23 de mayo de 2015

el comentario 3 comentarios

No hay lugar como el hogar


No hay lugar como el hogar

Eso decía Esteban Medina cuando le preguntaban acerca de su situación de encierro e introspectiva que eran circunstancias muy comunes en su rutina.

Esteban era un hombre de treinta y cinco años, gordo y con una barba larga de pordiosero pintada de blanco por los años que se le adelantaron en ese aspecto. Era un tipo muy alegre, pasaba sus días encerrado en su cuarto experimentando el efecto de calmantes constantemente durante el día. No encontraba mejor placer en el encierro del mundo introspectivo en el que vivía. Ese mundo era perfecto para él. Era como la imaginación de un niño con todo a su gusto y sus pensamientos no eran suposiciones de la realidad, sino que eran esta misma. No existía ironía ni contradicciones, todo se regía con una ideología explicita sin ambigüedades.

Sus horas se solían consumir bajo el fuego de una pasión perfeccionista ante cualquier aspecto que lidiaba el ser humano. Cosas complicadas como el equilibrio de la economía, la cambio por el simple hecho de que si tu encontrabas el oficio de tu agrado, tus deudas se reducirían a cero por la eternidad. Claro, porque ningún hombre puede vivir en constante ocio. Pensaba que este siempre tiene que estar en constante actividad mental no importaba cual, de lo contrario se pudriría en sus propios pensamientos ignorantes y se construiría una doctrina basada en estupideces y calamidades. Otras cosas como la malicia, los actos vandálicos y crimen en general, no existían en su plano de mundo perfecto. Toda la gente se ayudaba una con otra sin intención de recibir nada a cambio. Pero la misma naturaleza de la ideología hecha por Esteban hacia que, por inercia, se devolviera un favor al prójimo. Era parte del círculo vicioso de su utopía.

- No hay lugar como el hogar

La política no existía. Se vivía de una manera parecida al comunismo pero sin un líder que diera mandatos. Todos eran sus propios jefes y gozaban de un libre albedrio con un criterio muy racional. No existían impuestos ni nadie que te cobrara parte de tus ganancias porque, en primer lugar, nadie se basaba sobre un sueldo al trabajar y, en segundo, porque los logros, a base de esfuerzo, eran del mismo individuo que los conseguía. El orgullo era una parte importante de esta pequeña utopía. Cuando conocías a alguien, no se le juzgaba por su familia, su dinero y ni siquiera por lo que hacía para ganarse la vida. Se le juzgaba a alguien por sus logros y metas. Por lo que habían logrado con su vida. Las conductas superficiales no podían existir en este pequeño mundillo construido por Esteban.

Este mundo le había proyectado la mente de esteban. Era lo que su conciencia le decía que habitaba haya afuera. Era una utopía increíblemente perfecta que gozaría después de salir del manicomio en el que, por desgracia, nunca saldría.

Esteban fue el primogénito de una mujer esquizofrénica que sufría claustrofobia llamada Laura Medina. Esta fue violada por uno de los doctores del manicomio, dejándola embarazada y más perturbada que antes. Durante el parto ella falleció y Esteban nació con síndrome de Down junto con una agresividad terrible. Por defecto, quedo en el manicomio y en la misma habitación que su madre. Era el mismo doctor que violo a su madre el que le daba los calmantes. En un ataque de rabia, Esteban le arranco la oreja al doctor y este murió desangrado en la habitación acolchada. Desde entonces se le coloco un bozal junto con una camisa de fuerza para la seguridad del próximo doctor.

- No hay lugar como el hogar.

Gritaba mientras el doctor le daba los dos calmantes para que Esteban pudiera volver a soñar con el mundo que imaginaba haya afuera. Los demás doctores tomaban nota de lo que hablaba cuando describía la utopía y ellos carcajeaban en la sala de descanso, donde tomaban su café de la mañana antes de ir con sus pacientes.

Se sentían tranquilos de vivir en el mundo normal.

- No hay lugar como el hogar.
 
Adrián Cota


3 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho el texto, Adrián, aunque me deja un poco perdida que una persona confinada a cuatro paredes sea tan consciente del exterior. Triste historia.. No cabe duda de que la realidad, lo mismo que la normalidad, es otra de muchas utopías en la que cada quien acepta o se inventa un mundo con el que puede lidiar. ¡Saludos!! ;)

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  2. Ahora me pregunto... ¿Qué mundo es real?? y ¿real para quién?? Muy bueno.

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  3. La historia es interesante. Sin embargo, al igual que Fritzy, opino que el personaje no termina de quedar redondo.
    Aún así felicidades, es un buen relato.
    ;;-)

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