28 de marzo de 2015

el comentario 8 comentarios

Leyendas a orillas del Mar Menor



Era un atardecer rojizo en la orilla mediterránea de Santiago de la Ribera. Dos mujeres, vestidas de militar, caminan despacio hacia la playa. Dejan tras ellas la entrada de la Academia General del Aire. Se acercan a un grupo de eucaliptos que hay junto a la orilla y a los muros del recinto militar.

Se detienen frente al tronco de uno de los árboles que, en su corteza tiene grabados dos nombres, y una de ellas lo acaricia. Aprieta los labios, agacha la cabeza y suspira antes de comenzar a hablar.

- Desde hace 10 años, casi todas las tardes, paso por aquí, pero hoy estarás tú aquí- dijo Laura, sollozando y temblorosa, dirigiéndose a Ángela, su médico -Conocí a Nacho cuando yo tenía 19 años y él 17; por entonces yo preparaba mi oposición para el Ejército del Aire…¡por Dios, ayúdame!

Ángela veía alejarse a Laura por el paseo marítimo y esperó a que cayera el sol mirando las pequeñas olas del lago salado mientras caminaba y de pronto le vio aparecer.

Era apuesto y  vestía de militar, se dirigió hacia ella y se puso firme; la saludó.

Ella correspondió al saludo y caminaron juntos hacia el arbolado. Entonces Él se acercó al eucalipto donde estaban grabadas sus iniciales y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el tronco. Ángela, cerca de él mira hacia la copa de los árboles y escucha el mecer suave de las hojas al viento, mientras él enciende un cigarro y con cierto amargor en sus palabras comienza a hablar:

- Me fijé en Laura un día que ella iba entrenando en el paseo marítimo. Lo primero que pensé fue que era una de esas tías engreídas que estudian para militar. Mis amigos le silbaban y la llamaban marimacho. Mi padre era militar y decía que las mujeres quitaban un puesto de trabajo a los hombres y que en el ejército solo servían para putas.

Al día siguiente la vi de nuevo: allí estaba ella estirando y calentando para correr. Durante varias semanas, cada día, la miraba de lejos. La despreciaba, no sé por qué, pero la odiaba.

Aquella tarde, retumbaban en mi cabeza las palabras de mi padre y me propuse decirle a la cara que abandonara los estudios así que me crucé, altivo, en su camino. Laura paró en seco; casi choca contra mí. Entonces ella posó su mirada en la mía y vi sus ojos claros como el agua, dos ojos como jamás había visto, me sonrió y yo eché a correr como si me siguiera un diablo.

Una semana anduve dando rodeos – continuó Nacho- hasta que la volví a ver; la acompañaba un chico y me dije que ella no era más que una zorra y él un maricón. Los miré con desprecio.

No me la podía sacar de la cabeza, sentía rabia y vergüenza a la vez, quería partirle la cara. Así que fui a buscarla y cuando la tuve de frente le dije: - Si te vuelvo a ver con otro… Tú vas a ser mía.- Creía morir cuando me escuché decir eso y entonces Laura me miró con aquellos malditos ojos claros como el agua y me contestó con mucha dulzura: Vaya, creía que venías a pedirme perdón, no a declararte. No supe qué contestarle, era la primera vez que alguien me hablaba con cariño. Señora, mi padre me enseñó a ser un tío duro, siempre me dijo que había que ser muy macho con las mujeres y, sin embargo, esa tarde, Laura con su voz, me hizo un hombre.

Nos hicimos novios; mi padre me echó de casa y mi madre en su mundo, como siempre, tenía la mirada perdida. Yo ingresé en lo Cuerpos Especiales y Laura en la Academia General del Aire. ¡Dios, aún recuerdo su Jura de Bandera! Qué bella estaba y yo no podía dejar de llorar de felicidad.

Me destinaron a Afganistán. Cuando regresé fui a buscarla, y ella estaba donde siempre: aquí en la orilla de la playa, a la sombra de nuestro eucalipto.

Le pedí que se casara conmigo, le dije que siempre la había amado. Pero ella tenía la mirada perdida en la espuma de las olas. Se volvió hacia mí, me acarició y me preguntó si me dolía.

Y la oía pero no quería escucharla; y vi sus ojos transparentes; y como no lo pude soportar, eché a correr. Ya han pasado varios años y cada tarde seguimos viéndonos aquí. 

Doctora, sé a lo que ha venido hoy usted aquí, lo sé… pero solo una cosa más y me voy, señora, lo juro… me voy y no volveré. Ya cae el sol, están a punto de arriar la bandera; la trompeta entonará el toque de oración y yo desapareceré con la última nota.

Él se pone de pie y ambos, firmes, miran al sol poniente, en el aire flota el triste sonido de la corneta.

- ¿Sabe? Ese día, cuando Laura intentó acariciarme, tan solo pudo tocar el tronco de este árbol. Me preguntó si me había dolido y le dije que no. Pero le mentí. Por favor, doctora, dígale que sí, que me dolió su caricia y  aún me sigue doliendo más que la mina que me mató en el frente”.

Inma Barranco





8 comentarios:

  1. Sencillamente genial. ¡Muy bueno y triste y un montón de sensaciones más en tan pocas líneas! ¡Felicitaciones!

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  2. ¡Inma! Te cuento que no es la primera vez que te leo este texto y sin embargo, siempre que lo hago me abruma la historia, que es al mismo tiempo sutilmente triste y hermosa. Me ha encantado.. ¡Un abrazote!! ;)

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    Respuestas
    1. Es lo que tiene estar conectadas en redes (jeje).
      Abrazos ;;-)

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  3. Me gustan los relatos en los que, al llegar al final, deseas volver a leerlo para encontrar nuevos matices, para descubrir cosas que hasta ese final no habías visto. ¡Y te sorprende de nuevo! Muy buena historia, con unos sentimientos perfectamente expresados, en un lenguaje sin artificios, claro y directo como los mismos personajes que los describen.
    Un saludo

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  4. Muy bueno. Un gran final. Justo me estaba preguntando qué ocurrió en Afganistán. Das los indicios justos.
    Un abrazo, Fritzy.

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  5. Precioso y sensible relato, lleno además de originalidad. Una historia conmovedora, me encantó!! :)

    Un saludo.

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