él las enlazaría y el resultado sería leído en una fiesta ¡con confetis y todo!

   Así que, tras esas semanas en las que había pasado de la incertidumbre a la preocupación, y de ésta a una suerte de mantra ventanal, de pronto sintió rebeldía y se acercó al grupo consciente de que rompería el equilibrio "vocal" del texto resultante.

–¡Quiero participar! –exclamó, mientras el muchacho repartía cartulinas con grandes vocales de colores a cada uno. La anciana más ausente, con la letra e en la mano decía: ¡aaa, aaaa! El que tenía la letra a, con su gordita cara de enamorado, la miraba con ganas de cambiársela. La letra i le había tocado a una delgaducha de manos temblorosas y cara de bibliotecaria. Y las otras dos vocales las tenían las famosas hermanas Olga y Úrsula, siempre pintarrajeadas y chillonas.

–¡Quiero participar! –repitió con voz fuerte.

–¡Pero tú no te apuntaste! El taller está pensado para cinco alumnos.

–Pues me apunto ahora.

–¡Está bien! No creo que pase nada por añadirte al grupo. Pero no tengo más cartulinas, así que, elige una vocal y a ver qué haces con ella.

–Elijo... la ele.

–¡La letra ele no es una vocal! –respondió con impaciencia.

–¡Jovencito iconoclasta, no me humille! Los que somos viejos no somos ignorantes, tampoco somos niños, aunque eso es algo que no sé qué pueda tener de malo. ¿Acaso piensa que a estas cinco personas les ha preocupado que se cargase la reputación del Lobo feroz? ¿O tiene su cuento ya escrito y cree engañarnos a todos? ¡Piénselo bien! Quiero la ele para que pueda escribir ese cuento. Me gusta la ele, es la letra más musical, la del roce de la lengua con el paladar. La de los latidos de la luna/por lamer la lona/ lenta y oscura de la noche.

   El chico, asombrado, empezó a tener unas ganas enormes de salir del centro. Ni en sus peores pesadillas habría imaginado la revolución que se le vino encima. Pasó de tener ausentes y plácidos observadores, a tener a las hermanas Olga y Úrsula, chillando porque ellas preferían la letras eme y ene, aunque no acertaban a explicar por qué. La bibliotecaria temblorosa parecía estar poniéndose, algo más que nerviosa. El regordete dueño de la letra a, había puesto su brazo, cariñosamente, sobre los hombros de la más ausente, que se abrazaba a su letra e como si ésta fuese un muñeco de peluche, al tiempo que seguía con su ¡aaa, aaaa! pero con mucho más énfasis.

   A la mañana siguiente, la dirección de la residencia tomó la decisión, por unanimidad, de suprimir el taller literario y cambiarlo por otro de pintura abstracta, que sería impartido por una veterana, en esto de entretener a los ancianos demenciados. Y es que al parecer, un voluntario de cruz roja y uno de los residentes, Margarita Robles, recién diagnosticada con la enfermedad de Alzheimer, se habían fugado en plena terapia, y al tiempo, cinco vocales desorientadas por el salón, se habían desmadrado alocadas y entorpecido la regularidad del orden establecido.


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14 de junio de 2014

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Canelones con queso


Ella no soportaba los calores y salió agitadamente a la vereda para disfrutar de la fresca tarde de otoño. Me quedé solo en la mesa iluminada por el sol del mediodía observándola tranquilizarse del otro lado de la vidriera. Con un gesto dibujado en el aire le pedí la cuenta a Maxi, mientras observaba a Susana depositar un plato de canelones con salsa blanca en la mesa cinco, justo frente a la mía, ambas apoyadas sobre el gran ventanal que daba a la calle.

Paula, se acercó del otro lado del vidrio, con la mirada perdida con rumbo al contenedor de residuos que el restaurante atiborraba hasta el desborde allí donde el fin de la vidriera ocultaba su inmunda imagen. Tan era así que yo apenas podía observarlo con dificultad en la diagonal, justo por sobre el hombro del habitante de la mesa cinco.

Tal vez por eso pensé que ella miraba al comensal que ya había tomado el recipiente de queso rallado y con una minúscula cucharita procedía a cubrir su humeante plato. Una , dos , tres...quince, veinte cucharadas que convertían al plato de canelones con queso en otro compuesto de queso con un leve toque de canelones con salsa blanca por debajo.
Tal vez cansado de tanto ejercicio vano o por temor a que su plato perdiera más temperatura al transcurrir tanto tiempo, el hombre decidió volcar de una vez el resto que aún quedaba en el recipiente y así terminar con tan delicada e inútil tarea.

Pero Paula estaba mirando más allá. Al fondo, donde las palomas carroñeras habían huido espantadas para posarse sobre el tendido de cables. Allí esperarían que regresara la tranquilidad a su área de engorde, mientras practicaban tiro al blanco sobre las superficies de los autos estacionados. Paula, como las palomas, estaba perturbada por los movimientos que una figura desarrollaba en torno al contenedor.

Maxi me dejó la cuenta, pagué con diez por ciento de agradecimiento y lentamente fui al encuentro de mi esposa.

-Pobrecito...

Fue la única palabra que apuntalada con la mirada me dirigió hacia el contenedor.

-Está comiendo lo que encuentra...

Lo dijo con un asombro que yo no podía entender después de haber visto esa misma escena repetida hasta el hartazgo con el devenir de múltiples e ineficientes gobiernos.

-Si, no te preocupes. - intenté tranquilizarla- El contenedor está lleno de recortes y comida en buen estado que los del restaurante tiran. Son las sobras. Peor sería un contenedor con cosas en mal estado...

Y mientras la arrastraba sutilmente sobre la línea peatonal cruzando la calle, me detuve a observar la labor veloz , precisa y constante con la que el hombre de no más de treinta años separaba materiales reciclables, alimentos de consumo inmediato, otros que podían esperar, lo que le daba a su perro y lo que le tiraba a los pichones.

-Querés darle un poco de plata para que coma algo decente?

Paula me miró con expresión aún enganchada en un pensamiento profundamente enredado en sus neuronas.

-No. No está pidiendo. La campera que usa está destruida pero es de marca. Hay gente que antes que mendigar prefiere pegarse un tiro. No, no quiero ofenderlo...en una de esas tiene problemas mentales...

-Bueno, entonces vamos...

Comenzó a caminar y de pronto se detuvo abruptamente como si una nueva idea la hubiera atravesado.

-Mejor sí. Pobrecito. Me da lástima. ¿cuánto le damos?..

-No sé, pensaba para un sándwich o algo para llevar, que sé yo..?

-Tenés?

Saqué la plata del pantalón casi como contada y se la entregué mientras la observaba decidida a alcanzar a ese ser humano antes que como un ciervito asustado emprendiera la huida.

-Yo te vigilo desde esta vereda...-alcancé a gritarle cuando ya había iniciado la carrera-

Ella cruzó, y se acercó hasta unos metros del pobre tipo. Seguramente le dijo -No se ofenda, pero me gustaría darle unos pesos para algo caliente- Y desde la vereda de enfrente pude ver como el hombre se detenía, la observaba con curiosidad y sin acercarse más de lo apropiado, como para no asustarla, encogió el cuerpo extendiendo su mano hasta Paula y recibir así al fin el dinero. Rápido guardó el botín en su bolsillo y volvió a su tarea como si nada hubiera pasado. Paula se volteó cabizbaja para emprender el regreso cuando yo, único testigo del evento en una posición privilegiada, noto que el muchacho levanta la cabeza y la espía, para luego, una vez seguro de no ser visto, voltearse y hacer un pequeño festejo futbolero no exento de algún saltito y golpe de puño con el aire como destino.

Todo duró tan sólo un segundo y fue un evento espontáneo y prodigioso del que Paula no había sido testigo.

-No tiene dientes- me dijo al cruzar la calle casi llorando- y tiene las manos tatuadas de basura...

-Entonces ojalá que esos billetes lleguen a las manos de algún político y así los toque un poco de la realidad que ellos mismos generan...-dije yo en una fallida humorada para levantarle el ánimo...

La cara de Paula no acusó recibo y parecía estar sumida en una total tristeza.

-Vos no viste lo que yo...-le dije sonriendo.

-¿Qué viste? dale, contame...-dijo con genuina curiosidad-

-Cuando te diste vuelta y se aseguró que no lo veías, festejó como un chico con juguete nuevo...

Paula sonrió. Miró hacia atrás a la figura que seguía escarbando del otro lado de la vidriera donde el hombre terminaba su colchón de queso rallado con canelones con salsa blanca, me miró y supe que había recuperado esa alegría que la había abandonado por un momento.

Tan sólo unos pocos pesos habían comprado la felicidad momentánea de tres personas.

Lo mismo que había costado el plato de canelones con queso.

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12 de junio de 2014

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Mestizaje


Desde el filo de un cerro, - en el cordón de las Sierras Chicas de Córdoba de la Nueva Andalucía, como la llamara al fundarla en 1573, aquel andaluz nacido en Sevilla, generoso y pacífico, Don Jerónimo Luis de Cabrera - un aborigen moreno, de mediana estatura, vistiendo una especie de camiseta larga y rústica había divisado a la mujer lavando unas ropas en el estrecho arroyo. La vegetación enmarañada, propia de los valles cordobeses, sería testigo de una de las tantas historias que comenzaron a repetirse entre los pobladores naturales de estas tierras y los colonizadores, algunos, y conquistadores otros, que llegaron desde Europa.

Todas las mañanas a la misma hora, él la contemplaba con su ojo avezado sin ser visto. Ella canturreaba en español. El nativo de barba oscura, rasgo típico de esta etnia, no alcanzaba a escucharla y de hacerlo no le entendería.
De tanta observación, llegó el día en que decidió bajar del cerro abriéndose paso entre los arbustos como un puma silencioso. Logró acercarse hasta la joven, y tácitamente la acosó desde la otra orilla del cauce angosto y cristalino.
Arriba, un cielo azul-celeste límpido donde brillaba el sol.
Abajo, una historia por iniciarse.

Siete soles habían nacido y otros siete hubieron de morir detrás de los cerros cordobeses, desde el avistaje de la mujer de pelo negro ensortijado. Para entonces, la osadía del comechingón,  apoyada en la calma de esa mujer distinta, iba en aumento.
Su piel, sus caderas redondeadas y sus pechos blancos apareciendo en el profundo escote, el que admiraba aún más, cuando ella se agachaba a meter y sacar la ropa  varias veces del agua, enardecían su sexo.

Otra semana tardó el comechingón en pisar la ansiada orilla más por indecisión que por distancia. Hacía días que rodeaba el cerro y venía por la quebrada, asegurándose de estar antes que la mujer blanca. Parado,  al descubierto, seguro, esperó casi todo el día y terminó marchándose al anochecer loco de furia. Ella no llegó.
La vigilancia desde el llano continuó a pesar de la ausencia. A la tercera jornada, el hombre cruzó a la otra orilla del arroyo y se quedó agazapado tras un cúmulo de arbustos bajos que no superaban el metro de altura, una mixtura de carquejilla, peperina y algún piquillín joven. 

Esa vez, la mujer blanca volvió con su cesta desbordante de  ropa para lavar y, conocedora del lugar palmo a palmo, lo presintió. Siguió su camino hasta el cauce de agua como si nada pasara y se dispuso a cumplir con su misión. No terminaba aún, cuando un movimiento brusco que agitó su alrededor, la sobresaltó. De repente, se sintió elevada por los aires en brazos de un ágil corredor que la condujo a la orilla de enfrente para internarse en la quebrada hasta una especie de gruta cavada en la piedra. Micaela no podía articular palabra ya que una mano fuerte le tapaba la boca. Bien sabía que los indios de la zona no cabalgaban aún y que el caballo no era conocido en estas nuevas tierras sino que había sido traído por los españoles con fines de colonización y sólo ellos los usaban.
Sus ojos negros parpadeaban incesantemente viendo traspasar matorrales, espinillos y plantas desconocidas, que parecían esfumarse en la carrera pedestre.
En la cueva, el comechingón agitado y sudoroso la acostó sobre la tierra limpia de piedras y yuyos, arrodillado a su frente se quedó mirándola. Ella no se resistió,  pero sin embargo se incorporó y valientemente le clavó sus ojos en los de él, los que para su sorpresa no inspiraban miedo. Observó su vincha tejida en lana de colores vivos y sus adornos en brazos y cuello hechos con tiras de cuero de guanaco. Una sensación agradable la recorrió. Él,  le rozó la cara y le tocó el pelo, luego la olió. Micaela siempre había escuchado a su padre defender a los pobladores de estas lejanías australes, por lo que había ganado la confianza de muchos de ellos. Le había enseñado a no temerles.
La barba negra del nativo le recordaba a su primo Miguel,  ése que vivía lejos de Córdoba, en la pampa húmeda, allá en Santa Fe de la Veracruz. Micaela hizo lo mismo que su raptor: le tocó la tez, luego su cabeza y por último, lo olió. Fue suficiente. Él la empujó hacia la tierra oscura y la poseyó sin resistencia.

Mutuamente aprendieron algunas palabras de sus respectivas lenguas y poco a poco comenzaron a comunicarse.  La gruta en el cerro, se convirtió en el hogar que no tenían.
Don Ismael Alcántara Sorallo, el padre de Micaela, fue el único que conoció el romance. Una tarde, su hija volvió del cerro vistiendo  una falda larga tejida y una camiseta corta adornada con laminillas de caracol de tierra. Salvador, como habían bautizado en secreto al comechingón, le había regalado el atuendo. Otro día, la joven llegó adornada con pulseras de semillas.   Su peinado partía el pelo al medio y se recogía con una trenza.
El viejo sevillano meneó su cabeza sin que su hija lo viera y supo que desde ese día la había perdido para siempre. Se consoló pensando que prefería la nobleza de Salvador a la avaricia de Miguel, ese pariente que pretendía a Micaela.

Meses más tarde, nacía Encarnación, mestiza, fruto de la unión de dos razas,  dos mundos, un amor.
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9 de junio de 2014

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Desplegando las alas


Vivía en un rancho con mi abuela en un pequeño poblado cuya vivienda más lujosa era la mansión de un avicultor en la cima de una colina. Tenía las aves más exóticas de toda región y era un espectáculo ver al aire azotado por tan variado y vistoso colorido.

Atraído por tanta hermosura, un día subí la cuesta para admirar su labor y descubrí en qué consistía. Cazaba a los pájaros, los encerraba y luego de sacarles todo el provecho que podía, los dejaba libres; entonces, permitía que describiesen dos amplios círculos entre las nubes y una flecha los impactaba de lleno haciéndolos descender.

En mi asombro ante su crueldad quise encontrarle explicación a lo absurdo y lo único que el hombre dijo fue:

–Mi esposa no soporta su trino, mi hijo no puede tenerlos y a mí me perturba su vuelo.

No lo entendí, por supuesto. Corrí colina abajo en busca de mi abuela y una vez hube narrádole lo sucedido acertó a decirme: 

–Si alguna vez logras elevarte lo suficiente, ve lejos. A quien no tiene alas le incomoda que otro vuele.

Seguía sin comprender. No pude más que culpar a mi tamaño y corta edad de mi estrechez mental. Sin embargo, había algo arrebujándose en mi interior que no necesitaba razonar.

Así que con firme resolución esperé a que anocheciera y en medio de la oscuridad enfilé hacia la mansión del avicultor. Una vez allí, después de cerciorarme de que nadie podía impedirlo, rompí todos y cada uno de los cerrojos dejando a los pájaros en libertad. Luego corrí tras ellos escuchando a lo lejos los bramidos y gritos de rabia e impotencia de aquel hombre atroz.

Ya en casa, sentí que mi conciencia me felicitaba. Me acosté feliz y libre de remordimientos.

Cuentan que más tarde el avicultor tomó la férrea decisión de incendiar el rancho mientras dormíamos. Si así sucedió, nunca lo supe.

Lo que sí puedo asegurar es que esa noche mi alma se elevó dos veces: la primera, al ver a las aves reencontrarse con el cielo; y la segunda, cuando mi abuela y yo, desde las alturas, pudimos seguir de cerca su vuelo.


Fritzy Zamor


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8 de junio de 2014

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Crónica de una despedida


Era un lunes del mes de enero, María se levantó con el firme propósito de no decirle nada a su joven marido, de no hablarle de la decisión que acababa de tomar justo unas horas antes, después de muchos días de confusión dándole vueltas y vuelta a su ya aturdida cabecita sobre qué sería mejor para los dos.

Para sí misma se repetía:

- “Le daré sus cosas y me mantendré serena como si todo fuera a seguir igual”.

No quería que Pablo sufriera por verla triste, había se imaginado más de un millón de veces, durante aquel fin de semana, dándole el más sincero de sus gestos de amor y se marcharía para siempre sin hacer ruido.

De camino a su encuentro, la joven hizo un ejercicio de autocontrol para que el corazón no se le saliera del pecho. Sólo penaba en concentrarse, en no mostrar su angustia e intentar hacerle llegar todo lo que sentía por él en un abrazo que ninguno olvidaría nunca. Nada más, no le quedaban fuerzas para hacer nada más.

Todo salió según lo había planeado, aunque la despedida resultó fría como el hielo y no podía creer que todo fuera a acabar así pero, en medio de su encarecida lucha interna entre el corazón y la razón, con los latidos aún acelerados y lágrimas de desconsuelo e impotencia que se desbordaban imparables sobre sus mejillas, recordó que todavía tenía algo que darle y volvió.

De nuevo, frente a frente, el rostro abatido de Pablo le rompía el alma y con las manos aún temblando, un silencio se hizo en medio del tumulto de la calle, entonces María no pudo aguantar más, un nudo irrefrenable subía por su garganta y pronunció las palabras más dolorosas que jamás habían salido de su boca, con la voz entrecortada sonó:

- “Me parece que esto se acaba aquí, no puedo más. Te amo con todas mis fuerzas pero me temo que no puede ser”.

La cara de Pablo se entristeció más si cabía y ella, mirándolo a los ojos acarició su mejilla y selló sus labios con un beso de dolor contenido que duró tan solo un instante, se dio la vuelta y se fue.

Ella subió al coche, no miró atrás pero sentía la mirada fija de él mientras se alejaba, Pablo permaneció inmóvil plantado como en medio de la nada, hasta que la imagen de la mujer que más había amado se alejaba, hasta que se desdibujó al final de la avenida. En cierto modo María, sentía el alivio de darle un respiro a su sufrimiento mientras, destrozada se preguntaba si sería capaz de sobrellevar la situación, si había hecho lo correcto, si se arrepentiría el resto de su vida.

Se repetía interiormente, disimulando para que nadie supiera de su dolor, que sabía que pasarían más de mil lunas o quizás todas las lunas que le quedaran por ver hasta que llegara el día que no le extrañara, que dejara de llorar por él al recordarlo. “Veré más de mil lunas soñando con que todo ha cambiado, soñando con que vuelvas.” Se repetía.

Nunca antes había experimentado una angustia semejante, la angustia de amar y dejar ir, la angustia de alejarse sin querer apartarse.

María se marchó sumida y desbordada por la pena, se fue para no interferir en las metas de su querido Pablo, se fue para no convertirse en un obstáculo, antepuso los deseos de Pablo a los suyos propios, pero cuentan que nunca perdió la esperanza de que todo pudiera cambiar algún día y la vida la recompensó por su honorable gesto. 

Cris Barbero

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7 de junio de 2014

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Las historias más breves


Las historias más breves, en expansión

Microficción. Del relato oral a los “cuentos de pulgar”, propios del uso de celular y la masividad de Twitter, los hiperbreves viven un auge. Raúl Brasca, referente del género en el país (Argentina), analiza el fenómeno.
Cuando era chico y vivía en Marcos Paz, a casi 50 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, el escritor Raúl Brasca (1948) se deslumbraba con las plantas del jardín de su casa que abrían los pétalos con el sol del amanecer. Ocupaba los días tratando de entender cuál era el mecanismo secreto (¿de polea y aparejo tal vez?) que las hacía funcionar. Desde entonces quiso desentrañar la naturaleza íntima de la materia. Y por eso estudió Ingeniería química, enseñó química en la universidad, y desde hace años tiene una fábrica de tintas líquidas para materiales como el cartón corrugado o las bolsas de arpillera, que sostiene a base de un trabajo meticuloso y obsesivo. “Me he pasado treinta y cuatro años de mi vida haciendo colores. Es la química más difícil porque uno trabaja con sustancias que no se comportan idealmente, trabaja con fluidos que no son como el agua, y hay que poder manejar eso que se llama la reología de los fluidos, porque si hay algún problema en una máquina impresora puede producirse un desastre”, dice Brasca compenetrado, en un rincón oscuro de la Feria del Libro, donde organiza desde el año 2009 las Jornadas Internacionales de Microficción y su consurso por Twitter (porque las nuevas tecnologías –dice– parecen ser el modo natural de difusión del género), pero enseguida se detiene y pregunta: “¿Pensé que íbamos a hablar de literatura?”.

Escribir, podríamos decir, es un trabajo que mezcla materiales (o sustancias) que no se comportan idealmente.

El escritor de microficción, dice Brasca en el segundo punto de su decálogo, sólo cuenta con dos materiales para trabajar este género: las palabras y el silencio, y el secreto radica en lograr que ambos sean igualmente significativos.

Agitador, divulgador y uno de los autores más reconocidos del género en el ámbito local, Brasca no se acuerda de cuál fue la primera ficción hiperbreve que leyó, pero sí la primera que lo impresionó. Se trata de “El gesto de la muerte”, que Borges y Bioy Casares compilan en sus Cuentos breves y extraordinarios de 1953. La versión de la que habla Brasca, que pertenece a Jean Cocteau, recoge una historia muy antigua.

“Un joven jardinero persa dice a su príncipe: –¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta: –Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

–No fue un gesto de amenaza –le responde– sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.” El antecedente más remoto que Brasca conoce de este texto es una versión atribuida a Baidawi, exégeta Sunni y comentarista del Corán que murió en Tabriz en el año 685. “Es un relato muy impactante –explica Brasca– no solamente porque transmite con mucha eficacia el sentimiento de lo inexorable, sino también porque desmonta (y en eso consiste su mecanismo) un hábito mental, nos advierte sobre la posible falsedad y lo peligroso de nuestros presupuestos mentales. Es una historia que ha vencido el tiempo.” Conoce una versión de Sommerset Maugham y también otra bastante reciente del vasco Bernardo Atxaga. Leerla fue una forma de deslumbramiento, le produjo simultáneamente una luminosa impresión de belleza y una sensación de precariedad, más que de la vida, del poder de la inteligencia y el sentido común. “Fue la primera vez que experimenté esa alianza, y resultó inolvidable”, dice.

Pasado y presente
Eduardo Berti, en la introducción a la antología Los cuentos más breves del mundo (Páginas de Espuma), explica que la paradoja de la microficción es que, así como se la considera como el género más nuevo (y su auge no pocos se lo atribuyen a Internet o a los relámpagos irónicos de Twitter), sus fuentes y raíces son las más antiguas, ya que entre las formas que la prefiguran hay muchas que pertenecen a la tradición oral o a la literatura proveniente de fábulas, apólogos, chistes, leyendas, anécdotas y casos. Enrique Anderson Imbert, en su Teoría del cuento (1979), señala que el origen de las formas breves puede rastrearse en los inicios de la literatura (en los antiquísimos textos sumerios y egipcios) y más tarde en la literatura griega como digresiones imaginarias con una unidad de sentido relativamente autónoma. “Si consideramos la literatura oral (valga la paradoja), la microficción es el género más antiguo del mundo, el primer formato en el que las personas empezaron a contarse historias”, aporta la escritora Ana María Shua. “De hecho hay muchas microficciones en textos tan antiguos como el Calila e Dimna (primer libro editado en español que se conoce, traducción de un original de la India) y en muchos otros, como Las mil y una noches . Pero como literatura de autor, la microficción es contemporánea. Es un género del siglo XX. Kafka fue uno de los primeros. Y los Cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares sería la primera antología del género que se publicó en América Latina.” A finales de los años ochenta, mientras descansaba de la corrección de un cuento largo como “El hedonista”, Brasca escribió un texto casi como una ocurrencia. Pensaba que era ilógico (o tal vez una mentira monumental) algo que solía repetirse: que los salmones, para desovar, vuelven al lugar donde nacieron. “Porque si fuera verdad todos los salmones de la tierra desovarían en el mismo lugar”, pensaba el autor. De ese modo escribió “Salmónidos”: “Es universalmente reconocido que los salmones concurren a desovar al lugar donde nacieron. Para ello recorren enormes distancias en el mar y luego remontan el río hasta la naciente. Allí depositan sus huevos, en el mismo sitio donde sus padres depositaron los suyos; y también sus abuelos. Me gusta pensar que hay un único lugar en el mundo, bajo las aguas de un río que no conozco.” Explica Brasca: “No era un cuento, no era un ensayo, no era una broma, no sabía cómo definirla, pero sentí que era mi modo natural de expresión.”

–¿Qué busca en la microficción?


–La microficción es un modo de decir. Ya no los detalles naturalistas, ni la aseveración terminante y, por lo general, ingenua. La microficción procede a desmontar las diversas capas de la apariencia, a veces a valorizar detalles que parecían irrelevantes, a revisar los lugares comunes del pensamiento como en “Salmónidos”, y también los del lenguaje. Todo eso para permitir que aquello que se quiere transmitir emerja por sí mismo y súbitamente al final. Lo transmite sin explicitarlo. Los finales pueden ser de índole diversa y hasta no existir, pero siempre la última línea provoca un efecto conclusivo que aparece en el lector un segundo después de terminada la lectura. La microficción es tiro por elevación y lo que busco en ella es que dé en el blanco. Cuanto más impensable y necesario es el recorrido de la bala, mayor es el deslumbramiento que produce si da en el blanco.

–¿En qué aspectos encuentra mayor espesor para trabajar microficción?


–En el tratamiento del silencio, sin duda. El silencio es constitutivo de la microficción, no es una ausencia sino una presencia. La microficción se escribe con palabras y con silencio. El chiste también se escribe con palabras y silencio, pero el silencio del chiste es elemental, se limita a ocultar hasta el final un sentido de efecto risible. En cambio el silencio de la microficción es complejo, a veces tan complejo que se ha acusado a estos textos de crípticos y de elitistas. La elipsis extrema, la ironía y la recurrencia permanente a la enciclopedia del lector son los recursos más frecuentemente usados en el tratamiento del silencio.

–¿Cuál considera que es el mayor desafío del género? 

–Imponerse como lo que es y desterrar la imagen de facilismo que la brevedad sugiere. No es solamente imaginación inagotable, aunque eso sea previo a todo. Como el poema, la microficción alcanza efectividad por la forma, y eso supone destreza escritural, rigor intelectual y, desde luego, un singular sentido estético.

–¿Podemos hablar de microficción contemporánea? ¿Tiene alguna característica en particular?


–Sí, se caracteriza sobre todo por su ironía, por pedirle al lector que no adopte el sentido literal del texto sino el opuesto. Las microficciones contemporáneas suelen ser satíricas como las de Monterroso, agudamente irónicas como las de Borges y Denevi, humorísticas como las de Blaisten. La microficción contemporánea no se propone emocionar al lector hasta las lágrimas: el tipo de emoción que procura es más intelectual y estético. Esto plantea una de las discusiones académicas que no termina de resolverse. El primer autor de microficciones con las características de la microficción contemporánea es el mexicano Julio Torri, quien las produjo a principios del siglo XX y es para nosotros el fundador de esta forma textual que, por lo mismo, es esencialmente latinoamericana. Españoles como Ramón Gómez de la Serna en la Argentina y Max Aub en México, la cultivaron espléndidamente y la llevaron a España. Sin embargo, investigadores españoles creen ver en Juan Ramón Jiménez al verdadero fundador o, al menos, al cofundador con Torri de la microficción en lengua española. Personalmente, no encuentro en Juan Ramón Jiménez las características mencionadas y sí, en cambio, una emotividad que apela más a los sentimientos.

–¿Cómo afectó una plataforma como Twitter a la producción del género?


–Sucede con Twitter, lo mismo que sucedió con el cuento en el periodismo. Horacio Quiroga tenía que adaptar la forma al espacio que le daban. Yo no soy tuitero, pero la microficción invade a todos los medios tecnológicos. Cuando apareció el celular, surgieron los cuentos pulgares: microficciones escritas como mensajes de texto. Incluso hubo concursos de ese tipo de microficciones. Cada vez más hay concursos en Twitter y con Eduardo Berti y Guillermo Bustamante Zamudio fuimos jurados del Concurso de Microficción por Twitter en esta última Feria del Libro. Todas las nuevas tecnologías son válidas para la microficción. Parecería que los medios electrónicos fueran el modo natural de difusión de este tipo de textos, incluso más que el papel.

–¿La química le sirvió en algo para pensar la literatura?


–Toda la matemática que estudié para ser ingeniero químico ayudó a crearme un pensamiento que me permitió, después, sistematizar la escritura. Para un autor de microficción, que tiene que ser tan preciso y conciso en su texto, debe conseguir un pensamiento que le permita crear el mecanismo y no salirse de él. La matemática en sí no te ayuda, pero te crea un pensamiento deductivo y sistemático: te dice que después de esto, va esto otro. Y si hacés esto, la consecuencia será esta. Yo hago una microficción, la escribo y digo: algo no funciona. Y después la leo y veo que, por ejemplo, coloqué la acción y después el pensamiento que dio origen a la acción. A veces una microficción es larga porque el escritor no sabe pensar. Sí creo que si no hubiera estudiado toda esa matemática, sería escritor de todas maneras, pero sería otro escritor. Sería distinto.
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5 de junio de 2014

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Volando


 Tal vez porque en estos días después de muchas salidas y tiempo compartidos con amigos siento que floto.
Siento que floto y floto.
Siento que floto entre la alegría y el llanto.
Siento que floto...
Pero flotar no es malo ni bueno,solo floto.
Floto en la ligereza aveces espesa de esta vida.
Floto y floto y flotamos.
Flotamos así como somos.
Así únicos.
Así con nuestros brillos.
Y así con el color muerto que aveces se va de las manos.
y flotamos, flotamos.
Porque no me veo solo a mi flotar, flotamos todos uno a uno en esta dulce y extraño viaje.
Flotamos y brillamos como las pompas de jabón, esas de las que escribió Machado y canto Serrat.
Flotamos mostrándonos dulces y vulnerables.
Flotamos mostrándonos duros y superfluos.
Flotamos y volamos en este mundo mitad realidad, mitad fantasía.
Donde los que creíamos que conocíamos aveces son extraños y tal vez aquellos que recién conocemos parecen eternos, parecen que nos acompañaron en todo este viaje y flotamos en sintonía.
Flotamos ...
Flotamos soñando en el beso y la caricia perfectos y casi casi irreales.
Flotamos buscando ese brillo en los ojos que nos salvara.
Flotamos en el abrazo de un amigo que amamos.
flotamos .. flotar ... no hay nada de malo en eso.
No hay nada de malo en eso, si aun reconocemos nuestros ojos y nuestros rostros en el espejo,
y si no nos reconocemos es por que flotamos en lugares de sombra
Pero a no temer en cualquier momento vendrá esa luz nítida, esa luz blanca.
Y de un golpe de magia y encanto,
de pronto como pompas de jabón cambiaremos y seremos arco iris,
pero no es que cambiamos,
es porque siempre fuimos así y flotamos.
Creo que ese seria un paraíso perfecto,
flotar y flotar
siendo luz, siendo arco iris
y reflejados en el brillo de nuestros hermanos...
flotar
flotar


Daiana Avalos Robledo
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4 de junio de 2014

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El escudo


El pequeño Marco era hijo único, vivía en una granja a las afueras del pueblo, era un niño menudo, de piernas flacas y estatura más bien pequeña. Le gustaba jugar con los animales de la casa y tenía un chivito como mascota con el que pasaba largas horas distraído, apartado del mundo.
Sus padres lo adoraban, era su único varón pero una oportunidad laboral les apartaría de él durante algún tiempo ya que debían marcharse a Europa y Marco tendría que quedarse con sus abuelos hasta que la situación se normalizara y pudieran reunirse los 3 de nuevo.
El pequeño sólo tenía cinco años cuando se mudó a casa de sus abuelos y al llegar allí, con su diminuta maleta y su inseparable chivo descubrió que ahora compartiría su vida también con cuatro de sus primos, dos de sus tíos, un amigo de la familia, los abuelos, el guardia de la finca, tres trabajadores que habitaban la casita contigua, una docena de caballos, vacas, gallinas… Al principio se asustó y lloró varias noches por la marcha de sus papás pero pronto se acostumbró a su nuevo hogar y a compartir con todos los habitantes de aquella casa de locos.
Marco se convirtió en un muchachito de pocas palabras pero muy travieso y su abuela se pasaba el día con la escoba en la mano corriendo detrás de la cuadrilla de incansables nietos y lanzando zapatillas mientras ellos se divertían haciendo rabiar a la pobre mujer.
Un año después, el padre regreso a buscarlo, ya estaban situados en el viejo continente y todo listo para que Marco volviera con ellos. Despedirse de la familia, de los primos, los juegos, el campo y de Julián, el chivo, fue duro para el pequeño pero la ilusión de reencontrarse con mamá después de tanto tiempo era mucho más grande.
Europa era tan diferente de su pueblo… Al bajar del avión, padre e hijo cogidos de la mano recorrieron la pasarela y llegaron hasta el gigantesco aeropuerto, gente, gente, maletas y más gente les rodeaban por todas partes y Marco casi mareado, se sentó en el suelo a esperar que llegara su equipaje. Después tomaron un taxi que les llevaría hasta su nuevo hogar, por el camino el chico miraba por la ventanilla todo lo que la velocidad del coche le permitía visualizar a su paso, sin apenas escuchar lo que el padre le iba contando.
Llegaron a casa, un chalet modesto en la montaña que en cierto modo, después del bullicio de la ciudad, le recordaba a su antigua casa y allí esperaba impaciente su madre para abrazarlo y recuperar el tiempo perdido.
Las primeras semanas fueron emocionantes, todavía era verano, volvían a estar los tres juntos y tenía tantas cosas por descubrir… Pero pronto debería ir a la escuela que sus padres eligieron para él y entonces todo cambiaría.
El primer día estrenó la ropa que su madre había comprado para la ocasión, fue a despertarlo cuando ya tenía el desayuno preparado y se sentaron juntos en la cocina a saborear unas deliciosas tortitas y zumo de naranja recién exprimido. Mamá parecía nerviosa pero él estaba emocionado por conocer a sus compañeros imaginando que todo sería como en su otro colegio.
La maestra le presentó cuando todos los chicos entraron al aula, era el único “nuevo” de la clase y al decir su nombre se oyó un murmullo generalizado camuflado entre las risas, Marco también sonrió y volvió a su pupitre. A la hora del recreo sólo un chico, muy callado, regordete y con gafas se sentó a su lado, los dos en un banco a la sombra de un platanero engulleron, cada uno su bocadillo sin mediar palabra. Fue un día muy largo pero por fin llegó la hora de salir, mamá le esperaba con cara expectante en la puerta y el pequeño esbozó su mejor sonrisa para que su pobre madre, que lo había preparado todo con cariño no tuviera la menor sospecha del frustrante día que había pasado.
Aquella noche, cuando Marco se metió en la cama rompió a llorar desesperado, impotente, quería volver a su antigua casa, a su colegio, con sus verdaderos compañeros… Aquella noche deseó con todas sus fuerzas no volver a sentirse así, desplazado, ignorado, ninguneado… Deseó ser respetado y admirado como los héroes de sus comics.
Unos días después su madre le dijo que debería regresar solo de la escuela, que ya era mayor y que ella tenía que trabajar por lo que no podía ir todas las tardes a buscarlo.
En la escuela, todo seguía igual, los chicos sólo le prestaban atención para reírse excepto el niño regordete de las gafas, aunque esta situación cada vez le resultaba más indiferente la impotencia y aparente indiferencia crecían con la misma velocidad que su rabia hasta que, una tarde, a la salida, un muchacho le dirigió unas terribles palabras en tono burlesco, Marco se giró y con la cara casi desfigurada, se dirigió hacia el chico que era dos cursos mayor y medía casi dos palmos más que él, le empujó y el “mastodonte” cayó al suelo aturdido cuando el pequeño aprovechó para abalanzarse sobre él y cargar el puño, todo quedó en un absoluto silencio y el tiempo pareció detenerse cuando por alguna extraña razón, algo pasó por la mente de Marco que lo hizo reaccionar y echó a correr hacia no se sabe dónde. Corrió y corrió hasta perder prácticamente el aliento y cuando se quiso dar cuenta estaba en medio del bosque, tendido sobre la tierra, abatido sin saber muy bien que acababa de pasar.
Empezaba a oscurecer y se sentó, entonces vio una figura unos metros más allá, agazapada junto a una roca, parecía una mujer y al fijarse vio que vestía de un modo muy extraño, llevaba una especie de túnica negra con capucha. La miró fijamente durante unos segundos y descubrió que bajo la capucha no se veía ningún rostro, un escalofrío recorrió su espalda, el corazón le dio un tumbo y volvió a correr despavorido, sin mirar atrás hasta su casa.
Cuenta la historia que algo inexplicable ocurrió aquella tarde en el bosque, sus deseos se hicieron realidad y, como un escudo, desde aquel día todo cambió, algo lo protegía y nunca más se sintió solo ni indefenso. Una fuerza invisible, a los ojos de un niño de siete años, lo acompañaría el resto de su vida.
Cris Barbero

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2 de junio de 2014

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Secuencia Destructiva


–Bien, le escucho. Cuénteme su historia.

–Esa noche a Diana le dio por pensar que llevaba un cajero automático entre las piernas que funcionaba cada vez que alguien le mostrase la billetera y con la promesa de que al fin se iba a comprar todas esas pendejadas de niña fresa que quería, se fue a plantar con las muy huecas de sus amigas en la esquina de las Mercedes. 
Mario tenía pensado llegar tarde a casa y quiso pasarse por allí para invertir su pasta en algo de alcohol y sexo fácil, pero no contaba con que lo segundo fuese a dárselo la misma pequeñaja que tantas veces había visto en las piernas de su mujer, mientras ella le cambiaba los pañales. 
Cristina no esperaba que su marido la viera salir a medio vestir de la casa del barbero, ni tampoco verlo a él dando tan gran espectáculo con una fresca en medio del vecindario, ni mucho menos que esta última se la hubiese dado ella misma. 
Andrés suspendió su rutina de lagartijas para zamparse unas anfetas, pero hubo de dejarlo a medias cuando escuchó un ruido a sus espaldas y luego un fuerte estropicio en el piso de abajo. 
Iván, escondido debajo de la cama, ajeno a todo, espiaba silenciosamente a su hermano. 
Lo que pasó cuando Andrés bajó las escaleras es otro cuento que termina con ambulancias, sirenas de policía, una cama de hospital y un hombre tras las rejas. 

–Veamos, cuando dije "su historia", me refería a Tu historia. Necesito algo real con lo cual trabajar.

–Pues, tal vez prefiera que le diga que esa noche golpeé al imbécil que me engendró hasta que cerró los ojos deseando que no volviese a abrirlos y me dio náuseas ver a mi madre, amoratada e hinchada, llorar sobre él rogando que estuviese vivo. Subí a mi habitación y encontré a mi hermano convulsionando en el suelo luego de terminar el asunto que yo había dejado incompleto. Y mi hermana, después de maquillarse las heridas que le hizo el donador de esperma, salió de nuevo a hacer efectivo en la esquina de las Mercedes. 
Denuncié al desgraciado, pero mi madre como no podía soportar que su esposo estuviese preso, pagó su fianza con el dinero del barbero. ¡Ja! Me ha mandado aquí dizque porque le da miedo que termine como Iván, aunque a decir verdad teme que muela a golpes otra vez al cobarde que eligió y con quien nos obliga a vivir. Mi hermano sigue en el hospital, ella no ha ido a visitarlo desde que está allí; mi hermana, cada noche encuentra una cama diferente en la que dormir; y yo, estoy en esta estúpida consulta, deseando que en lugar de Iván sea yo quien esté en terapia intensiva.

–Eso está mejor. Partamos entonces de su problema con las drogas. 

– ¿Usted en qué mundo habita? Mi problema no son las malditas drogas, sino la realidad que me hace consumirlas.


Aldo Simetra


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