17 de abril de 2015

el comentario 4 comentarios

Borrón y miedo nuevo


Fin. ¡Vaya monosílabo! Tan conciso, tan tajante, tan lacónico. Uno no se cansa de leer FIN en la pantalla del televisor cada vez que toca ver una de esas películas para televisión que, resignado por el peso de la modorra de un domingo por la tarde, uno ve de cabo a rabo, de principio a fin, ¡y he aquí otro FIN!

Esta clase de FIN es inofensivo, pues nos levantamos de la butaca de la casa de la abuela, y la vida sigue. Lo peor que puede ocurrir es que lloremos por ese pastiche final feliz que nos remueve los sentimientos, como si fuésemos lectoras de revistas para mujeres, con sus respectivos novelones de folletín. ¡Soy mujer, pero odio esas revistas!

En los libros he encontrado otro tipo de FIN. En mi opinión, los puntos finales de la literatura (de la buena literatura) son edificantes. Llegar al final de Crimen y castigo, de Dostoievski, por ejemplo, o a la última oración en Las travesuras de la niña mala, de Vargas Llosa, es sentirse satisfecho. A su vez, estos tipos de FIN (que nos esperan en las bibliotecas y librerías) son, en sí mismos, llaves que nos permiten abrir puertas en el colosal edificio del conocimiento. Sin más titubeos, los libros nos trazan caminos.

Ya que hablamos de caminos, es el momento de mencionar el tipo de FIN más bellaco: el final en la vida real. ¡No se asusten, no hablaré de la Muerte! Me refiero al FIN de una carrera universitaria, de un noviazgo, de una amistad, de un matrimonio, de un empleo... Son fines vivos en vida. ¿No estoy siendo muy clara? Recurriré al recurso del ejemplo: al terminar los estudios en la universidad, se comienza la carrera laboral. FIN-principio-FIN-principio-FIN-principio.

La vida humana está concebida, por lo menos en Occidente, como una sucesión de actos, en los que impera la Ley de la Obsolescencia. Hay que avanzar sans s'arrêt! Tenemos que ser máquinas productoras de cambio, de progreso, ¡qué sé yo! Si ayer era un estudiante de pregrado, hoy tengo que ser un profesional exitoso, y mañana un miembro de un curso de doctorado, y pasado mañana, si llevo buen ritmo, profesor en una prestigiosa universidad.

Ahora bien, a este FIN lo hemos calificado de bellaco. Sí, porque a este le gusta jugar a la ruleta rusa con el azar, por supuesto. Pero en este temerario juego, el fin y el azar no se exponen; la bala se dispara contra los menos afortunados. ¡Otra vez no soy clara! Recurriré a la metáfora: en un Aula Magna de una universidad hay 200 graduandos. El rector es el azar y el secretario, que llama al ex bachiller al estrado, es el fin. El rector azar tiene una pistola, si no hay bala en tu turno, sigues adelante, encuentras trabajo y todo lo demás. Pero si te toca la bala, serás un nuevo desempleado. Imagínense que los futuros profesionales, el día de su graduación, pensaran en una historia como esta. El día de alegría y la dulce espera se metamorfosearían en una especie de piedra-papel-o-tijera para ir al patíbulo.

En nuestros días, están proliferando los profesionales, ello supone que cada vez es más ardua la tarea de buscar un empleo y obtener un puesto. El fin de la vida universitaria no es nada grato para muchas personas. Si no se encuentra un empleo o no se tiene dinero para pagar un postgrado, el ex bachiller pasa a la interminable lista de desempleados. Después de tener los días ocupados en deberes y lecturas, de vivir en la rutina y en función de un horario, el nuevo profesional permanece en un limbo, cuya redención es una buena palanca o un golpe de suerte. Conozco varias personas con muy buenas aptitudes profesionales que no consiguen empleo, y que tienen que contentarse con ver cómo los peores de su promoción tienen buenos trabajos.

Otro tipo de fin en la vida real es el de una relación sentimental. Es que cuando se ama a alguien y se pierde a esa persona, uno siente que está condenado, de por vida, a la melancolía. Las palabras en nuestros libros favoritos parecen invisibles, las sinfonías se hacen quejidos lúgubres en nuestros oídos, la ansiedad roe la simpatía que se ofrece a los terceros.

Imaginemos ahora que a uno de nosotros, un ser humano, se le presenten dos finales aciagos al mismo tiempo. Verbigracia, el final de sus estudios universitarios en condición de desempleado, y la pérdida del ser amado. Si nos tocara consolar a ese desdichado, no pararíamos de decirle maquinalmente: "paciencia". Amigos, ¿creen ustedes que es posible tener el don de la paciencia en tal situación? A ese perdedor de la ruleta rusa cuando le llegó el FIN, el azar le borró el camino. Esa persona se despertará todas las mañanas con una única interrogante que le sacude los sesos: ¿qué hago hoy? Si tienen un amigo escritor (un buen escritor, por favor), sugiéranle que hace falta un manual para desempleados.

Alexa Manrrique
http://descalcez.blogspot.com.ar/

4 comentarios:

  1. Interesante soliloquio que seguramente irá mutando con la edad.

    Gracias por compartirlo.

    Cariños.

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  2. estado perfecto de niñez absoluta... tirado en el pasto mirando el cielo.....

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  3. Esa cadena perfecta que forman los finales y los principios...
    Bsss
    ;;-)

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  4. Comprendo tu reflexión, pero ese final es tan sólo el de un párrafo en el texto de la vida. Quien escriba el siguiente, puede ser la misma persona, o no.
    Continúa escribiendo
    Un saludo

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