9 de mayo de 2015

el comentario 5 comentarios

Juan el don nadie


Esta historia, como en cualquier otra, inicia, siempre con el afán de entretener, no es la del típico hombre que sufre bajo el yugo opresor, tampoco la de aquella mujer cuyas desventuras están rodeadas de amor y traición. Juan inicia sus mañanas como cualquier otro ser humano, y tú allá te preguntarás – ¿Qué hace Juan que haga perder mi tiempo en leer su historia?, pues, yo desde este cómodo lugar he de responder, –No hace más que ser un vil vago. De hecho, Juan no tiene casa, ni comida, aunque si ropa –Qué sería de Juan si el mundo le viese como dios le ha traído al mundo, si así fuese, la historia se llamaría Juan bajo la opresión de la psiquiatría.

Pues Juan si acaso tuviese gracia alguna, podría entretenernos con esa chispa mágica de hombre carismático y de buen vivir; pero no, Juan es un amargado que va por la vida, gruñendo, haciendo un infierno a quien se le atraviesa… las palomas odian a Juan, es quien les roba el pan que otros ancianos tiran desde sus balcones, en aquellos edificios que se sitúan a un costado de su incipiente choza.

Ve a aquellos niños que le apuntan con el dedo índice, mientras maldice a sus madres, éstas sin notar las ofensas de sus diablillos, insultan y amenazan a Juan. Nadie le comprende, es un hombre poco virtuoso y poco agradable a la vista de cualquier otro mortal. Incluso los perros le ladran y los gatos se espantan, las ratas le huyen, y, los borrachos recobran la sobriedad después de toparse con aquel hombre de los andrajos, aquel un caballero de buen aspecto para un Cromañón, lo sé, exagero, sería de un Australopiteco.

A veces Juan recuerda el romance que florecía entre él y su mujer, aquellos vagos recuerdos solo saben provocar dolor, tal vez, si no fuese por aquella maldita guerra, Juan sería el hombre más respetado de su barrio, el más amado y hasta el más feliz. Pero no, y a sus curtidos cuarenta y dos años, Juan ya sabe que la muerte se apartó de él, el día que le dejó vivir en aquellas trincheras. Mientras Juan comienza a preguntarse lo que le orilló a unirse a la milicia, mientras inicia una reflexión de tipo filosófica sobre el concepto de la vida, sus manos se ocupan de las bolsas de basura que yacen a su alcance, por un pedazo de pan, y si acaso tuviese suerte las sobras que dejan algunas personas de la afamada comida rápida.

Esquina tras esquina, mientras recorre con sus ásperos dedos las bardas suaves color pastel, que le encierran en aquel barrio, como si fuese un lugar que jamás ha visitado, sin embargo, cada día de su vida recorre ese mismo pasaje arquitectónico, que adorna su vecindario. Parece no tener suerte y cuando observa a alguien de buen vestir, con un movimiento repetitivo de manos hacia su boca, mientras tartamudea un difuso –ah, ah, en señal de alimento, pero, le rechazan cuan vil basura social fuese. – ¿Acaso nadie sabe que él luchó por su patria?, como si los adultos que ayer fueron niños se jactasen de las horrorosas vivencias de Juan, como si poco importase que aquel vagabundo les dio otra oportunidad de vivir, Juan el ex-raso de infantería. En aquellos años le llamaban héroe por darles la vida, y hoy, es solo, un asesino más.

Después de unos cuantos metros, y, de otros tantos rechazos, Juan halla comida proveniente de una lucha contra una manada de perros… al final la victoria le sonríe y puede, al menos ese día darse un festín. Aunque Juan desea la muerte, el instinto de supervivencia se lo impide, cosa que aprendió cuando los obuses de aquella guerra caían cerca y se lanzaba precipitadamente para alejarse de sus explosiones. Incluso se ha tirado en las carreteras, pero a instantes de su suicidio su inconsciente le engaña, y tan pronto como recobra la consciencia se haya sobre el cofre o se ha tirado hacia un costado de la calle, a minutos de su cometido contra aquellos motorizados vehículos.

Se acerca la noche y un grupo de vándalos anda enrollado dentro de su maloliente terreno baldío –aquellos jóvenes que hoy solo saben drogarse, se dice a sí mismo. Juan intenta hacerse el loco, coge dos botellas rotas por el cuello, luego, empuña cuan bayoneta se tratase, entonces, grita la consigna –viva el imperio, viva el rey. Las obscenidades no son lo único de esos chavales, le arrojan piedras, Juan cae rodando a escasos quince metros de la pandilla. El silencio después de aquella embestida, se divisa a través de los vehículos, de la sombra de la noche, del viento golpeando los rostros de aquellos bellacos. Juan se hace el muerto, pensando que el enemigo le ha disparado con un fusil o una ametralladora mientras aquellos se acercan, se entierra a la tierra como si de una patata se tratara. Las pisadas chuscas que hacen crujir la yerba, que arrastran el calzado bajo los huecos de tierra, que, sin el mínimo cuidado, Juan ya predice el tiempo de su llegada, entonces coge con fuerza el trozo de vidrio y sus dedos se llenan de sangre… los pasos de aquellos invasores se acortan, y con el rabillo del ojo Juan puede observarles. El tiempo parecía detenerse, bajo las pisadas del hombre que lideraba la marcha, él lo sabía mientras una bala, tras otra y otra le atravesaba su costado izquierdo. 
Cohuo Nic Leunam
http://letradas.blogspot.es/

5 comentarios:

  1. Triste historia, muy bien narrada.

    Felicitaciones.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias por tomarte la molestía de leer. Saludos.

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  2. Tantos "Juan" dando vueltas por el mundo, tan tristes, rechazados y discriminados. Lamentablemente las personas prefieren no tener memoria para vivir sin culpas ni obligaciones hacia los demás. Muy triste pero hermoso relato.

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  3. Gracias por su comentario, me da gusto que le haya gustado. Saludos desde Cancún (México).

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  4. Buena historia. Gracias por compartirla.
    ;;-)

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