9 de enero de 2015

el comentario 14 comentarios

El suicidio del señor Pacheco


Octavio Pacheco quería suicidarse.

Había notado que para él su existencia carecía totalmente de sentido. Nadie dependía de sus magros ingresos ni escuchaba los consejos emanados de su extensa experiencia, los hijos se habían llevado a los nietos al extranjero, su señora se le había adelantado en el viaje final y los achaques de la vejez  lo estaban teniendo a mal traer. Sumando todas esas simples y mundanas razones había decidido quitarse la vida a sabiendas que difícilmente a alguien le importaría un comino.

El problema era cómo hacerlo.

Octavio nunca había tenido armas, ni de caza ni de bolsillo. Le habían dicho que a las mismas las carga el Diablo y las descargan los boludos, así que prefirió mantenerse lejos de semejantes bipolaridades del susodicho poder demoníaco. Su padre lo había preparado de pequeño para sentir ese rechazo. Aún cuando apenas utilizando todas sus fuerzas podía activar el gatillo, su progenitor le había entregado un revólver descargado y desafiado a disparar cuanto quisiera. Ese simple acto de infructuoso esfuerzo le quitó toda el aura mágica que le habían inculcado en las series de cowboys o de guerreros de la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera le quedaron ganas de contar con armas de aire comprimido, o gomeras que mataran a pequeños animalitos.

Era la aplicación práctica del poder psicológico de toda frustración inicial.

Ahora que pensaba necesitarlas no tenía ni el dinero ni el apto médico que le permitiera acceder a ellas de manera legal. Ni siquiera quería pensar en comprarlas en el mercado negro, no fuera que después de muerto lo acusaran de algún delito y no pudiera asistir a defenderse en su propio juicio.

Pensó que en su defecto las pastillas podían llegar a ser una buena alternativa. Una sobredosis de tranquilizantes y una bolsa de polietileno del mercadito chino de la vuelta en la cabeza, lograrían que el profundo sueño inducido por los medicamentos se convirtiera en algo más permanente aromatizado por efluvios provenientes del sector de lácteos y embutidos.
Conseguir los tranquilizantes sin receta ya sería otro problema y considerando la falta de sueño que lo perseguía desde que había quedado con media cama vacía, el médico seguramente se los recetaría sin ningún miramiento, aunque ese método tampoco le resultaba potencialmente efectivo, e irónicamente, le dejaba una clara sensación de intranquilidad.

Evaluando otras alternativas recordó que cuando joven había visto a un paciente fugado de un hospital neuropsiquiátrico colocar su cuello sobre uno de los rieles del más lento tren de carga que había encontrado, justo a tiempo como para que su cabeza se separara limpiamente del resto de su anatomía sin llegar a ir muy lejos. Si bien lo había logrado con total éxito, a Octavio no le había gustado que el cuerpo permaneciera más de veinte horas al calor de la tarde como espectáculo público y a la espera que el juez de turno actuara liberando para el paso de ulteriores formaciones esa zona definida como territorio federal. Todos los chicos del barrio se habían acercado al lugar eludiendo a la policía, con el único fin de destapar por un instante la cabeza separada del resto de su humanidad y observar la expresión final de aquella cara parcialmente desfigurada. La expresión de asombro de quién está observando muy de cerca la nada y descubre que en realidad nada le importa.

Claro que arrojarse desde la terraza de su edificio era otra posibilidad muy barata que también tenía totalmente evaluada.

Ya había observado que dicha experiencia podía ser igualmente traumatizante para niños y adultos, ya que el cuerpo hubiera caído sobre algún auto, transeúnte o no, permanecería a la vista de todos con su anatomía groseramente adulterada a la espera de que alguien descubriera el motivo de la decisión tan precipitada de precipitarse precipitadamente al vacío. Los vecinos hablarían de que su hijo lo había abandonado, que no le alcanzaba la plata o de que no quería molestar más a los demás y daba la vida por terminada.

Y a Octavio no le gustaban los chismes para nada.

Por una razón similar desestimó la posibilidad de colgarse en su propia casa. Había escuchado que ahora era el método de suicidio más tergiversado. Escuchó que los jóvenes practican el ahorcamiento como un potenciador de la autosatisfacción sexual y en muchas ocasiones se les va la mano y terminan muriendo. No fuera cosa que le encontraran alguna de sus viejas pastillas de Viagra ocultas en el segundo cajón del aparador.

Por lo tanto lo mejor que se le ocurría era irse a un descampado relativamente lejano y colgarse de algún árbol medianamente escalable para alguien de su edad, porque tirarse con una soga al cuello desde cualquier otro sitio razonablemente alto podría culminar con una exposición pública que él preferiría haber evitado.
O sea que lo único que le quedaba era colgarse de algún bonsai.

Claro que la efectividad del método lo tenía seriamente preocupado. ¿Se ahogaría lentamente o se arrojaría desde una mediana altura para así quebrarse el cuello ? Lo estaba meditando hacía mucho rato y aquello que lo detenía era que mediante el primer método había posibilidad de arrepentimiento mientras que con la segunda no y no sabía si era mejor que esa posibilidad existiera o todo fuera inevitable.

Él era lo que se llama un suicida teórico muy estructurado.

El envenenamiento estaba totalmente fuera de discusión. Si bien había escuchado más de una vez que las esposas resentidas agregaban pequeñas dosis de veneno en la comida de sus maridos sin que ellos se dieran cuenta hasta lograr su internación y posterior fallecimiento, le parecía que el método era más eficiente si era administrado por otra persona. Le resultaba apropiado para un asesinato pero no para su propio suicidio. Además sabía que era una muerte sumamente dolorosa, se lo había leído en los ojos a una rata hacía muchos años y el dolor no estaba en su larga lista de prioridades.

Había pensado también en irse nadando hacia el ocaso cual una poetisa argentina sin depilar, pero como no sabía nadar era posible que fuera mal interpretado y alguien calificara una decisión tan meditada y cerebral como un mero accidente.

Pero no todo estaba perdido, en sus febriles horas de insomnio Octavio diseñó un sistema sumamente complicado pero a la vez sencillo. Había imaginado contar con un arma, muchos metros de soga, una terraza y litros y litros de algún combustible de alto octanaje, preferiblemente libre de plomo para no contaminar.
Subiría a su terraza, porque tenía llave, ataría la soga en la más fuerte de las cañerías allí instaladas, se bañaría en combustible de pies a cabeza sin salpicar la ropa colgada, ataría el nudo de ahorcado alrededor de su garganta y se pararía en la cornisa del contrafrente del edificio para mayor privacidad. Con el arma en la mano juntaría coraje y se dispararía en la boca asegurando el ángulo necesario para que la bala le atravesara los pensamientos. Octavio esperaba que la misma explosión de la pólvora iniciara la ignición del combustible, asegurando un segundo método por si le fallaba el pulso o su cerebro esquivaba la bala. Como consecuencia de ambos efectos, el disparo y el fuego, perdería el equilibrio cosa que inevitablemente lo llevaría hacia donde se encontraba todo el peso de la cuerda atada a su cuello. Por las dudas había pensado ayudar un poco al trámite inclinándose hacia el vacío antes de disparar el arma.
En la caída no podría mirar lo que ocurría en las ventanas de cada piso, pero había calculado que el final de la soga coincidiera con una pared donde no hubiera ventanas desde donde grandes y chicos pudieran observar su humanidad calcinada. Porque no hay que olvidar que Octavio había supuesto que se mantendría un buen rato encendido en llamas.
Al finalizar el recorrido de la cuerda el golpe seco de la llegada separaría sus vertebras hasta destruir su médula espinal, cosa que aseguraría por tercera vez su muerte. No contento con ésto el nudo del ahorcado le quitaría cualquier posibilidad de conseguir un poco de aire.
Mientras tanto la soga seguiría siendo consumida por el fuego un rato más, pues Octavio tenía previsto que más tarde la soga se cortara completando la caída de los pisos restantes, corrigiendo así cualquier fallo que los procesos anteriores hubieran podido llegar a tener.

No hay que olvidar que Octavio estaba decidido a suicidarse porque nadie se acordaba de él, porque llegaban las Fiestas y se encontraba solo, porque los hijos se habían ido lejos llevándose a los nietos con los que jamás volvería a jugar .

Su planificación excesiva y dudas se fundaban en que para él el fracaso no era una opción aceptable. Nada le resultaba más vergonzoso que un suicida sin éxito. Alguien que quiere matarse por una vida de fracasos, pero que no logra el objetivo por más que le ponga empeño.

Él tenía la soga, tenía la terraza, tenía el combustible (sin plomo) y un encendedor de cocina de color rosa en lugar del arma.

Haría que todo fuera posible.

Dentro de su apartamento el teléfono sonó y sonó. Era su hijo que quería avisarle de un pasaje a su nombre que debía retirar de una agencia de turismo local. Quería darle la sorpresa de que ya contaba con un apartamento reservado para él allá, en aquél lejano país donde se encontraban. Avisarle que no se preocupara por nada, que la vivienda estaba cerca de la casa  y que los nietos lo esperaban con ansias.

Octavio lo dejó sonar un rato largo antes de atender.

Era Navidad y estaba pensando que quería suicidarse porque nadie lo llamaba.

OPin - 25-12-2014

Pintura de  Zdzisław Beksinski

http://cuentossinrumbo.blogspot.com.ar/

14 comentarios:

  1. fiuuuuu.... quiero imaginar que llegó a atender y cambiar de idea... Muy bueno... extenuante.

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    1. Si, si Marga, al final pongo que lo dejó sonar un rato antes de atender. No se preocupe. Ya se le pasó ;)

      Cariños.

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  2. El final causa ansiedad y suspenso. Y es un relato sabio que muestra como damos crianza a nuestros propios cocodrilos mentales. Es un hecho que la mayor de las veces no llegan a ocurrir las cosas a las que tememos. Al contrario, es mejor no preocuparse y las más de las ocasiones todo se resuelve solo.

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    1. Muchas gracias Carlos.

      Sin duda nuestras cabezas tienen reacciones positivas cuando les damos tiempo. Pero la sociedad actual es muy cruel con los ancianos, sobre todo aquellos que como el Sr. Pacheco creen haber quedado solos y abandonados.

      Vivimos en una sociedad donde no se valora la experiencia y se sobrevalora el inpulso vital del joven.

      Suerte que hacemos el esfuerzo para que cada día termine bien :)

      Un abrazo.

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  3. ¡Cuánto razonamiento para morirse! Menos mal que era un suicida teórico muy estructurado como para tomar la decisión tan precipitada de precipitarse precipitadamente al vacío antes de percatarse de que su existencia tenía sentido.
    Esa llamada sí que fue un alivio #:-S . Después de leer el cuento como que más de uno se acordará de sus seres queridos.

    Me ha fascinado el texto (como cosa rara :D)... Creo que hay algo que revisar por aquí "a las mismas la_ carga el Diablo y la_ descargan..."

    ¡Un abrazote, Opin!! ;)

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    1. Gracias Fritzy !!

      Voy a tener que mandarle los originales antes de publicar porque siempre me encuentra en un renuncio. ;)

      El Sr. Pacheco es un compendio de depresión, miedo a ser observado y tendencias a elaborar los que los analistas de perfiles psicológicos o peritos forenses llaman "Suicida exótico".

      En los libros figuran casos similares donde el hombre retira todos los cables de la casa, incluidos los de la computadora, se emvuelve con ellos la cabeza y acopla dos armas a falta de una. Luego se esconde en posición fetal tras una puerta , para no ser visto y coloca sobre el sofá líquidos inflamables iluminados por una lámpara halógena que piensan logrará encenderlos.

      A los peritos les encantan estos casos.

      Pero en comparación Pacheco tenía mejores ideas ;)

      Cariños para ustedes y gracias otra vez.

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  4. El sarcasmo lo recorre del principio al final. Estupendo =D7

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    1. Gracias María Luz !!

      Creo que es una mezcla entre sarcasmo e ironía. Creo que me inclinaría más hacia la ironía, pues no era mi intención criticar o burlarme del señor Pacheco, sino darle un poco de humor a un texto muy pesado.

      Pero usted lo puede analizar mejor que yo ;)

      Cariños.

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  5. Que bueno que él se tomo su tiempo para pensar en el mejor método.

    Para mí la desesperación es una especie de dolor y por eso, si hubiera sido mi situación, habría descartado las posibilidades de morir quemado o ahogado en primer lugar , no me lo quiero ni imaginar.

    Este final feliz queda muy bien con la narración, me gustó mucho O Pin en especial los últimos párrafos.

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    1. Muchas gracias Gisari.

      Creo que salvo los Japoneses, cuando estas cosas se piensan mucho es porque no van a pasar.

      El suicida, por lo general, no piensa en consecuencias y elige un método simplemente por su accesibilidad.

      Por eso en cualquier ciudad la mayoría ocurre debido a la altura de los edificios.

      En el caso del relato, el tema central parece ser el suicidio, pero en realidad quise exponer la depresión de la tercera edad cuando no existe un entorno contenedor que la aplaque.

      Algo que ocurre en nuestra sociedad cada vez con más frecuencia.

      Un abrazo amigo y gracias por comentar.

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  6. Lleno de ironía, con imágenes impactantes, y hasta terapéutico (nunca se sabe).

    Un abrazo muy grande y feliz año

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    1. Hola Jonhan, tanto tiempo ;) !!!

      Espero no haberle dado ideas locas a nadie. Es todo un juego mental y las imágenes son las que más disfruto en crear. :)

      Terapéutico ? y ... puede que no...

      Por mi parte ya escribí cerca de cuatro notas sobre suicidios así que me voy a dar un merecido descanso. #-o

      Cariños y que disfrute de un año maravilloso :)

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  7. Extraordinario relato, Don OPin. Una suerte que sonara el teléfono, aunque yo ya me estaba recreando una escena muy a lo CSI donde se investigara la causa de muerte real del sujeto, con tanto método planeado debía de presentar un gran reto. Un excelente aperitivo para los que disfrutamos de las ciencias forenses y las investigaciones criminológicas.

    Un gran abrazo desde por acá.

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    1. Muchas gracias Don Aldo !!!

      La curiosidad de uno no tiene límites.

      Luego de haber escrito éste cuento escucho por la radio a una especialista forense que se dedica a hacer perfiles psicológicos y me cuenta todo lo que yo había escrito unas horas antes.

      Qué me dice?

      Es el destino :)

      Un abrazo grande

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