30 de marzo de 2015

el comentario 4 comentarios

Anestesia Inducida


"¡Ay, soledad, cómo dueles!
Como las caricias invisibles de quien quiero
Como el beso que hoy se posa en otros labios.
Hoy comprobé que en sus pensamientos ronda un nombre distinto al mío
Y que en su piel tiene las huellas que yo hubiera querido marcarle.
¡Cómo dueles, silencio!
Una es saber en secreto que quien amas no te pertenece
Y otra es reconocer callada que le pierdes para siempre.
Pero tú, vacío, dueles más
Porque contigo se esfuman dos cosas:
Todo lo que necesitaba para sentirme llena
Y todo lo que ahora me deja incompleta".


Eso fue justo lo que escribió en su diario luego de encontrar al chico que le gustaba... No, que la obsesionaba... No, a quien quería sin remedio y en secreto, pero no se había percatado de la intensidad del sentimiento que la embargaba hasta verlo compartir intimidad con alguien más. 

Fue presenciarlo recorriéndole el cuerpo con aquella exaltación perversa, devorándole la boca con aquel deseo irreverente, suscitándole implacables gemidos de fiera inquieta y persiguiéndole el ansia por el camino escarchado que dejaba el sudor y la saliva en las pieles, lo que liberó de golpe las pasiones que había mantenido ocultas en la oscuridad de un falso letargo y que cuando percibieron luz, la hicieron anhelar de forma tétrica todas las insanas atenciones que él le dispensaba a aquella volcadas sobre sí misma. 

Al contrario de lo que había leído en tantas novelas y en otros tantos textos, no se sintió morir ni había sufrido la inclemencia de un puñal atravesándole el centro del pecho. ¡Hay que ver cómo mienten los poetas! Más bien experimentó una suerte de anestesia, un frío que la invadió de los pies a la cabeza al que culpó erróneamente de la ausencia de movimiento en su cuerpo y la nulidad de pensamiento, cuando en verdad estaba siendo protegida por su propia negación ante lo absurdo.

Quizá la muerte a la que se referían los poetas era esa relacionada con al abandono de todo ápice de conciencia dentro de sí y de la realidad, esa desaparición momentánea que te hacía flotar en una burbuja imaginaria mientras dejabas literalmente de sentir, tu cuerpo quedaba tan desocupado y yerto como el de un cadáver, y si por una especie de casualidad o causalidad desgraciada terminaba humedeciéndosete la mejilla jamás lo entenderías como una lágrima, sino que dirigirías la vista hacia arriba buscando una gotera en el techo. 

No obstante, si había algo en lo que coincidían esas historias era en el dolor que se padecía. Nunca pudo identificar dónde exactamente, pero lo cierto era que le dolía. Mientras escribía el poema se cuestionaba qué gotera se habría roto que las palabras aparecían mojadas aun después de que la tinta se secara. Y le dolía, pero no sabía qué. Tenía un puto nudo en la boca del estomago, algo más allá de la garganta se le volvía un lío, sentía agujas en los ojos que hasta cerrados le escocían y no cesaba de preguntarse qué riña había perdido o qué esfuerzo físico tan grande había hecho que los músculos no le respondían.

La incapacidad de su cordura para hallar una cura razonable para su mal, la hizo por vez primera pactar con la inconsciencia dejándose llevar a recovecos en los que antes no se habría consentido estar.

Así fue como se arrastró una noche al último antro de una calle cualquiera, pidió una dosis de una bebida cualquiera para tratar su inexistente diagnóstico, se dejó atrapar por los besos torpes y alcoholizados de unos labios cualesquiera que la perdieron en el interior de una habitación cualquiera para luego marcar extrañas rutas en su cuerpo siguiendo las indicaciones de un mapa cualquiera.

Entretanto, ella le había puesto a cualquiera el nombre y el rostro de su amado, había negociado con vaya usted a saber qué clase de ente que las caricias recibidas se las otorgaba ese último, que quien la desnudaba, quien la palpaba con prisas y a medias, quien la hacía estremecer hasta únicamente recordar las vocales del alfabeto no era un extraño, sino quien había soñado.

Al despertar el día siguiente no reconoció a quien yacía a su lado en la cama, pegó padre y señor grito saliéndose de las sábanas, entonces la marea que se agitaba en su estómago y el bloque aglutinado a su cabeza la hicieron desplomarse indefensa sobre el suelo.

De nada valió que el segundo en la habitación le repitiera su nombre una octava de veces, ni que le hiciera un recuento de los postreros hechos, ni que intentara consolar sus lamentos y desvaríos mañaneros. Ella siguió deshaciéndose hasta después de que el desconocido se marchara, sollozando sobre la imagen distorsionada del cariño falso y todavía famélica de la exaltación perversa y del deseo irreverente de un amor incierto. Lo peor de todo era que la certeza de haber intentado encontrar a quien ansiaba en un vulgar otro, lo hacía saberlo cada vez menos asible, más distante y ajeno.

Volvió a su diario, releyó lo último que había escrito sin todavía lograr identificar dónde o qué le dolía y lo cerró incapaz de registrar sucesos nuevos. 

Esa noche se maquilló como lo hiciera la vez anterior –¡ay, soledad, cómo dueles!–, sacó algo provocativo de su clóset y lo vistió –como las caricias invisibles de quien quiero–, regresó al antro de la calle cualquiera –como el beso que hoy se posa en otros labios–, pidió otra vez una dosis de una bebida cualquiera –hoy comprobé que en sus pensamientos ronda un nombre distinto al mío–, se perdió de nuevo en los labios torpes y alcoholizados de otro cualquiera –y que en su piel lleva las huellas que yo hubiera querido marcarle...–. 

Ya no le importaba lo que se podría decir aunque le doliese el silencio.

–Y pou-qué hip-ba...noss asé casss-to sss-hip la vida-eh… hu-na pe-rr... hip...rra…

...Saber en secreto que a quien amas no te pertenece…

Le escuchó decir a un borracho de una mesa cercana –...reconocer callada que le pierdes para siempre–... que golpeaba la mesa con un vaso vacío. El sonido del cristal sobre la madera repercutió en ella y sintió que en algún lugar de su interior volvían a esfumarse dos cosas –todo lo que necesitaba para sentirse llena y todo lo que ahora la dejaba incompleta–.

Sin embargo, mientras un desconocido empezaba a trazar extrañas rutas en su cuerpo, olvidó cuáles eran.


Fritzy Zamor



4 comentarios:

  1. Intenso relato.

    Muy bueno como siempre.

    Me deja preocupado y no sé si pedirle que le envíe un médico o me indique dónde queda ese bar :)

    Cariños.

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    Respuestas
    1. ¡Mil gracias, Opin!!

      Jaja, ¡vaya! :-/ Mejor le enviamos un médico, el bar ni yo sé dónde queda. :)

      ¡Un abrazote!! ;)

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  2. Interesante reflexión y buen relato.
    En cuanto al tema... soy de las que viven que ni en secreto ni a voces, ni nadie nos pertenece y, ni mucho menos pertenecemos a nadie.
    Ufff qué agobio jajajajaja
    ;;-)

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    Respuestas
    1. ¡Muchísimas gracias, Inma!!

      Jajajaja, creo que en el conocimiento de ello es que radicaba el agobio del personaje...

      ¡Un abrazote!! ;)

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