13 de enero de 2015

el comentario 4 comentarios

`Chocolates y torta Sacher´


Chocolates

Como era tradición en Viena, Ana y Franz salieron de su casa antes de la cena. Caminaron, con los brazos entrelazados y una vela cada uno, hasta la plaza central. Ya desde varias cuadras podían ver el gigantesco año que el gobierno montaba todos los años. Dentro de poco prenderían las luces y cantarían los villancicos. Pero, por primera vez en toda su vida, Ana no estaba emocionada por esto. Bueno, sí lo estaba, pero había algo que la emocionaba todavía más y que la mantenía completamente nerviosa.
—Tranquila, Ana, la hora ya va a llegar —sonrió su esposo, palmeándole la mano para calmarla.
—Ya lo sé, pero es que hace tanto que no los veo… ¡y que no se ven!
Llegaron a la plaza principal, donde estaba instalado el gigantesco árbol, y se acomodaron en el primer hueco que encontraron. La gente se había reunido a su alrededor, con las velas encendidas. Utilizaron el fuego de los que tenían al lado para prender las suyas, y las sujetaron bien fuerte, pero sin soltarse entre ellos. Miraron hacia arriba, a la punta del árbol, y las luces se encendieron de repente. Un «oh» de asombro colmó el lugar, y las sonrisas se hicieron audibles. Los coristas, ubicados en una plataforma en uno de los costados, comenzaron a cantar, iniciando la rueda de villancicos. Instantáneamente se les unieron las miles de personas que estaban allí, haciendo que todas sus voces se convirtieran, por una vez en el año, en una sola.
Solo en Navidad se unían, a pesar de todas sus diferencias.
Porque el mayor de los milagros estaba por suceder, el nacimiento del niño Jesús, y ese era acontecimiento suficiente para dejar todos sus prejuicios de lado y unirse en la adoración del Señor.
Ana y Franz cantaron dos villancicos. A ella le temblaba la voz de lo nerviosa que estaba. Había planeado un evento como el que iba a llegar durante casi quince años. Pero nunca sucedía. Siempre algo pasaba, siempre alguno de sus hijos cancelaba y no se podía realizar.
Pero ahora había logrado juntarlos a los seis, después de casi quince años de que no se vieran.
—¿Te parece si vamos volviendo? —susurró Ana, muy por lo bajo, para que solo su esposo la escuchara.
—La ansiedad te va a consumir, mujer —rió él, pero con el rostro completamente serio—. Regresemos. Ya deben estar por llegar.
Ella asintió con la cabeza y volvieron, de nuevo caminando, hasta su casa. Las velas seguían encendidas en sus manos, para colocarlas debajo del árbol que habían comprado esa misma mañana. A las doce dejarían los regalos, simbolizando que el niño Jesús los había dejado, para abrirlos. Eran simples cosas compradas en la feria de artesanías, porque no había nada que sus hijos no tuvieran. Nada material, por supuesto.
Ana abrió la puerta y ambos entraron. Gisela, la mayor de sus hijas, la única que vivía con ellos, estaba terminando de poner una bandeja sobre la mesa del comedor. Levantó la cabeza y los saludó con una sonrisa, para después darles un beso en la mejilla a cada uno.
—¿Cómo estuvieron los villancicos? —preguntó, quitándole sus abrigos para colgarlos—. ¿Por qué volvieron tan temprano?
—Creo que vamos a tener que agregar algunos platos más a la mesa —habló Ana.
Miró la mesa de su comedor. Era larga, de unos dos metros y medio, para que entraran la mayor cantidad de personas posibles. Pero ahora solo estaba armada para tres, porque ellos eran tres.
—¿Qué? ¿Por qué? —exclamó Gisela, asombrada—. ¿Quién viene?
El timbre tocó justo antes de que su madre pudiera responderle. La chica le lanzó una mirada que le dejaba en claro que tenían esa conversación pendiente y fue a abrir. Pero ya no necesitó más que su madre le explicara. Ahora entendía. Con solo ver esas dos personas paradas en el umbral de su puerta lo entendía.
—¡Mamá! —gritó, completamente consternada.
—¿Por qué tú también estás aquí? —gruñó Tobías, su hermano.
—Yo vivo aquí, pedazo de cabezotas —chilló su hermana, golpeándolo en la cabeza como en los viejos tiempos.
—¿No se suponía que esta era una cena solo entre nosotros tres? —preguntó Olivia, la más pequeña, asomándose dentro de la casa y mirando de forma acusativa a sus padres.
—Bueno, parece que nos han descubierto… —sonrió Ana, con una sonrisa de cómplice.
—Podrías habérmelo dicho, mamá —gruñó Gisela, presionando los dientes.
—Bueno, ¿vas a dejarnos pasar o no? —bufó Tobías, y la mujer puso los ojos en blanco.
Se hizo a un lado y dejó que los dos entraran. Ambos se sacaron sus abrigos y se los tiraron encima, como si ella fuera la sirvienta de la casa. Gisela lanzó un suspiro demasiado pesado y guardó los sacos en su lugar. Maldita sea su madre. Ella no quería volver a los viejos tiempos.
—Mamá, ¿puedo hablarte en la cocina?
—Gisela… acaban de llegar mis hijos que no veo hace miles de años. ¿Podrías dejar que charlemos un poco?
Se aguantó otro bufido y se fue hasta la cocina sola. ahora tendría que preparar más comida. Y con lo que eso le costaba. ¿Por qué no le había avisado? ¿Tanto le costaba? Así se iba y los dejaba tranquilos, ya que tanto quería charlas con sus hijos que no veía hacía miles de años. Claro, como ella ya estaba allí y se había quedado con ellos no recibía ningún tipo de atención. Era simplemente alguien más.
—La carne no tiene la culpa, Gisela.
La voz de su padre hizo que se diera cuenta de que estaba golpeando la carne más de la cuenta. Se limpió la frente con el dorso de la mano, para no ensuciarse, y agarró el relleno que le había sobrado para ponérselo al pedazo que tenía.
—Ella lo está haciendo por ustedes, pequeña —dijo, apoyando la mano en su hombro.
—Sí, ya veo… hacerme cocinar más de la cuenta, sin siquiera avisarme, y mantenerme como una sirvienta. Me parece perfecto, papá.
—No seas tan dura con ella, Gisela, hace años que no se ven con sus hermanos.
—Sí —se giró de golpe, para mirarlo con los ojos bien abiertos—, y por algo será, ¿no?
—Son hermanos, Gisela. No pueden estar separados. Son lo único que tienes. Cuando nosotros nos vayamos, ellos serán lo único que tendrás.
—Bueno, pues, para tener a personas tan hipócritas y desinteresadas prefiero no tener a nadie.
—Solo dales una oportunidad… y deja eso, tu madre ya compró un pavo. Deberían estar por traerlo ahora mismo.
Esta vez sí dejó que el resoplido saliera.
—Está bien, papá, lo tiro a la mierda. Como todo lo que hago por ustedes. ¡Siempre tirando todo a la mierda!
Pisó la palanca del basurero, para que se abriera la tapa, y lanzó la carne en su interior.
—Gisela…
—No, no importa, está bien, total, todo lo que yo hago es al divino botón, si al final terminan llamando al bar de la esquina.
Se lavó las manos y tiró su delantal a un costado. Sacó un vaso de agua y se lo tomó en menos de dos segundos. Tendría que tomar una pastilla para la presión. No sabía si soportaría estar toda una noche con sus hermanos sin que le subiera la presión y se desmayara de los nervios. ¡Por dios! ¡Qué vieja que estaba! ¿Cuándo había llegado al punto de necesitar una pastilla para tranquilizarse?
El timbre sonó, y su mamá gritó su nombre.
—Sí, mamá, allá va la sirvienta.
Al pasar por uno de los espejos se acomodó un poco el pelo. Tenía algunos mechones rebeldes que se le escapaban del recogido. Ahora que lo pensaba… había usado el pelo recogido su vida entera. Como una vieja. Y ahora tenía el pelo completamente arruinado… es que ni siquiera había tenido tiempo para cuidarlo. Ni siquiera había tenido tiempo para cuidarse a ella misma…
Abrió la puerta, y la cara de la otra persona se desfiguró de la sorpresa.
—¿Qué haces tú aquí?
Gisela puso los ojos en blanco.
—¿Todos van a hacerme la misma pregunta? Yo vivo aquí, Elías…
—¿Todos? ¿Qué todos?
—Pasa y descúbrelo por ti mismo…
Se hizo a un lado, con la mano inclinada hacia el comedor. Elias, el quinto de los hermanos, se asomó apenas y dio un paso algo indeciso. Cuando encontró a sus otros dos hermanos en la mesa, hablando con su mamá, el enojo se le subió a la cabeza.
—¡Mamá! —gritó, y dejó debajo del árbol el regalo que había llevado—. ¿No podías avisarme?
—Yo dije lo mismo… —acotó Gisela.
—Eh, ya sabemos que nos odiamos entre nosotros. Pero al menos podrían fingir un poquito, ¿no? —sonrió Olivia, con esa sonrisa de arpía que tenía desde que había nacido.
Los otros tres se cruzaron de brazos, algo consternados, y su mamá volvió a reír.
—Por todos los cielos, es como en los viejos tiempos.
—No sé por qué quieres recordar esas atrocidades —suspiró Elías, y corrió una silla para acomodarse.
El pestillo de la puerta se abrió, y todos miraron hacia la puerta. Que Gisela supiera, nadie tenía la llave de la casa más que ella y sus dos padres. Pero, conociéndolos, no le extrañaba que se la hubiera dado a alguno de sus hermanos. Sus padres seguían teniendo fe en ellos, a pesar de que los habían abandonado hacía quince años atrás.
—Ya sabía yo que me iba a encontrar con esto.
Los rulos de Lena fueron lo primero que vieron. La chica tenía dos botellas de champagne en la mano, como de costumbre, ella siempre con el alcohol. Era la cuarta de los hermanos, y la más independiente de todos.
—¿Cómo están todos? —preguntó, al mismo tiempo que dejaba su abrigo en el ropero.
Colocó las botellas en el medio de la mesa y corrió una silla, para acomodarse. Los demás se le quedaron mirando. Era la única que no parecía enojada por ese reencuentro forzado. Era la única que no demostraba de manera abierta que los odiaba a todos. Lena nunca había sido así. Siempre había sido el tipo de chica callada, la cual hacía todo lo que sus hermanos decían. Tendría que odiarlos. Pero ahí estaba, con su mejor sonrisa y preguntándoles, de la manera más honesta, cómo estaban.
—Muy bien, la verdad —sonrió Olivia—, muchísimo más ahora que has traído champagne.
—Eh, tú eres pequeña como para tomar eso —gruñó Tobías, y alejó las botellas de su hermanita.
—¡Tengo veinticinco años! ¡No puedes prohibirme tomarme un vaso de champagne!
—¡Sí puedo, porque sigo siendo tu hermano mayor!
—¡Eh, que yo soy la mayor aquí! —intervino Gisela, y se acercó a ellos para quitarles ambas botellas.
—Sí, definitivamente es como en los viejos tiempos… —sonrió su madre, con nostalgia, y los cinco la miraron.
—¿Crees que Jona venga? —preguntó Lena, e inmediatamente todos se calmaron.
Olivia y Tobías dejaron de pelear y se enderezaron, para prestar atención a la conversación. Elías corrió a Gisela del medio, para poder ver a su madre y su hermana. La mayor, por su lado, volvió a dejar las botellas en la mesa y se buscó una silla.
—Sí, ¿crees que venga, mamá? —insistió Olivia.
—He hablado con él hace unas semanas. Los primeros llamados me los cortaba apenas atendía y escuchaba mi voz, pero al cabo de los días fue diciéndome más cosas. Al principio era un «hola», que se convirtió en un «cómo estás».
Mientras Ana contaba, Franz ponía la mesa. Los chicos estaban tan absortos en la conversación que ni siquiera le prestaron atención a su padre, y ninguno se ofreció a ayudarlo. Casi ni lo veían. O agarraban el plato que les ponía en frente de una manera demasiado autómata, sin darse cuenta realmente de lo que estaban haciendo.
—Después de seguir insistiéndole, aceptó venir a cenar en navidad con nosotros. Como ustedes, no sabe nada de que están aquí, por lo que les pido que lo traten con cuidado…
—¿Por qué? Él no se merece ningún trato diferente a los demás —chilló Olivia, con histeria.
—¡Olivia! —la retó Tobías.
—Tienes que entenderlo… —habló Elías, con algo de nostalgia—, algún motivo tiene que tener para haber hecho lo que hizo…
El timbre sonó, interrumpiendo su conversación.
—¡Debe ser él! —chilló Ana, poniéndose de pie—. Cálmense, contrólense y sonrían.
Corrió hasta la puerta, no sin antes acomodarse el cabello canoso frente al espejo, y abrió.
—Te traje un obsequio —dijo Jonas, extendiendo una caja empaquetada con papel verde.
—¡Hijo! —exclamó la mujer, y se le tiró encima para abrazarlo—. Pasa, por favor.
Jonas entró, sin saber lo que se iba a encontrar. Por eso, cuando vio a todos sus hermanos sentados en la mesa, observándolo, quedó congelado. Los ojos se le abrieron como dos platos, y el estómago se le revolvió del odio.
—¿Qué demonios hacen ellos aquí? —chilló, con tanta ira que parecía que iba a empezar a golpearlos a todos.
—Hijo, yo quería reunirlos…
—¡Encima que acepto verte a ti, a pesar que no quería, ¿me traes a estas personas que detesto?!
—Jona… —susurró Ana, intentando acercarse a él para calmarlo.
—¡No me toques! —gritó, y se alejó de ella con un movimiento brusco.
—Lo siento hijo, tengo que hacerlo…
La cara de Jona estaba tan roja que parecía que iba a explotar en cualquier momento. ¿Tanto los odiaba como para reaccionar de esa manera? ¿Qué demonios le habían hecho? Ninguno de ellos sabía…
—Esto es una mierda, todo una mierda —vociferó, y se dio media vuelta para salir de la casa.
Ana se puso entre él y la puerta, y el hombre la enfrentó. La miró con sus ojos llenos de odio, forzándola a que se alejara. Pero ella, con la mirada llena de dolor, cerró la puerta con la cerradura especial. Se requería una clave que solo Ana y Franz sabían, por lo que estaban encerrados.
—¡No lo puedo creer! ¡Encima me haces esto!
—Es por tu bien, Jona, querido…
—¡No me digas así! ¡Y no me hace para nada bien estar con estas personas!
—Eh, que todavía estamos aquí —chilló Olivia, y su hermano le lanzó una mirada que fue suficiente como para callarla—. Uh, pero parece que a alguien le ha venido el período.
Sus hermanos se rieron por lo bajo, esperando que Jonas no hubiera escuchado ese comentario.
—Vamos, algo en común deben tener, ¿no?
—Pues a mí me gustan los chocolates —sonrió Olivia, de nuevo, observando las barras que su padre había puesto en la mesa.
Sus hermanos parlotearon entre ellos, asintiendo a esa frase. Ana miró a Jonas, quienes se batieron en una batalla de miradas. Ella lo obligaba a responder, mientras él intentaba aguantar.
—Bueno, a mí también me gustan —lanzó después de un tiempo, con pesar, como si aceptar eso le doliera demasiado.
—Y a mí la tarta Sacher —agregó Lena, quien ya tenía la cabeza en el postre.
Sus hermanos volvieron a debatir entre ellos, esta vez por menos tiempo. No había dudas de que todos coincidían en eso.
Los chocolates y la tarta Sacher eran algo que no se podía odiar.
Su mamá asintió con la cabeza y abrió los ojos, demostrándole que había algo que todavía tenía en común con sus hermanos. Jonas lanzó un suspiro demasiado cansado y se sentó en la punta de la mesa.
Ambos padres desaparecieron enseguida, dejándolos solos.
Tenían que reconciliarse.

Tarta Sacher

Gisela era la mayor de los seis, y tenía cuarenta años. La seguía Tobías, con treinta y siete. Luego aparecía Jona, con treinta y cuatro años. Después venían Lena, con treinta años y Elías con veintiocho. La última, y la menor de todos, era Olivia, con sus cortos veinticinco años.
La última vez que habían estado todos juntos había sido hacía dieciocho años, cuando Jonas se había escapado de la casa. Desde ese día, todos comenzaron a irse. O se casaban, o conseguían trabajos, o se mudaban por simple gusto. Pero nunca, desde ese día, habían logrado reunirlos a los seis en la misma habitación.
Hasta ese veinticuatro de diciembre.
Ana agarró el pavo que habían ordenado, y que había llegado mientras ellos habían estado hablando, y lo puso en el medio de la mesa. Colocó las ensaladas que había preparado Gisela, las papas con mayonesa y todo el resto de las entradas. Franz agregó el vino, las gaseosas para los que quisieran y la cerveza. Cuando terminaron de servirles a sus hijos, se retiraron en dirección a la cocina.
—¿Ustedes no van a comer con nosotros? —preguntó Lena, al notar que no había sillas para sus padres.
—No, pequeña —sonrió Ana, tomándole la mano y acariciándosela—. Hicimos esto por ustedes, a nosotros ya no nos queda mucho.
—Vamos, quédense —insistió Olivia.
La mujer le dio un beso en la cabeza y los saludó con una sonrisa. Se enganchó del brazo de su esposo y fueron hasta la cocina, cerrando la puerta detrás de ellos. Se sentaron en la mesa y Franz cortó la carne que Gisela había preparado antes de saber que sus hermanos iban para allí.
—¿Crees que funcionará? —preguntó Ana, dando el primer bocado—. No están hablando, no están diciendo nada.
—Tranquila, mujer. Recién llegan, tienes que darle tiempo para que asimilen todo.
Asintió con la cabeza, y se limitó a comer. Hacía el menor ruido posible, para escuchar lo que fuera que dijeran sus hijos. Quería estar al tanto de todo y, si era posible, que su plan funcionara. Era lo único que pedía para esa navidad.
Aunque, tal vez, era mucho que pedir.
Del otro lado, Tobías se había levantado de su lugar para cortar el pavo. Separó las patas y las puso en el plato de Olivia, porque siempre habían sido sus favoritas. La chica se le quedó mirando con los ojos abiertos, impactada.
—No puedo creer que te acuerdes.
—Como para no hacerlo, Olivita querida. Llorabas por tus patas.
—Los berrinches que hacía… llegaba a tirarse al piso y comenzar a patalear como toda una histérica —agregó Lena, con una risa, y Olivia le lanzó una mirada de odio.
—Ya todos nos acordamos, no tienes por qué decirlo.
—Tranquila, pequeña, no te largues a llorar de nuevo —bromeó Elías y le acarició la cabeza como si se tratara de un perro.
—Sigo odiando eso, para que sepas —bufó, y se alejó de él.
Todos se rieron a carcajadas, y esperaron a que Tobías les sirviera el pavo. Como si fueran una orquesta, perfectamente coordinada, se fueron pasando las ensaladas, los aderezos y la bebida sin que se los pidieran entre ellos. Como si se acordaran perfectamente cómo funcionaba todo.
Comieron en silencio. Gisela estaba en la punta de la mesa, con el rencor en sus ojos. Todavía no sabía exactamente cómo sentirse. Sus hermanos la habían abandonado, dejándola completamente sola con sus padres. Todos sus sueños, todos sus deseos y todas sus metas, todo lo que alguna vez ella se había planteado, lo había tenido que tirar. Todo porque ellos, egoístas, la habían dejado sola para cuidar a sus padres.
Y ahora aparecían en su casa con su mejor cara de hipócritas.
—¿Tú hiciste las papas, Gisela? —preguntó Elías.
—Sí.
—Siguen siendo tan ricas como antes. Todavía no encontré papas tan perfectas como estas.
—Gracias, Elías, al fin algo que me reconocen —sonrió falsamente, mucho, para que todo el mundo se diera cuenta.
—¿Ya empezamos, Gisela? —exclamó Tobías, sin dejar de comer.
—Perdón, Tobías, me guardaré todas mis opiniones. Simplemente seguiré cuidando de tus hijos cada vez que se te ocurra ir a dar una vuelta por el mundo, y me encargaré de cuidar a mamá y papá bien calladita.
Tobías puso los ojos en blanco y dejó los cubiertos a cada lado de su plato, lanzando un suspiro.
—Puedes negarte cuando se te ocurra, Gisela, no voy a organizar tu vida.
—¿Negarme cuando quiera? —exclamó la mujer, clavando sus cubiertos en la mesa y mirándolo con tanto odio que parecía que iba a explotar—. Está bien, ¿y después quién cuidará a mamá y papá? ¿Ustedes? ¡No me hagas reír, hermano! Ustedes se borraron hace quince años y me dejaron con ellos sobre la espalda, sin preguntarme si yo quería hacerlo o no.
Los gritos de Gisela golpearon en todos los demás, que se quedaron mirándolos en silencio. Todas las peleas eran situaciones incómodas, más cuando se trataba de personas que no conocían y de hechos ajenos a ellos… o bueno, tal vez no tan ajenos, pero no querían reconocerlo. Preferían que se quedara entre ellos dos, y punto.
—Gisela, no puedes culparnos por el fracaso de tu vida. Que tengas cuarenta años y sigas en la misma casa que naciste, todavía con tus padres, no es nuestra culpa.
—¿¡No es su culpa!? —chilló, y se puso de pie del odio que sentía—. ¡Ustedes se fueron cuando ellos estuvieron en su peor estado, y yo tuve que hacerme cargo! ¡Ni siquiera pusieron un peso para todos sus tratamientos! ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que los dejara? ¿Que dejara que se murieran solos, acá, en su casa?
—Si tanto te importa tu vida lo hubieras hecho, Gisela, ahora no estarías lamentándote todo esto.
—No son así las cosas, Tobías —negó con la cabeza, volviendo a sentarse en su lugar.
Se sirvió un poco más de pavo, se cargó el plato con papas y ensalada y llenó su tenedor. La comida casi ni le entraba en la boca, pero lo hizo entrar. Masticó con tanta bronca que los demás, desde donde estaban, sentían que se le iba a quebrar la mandíbula en cualquier momento. O los dientes.
—Al final… todos ustedes me menospreciaron toda mi vida, y ahora soy la que mejor está.
Tobías lanzó una risotada que la golpeó tanto que hizo que se ofendiera.
—¿Mejor que nosotros? A ver, ¿qué es eso en lo que estás tan bien?
—Soy diseñadora de modas, Tobías, por si no habías leído mi nombre en todas las revistas. Por desfile gano más que Elías en todo un año, con la empresa multimillonaria de su esposa
Todos se largaron a reír, hasta Jonas, que había permanecido en silencio hasta el momento. Olivia les lanzó una mirada de odio que intentaba incendiarlos, si era posible, pero no se podía. La habían menospreciado y molestado toda su puta vida y ahora también se reían de su carrera. ¿Algo más que quisieran hacerle?
—Quédate tranquila, Oli, que en un par de años se te para todo y terminarás peor que nosotros —habló Gisela, y la otra le sacó la lengua.
—No importa eso. Con todo lo que ya tengo ganado puedo vivir tres vidas enteras sin preocupaciones.
—¿Y luego qué harás? Te aburrirás hasta la muerte y terminarás suicidándote como todas esas mujeres yankees o suizas que se tiran de los edificios o se cortan las venas —preguntó Elías, tirándole toda la bronca posible encima por su comentario anterior sobre su esposa.
—Me pondré una linda florería en la esquina más pintoresca de Viena. ¿Tienes algún problema con eso, eh?
—¡Una florería! —chillaron los cinco a coro, y estallaron en risas.
—Sabes que eso es patético, ¿no? —rió Gisela.
—Es lo que quiero, al menos yo puedo hacerlo —le echó en cara, y el rostro de la mujer cambió por completo.
Le acababa de cerrar la boca de la mejor manera, y Olivia lo sabía. Se sentía orgullosa por haberlo logrado por primera vez en su puta vida.
—Igual, el que mejor lo hizo fue Elías —dijo Lena, mientras masticaba lo último que le quedaba de carne.
Elías levantó la cabeza y la miró, pidiéndole con los ojos que no siguiera hablando.
—Sí, la verdad —asintió Tobías—. El pequeño tontito se casó con una mujer que tenía toda la plata y ahora dirige todas las empresas de su padre y tiene como cinco casas en todo el mundo.
—Eh, yo no me casé con ella por eso —chilló el chico.
Desde el día en que les había contado que salía con esa chica, sus hermanos no habían dejado de molestarlo. Todo el tiempo le gritaban y le decían que solamente estaba con ella por compromiso, por su dinero. Y ni hablar del día de su boda, que lo hizo pasar tremendo papelón cuando todos se emborracharon y empezaron a gritar esas cosas en el brindis. Después de eso se le había hecho muy difícil la relación con los padres de ella, pero lo había logrado.
Después de muchos años de esforzarse, había logrado ganárselos de nuevo.
—Es lo que vienes diciendo desde que sales con ella. ¿Acaso tú te lo crees? —lanzó Gisela, con la burla en los ojos.
Pero sus comentarios solo estaban regidos por el odio. El odio que les tenía, y que la cegaba completamente.
—Ustedes son los estúpidos que creen que eso no es cierto. No todo en este mundo es el dinero, como ustedes piensan. ¿No les bastó con arruinarme mi boda? ¿También ahora quieren seguir molestándome con la misma mierda de siempre?
—Ay, pobrecito de él, ¿te arruinamos tu boda? Uf, lo sentimos, ni nos dimos cuenta —exclamó Olivia, con voz de nena, solo para burlarse de su hermano.
—No, ya sé que no se dieron cuenta, si estaban completamente borrachos. Pero ustedes son los que quedaron en ridículo, ¿saben?
—Ay, por dios —Lena se agarró el corazón, exagerando una mueca de dolor—. Cómo me duele. Cómo sufro por eso.
Elías le lanzó otra mirada de odio. No solo había empezado esa conversación, sino que ahora también se burlaba de él. ¿Iban a seguir con esa misma mierda toda su puta vida? ¿Iban a seguir peleados por el resto de la eternidad, hasta que alguno de ellos se muriera y los demás aparecieran como hipócritas en su funeral, llorando lágrimas falsas?
—Los odio, ¿sabían?
—Esto es una mierda. No tiene sentido.
Jona tiró su servilleta sobre la mesa y se puso de pie. Fue hasta la puerta, con los ojos de sus hermanos clavados en él, e intentó abrir la puerta. La misma no cedió ni un segundo, y le dio una patada que solo hizo que se lastimara el pie.
—Malditos hijos de puta —escupió—. Me quiero ir de aquí.
—Tranquilo, Jona, al menos finge como todos nosotros —sonrió Olivia.
El hombre volvió a sentarse, mientras su hermana menor iba hacia la cocina. Volvió unos minutos después, con el pote de helado en sus manos. Gisela se levantó, agarró las copas de la alacena, y se las puso al lado. Elías era el encargado de servir el helado, por lo que le colocaron todas las cosas a él.
—Es que esta mierda no tiene sentido —bufó Jona—. Todos nos odiamos, ¿para qué estamos acá? Nos cagamos la vida entre nosotros desde que nacimos, ¿y ahora pretenden que nos unamos como si nada de eso hubiera pasado? Uf.
Los otros cinco lo miraron, en silencio. Todos tenían la misma pregunta clavada en la punta de la cabeza, pero nadie se animaba a formularla. Jona siempre había sido un misterio para ellos. Desde pequeño, nunca había aparecido mucho en sus vidas. Se hacía a un costado, se quedaba callado y nunca opinaba nada. Lo más extraño fue eso que había hecho a los dieciséis, de irse. Había desconcertado completamente a los cinco, porque no tenían ni idea de por qué lo había hecho.
Por eso, ahora que hablaba, lo escuchaban con mucha atención.
Era una de las pocas cosas que los callaba, de hecho.




Chocolates y tarta Sacher


Olivia sacó un cigarrillo y lo encendió. Los demás levantaron la mirada al sentir el olor a la nicotina y le pidieron uno. La caja, que había comprado antes de llegar, ahora quedó prácticamente vacía. Ahí había otra cosa que compartían: el gusto por los cigarrillos.
Gisela sirvió la tarta Sacher en los platos y los fue pasando. Ahora habían abandonado la mesa, y se habían acomodado en los sillones del living. Además, en los platos, también había varias barritas de los diferentes chocolates que sus padres habían comprado para ellos.
—Jona —dijo la mayor, y el hombre levantó la cabeza para mirarla—. ¿Te puedo preguntar algo?
—¿Qué es lo que quieres?
—¿Por qué te fuiste de casa?
Todos se quedaron en silencio, mirándolo. Ni siquiera querían masticar, para no perderse ninguna palabra. Eso si Jona decidía hablar, por supuesto.
—Nunca se dieron cuenta, ¿eh? —exclamó, negando con la cabeza y una media sonrisa de decepción en la boca—. Nunca ni siquiera me notaron. Siempre fue como si yo nunca existiera.
—Si sabíamos que existías, Jona. Pero tú nunca hablabas —dijo Lena, con delicadeza, algo típico en ella.
—Que ustedes nunca me escucharan ni me prestaran atención no significa que no hablara, Lena. Siempre estaba ahí, intentando llamar la atención, pero estaban demasiados ocupados con los berrinches de Olivia, con la novia de Elías, o lo sobreprotector de Tobías para con Lena. Y Gisela gritando por todo e intentando poner el orden. Pero yo nunca aparecía en escena, yo siempre quedaba de lado.
Nadie dijo nada. De todas las historias que ellos habían contado, de todas las quejas que habían puesto, de todo el odio que se habían tirado entre ellos, esa era la peor. Porque, en algún sentido, Jona tenía razón.
—Jona… —susurró Gisela, acariciándole cariñosamente la pierna.
El hombre la corrió enseguida, y la miró de una manera que prácticamente le rompió el corazón. Esos chicos eran prácticamente sus hijos. Los había criado cuando sus papás trabajaban, que era prácticamente todo el día, por lo que el saber que uno de ellos había sido dañado por ella le dolía.
—No vengas ahora a hacerte la arrepentida, Gisela, el daño ya está hecho.
—Lo siento, Jona, ahora mismo no puedo hacer nada. Pero tú podrías haber dicho algo, y no dijiste nada, simplemente te seguiste haciendo a un lado. ¿Cómo pretendías que me diera cuenta, con todas las cosas que tenía sobre mi espalda?
—Está bien, Gisela, ahora es mi culpa, ¿no? Está bien, no te preocupes.
—No es eso, Jona —intervino Tobías, y dejó su plato en la mesa de café para ponerse realmente serio—. Pero sabes que éramos cinco. Éramos muchos para una sola persona, no puedes culparla por no estar contigo, cuando tú ni siquiera pedías su atención.
—Oh, vamos, no vamos a pelearnos por esto —dijo Lena, sirviéndose otra porción de la torta, su favorita—. Todos teníamos nuestras necesidades de atención. Y todos la llamábamos de diferentes maneras.
—Sí, todavía recuerdo la maldita ropa que usabas —gruñó Tobías, con rencor.
—¡Todo el mundo usaba esas calzas!
—¡Pero no por eso tú también tenías que usarlas!
—Tienes que admitir, Jona, que a veces nos divertíamos juntos. No todo era tristeza y peleas —habló Elías, simplemente con su cigarro en la boca—. ¿Recuerdas esa vez que mamá y papá se habían ido a trabajar y nosotros queríamos helado?
—Yo lo recuerdo —rió Olivia, aunque ella solo tenía seis años cuando eso había pasado.
—Yo también —asintió Tobías—. Gisela cargó a Olivia en sus brazos y se guardó todas las monedas de nuestros ahorros en los bolsillos. Tú tomaste la mano de Lena y yo a Elías. Cuando salimos e intentamos cruzar la calle, todos los autos parecían venirse sobre nosotros.
—Sí, hasta que yo me paré en el medio. Estaba vestido como el hombre araña, e hice que pararan los autos. Ustedes pasaron corriendo y se metieron en la heladería, como si fuera el refugio en medio de la guerra —siguió Jona, con una sonrisa.
—Terminamos todos debajo de las mesas, muertos de miedo —continuó Gisela—. Pero nos terminamos comprando los helados con las pocas monedas que teníamos y nos quedamos ahí comiéndolos. Al final la vendedora llamó a mamá y papá y nos vinieron a buscar, pero nosotros ya estábamos bien, con la boca toda chorreada de helado.
Los seis se rieron. Al final, sí era verdad lo que Elías había dicho. Podía ser que se peleaban, que se odiaban, que se habían hecho las mil y una, pero habían pasado momentos lindos. Cuando se olvidaban de todo eso, pasaban momentos lindos. Porque eran hermanos. Y eran lo único que tenían en este mundo.
—Y la primera vez que fuimos a la pileta municipal… —recordó Jona, dejando, por primera vez, su cara de enojo—. Estaba tan lleno de gente, que empezamos a empujar a todos para encontrar un lugar. Y nos acaparamos de todos los juguetes, como si fueran solo nuestros.
—Has visto —sonrió Lena—. No todo con nosotros ha sido malo, ¿ah?
—Bueno, puede ser que había exagerado un poco… Pero sigo pensando lo mismo. Ya no podía estar en esta casa, sin nadie que me prestara atención, por lo que terminé yéndome. ¡Ni siquiera me preguntaron mi opinión sobre la empresa de papá!
—Ni hablemos, de eso, Jona. Todos estamos iguales —exclamó Gisela, volviendo a sentir el odio resurgir—. El pequeño Tobías se la llevó de arriba, sin siquiera darse cuenta de que tenía hermanos. Y ahora míralo, viajando por todo el mundo y dejándome sus hijos a mí.
—¿Para qué los tuviste, a todo esto, si luego los dejas para irte en los cruceros? —instigó Elías, con odio, simplemente para molestarlo como el otro había hecho con él.
—No digas que no los quiero, Elías —gruñó Tobías, pero el otro levantó las manos demostrando su inocencia—. No es que no los quiera, pero las cosas sucedieron muy rápido. Nosotros teníamos nuestros sueños, y ésta es la única manera de cumplirlos.
—Los haces ver como si fueran una puta carga, Tobías —dijo Lena, con algo de decepción de su hermano.
Ella soñaba con tener hijos, y él los estaba dejando de lado por algo tan egoísta como viajar por el mundo. Eso podía hacerlo cuando ellos crecieran, ahora sus hijos necesitaban a sus padres. ¿No lo había aprendido de su infancia? ¿No había aprendido de la falta que le habían hecho sus padres?
—¿Ahora también van a venir a decirme cómo debo cuidar a mis hijos? ¿Podíamos cambiar de tema?
Se quedaron en silencio. Todos estaban pensando algún tema que no fuera ofensivo para ninguno. Pero había pocos, honestamente, había pocos. Todavía teníamos muchos trapos sucios que sacar, y necesitaban hacerlo para poder estar realmente en amistad entre los seis.
—¿Y ahora qué estás haciendo, por cierto, Jona? —preguntó Olivia, quien prendió otro cigarrillo más.
Estiró sus piernas y las apoyó en la punta de la mesa, como acostumbraba a hacer de pequeña. Gisela se las empujó para que las bajara, pero la chica las volvió a colocar.
—Trabajo en una empresa de telefonía. Me casé hace unos años, y mi esposa está embarazada de cinco meses.
—¿Por qué no nos invitaste a tu casamiento, Jona? —chilló Lena, completamente ofendida.
—Estábamos peleados, ¿recuerdan? Nos odiábamos entre nosotros.
—Eso tiene sentido…
—¿Y tú, Lena? —Elías sonrió con malicia—. Nos has molestado toda la noche pero no nos has contado nada de tu vida. ¿Qué es lo que haces para vivir?
—¿Pues, yo? Soy una prostituta.
Todos se quedaron en silencio absoluto, y sus mandíbulas casi se caían hasta el suelo. Gisela formulaba palabras en su cabeza, pero no salían. Su boca se movía, pero simplemente los sonidos no salían. Estaba completamente en estado de shock. Su hermana menor, una prostituta. ¿Qué la había llevado a ser eso? Si era por plata, ¿por qué no se la había pedido a ellos? Si era por un lugar para vivir, ¿por qué no se lo había pedido a ellos? Cualquier cosa, se lo habrían dado sin importar qué, pero ahora era prostituta. Tenía que usar su cuerpo para ganar dinero. Ninguna persona merecía tal degradación, menos una hermana suya.
No lo permitiría.
—¿Qué demonios? —chilló Tobías, y se puso de pie, tirando al piso todo lo que tenía sobre las piernas—. ¿Qué es lo que acabas de decir? Estás jugando conmigo, ¿no es cierto?
Lena había sido, para él, como su hija. Era la primera nena más chica que él que había llegado a la familia, y lo había dejado completamente anonadado. Desde su cara pequeña, sus uñas largas, sus labios diferentes y su parte íntima femenina. Había insistido a su mamá cambiarle los pañales él mismo, dormirla en sus brazos él mismo y hasta darle la mamadera. La amaba completamente, como si fuera su más preciado tesoro.
Y ahora se enteraba de esto.
—Al principio solo salía para molestar a Tobías, porque él siempre se ponía sobreprotector y me daba risa las cosas que decía —empezó la chica, y le robó otro cigarrillo a Olivia.
Se arremangó el pullover para ponerse más cómoda, y los cinco pudieron ver todas las marcas que llevaba en el brazo. No eran los cortes de los cuales ella se había reído antes, no, eran mucho peor: eran pinchaduras. De todas las drogas que se habría metido en el cuerpo a lo largo de toda su vida.
Y eso los golpeó más que cualquier otra cosa. Más que lo de Jona, más que sus propias cosas. Porque ahora no se trataba de un hermano que habían dañado en el pasado, o alguna cosa que se habían hecho entre ellos, ahora se trataba de una de ellos, que se estaba matando lentamente. Con todas esas cosas que se hacía y ese ambiente en el que se había metido, se estaba matando lentamente.
Y, definitivamente, no podían dejar que eso pasara.
—Después él se fue alejando, y yo hacía cosas peores para llamar la atención. Eso se fue convirtiendo en parte de mi vida… y bueno, nunca más salí. Ahora trabajo en un club nocturno, que solo es una puta fachada para la venta de drogas. El jefe me tiene como su… como su mascota personal. Yo conozco todos sus movimientos, pero pocas veces me deja salir del lugar.
—Lena, eso está mal… —susurró Jona, y se acercó a ella.
Pasó su brazo detrás de la espalda de la chica y la aproximó a él, para abrazarla. Los otros cuatro también se acercaron, para darle todo su calor y su apoyo. La miraban a los ojos, con dolor y tristeza. Le suplicaban, con ellos, que abandonara cuanto antes eso que estaba haciendo.
—Ya lo sé, ya lo sé. ¿Se creen que soy tan estúpida? Pero no es tan difícil salir de esto…
—Nosotros te vamos a ayudar, Lena —habló Gisela, acariciándole el brazo—. Lo que necesites, nosotros te lo podemos dar.
—Sí, podés refugiarte en alguna de mis millones de casas alrededor del mundo, si querés —bromeó Elías, y la chica sonrió.
—O en mi florería, serías una de mis empleadas, con una identidad secreta, escapando del mundo —dijo Olivia, con una voz de misterio.
—Estás loca, Oli —rió Lena.
—Y si alguien intenta acercarte a vos, o a cualquiera de tus identidades secretas, yo los voy a matar, de eso no tengas dudas —agregó Tobías, fingiendo la voz más gruesa que le salía.
—Gracias, hermanos, los amo tanto.
Lena se inclinó hacia ellos y los abrazó a los cinco juntos. Besó la cabeza de cada uno, dejándoles bien en claro de que los quería con toda su puta alma.
—Hablé con la policía antes de venir para acá —agregó, y el miedo hizo que le temblara la voz—. Les hablé de todo, y quieren que haga de algo así como detective encubierto para que puedan arrestarlos a todos.
—Lena… eso es tan arriesgado… —susurró Gisela—. No quiero que nada te pase.
—Lo sé, pero es lo correcto. No puedo seguir viendo cómo ese hombre mata a miles de personas, esclaviza miles de mujeres y luego se revuelca en su cama, sin ningún tipo de remordimiento, y con todo el dinero del mundo.
—Nosotros te ayudaremos, de eso no tengas dudas —certificó Jona.
Si alguna vez los había odiado, eso ya había quedado completamente en el pasado.
—Eh, miren, ya está amaneciendo —interrumpió Olivia, señalando la ventana abierta.
Subieron hasta el segundo piso y salieron al balcón de la habitación de sus padres. Desde donde estaban, podían ver toda la ciudad, a lo lejos. Los edificios altísimos, las casas con los techos rojos, decoradas completamente con las luces blancas y los objetos navideños. Pero lo que más les llamaba la atención, y lo más hermoso de la escena, era el sol amarillento saliendo en el horizonte.
Se pasaron los brazos por detrás de las espaldas, abrazándose y uniéndose entre todos, y se sonrieron entre sí.
—Al final, si era por nuestro bien todo esto —exclamó Gisela, observando a sus hermanos.
—Y sí tenía sentido —agregó Jona—. Nunca estuvimos tan unidos como ahora.
—Y nunca dejaremos de estarlo —asintió Tobías, presionando bien fuerte la mano de Lena.
—Por siempre —consintió Olivia.
—Y para siempre —confirmó Lena.
—O al menos hasta que nos muramos —bromeó Elías, y los seis rieron.
Seguían odiándose. Seguían teniendo rencores los unos por los otros. Seguían recordando todas las cosas que se habían hecho entre sí, los males que se habían causado y las veces que no se habían apoyado. Todo eso seguía existiendo, porque evidentemente había pasado y era parte de ellos. Los había formado y los había hecho como eran ahora.
Pero solo había servido para fortalecerlos. Para hacerlos desear dejarlo todo de lado y volver a empezar de cero, porque si no se apoyaban entre ellos, nadie más lo haría.
—Feliz navidad —susurraron sus padres, uniéndose a sus hijos.
Al final, sus deseos sí se habían cumplido.
Habían logrado unirlos, a pesar de todo.
Ana abrió la puerta de la casa, pero nadie quiso irse.

Rosa de Mediatarde
http://pedacitosdelcerebro.blogspot.com/

4 comentarios:

  1. Me gusta el drama familiar que se manifiesta en la historia, entre hermanos adultos que no dejan de ser niños. También pienso que el final ofrece una solución muy sencilla para los problemas que se plantean, aunque va en consonancia con la clase de milagros que la gente desea en esas fechas.. ¡Saludos!! ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias por tu cometario y por tomarte la molestia de leer :3
      Sobre el final... como en el comentario anterior... puede ser que me haya apurado un poco. Pero en cuanto tenga tiempo lo voy a revisar y corregir!
      De nuevo, gracias por tu comentario!!
      Saludos y abrazos!

      Eliminar
  2. Hermoso trabajo !!!

    Casi una obra de teatro en tres actos.

    Los problemas familiares suman rencores y esos rencores dividen a las personas. Una noche de Navidad es literariamente hablando un marco apropiado para lograr que reine nuevamente la paz y amor entre quienes en el fondo se quieren.

    Tal vez el final se nos presente un tanto abrupto, sobre todo con los nuevos puntos críticos que se descubren y la larga data de aquello que los mantuvo separados.

    Será que debe convertirse en un relato más largo ? En una obra de teatro ? Las posibilidades son infinitas.

    Espero poder seguir leyendo otras de sus obras :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Puede ser que me haya precipitado mucho al final... siempre me pasa eso cuando me emociono mucho con una obra. Pero no creo convertirlo en una obra de teatro..., no tengo tiempo para eso jajajja Tal vez sí en un relato más largo, en cuanto encuentre algún lugarcito en mi tiempo la voy a revisar.
      Muchas gracias por tu comentario!!!

      Eliminar

Si usted tiene voluntad de escribir su comentario, también esta invitado a publicar con nosotros obras más complejas. Simplemente envíenos su trabajo a nosomosescritores@gmail.com y nosotros nos encargamos del resto.

Gracias por visitarnos y participar.

Si no encuentra cómo y se muere de ganas, también puede comentar aquí con su perfil de Facebook



Código de emoticones para sus comentarios
:) :( ;) :D ;;-) :-/ :-O X( B-) #:-S :(( :)) =)) ~X( :-t 8- =P~ #-o =D7 :-SS :-q :-bd