18 de febrero de 2015

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El Infiltrado


Mediaba la década del 50, (papá no era muy bueno para las fechas), y Cavour estaba convulsionado.

Cavour era, y aún es, un pueblo, si se le puede llamar pueblo a una decena de casas que circundan una plaza, si se le puede llamar plaza a una manzana de tierra arada, en cuyo centro se erige solitario el monumento del Padre de la Patria galardonado con un nido de caseros en el hombro derecho que más de diez años de inclemencias del tiempo no pudieron derrotar.

Lo cierto es que el lunes posterior a un domingo de elecciones, Cavour amaneció convulsionado. A primeras horas de la mañana, todo el mundo (incluyendo los habitantes de la zona rural), sabían que en el pueblo había un “infiltrado”.

Las mujeres salían de sus casas, delantal a la cintura y escoba en mano, con el único propósito de recabar información y eso era evidente pues no había veredas para barrer.

-¿Será cierto lo que se rumorea por ahí? -preguntó doña Adela a su vecina doña Mercedes, que ahora era la primera dama, según los resultados de las elecciones.

-Las papeletas dan fe. -dijo doña Mercedes, dándose importancia.

-Las papeletas no tienen religión. -dijo doña Eustaquia que “justo” pasaba por allí.

-Es una manera de decir. -explicó doña Adela.

-Pues entonces digan bien las cosas, porque ahora además de tener “un infiltrado” van a creer que adoramos las papeletas. Ahora, yo me pregunto… ¿qué es un infiltrado?

Doña María que había venido al trote cruzando la plaza, (primera dama saliente) y que nunca perdía la ocasión de meter un bocadillo, dijo aún agitada:

-Un bolche.

-¿Un qué? – preguntaron las mujeres al unísono

-¡Un bolchevique!, mi marido dice que seguro es un bolchevique.

-¿Se dan cuenta? -intervino otra vez doña Eustaquia – ¿Por qué nunca se sabe la verdad? Porque nunca se dicen las cosas con todas las letras, ahora resulta que además de un infiltrado, tenemos un bolche y un bolchevique!

-¿Qué son tres? -preguntó doña Dominga que recién llegaba y perdió parte de la conversación

-Las papeletas no mienten, dicen que hay solo uno.-dijo doña Mercedes

-¡Acabáramos! Ahora además de religiosas, las papeletas hablan.-volvió a intervenir doña Eustaquia.

Todas las mujeres comenzaron nuevamente a explicarle que solo era una forma de decir, pero como lo hacían todas a la vez, se transformó en un romerío y pronto en discordia, porque en el intento de darle una explicación a la anciana se escuchaban cosas como “vos qué sabés”, “tu marido no sabe nada”, “que se calle el tuyo que ya bastante dio de hablar el año pasado”y cosas por el estilo y tanto bullicio hicieron que el cabo Fernández decidió intervenir cuando vio que comenzaban a levantarse las escobas.

-¡Orden señoras! ¡orden!

-Usted no se meta que nadie lo llamó.-dijo doña Clara que por ir al fondo a darle de comer a las gallinas, se enteró de la reunión cuando comenzaron los gritos y recién llegaba.

El cabo sabía que esto pasaría a mayores así que decidió ponerse firme:

-Vamos señoras, despejen, despejen -decía mientras movía los brazos como si estaría arreando animales- “cada carancho a su rancho”.

-¡Carancho tu abuela!- gritó indignada doña María amenazándolo con la escoba.

El cabo salió corriendo, prefería tratar con cuatreros y borrachos. Pero este episodio puso fin a la conversación y las mujeres se retiraron a sus quehaceres cotidianos.

Doña Eustaquia que era acompañada por su vecina doña Clara dijo:

-Ve usted lo fácil que se arreglan las diferencias cuando uno dice las cosas con todas las letras. El cabo les dice “señoras” y nadie le presta atención, pero cuando dice “cada carancho a su rancho”, todas entendieron, (¡claro! ella no se incluía porque se consideraba una señora)

Doña Clara lo dejó pasar porque estaban solas y Eustaquia era una persona mayor.

-Ahora, dígame una cosa doña Clara, con tanta gente merodeando en el pueblo, según dicen, un infiltrado, un bolche y un bolchevique, ¿no se estará echando a perder el pueblo?,¿ no habrá que poner un poco de orden en las calles?

Doña Clara miró a su alrededor y después de la estampida de las mujeres, exceptuando el general con su nido, no se veía a nadie.

-¿Le parece doña Eustaquia?,¡ si no hay un alma en la calle!

-¡Peor todavía!. Tanto silencio, tanto silencio… para mí que están escondidos, en cualquier momento nos atacan y fin de la historia.

Doña Clara dejó a doña Eustaquia frente a la puerta de su casa y aún sosteniendo el delantal por las puntas con el que formaba una especie de bolsita que contenía los granos de maíz para las gallinas, salió chancleteando rapidamente, se metió en la casa, cerró ventanas y puso cerrojo a las puertas, no vaya a ser que la vieja tuviera razón…

Papá sonreía recordando la situación.

-Pero ¿qué fue lo que sucedió? – lo instábamos mi hermana y yo para que siguiera el relato.

“Cavour era un pueblo rural, que surgió con la llegada de inmigrantes, todos en busca de tranquilidad, paz, y un plato de comida. Así lo deseaban y así lo mantuvieron.
El tema de la política era espinoso. La mayoría de los inmigrantes venían escapando de la guerra y aunque casi todos analfabetos, no eran ignorantes, sabían que las guerras siempre tenían un trasfondo político.

“La política e`una puttana che incanta gli uomini e porta a la guerra, abbiamo rimosso la terra e muore di fame bambini e donne”, decían los abuelos, y con ese argumento nos criaron y educaron, de manera que cuando se comenzó a hablar de política por la región, todos nos lavamos las manos y hacíamos oídos sordos.

Los únicos valientes (quizá porque sus familias no conocían la guerra mas que de oídas) fueron Perasso y Acuatti que acordaron ponerse cada uno a la cabeza de los partidos predominantes del momento: peronismo y radicalismo.

Y nosotros los dejábamos hacer, una vez se votaba a uno, la próxima al otro y todos en paz, la vida continuaba…

Pero en esta ocasión las elecciones eran nacionales y la lucha por la toma del poder en las grandes ciudades se había tornado ríspida, de manera que mandaban a todos los pueblos grupos proselitistas a hacer campaña.

Al principio, no pasaba nada, solo era aguantar alguna que otra perorata de ambos bandos, pero a medida que se acercaban los comicios el ambiente se espesaba. Si un partido en una esquina de la plaza hacía choripanes, en la otra esquina el otro partido repartía empanadas. Si al domingo siguiente aparecía un grupo con bombos y guitarra, al instante, en la otra esquina estaba el acordeón y la trompeta, y nosotros los del pueblo, incluídos los dos candidatos locales éramos como una ola en un vaivén sin fin, yendo de una esquina a la otra. Cuando comenzaban las piñas e insultos, nos íbamos todos a casa y quedaban los grupos foráneos sacándose chispas. Era casi cómico por no decir ridículo que personas que no eran del pueblo se estuvieran peleando por nuestros votos, mientras nosotros descansábamos tranquilamente en nuestras casas.”

-Pero papá, ¿cuándo aparecen los bolche? – preguntó mi hermana

-Ah, si, los bolche -sonrió papá- ahora llega.

“El sábado anterior a los comicios, llovió todo el día y toda la noche, solo al alba se convirtió en una llovizna, el domingo se presentaba gris y enlodado.

Sabíamos que debíamos ir a votar porque era un deber cívico de manera que mi papá ató la jardinera y llevó a las mujeres y mi hermano menor, pero no había lugar para nadie más, así es que decidí hacer los siete kilómetros que me separaban del pueblo, porque vivíamos en el campo, con mi bicicleta.

El camino estaba maltrecho por el barro y las huellas que dejaban los vehículos y antes de concluir el primer kilómetro la bicicleta se frenó atascada por el barro y se torció la rueda por la fuerza que hacía, era imposible tratar de seguir.

Dejé la bicicleta y comencé a andar, luego de una centena de metros, comencé a oír a lo lejos cánticos y el ruido de un motor, me detuve a esperar y pronto apareció un tractor que tiraba una chata en la que transportaban personas al pueblo. Todos sabían que nosotros siempre votábamos al radicalismo y los cánticos que oía eran de ese partido, así que les hice señas para que pararan, pero estos pasaron a mi lado salpicándome con barro y gritaron:

“Ánimo amigo correligionario, ánimo que le falta poco.”

Yo no era de enojarme mucho, pero ese día la bronca me subió a la garganta y me bajó al estómago:”esto no se los voy a perdonar, ya verán… Esta vez les va a faltar un voto radical me decía mientras seguía caminando. Pasados unos quince minutos de andar, otra vez el mismo ruido pero con otros cánticos se escuchaban a lo lejos. Eran los peronistas que buscaban a su electorado. El tractor aminoró la marcha y se detuvo, un hombre extendió su mano y me dijo: “Arriba muchacho, venga que no va a llegar nunca, mire como está todo embarrado, suba compañero que se hace tarde”. No lo dudé, subí de un salto y así llegué al pueblo.

Cuando nos bajaron a todos, el tractor se puso en marcha, una señora que estaba cerca mío a los gritos les preguntó:

-¿Y cuándo nos vuelven a buscar?

El hombre que conducía el tractor se dio vuelta y le contestó:

-Pero que… ¿también quieren que les demos de comer?, ya están aquí, ahora voten y dejen de joder.

Si bien no me enojaba casi nunca, ese día estaba furioso. Y aunque no dije nada, ya sabía lo que iba a hacer.

Pasadas las seis de la tarde, las puertas de la escuela se cerraron, para el recuento de votos, adentro solo quedaban el maestro de la escuela, que era el presidente de mesa, los dos fiscales, el cabo Fernández para mantener el orden y el padre Santino, como testigo del recuento.

Cuando terminaron, que no les llevó mucho tiempo, ya que entre pueblo y campiña, los votantes no ascendían a más de ciento cincuenta, todos quedaron callados.

-¿Y? -dijo el cabo- ¿Cómo salió?

El maestro de escuela miró a los fiscales, que asintieron con la cabeza, como dándole permiso para hablar, respiró hondo y dijo:

-Setenta y nueve votos para el partido peronista, setenta para el partido radical…

El Padre Santino que parecía estar dormitando en un banco, dijo:

-Falta uno.

-Si Padre -dijo el maestro- y un voto para el partido comunista…

El Padre Santino, anciano ya, que lo habían mandado a estos lugares tranquilos, porque había ejercido su sacerdocio en medio de las distintas guerras europeas,experiencia que lo dejó un tanto trastocado, abrió grande los ojos, se puso de pié y salió despavorido de la escuela gritando: ¡Oh Dios mio, ten piedad de nosotros!, ¡un bolchevique aquí!, la guerra se avecina, la guerra se avecina….

Esa fue mi venganza, nadie lo supo nunca y por más de un año hubo de qué hablar en el pueblo. Pobre Padre Santino ahora me arrepiento.

-¿En verdad estás arrepentido papá?

Lo pensó un rato, sonrió y dijo:

-¡¡No, qué va!!


Nelvis Ghelfi

http://sincaramelos.com/

10 comentarios:

  1. Muy buen relato. Aborda con gracia dos grandes males de la sociedad: la política y el chismorreo. Me ha gustado y lo he disfrutado mucho. ¡Saludos!! ;)

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    1. Gracias, eres muy amable, y me hace feliz que lo hayas disfrutado.

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  2. Me encantan este tipo de relatos.
    Le cuento que lo he leído más de una vez pues es un deleite.

    Una anécdota muy bien planteada, descriptiva de la vida de tantos pueblos del interior, con detalles tan realistas que más que una invención de la autora parece un pedazo de vida de alguien más.

    Y un final impecable.

    Sólo he de pedirle su atención a la apertura y cierres de las comillas, pero sólo por que ha pedido una devolución sobre el trabajo.

    Muchas gracias por compartirlo.

    Cariños.

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    1. Muchas gracias por los elogios, es un placer saber que lo que escribo resulta interesante para alguien más. También agradezco las correcciones porque me interesa crecer. Muy amable, muchas gracias!!!

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  3. Interesante, con ritmo y fondo. En las comillas "patinas". Un placer leerte.
    ;;-) Inma

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  4. Sin duda "la política e`una puttana, che". Buenísimo texto. ¡Qué bien me ha caído Doña Eustaquia!

    Ya que son bien recibidas las correcciones acoto un par en estas líneas:
    -"...el cabo Fernández 'decidió'..." (la cambiaría por decidiera o decidiese) y en
    -"...movía los brazos como si 'estaría'..." (creo que correspondería un estuviese o estuviera).

    Saludos desde por acá.

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  5. Buen relato, Nelvis. Por el tema y por la hermosa descripción que haces del ayer, que no es tan diferente al hoy. Mis afectuosos saludos.

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  6. Muchas gracias a todos por los elogios y las correcciones. Muchas gracias

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  7. Genial, Nelvis. Un relato hermosísimo, me parece estar leyendo al costado del camino embarrado. Saludos

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    1. Muchas gracias a vos y a todos por los elogios y correcciones, que son bien recibidos de mi parte. Un placer. ¡Buen fin de semana!

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