10 de febrero de 2015

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Dos palabras





Cuando los primeros rayos de un frío sol de invierno comenzaron a colarse entre las rayas de la persiana invadiendo totalmente la habitación de Seillou, éste se despertó, abrió los ojos, no sin dificultad, hasta conseguir adaptarse totalmente a las nuevas condiciones de iluminación que reinaban en el cuarto. Se quedó un rato en la cama tumbado boca arriba, mirando fijamente al techo, observando los grabados de flores que adornaban las placas de escayola que constituían la tapadera de aquella habitación, nunca había reparado especialmente en aquellos ornamentos florales hasta ese momento, y tampoco estaba seguro de por qué lo estaba haciendo ahora. Mientras sus ojos se mantenían fijos en esos bloques de escayola su mente no dejaba de repetirle que día era hoy, aunque por supuesto, él ya lo sabía, hoy iba a ser el día más importante desde que llegó a España desde su Gambia natal hace ya más de siete años, seguramente, iba a ser el día más importante de toda su vida; finalmente se levantó, se duchó, quedándose al salir delante del espejo, mirándolo atentamente, contemplando en silencio, como si deseara ver a través de él algo más que su propia imagen reflejada, solamente pronunció dos palabras, dos palabras que repitió varias veces como una letanía, las dos palabras que cambiarían su vida para siembre.


María salió de la oficina para la igualdad de la mujer y la inmigración en la que trabajaba, en realidad estaba realizando unas prácticas, remuneradas, pero prácticas al fin y al cabo, hacía un par de meses que había terminado en Madrid un máster titulado Cooperación al Desarrollo, con el cual pretendía complementar su carrera de sociología, aunque las prácticas las estaba realizando en Alicante, pues le surgió la oportunidad y no quiso desaprovecharla, era una ciudad que ya conocía de veranear en ella de vez en cuando y sabía que era un buen lugar para refugiarse del crudo invierno madrileño, quizás echase de menos algo más de actividad musical, pues no solían traer muchos conciertos interesantes, aunque si había un buen circuito de pequeños bares que ofrecían oportunidades a bandas noveles o poco conocidas, al menos, ése era su recuerdo de la ciudad, hacia ya algunos años que no bajaba por allí y no podía asegurar de que todo siguiese igual, pero lo más importante era que allí contaba con algunos muy buenos amigos con los que convivió aquel inolvidable verano en las Azores. Cuando terminase el periodo de prácticas deseaba volver a Madrid y montar una consultora de formación e investigación con sus compañeros de máster, de hecho ya habían comenzado con los trámites, pero la lentitud de la burocracia española es algo capaz de agotar la paciencia a cualquiera. Finalmente llegó a casa, se dio una ducha relajante y se vistió con ropa cómoda, se acercó hasta la nevera para picar algo, todavía era temprano para preparar la cena, una vez en el salón, pulso el play de una pequeña cadena musical que había comprado de segunda mano en una de las numerosas tiendas de ese tipo que pueblan la ciudad, pero que todavía sonaba perfectamente, enseguida, las manos de Bill Evans comenzaron a desprender magia, mientras, poco a poco, iban sumándose instrumentos arropando las notas del piano hasta introducir, de un modo casi místico, la trompeta de Miles Davis, que empieza a soplar la melodía central del “so what”, el primer tema de su inmortal Kind of Blue, y se tumbo en el sofá para pensar sobre los últimos acontecimientos que estaban acaeciendo en su vida, llevaba varios días dándole vueltas a la cabeza, reflexionando, intentado analizar todos los aspectos posibles para tomar la decisión correcta, pero ¿cuál es la decisión correcta?, ¿cómo se puede calibrar la corrección de una decisión sin conocer las consecuencias que pueden llegar a derivarse de la misma?, ¿entonces, quiere eso decir que todas las decisiones son correctas en sí mismas? de ser así, ¿entonces no importa que decisión se tome pues siempre será la correcta?, hasta que, obviamente, el tiempo te quite la razón y te demuestre que te equivocaste.
María era una chica bastante liberal, en cuanto a sentimientos se refiere, aunque había tenido relaciones de cierta duración le agobiaba un poco eso de vivir en pareja, le incomodaba compartir su espacio vital, pero esto era distinto, era mucho más que una simple relación de pareja, de compartir piso o ducha, no, esto era mucho más, era su propia filosofía de vida, necesitaba saber si lo que sentía por ese chico era real o, por el contrario, estaba siendo traicionada por el exótico misterio embriagador que producen otras culturas diferentes a la nuestra, lo cierto es que esto parecía algo diferente, era una sensación que no había tenido en sus otras relaciones anteriores, por lo que otra pregunta se cernía inexorable sobre el horizonte ¿estaría dispuesta a llegar hasta el final con todas las consecuencias?, sólo llegaría al final si admitía estar realmente enamorada; dos palabras, sólo dos palabras pueden cambiar el rumbo de una vida.

Seillou se vistió, se puso el traje gris, en realidad su único traje, que se había comprado hace unos días en una tienda cercana, se miró una vez más en el espejo, esbozó una amplia sonrisa, se veía extraño con ese vestuario tan elegante, lo cierto es que no podía ocultar su felicidad, ni mucho menos sus nervios, tan solo esperaba que llegara la hora y que todo saliera bien. En esos momentos le vino a la cabeza la imagen de su madre y de su familia, los echaba mucho de menos, sobre todo a ella, pensó en todos los momentos que vivió en su pueblo, los buenos y los malos, pues allí, entre arrozales y plantaciones de maní, la vida era dura, aunque siempre quedaba el fútbol para disfrutar de buenos momentos, poder jugar un partido al caer la tarde, o jugar contra algún poblado cercano, dejar todo y a todos atrás para adentrarse en lo desconocido no fue algo agradable; aun así, a pesar que vivir allí no era fácil, Gambia era diferente, había algo especial allí que te embaucaba, algo de lo que carecía occidente, «África te cambia la vida» solía decir. Siguió pensando en su madre y se imaginó lo orgullosa que se sentiría si pudiera ver a su hijo en ese momento, pero probablemente solo fuese eso, una imaginación, pues en el fondo sabía que su madre difícilmente se sentiría orgullosa de lo que iba a hacer, pero ojalá pudiera ir pronto a verla, mientras tanto tenía que conformarse con evocar sus recuerdos, lo que era seguro era que le mandaría fotos, junto con algo de dinero, tan pronto como pudiese, y le contaría lo sucedido, hasta el más mínimo detalle, confiando en que, si no podía sentirse orgullosa, al menos, le diera su aprobación. Finalmente, salió del piso en el que vivía junto a otros compañeros, también africanos, aunque no de Gambia, bajó a la calle y fue a encontrarse con su destino sin dejar de pensar en esas dos palabras.

María, tras largas horas de profunda meditación, llego a la conclusión de que debía que aceptar la propuesta, era una cuestión de coherencia consigo misma, y al mismo tiempo una muestra de coherencia y respeto hacía él, al fin y al cabo ¿no estaba enamorada?, si no lo hacía por amor entonces qué sentido tenía todo; siempre procuraba ser fiel a sus principios, hacer las cosas que realmente quería hacer, que consideraba justas, que le salían de dentro, jamás haría cosas de las que renegara sólo por interés, despreciaba a quienes lo hacían, repudiaba el dinero por el dinero, jamás le interesó la ostentación.
Cuando por fin le comunicó su decisión se sintió aliviada, liberada de la pesada carga que había llevado los últimos días, él la miró con una expresión que María recordaría mientras viviese, su rostro era felicidad, en la profundidad de sus ojos verdes se reflejaban todos los duros momentos que había atravesado a lo largo de su vida en una mirada de sincero agradecimiento verdaderamente conmovedora y escalofriante, ella también le sonrió feliz por la decisión que había tomado, absolutamente convencida de que ésa era la decisión correcta y de que el paso de los años no haría otra cosa sino confirmárselo, no le importaba tener que renunciar a alguno de sus principios más arraigados, era una situación especial por la que merecía la pena una pequeña concesión, y se fundieron en un abrazo durante el cual los relojes se pararon y la tierra dejó de girar; al fin y al cabo son tan solo dos palabras.

Seillou llegó al lugar media hora antes de la hora estipulada, cuando se encontró frente a frente ante aquel edificio el corazón se le subió a la garganta, contempló absorto su arquitectura, escudriñando todos los detalles de aquella construcción cargada de simbolismo, aún no podía creérselo, jamás pensó que algo así pudiera llegar a pasarle; finalmente, subió los siete escalones que iban de la calle a la entrada, antes de entrar al edificio se giró y echó una última mirada rápida a su alrededor, como esperando despertarse y volver a la realidad, finalmente, respiró hondo, abrió la puerta, y subió a la primera planta, donde le habían dicho que debía presentase, se sentó y esperó a que llegará el momento; mientras, en su cabeza, resonaban incesantemente las dos palabras que debían marcarle un nuevo guión a su vida.

María se despertó un tanto sorprendida por lo bien que había dormido esa noche, la verdad es que no se lo esperaba, hoy era el gran día, al fin había llegado. Se duchó y desayuno su clásico sándwich mixto con leche y fruta al final, mientras, la cadena del salón sonaba por John Coltrane, en general, María era una buena aficionada al jazz, especialmente en tiempos medios o lentos, con una especial predilección hacia el saxo, de siempre fue un instrumento que le llamó la atención, desde que de pequeñita se lo vio a los payasos de la tele, si en un par de años, una vez finalizado el máster y con la consultoría ya a pleno rendimiento, conseguía cierta estabilidad en su vida, tal vez se apuntara a clases para tratar de emular a sus ídolos; esa mañana sentía una extraña mezcla de tranquilidad nerviosa, pero eso no le impidió desayunar de manera contundente, tras lavarse los dientes comenzó a prepararse, no quería que se le hiciera tarde en un día tan importante, se maquilló a conciencia, algo que no solía hacer muy a menudo, al menos de manera ostensible, prefería la naturalidad en su día a día, y se puso el vestido que se había comprado para la ocasión. Al contrario que otras muchas mujeres, María no era una gran entusiasta de eso que llaman ir de compras, de hecho, solía sentirse un tanto agobiada en las tiendas, pero tampoco era cuestión de ir con unos vaqueros, «si lo haces, hazlo bien», se decía; era un vestido más bien sencillo, color azul celeste, no muy escotado, pero le gustaba mucho como le quedaba, cuando finalmente estuvo lista, se echó unas gotas de perfume, cogió su bolso, el abrigo y se detuvo frente al espejo de la entradilla, se miró una vez más para asegurarse de que todo estaba bien, estaba perfecta, finalmente, abrió la puerta y se marchó, en la cadena, Coltrane había guardado su saxo tenor y A love supreme había dejado de sonar. En la calle hacía frío, aunque afortunadamente el cielo estaba despejando y el sol reinaba en la ciudad dándole el cálido brillo que alegraban un poco las gélidas mañanas invernales, si bien, en Alicante no es que fueran muchas, miró el reloj, iba con el tiempo justo, más bien tarde, como siempre.

Cuando Seillou la vio entrar enfundada en ese vestido azul celeste que lucía bajo su abrigo ya desabrochado se quedó impresionado, jamás la había visto tan guapa, casi parecía otra, «hasta lleva tacones», exclamó para sus adentros, se levantó de la silla, se acerco a ella para recibirla y le dio dos besos, «estás radiante», le dijo, ella se puso un poco colorada, sabía por propia experiencia que a Seillou le costaba un mundo decir piropos a una chica, era una persona un tanto reservada, de esas a las que le cuesta abrirse a la gente, todavía no se sentía como un ciudadano plenamente integrado pese a llevar siete años aquí, sentía que en la fiesta era un invitado de compromiso; ella le respondió «tú tampoco estás nada mal con ese traje», se lo dijo con intención de replicar el halago, aunque ella misma era consciente de que el piropo, aunque cierto y sentido, quedaba algo descafeinado, pues había sido ella misma quien le había ayudado a escoger el traje, pero María tampoco era muy buena con los halagos. La verdad es que Seillou gozaba de muy buena planta, era un chico guapo, más bien alto, pero no excesivamente corpulento, con unos penetrantes ojos verdes que albergaban todo el color del Atlántico, a los que resultaba difícil dejar de mirar, se podría decir que físicamente era lo más parecido al tipo de chico ideal que más atraía a María, quien detestaba abiertamente los cuerpos esculpidos a golpe de gimnasio, especialmente si, además, llevaban alguno de esos absurdos tatuajes tribales que tan en boga parecían estar últimamente, los aborrecía por completo.
Finalmente, llegó el momento, la alcaldesa los invitó a entrar al salón donde suelen oficiarse estos actos, el tono rojizo predominaba la sala, tanto por la tapicería de las sillas que estaban dispuestas a los invitados como por la cortinas de las ventanas, atadas mediante una delgada cuerda de hilo dorado, a modo de telón teatral, que todavía filtraban la luz del sol de mediodía proporcionando a la sala un ambiente algo más cálido, como de cierta solemnidad ritual. Iba a ser una ceremonia bastante discreta, apenas había unos pocos familiares y algunas amigas de ella, tan sólo las más allegadas, Seillou había preferido no invitar a nadie, aunque por supuesto tenía amigos, quizás no los sentía lo suficientemente cercanos como para ser invitados, además prefería disfrutar de este momento lo más íntimamente posible. Allí estaban los dos, puestos en disposición, cogidos de la mano, con el padre ejerciendo de padrino a la izquierda de la novia, y la madre, situada a la derecha del novio, ejerciendo como madrina, dos palabras; en ese momento Seillou tuvo un fugaz pensamiento donde se acordó de toda la gente que le había ayudado cuando llegó a España, a los que le dieron algún trabajo, algún techo, a todas las ONG, centros de acogida, etc., que le prestaron sus servicios a cambio de nada, pensó en la suerte que había tenido y en los que no la han tenido que, en realidad, son casi todos, pensó en el momento en el que conoció a María, sentada tras esa mesa llena de papeles, en aquella oficina de Alicante, con el pelo recogido en una coleta, a excepción de dos mechones que caían sobre el lateral de sus ojos que apartaba, de un modo casi auto reflejo, hacia la parte trasera de sus orejas a fin de que allí se mantuvieran durante un buen tiempo, cosa que no siempre ocurría; pero, sobre todo, pensó de nuevo en su madre.
Por su parte, María pensaba en las ironías de la vida y el destino, un destino en el que, por supuesto, no creía, ella que siempre había renegado de las bodas, a las que considera poco más que un protocolo absurdo e innecesario, el mejor extintor posible para apagar la llama del amor, y allí estaba ella, dispuesta a pronunciar esas dos palabras, dos palabras que juró nunca iba a pronunciar, «al menos», pensó para reconfortarse un poco, «no estoy vestida de blanco subida en un altar».
Dos palabras, toda una vida en dos palabras, pocas veces algo tan escaso, tan breve, puede tener tanta relevancia, dos palabras: «sí, quiero», dos palabras: «sí, quiero», y Seillou besó a la novia, ya lo había hecho otras veces, pero esta vez era diferente, este beso era especial, ya no la besaba pensando que podría ser el último beso, pensando que en cualquier momento lo podrían detener y deportar de nuevo a Gambia, esta vez la besaba como la hubiera besado cualquier otro ciudadano español, sólo que él lo hizo mucho más apasionadamente de lo que lo hubiera hecho cualquier otro ciudadano español, todo seguía igual pero todo era diferente, finalmente, tras años de incertidumbre ya podía disponer de papeles de residencia y ser un ciudadano español de pleno derecho, pero lo mejor de todo, era que podía estar con la chica más maravillosa del universo por siempre jamás, el resto… era secundario.
Ojalá su madre llegue algún día a sentirse orgullosa de él, ojalá algún día pueda llegar a aceptar a María como parte de su familia, aunque María no sea musulmana, aunque María, ni siquiera, sea creyente.


Poeta Borracho

http://confesionesdeunpoetaborracho.blogspot.com.ar/


2 comentarios:

  1. Me gustó el relato, un tema recurrente, sin embargo enfocado desde el punto de vista sentimental. Me gustó. Felicitaciones!!

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  2. Hola Nelvis, ante todo disculpa mi tardanza en el agradecimiento, pero se me olvidó. Totalmente de acuerdo contigo, creo que la gracia era ir jugando con las sensaciones y pensamientos de los personajes.

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