27 de mayo de 2015

el comentario 6 comentarios

Cenicienta y la nieve


"El hijo del rey insistió en verla, pero la madre le replicó:
-No, no, está demasiado sucia para atreverme a enseñarla.
Se empeñó sin embargo en que saliera y hubo que llamar a la Cenicienta.
Se lavó primero la cara y las manos, y salió después a presencia del príncipe que le alargó el zapato de cristal; se sentó en su banco, sacó de su pie el pesado zueco y se puso el zapato que le venía perfectamente, y cuando se levantó y le vio el príncipe la cara, reconoció a la hermosa doncella que había bailado con él, y dijo:
-Esta es mi verdadera novia.
La madrastra y las dos hermanas se pusieron pálidas de ira, pero él subió a la Cenicienta en su caballo y se marchó con ella, y cuando pasaban por delante del árbol, dijeron las dos palomas blancas.
Sigue, príncipe, sigue adelante
sin parar un solo instante,
pues ya encontraste el dueño
del zapatito pequeño."

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Hacía ya tiempo que no tenía las llaves de casa. Había pensado en llamar a alguien que abriera la puerta. Pero pesaba más el miedo de ser descubierta que las ganas de libertad. No podía usar el telefono porque él controlaba las llamadas.

Se sentó al lado de la ventana, escondida detrás de las cortinas. Quería ver nevar. Abrió un poco la ventana para que entrara el aire fresco y limpio de la tarde, y algunos copos de nieve irrumpieron con el viento para deshacerse en el suelo de la cocina. Acercó la nariz a la rendija e inspiró profundamente con los ojos cerrados. Sabía que, después de haber respirado el frío cortante del exterior, sentiría aún más el olor que flotaba dentro de la casa.

Érase una vez un día en el que Cenicienta fué encerrada y todo lo que había en el castillo quedó encerrado con ella. Todo. Para siempre.

La basura se acumulaba bajo las ventanas de la cocina. El Príncipe no había querido balcón. Por miedo a los ladrones, decía. Para que no entrase nadie. Las bolsas negras se amontonaban en los rincones y Cenicienta abría todas las noches la ventana para ventilar las esquinas.

Mientras bajaba las persianas oyó el teléfono. Su rostro aparecía en la pantalla y respondió obediente.

“¿Si?”. “He salido”. “Hasta luego”. Y colgó.

Cojeando silenciosa fue hasta la ducha, se desnudó y se metió dentro. Sabía que aún tardaría media hora en llegar. Su Príncipe. Reguló el agua caliente y la dejó resbalar aliviada sobre la piel desnuda. En algunas partes del cuerpo la temperatura le molestaba. En los moratones de los muslos, en los nudillos irritados y secos, y esa tarde, en especial, le dolían los labios. Rojos, calientes, como si hubiese dibujado una sonrisa de payaso con el pintalabios. Intentó evitar que el agua cayera directamente sobre ellos. Se enjabonó con esmero, con el gel que él le traía y que le gustaba tanto. Cuando entraba por la puerta se lanzaba sobre ella y le consumía el cuello de tanto respirar su pefume durante los angostos y bruscos abrazos.

Se puso el albornoz, áspero y viejo. Tenía tantos años como ella. Al principio vivían de aire y amor. De pan y caricias. De zapatos de cristal repletos de sueños. Pero mientras el Príncipe guardaba y guardaba, Cenicienta no veía ni un céntimo. El tiempo traería castillos y deseos cumplidos. Él prometió y ella creyó hasta la última palabra.

Se quitó la humedad del pelo con la toalla para no consumir electricidad. Se habría secado solo a pesar del frío. Además, a él le gustaba más así, el pelo húmedo y suave.

Buscó las bragas. Cuando le hubiera devuelto las llaves tenía que salir a comprar nuevas. Le quedaban solo tres en el cajón y no se acordaba dónde habían ido a parar las otras. Se puso crema en las manos secas y esperó.

Todo fué muy rápido. El ruido de las llaves, la puerta que da un golpe. Su príncipe que le olfatea hambriento el cuello y ella que se deja hacer tumbada en la cama. Nubes de sangre en los ojos y un sueño imprevisto que dura una hora.

Cuando Cenicienta se despertó todavía nevaba. Al fín y al cabo no había pasado mucho tiempo. Se levantó y buscó algo de ropa. Era un armario muy bonito. Antiguo, pero de verdad, barnizado con aceites especiales y tapizado por dentro con papel de terciopelo rojo y blanco. Le encantaba aquel armario, que sabía de otros tiempos, más felices, quizás, y lejanos de ellos.

Cada estante mantenía un orden preciso. Las prendas estaban dividas por principios que sólo ella conocía. Y cuando su Príncipe cogía atuendos de vez en cuando y casi a ojos cerrados, Cenicienta abría las grandes puertas y volvía a colocarlo todo en el lugar exacto donde debía estar.

Su parte del armario estaba casi vacía. Hacía ya mucho tiempo que no salía de casa y antes lo hacía sólo para comprar alimentos o llevar al niño a la escuela. En el último mes, desde que ella lo había hecho enfadar, nisiquiera sacaba un pie al rellano.

Se puso un chándal. Ya no le servían los sujetadores, se había quedado tan delgada que seguramente su Príncipe estaría contento porque podía cogerla en brazos sin dificultad. Después del embarazo no había querido tocarla hasta que los kilos de más habían desaparecido.

En la cocina su Príncipe estaba cenando. Qué tonta. Había traido comida y ella no había sido capaz ni de darse cuenta de las bolsas que llevaba en la mano entrando por la puerta.

Calentó su plato mientras él se levantaba y salía de la cocina sin decir una palabra. Le dió tiempo a sentarse y comer sólo algunas cucharadas porque volvió a entrar. Su Príncipe cogió el plato y lo lanzó al suelo, rompiéndolo en mil pedazos y con la misma energía la arrastró por las baldosas de toda la casa hasta la habitación.

Al cabo de unas horas abrió los ojos. Se había dormido otra vez. Quién sabe porqué le sucedía tan a menudo últimamente. Se acordó que la cocina estaba por limpiar. Eran las únicas cosas que conseguía hacer ya. Ordenar la cocina, llenar bolsas de basura para apoyarlas bajo la ventana, abrir los batientes, ducharse y volver a la cama. ¿Que fuera por eso que la casa olía de esa manera?. ¿O eran imaginaciones suyas?. Él no decía nada, no se quejaba. A lo mejor era ella que se lo inventaba, el olor.

Cuando se volvió a tumbar sintió que le picaban los brazos y le dolía la cabeza. Su Príncipe decía siempre que eran fantasías, sujestiones, que no tenía nada. Que debía tomarse las pastillas. Pero Cenicienta se negaba porque, antes o después, habría olvidado a su niño. Y ella no quería olvidar su carita dulce. Ni sus sonrisas, ni su mano suave y caliente mientras caminaban hacia la escuela.

Estaban casi siempre encerrados en casa. Pero al pequeño no parecía importarle. Su madre era su mundo, no necesitaba nada más. Y se abrazaban, se besaban y el papá no la tocaba hasta que no lo acostaba en su cuna.

Érase una vez un día en el que el Príncipe decidió acompañarlo a la escuela. “Lo llevo yo”. Y el corazón de Cenicienta tropezó con una piedra oscura. Pero los dejó ir.

Aquel día volvió sin su hijo. “Está en el hospital”, dijo, “te acompaño”.

Hallò su niño ya dormido, arropado con una sábana. Apartándola con suavidad pudo besar su carita violácea y las suaves manos frías como el hielo. Se rompió una cuerda dentro de su alma; cayó una montaña; se partió en mil pedazos el cristal del que están hechas las vísceras de una madre. Y la oscuridad se posó dentro, para siempre.

“Él lo amaba como yo”, se decía todas las noches desde entonces. Su Príncipe silbaba, ya a los dos días, pero ella estaba segura que sentía el mismo dolor. Porque el hijo lo había querido él, tanto como para recordarle todos los días desde el matrimonio que su útero servía para algo. Claro que lo amaba, su niño.

Durante algunos meses todo se había reducido a nada. La casa se le caía encima, el mundo se le caía encima. Cada cosa había perdido su sentido. Decidió que tenía que salir, caminar, respirar.

Y entonces lo conoció.

En aquellos días, su Príncipe no se había llevado todavía las llaves. Llamaba continuamente para asegurarse que estuviese en casa. Pero Cenicienta había descubierto que durante un par de horas, siempre las mismas, el telefono permanecía silencioso. Y sentenció, en un destello de audacia, que habrían sido sus dos horas de libertad.

Se arriesgó sin pensar y aceptó un café. Nunca se había tomado un café sola con otro hombre que no fuese su marido. Llena de osadía se sintió fuerte y el coraje se llevó como el viento, durante un momento, la carita dulce y las manos suaves que la torturaban desce hacía tanto tiempo.

Mientras bebían el café lo estudiaba escondida detrás de su taza. La postura de las manos y de los pies cuando se sentaba, la manera de quitarse la bufanda y el abrigo. El recorrido de las gotas de lluvia que se deslizaban desde la punta de los cabellos, pasando por el cuello, hasta desaparecer dentro de la camisa. El movimiento de la lengua sobre los labios después de cada sorbo de café. Era una imagen con una sensualidad tan olvidada que le parecía verla desde fuera de su propio cuerpo, observando la escena de lejos, desde otra mesa, desde el exterior del local, a través de los cristales.

Hablaban moviendo la boca, pero diciendo muchas otras cosas con los ojos. Él sabía todo, estaba segura, pero no se avergonzaba. Le llegaba el perfume de su ropa bien planchada y pensó absurdamente que no conseguía adivinar que detergente usaba, porque hacía ya mucho tiempo que ni siquiera ponía la lavadora.

Sintió el cable imaginario y cargado de electricidad que reducía la distancia entre las tazas y las bocas, cada vez más cercanas. Y, sin saber cómo, se encontró con unos labios grandes y delicados que habrían los suyos buscando el sabor del café que empapaba su lengua. Fue una explosión, dentro de sí, aunque le pareció que el estallido se habría podido oir a kilómetros de distancia. Todo el universo se había concentrado entre dos bocas. Sonrió por primera vez desde hacía muchas semanas.

Oyeron un fuerte retumbo, esta vez era la puerta del bar que se habría con rabia. Tonta. Que tonta había sido. Esa cafetería estaba tan cerca de casa...

Con increíble moderación y control su Príncipe la sacò del bar. Le sujetaba el brazo con fuerza, los hematomas le durarían dos semanas. Pero, mucho más tarde, de aquel momento sólo recordaría la ligera presión en los labios y el sabor del café.

Érase una vez Cenicienta, que ya no se acordaba de casi nada. Sólo que las llaves habían desaparecido, robadas por aquella voz que no grita nunca pero que no se puede desobecer.

Le repetía mil veces por las tardes que se arrepentía, pero luego se refugiaba entre las sábanas sucias cuando cada noche su Príncipe se iba quién sabe donde para no volver.

En el cajón de la mesita tenía un pequeño chupete. Su Príncipe quiso liberarla tiempo atrás de todos los recuerdos del niño haciendo desparecer cada cosa. Pero ella había escondido con cuidado dos pequeños tesoros. Un sonajero y un chupete.

Cenicienta se lo ponía en la boca todas las noches para dormir y con la mano aferraba el sonajero sin hacer ruido. Y pensaba en el rostro de su hijo, que despacito desaparecía entre los recuerdos, disolviéndose como una nube de humo. Pensaba al café y al sabor diferente que le da otra boca. Pensaba al gel de ducha, que estaba acabándose y que su Príncipe seguramente se acordaría de comprar. Pensaba a la ventana de la cocina, que tenía que cerrar porque estaba nevando todavía.

Érase una vez Cenicienta, que consiguió dormirse y soñó, como todas las noches, que el Príncipe le traía su zapatito de cristal perdido.


Carmen Lozano

(my image artist)

6 comentarios:

  1. Me ha encantado tu historia y la forma en que la has escrito. Una cenicienta muy distinta pero que se nos hace muy cercana en su dramatismo. perfecto el final. Te felicito por tu relato
    un saludo

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  2. Felicitaciones Carmen.

    Ha incusionado en la tragedia con una experta mano para el melodrama.

    Muy triste historia y lamentablemente muy real, aunque su crudeza haga dudar que fuera posible.

    Pero permítame la humorada, dicen que el Principe Azul existe. Existe en el mismo lugar que la mujer perfecta... :)

    Fuera de eso, alguien de NSE me ha comentado que han debido ajustar el formato de su obra para que sea el de la página. :(

    Un cariño grande para usted.

    Cariños.

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  3. Tremendo. Excelente texto. Saludos. Osvaldo

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  4. Impactante. Una Cenicienta inesperada y un príncipe común...¡Felicitaciones!

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  5. Cruda y trágica historia. La mayoría de las veces el desenlace de estos cuentos termina siendo una parada forzada, una cortina de censura para no develar la verdadera trama. Me alegra no haber encontrado ese velo en este texto. Buenísimo relato.
    Saludos desde por acá.

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