29 de enero de 2015

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Lo que la rutina paga

Y sonó el despertador.

Eran las cuatro y media de la madrugada. Aun se veía la noche sin ningún atisbo de sol que se asomara. Los postes de luz seguían encendidos, al contrario del centro de la ciudad que seguía sin vida en sus calles. Se escuchaban carros pasar de vez en cuando que los conducían personas con la misma necesidad y desesperación que nuestro personaje. ¿De qué desesperación estoy hablando, mis lectores? Porque no dejo que él lo cuente… Ups. No creo que pueda contar con una cadena atada al cuello flotando en el vacío de su departamento. No… hemos llegado tarde con nuestro compañero de viaje. Lástima.

Bueno, lo veía venir. Este tipo sufría demasiados problemas y con soluciones nada buenas para mejorarlos. ¿Me creerían si les digo que este idiota mato a su mujer el día que esta decidió arrebatarle la jeringa con 10 miligramos de morfina? Había tomado sus antidepresivos con un vaso de Johnny Walker, el último que le había dejado la botella antes de quedar completamente vacía. Pobre chica, nunca te metas con un lunático, en especial si tiene una botella en la mano y con toda la intención de apuñalarte con ella después de darte con la misma en la cabeza.

Ese, amigos míos, es el todopoderoso, y más loco que una cabra, Lorenzo Carlos. Un tipo tan gordo como un zumo que ahora cuelga y tortura a una cadena que solía colgar de su techo.

Recuerdo como llego esa cadena ahí. Nuestro zumo imbécil la tenia de recuerdo de un viaje a la playa con su mujer. Habían ido ahí un fin de semana en su camioneta vieja de campo, oxidada y de antaño. En sí, su hallazgo no es gran cosa, pero Lorenzo siempre farfullaba tonterías del destino y esa clase de porquería. La historia era que tres maleantes, ex amigos de nuestra ballena, llegaron a saldar una cuenta con él. Algo de que Lorenzo le había pedido prestado dinero a uno de ellos puesto que su salario en su trabajo en una bodega, aparte de su horario, era una mierda. Para no hacerla larga, amigos míos, dos tipos lo llevaron a golpes a una zona desértica de la playa y lo comenzaron a golpear. El tercero de ellos se encargaba de su mujer, violándola como si fuera Alex en La Naranja Mecánica. En eso Lorenzo cae inconsciente a la arena por unos segundos. Había caído sobre algo duro. Cuando volvió en sus cabales, si así se le pueden llamar, reviso debajo de su cabeza entre la arena. ¡BAM! La famosa cadena había surgido de debajo de la arena para deformarles el rostro a todos y cada uno de esos maleantes, que ahora estaban violando a su mujer entre los tres. Después de dejar sin dientes a los tres chiflados, había conservado la cadena durante la estadía en la playa hasta llegar a su casa y colgarla en el cuarto donde dormía.

No es un bonito recuerdo para tenerlo presente todos los días. Incluso su mujer odiaba esa cadena porque le recordaba a lo sucedido. Lorenzo, al contrario, la dejaba por la misma razón. Esa cabeza hueca y psicópata que se cargaba, lo hacía sentir imparable al levantarse en la mañana y ver un arma mortal que casi manda a tres sujetos a la morgue.

Ese era Lorenzo, el bastardo que se mató con su propia arma letal. Si pudieran verlo, amigos míos. La cadena está bien tensa y aprieta bien el cuello de Lorenzo. Su rostro ya perdió todo el color de la vida. La alarma no deja de sonar, eso es algo molesto, pero es como ver una escena de una película y su respectiva música de fondo. Este era el final de El Verdadero Psicópata Americano. Aquí es donde todo el cine suele quedarse impresionado al ver al personaje principal morir de una alta depresión. ¿Cómo no tenerla? Este payaso no tenía a nadie más que a su mujer, y la decide asesinar. Lo trágico de la ironía.

Ahora que menciono cine, Lorenzo había ido una vez, haya por los noventas, a ver Goodfellas. A nuestro zumo le encantaban las películas de mafia, en especial si aparecía Robert De Niro. En fin, lo particular de esta vez que fue, es que venía más ebrio que Bon Scott después de ir de fiesta. Creo que se pueden dar una idea. Pero bueno, nuestro amigo entra en la sala sin ninguna botana ni bebida y procurando no caer en sueño durante la película. Se sentó junto a una mujer de pelo rubio. Fue lo primero que diviso de esa ella, después noto unos grandes pechos que compensaban su barriga. Tenía aspecto de prostituta, pero Lorenzo no quiso seguir analizando a esa mujer y decidió seguir viendo la película. Fue entonces cuando un aroma se asomo a la nariz de nuestro zumo. ¡Sí, señor! Era el aroma de un cigarrillo. La mujer de junto estaba fumando un Marlboro rojo y el aroma era inconcebible. A Lorenzo no le molesto. Él había dejado el cigarrillo hacia unos dos años pero siempre que estaba ebrio, le daba mucha tentación. Hasta ese día se había defendido bien esos dos años… Hasta ese día. De inmediato, con todo su aliento con peste a alcohol, le pidió un cigarrillo. Vaya sorpresa que se llevó cuando contesto la mujer con la misma peste a alcohol que nuestro amigo. ¿Qué probabilidades había de que dos personas ebrias se sentaran una al lado de la otra, en un lugar como el cine? Vaya que este mundo me sorprende. En fin, la película seguía y ninguno de los dos la miraba. En vez de ello, se besaban apasionada y asquerosamente como suelen hacer las personas ebrias durante casi toda la película. Si, mis amigos, casi toda la película, porque a casi al final, quisieron tener prudencia hacia los demás y decidieron irse al departamento de Lorenzo a sellar el triángulo amoroso entre estos dos y la ebriedad.

Lástima que esa mujer, meses después, tendría restos de vidrios en la cabeza y puñaladas por todo su estómago. Como da vueltas la vida, pero Lorenzo daba más colgado en el vacío. Esa alarma ya me está molestando, lleva una hora y media sonando y los vecinos no dan señales de preocupación. Pero bueno mejor la dejare sonando para ver si alguien viene por esta bola de grasa. Por mi parte me iré de su departamento, iré a mi hogar y tomare mi café de la mañana como todos los días.

“Todos los días”. ¡wow! Pensándolo bien, no creo que Lorenzo lo haya matado la depresión. Yo pensaría que fue la rutina lo que lo llevo a esos hábitos. Sí, eso fue. Habían pasado diez meses que por fin había salido de la casa de sus padres a la edad de treinta años, y no era el pedazo de porquería que es ahora. De hecho, era una persona sin trastornos y completamente normal. Incluso era amigable con los prójimos y de esa manera llego a su trabajo, dispuesto a ganarse la vida. Pero con esa mierda de horario de levantarse a las cinco de la madrugada, salir a las seis de la tarde y vivir de la mierda porque tu salario apenas alcanza a cubrir tus necesidades. Eso no es vida, y es lo que tenía que vivir. Perdió sus ambiciones y aspiraciones y busco refugio en drogas y alcohol hasta que lo mismo lo mato. “Lo mismo”… Ahora lo entiendo. Ayer, se despidió de sus colegas de trabajo con una frase muy peculiar:

- Mañana será otro día… Otro día igual – Vaya sorpresa que se llevó.

Adrián Cota

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