27 de enero de 2015

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Mudos



Me encantaba verla pintar, cómo se pasaba horas enteras con el pincel en un permanente viaje entre su mano y su boca, cómo sus pupilas se veían tan llenas de regocijo y dilatación cuando lograba ver las líneas tomando forma en el lienzo, cómo a medida que avanzaba la noche sus piernas desnudas se iban tornando más pálidas, cómo la piloerección aumentaba con el frío, y se iba haciendo cada vez más tarde y la pintura se iba haciendo cada vez más perfecta, nada comparado con ella, pero perfecta a su manera. Cuando por fin su obra estaba terminada, escupía el pincel y se maravillaba con lo que había creado y con el tiempo que había transcurrido desde que dio la primera pincelada. Cuando no pintaba, leía; para mi era toda una odisea llegar a la casa y encontrarla desnuda frente a la chimenea, sin ninguna otra obra humana encima suyo, mas que sus lentes, ella no veía muy bien, pero hacia el mayor esfuerzo por no perderse ningún detalle de la vida que nos rodeaba. La chimenea la mantenía caliente, mientras Hemingway le daba todo el placer que yo no pude darle, ese placer de estimularle lo que con las manos no se alcanza, después de pasarse todo el día cambiando de posiciones en la alfombra con los clásicos frente a sus ojos, se paraba con decisión e iba por un café, a veces se daba cuenta que yo llevaba horas observándola y me ofrecía el néctar que iba a alargar sus horas de lectura, entonces nos sentábamos juntos a la mesa y compartíamos palabras. Otras veces estaba tan absorta en su mundo que no notaba que yo ya estaba ahí o simplemente no le daba la gana de determinarme, y se devolvía a la chimenea y terminaba su café ella sola. Y aunque me encantaba verla pintar y leer, y se veía como una diosa haciendo cualquiera de las dos, no había nada en el mundo que me llenara más de gloria que cuando la veía escribir, ella solo escribía cuando tenia algo que decir y no tenia a quien decírselo, entonces se lo decía a ella misma, porque quien mejor. Las noches en las que escribía eran tan tortuosas y tan adictivas. A través de sus dedos y de su lengua ella dejaba salir todo lo que la llenaba de ira o de tristeza y muchas veces era tanta la presión que de un segundo a otro estallaba en llanto, o rompía en gritos y maldiciones, en días como ese yo nunca sabia que hacer, ella era como una leona en celo que estaba sufriendo, sentía que era mi obligación acercarme y tenderle mi mano pero a la vez temía por mi vida y no quería resultar herido. Verla escribir era lo mas placentero que podía tener mi día, sus muslos marcados en la silla, hasta la celulitis que siempre criticaba se le veía hermosa en esas noches, cuando el frío se volvía insoportable ella se seguía negando a usar ropa, entonces buscaba una camisa mía y la usaba sobre su torso desnudo, frágil, delgado y perfecto, siempre escribía con pluma y era bastante torpe usándola, no tenia problema en secar los manchones con la manga de mi camisa blanca, pero para mi eso era el paraíso, esa era su droga y ella necesitaba las letras como yo necesito el oxigeno. Alguna vez me confeso que escribía porque sentía que el mundo que habitaba no había sido diseñado para ella, y que el egoísmo era su principal axioma, entonces ella se había creado su propio mundo en el piso que compartíamos y allí, con entrada por su cabeza, hacia de sus días mas llevaderos. Ella era muy diferente a como yo pensaba que era cuando la vi por primera vez, la conocí en el hospital, ella daba la vida por su trabajo y sentía que esa había sido la mejor decisión de su vida, o por lo menos así me lo expresó en alguno de los pocos cafés que compartimos, desde el primer segundo que la vi, sabía que ella era la mujer de mi vida y de ahí en adelante tuve una infinidad de intentos fallidos por acercarme a ella, que siempre terminaban con miradas fulminantes o negaciones rotundas, un día se acerco a mi diciendo que se había enterado que yo necesitaba un lugar donde vivir y que casualmente ella buscaba alguien con quien compartir sus deudas, entonces accedí a mudarme con ella a un piso nuevo que ella escogió sin mi consentimiento. La semana pasada se cumplieron tres meses desde que llegamos allí a vivir juntos, yo me volví admirador de su arte y de su escritura, tengo en mi mente todos y cada uno de los pocos momentos que compartimos. Usted estará pensando que es raro que en tres meses de compartir el mismo techo no haya sido mucho lo que convivimos, así era ella, y así me enamore de ella, irreverente y egoísta en nuestro reino, pero tan solidaria y comprensiva cuando compartía con ellos, era como si en el hospital fuera alguien completamente diferente a la que vivía conmigo, yo estoy seguro de que ella era consciente de que yo estaba profundamente enamorado de ella, eso era lo que me hacia entender cuando teníamos esos encuentros violentos llenos de lujuria, en los que antes y después no modulábamos palabra. Un día después de uno de los cafés que me ofrecía a regañadientes después de leer, me dijo en un tono jocoso que éramos compañeros sexuales porque ambos como científicos sabíamos que no era bueno tener más de uno por vez, pero que nunca compartiríamos una vida. Irónicamente escucharla decir eso fue el cielo para mi, tan amarilla; en nuestra rutina diaria cruzábamos sí mucho dos palabra día de por medio, así vivíamos y para mí era el infierno mas acogedor. La semana pasada que no fue a dormir, fue la semana mas terrible de estos tres meses, yo no sabia donde estaba y por mas desconocida que fuera ella para mi, sentía que me hacia falta, yo se lo que usted esta pensando, y si, en tres meses ninguno tenia el numero de celular del otro, así era nuestro infierno compartido, así funcionábamos independientes. Hubo algo que me lleno de preguntas y de misterio, pero a la vez de alegría y satisfacción, la noche en la que ella murió, fui yo el primero en enterarse, ella había dejado orden en el hospital de llamarme a mi en caso de que lo peor ocurriera, le dijo al médico que yo sabría que hacer, y estaba en lo cierto. Por eso sospecho que ella sabia que yo estaba enamorado, ella sabia que yo la observaba con detenimiento cada segundo, un día iba de camino a la cocina, desnuda como siempre y se le cayo una libreta al suelo, llena de números telefónicos, pero en el encabezado de la pagina escrito con rojo había un numero mas grande que todos los otros y por la fuente con la que estaba escrito se veía que era de alguien importante, porque la escritura era impecable, y ella no solía escribir así; como Sherlock yo sabía identificar el animo de sus caracteres, leí todo lo que escribió durante esos tres meses. Fue de ahí de donde saque su número para avisarle lo sucedido, ella sabía que yo iba a recordar cada detalle, y supuso que recurriría a esa libreta y a ese numero escrito en rojo si había una emergencia, ella era una mujer muy inteligente, la mas inteligente que jamas conocí, estoy seguro que usted debe ser consciente de eso; al fin y al cabo era su hija.


Alejandra Fonseca A.
https://tearspledge.wordpress.com/

1 comentario:

  1. Precioso escrito, Alejandra. Me ha encantado el cómo se expresa él sobre ella y la forma en que está narrado el relato en la que uno se cree el destinatario final de la historia cuando en realidad lo es otro personaje dentro del texto.. ¡Saludos!! ;)

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