8 de junio de 2015

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Te amo...a secas.


Una vez le dije a una chica que la amaba. Sí. Así a secas se lo dije. Después de mucho tiempo y sin vacilar y aunque ya parecía muy evidente se lo dije de todas formas. No parecía que estuviera fuera de lugar. Todo el tiempo hablábamos. Al principio lo que tuvimos fue sólo una relación normal en la que dos personas que están acostumbradas a verse por tener amigos en común hablan y se preguntan cosas. Conociéndonos. No tenía nada especial. Éramos sólo amigos; bueno, nunca lo decidimos o lo dijimos simplemente actuábamos como si lo fuéramos. Un día me sentía muy enojado y ella me escuchó. Supo algunas de mis frustraciones y pareció entenderlas claramente. Me dio algunos consejos. Nada fuera de lo normal. Después ella vino a mí con un problema. Yo sólo la escuché. Parecía que trataba de hacerme entender algo, pero no supe leer las señales del todo. Sólo le di un abrazo, de esos que la gente se da en los bares cuando esperas el año nuevo. Nada extraordinario. Nuestros cuerpos se juntaron por unos segundos nada más. Y después nos fuimos.

Meses después nos encontramos en la calle. Yo pateaba una lata. Mi novia se había encontrado a alguien más, obviamente más atractivo que yo. Supongo que me lo merecía. Es decir, casi no la veía. Ella estudiaba en una universidad de niños ricos y yo trabajaba de gerente en una tienda departamental. Nos conocimos mientras ella buscaba un regalo para su mamá hace dos años. La atendí y hubo química. Tuvimos algunos encuentros, pero nuestros mundos no coincidían del todo. En fin. La lata, víctima de mis frustraciones cayó en los pies de aquella chica. Ella tomaba un cappuccino con quien parecía ser una amiga. Automáticamente pedí disculpas y me disponía a seguir mi camino sin mirarla cuando ella me detuvo. No la reconocí, pero ella inmediatamente supo quién era. Me invitó a acompañarla con un café. Yo me negué. No tenía ánimos de hacer nada, en esos momentos era más viable encontrarme con el fondo de la botella de aquel brandy abandonado en mi casa y cantar lo último de Pepe Aguilar. Ella insistió y antes que pudiera negarme de nuevo ya tenía una taza de café tipo americano en la mano, la supuesta amiga se había ido y la chica me miraba desde su lado de la banca con ojos comprensivos. No me quedó de otra más que quedarme. Después de una breve interacción en referencia al clima y la cantidad de tráfico en la calle detrás de nosotros,ella lanzó la temible pregunta; la que nunca quieres contestar cuando te sientes mal: “¿Estás bien?” La miré con desagrado, subí la mano que no sostenía el café a mi cabello y comencé.

Ese maldito café debió tener algo por que hablé al por mayor. Hablé de todo. Mis sentimientos, mi enojo, mi miedo y mi soledad. Ella escuchó mientras sorbía otras dos tazas de lo que fuera que estaba tomando para ese entonces. No dijo absolutamente nada. Su rostro no tenía expresión o al menos no lo vi así en los instantes que volteaba a verla después de unas frases y algunas preguntas retóricas. Sorbí la última gota de aquel café ahora frío e insípido y al tiempo que lo hice me sentí desahogado. Aunque aquella botella de brandy seguía allí, adornando esa anticuada vitrina en la cocina del departamento donde vivía,yo tenía un dolor de cabeza categoría resaca y un sentimiento de alivio tal como si me la hubiera tomado toda. Era una sensación extraña. Ella exhaló. Me asusté un poco porque, bueno me había adentrado tanto en las cosas que había estado diciendo que había olvidado que ella escuchaba. Repentinamente me miró y empezó a explicar asuntos de chicas. Cosas que… un hombre realmente no habla cuando platica con una. Más bien, parecía que me había confundido con otra chica porque de repente hablaba de las cosas que le gustaban y no le gustaban de un chico, de lo que era importante para ella, de los zapatos de la mujer de enfrente y del buen gusto de la estilista que le había arreglado el cabello después de un cierto evento trágico en Acapulco.

Me perdí de la conversación cuando comencé a mirarla detalladamente. Su rostro aún parecía el de una niña. Tenía el cabello negro y sus ojos eran grandes y rasgados perfectamente simétricos. El cabello le caía poco debajo de los hombros y manejaba un fleco cruzado naturalmente recargado en el lado derecho de su frente. Sus orejas se asomaban ligeramente de los costados de su cabeza. Sus cejas tenían la curvatura exacta, parecía que no se depilaba para nada. Sus pestañas llamaban la atención pero no le robaban nada a la belleza de sus ojos. Su nariz tenía una caída discreta. Como si delicadamente se hubiera trazado una línea desde la punta interior de sus cejas hasta el desnivel del labio superior el cual se movía con mucha sutileza cuando hablaba. Sus dientes no se veían del todo pero aparentemente los cuidaba bien. Su cuello era el de una venus; lizo, largo y perfecto. Sobre sus hombros descasaba una sudadera casual rosada… parecía que la había usado ya muchas veces, pero no había perdido su presencia. Movía las manos con ademanes elegantes mientras hablaba y de vez en cuando se acomodaba el cabello detrás de sus orejas cuando reía o hacia una pausa. Y vaya que olía bien. Yo estaba hipnotizado. ¿Cómo era posible que no hubiera notado….?

Me hizo una pregunta…. Me preguntó algo…. Pero yo no había escuchado lo que me dijo…. Estaba tan concentrado en admirarla que olvidé por completo escucharla. Me quedé pasmado. Encontré mi mirada con la suya y parecía que la pregunta había sido importante… ella me desafió con sus ojos, parecía que tenía que decir algo pronto… ¿Qué pensaría de mi si le decía que repitiera la pregunta? De pronto sonrió, tomó mi mano (sin darme tiempo de limpiarme el sudorpor la tensión del momento) y miró mi reloj. Eran diez para las nueve. Súbitamente tomó sus cosas. Explicó que tenía que regresar a casa. Vivía fuera de la ciudad y no llegaría a tiempo a menos que se fuera ya. Inmediatamente me levanté de mi lugar, sin pensarlo le aclaré que yo me haría cargo de la cuenta, ella sonrió de nuevo, yo pude admirarla de pie. Era igual de bella. Me agradeció por la plática y se despidió con un beso en la mejilla. Yo apenas pude respirar cuando ella se acercó a mí. Se retiró de allí dejando su esencia en el espacio inmediato. Yo me quedé aturdido pensando en la revelación que acababa de tener y sensibilizando mi sentido del olfato lo más posible para retener tanto como pudiera su dulce aroma. Cuando caí en cuanta el joven que nos atendió me dio la factura. Dejé el billete en la charola y me fui sin pensar en el cambio.

Los días que siguieron fueron una abominación. No encontraba una razón para estar tan sorprendido por aquella chica y al mismo tiempo no encontraba una excusa buena para verla de nuevo sin que me viera desesperado. Los días se hicieron semanas y las noches sin dormir se hacían cada vez más agotadoras y largas. ¿Cómo podría yo decirle que saliera conmigo? Intenté pasar “casualmente” por ese café donde nos encontramos aquel día. Ensayaba mientras caminaba en lo que diría si llegara a encontrarla. “¡Hey, qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí de nuevo?”, “¿Puedes creer que éste es el mejor americano que he probado en la ciudad? Ya no puedo evitarlo ¡Al menos debo venir por uno todos los días!”, “¿De casualidad no nos habíamos encontrado aquí antes? ¡Jamás pensé verte de nuevo en estos rumbos!”. Pero nada de eso servía a menos que realmente la viera. Luego pensé que quizá andaría por alguno de los locales a la redonda. Muchas veces entré a preguntar por cosas sin sentido a aquellos negocios después de pasar un par de horas en el café por si la encontraba allí primero. Lo peor fue cuando decidí tocar las puertas de las casas de la zona pensando que milagrosamente ella atendería la puerta, pero nunca lo hizo. Claro que era más fácil contactarla por Facebook, o pedirle a nuestro amigo en común que me diera su número, pero ¡¿Qué tan desesperado era eso?! Resignado decidí dejar de hacer todo aquello. Era una pérdida de tiempo. Dejé de asistir al café y eventualmente dejé de pasar por allí. Insistía en revisar su muro para ver si me enteraba de algo importante. Un par de veces vi que se conectó y tenía la esperanza de que platicáramos. Pero jamás lo hizo. Yo estaba desecho. No entendía por qué nada había resultado.

Pasaron 3 meses y yo casi había superado la crisis cuando, de la nada, la vi entrar a la tienda en la que yo trabajaba. No lo podía creer. ¡Verdaderamente era ella y estaba allí! Inmediatamente sentí cómo la adrenalina hacía su trabajo y mis piernas de manera casi involuntaria me llevaron a pocos centímetros de donde ella estaba parada sin que se percatara de mi presencia. Vi que una de las asistentes se acerba a ella pero no podía permitir que esta oportunidad se me fuera de las manos. Súbitamente toqué su hombro. Mi mano me temblaba. Ella volteó y supo quién era. Parecía contenta de verme. La empleada que se había acercado al mismo tiempo que yo me vio furiosa, hice una mueca y con disgusto, se retiró de allí. La chica y yo nos saludamos. Había pocas palabras y ella parecía impaciente. Recordé que yo estaba en el trabajo y evidentemente ella había ido a la tienda a comprar algo así que le pregunté si podía ayudarle en algo. Me habló de cierto artículo que esperaba regalar a una persona…

Mientras me decía al respecto mis ojos quedaron hechizados por lo que veían. So rostro se veía más flamante y ese perfume era distinto al que traía ese día en el café, ¿fragancia de frutas dulces? No lo sé, pero me encantaba. Su voz era como el murmullo de un río apacible, suave sutil y delicado. Esta vez hice todo mi esfuerzo por no perder el hilo de lo que me decía así que obligué a mis sentidos a permanecer atentos. Todo cambió cuando mencionó la palabra “novio”. Fue como si un camión de volteo hubiese descargado tierra sobre mí. Me puse más nervioso, y sentí cómo la sangre abandonaba mi pecho y se posicionaba en mis extremidades. En ese instante no noté que me ella me miraba y yo no le daba respuesta. Regresé en mí justo para llevarla donde mostrábamos los relojes.

Era imposible. ¿Cómo no lo había pensado? Era lógico que tenía novio. ¿Por qué no lo pensé? Era absurdo pensar que una chica tan bella fuera soltera. No tenía posibilidad alguna. No hablamos mucho mientras lo escogía; Interactuamos hice mención de algunas de las opciones que le parecían apropiadas pero de ahí en más jamás me dijo que le daba gusto verme ni me preguntó cómo seguía después de aquel súbito y desafortunado rompimiento con mi exnovia. Con la desilusión en mi rostro y la tristeza consumiendo mis entrañas vi cómo elegía el reloj y se lo llevaba. Parecía que nuevamente regresaba al plano cero, al punto de origen o peor, estaba por debajo de estar en el punto de partida. No era nada para ella. Al momento de acompañarla a la salida de la tienda ella se volteó girando ese bello cabello y me dijo que seguíamos en contacto. ¡Ja! ¿Contacto? ¿Un par de tazas de café, una larga plática emocional, tres meses después y nunca nos dirigimos la palabra y ahora me decía que seguiríamos en contacto? Me limité a asentir con la cabeza y agitar la mano. Ella dejó un hilo de su aroma en el aire y se fue. Ese día tomó una eternidad. ¿Podía un hombre enamorado tener un peor día? Es decir, finalmente la había visto y no tuve el valor de decir nada. ¿Por qué no la invité por un café? La gente hace eso, ¿no? Sale a tomar café con otras personas aunque tengan una relación. Pero no, yo no lo hice. Me sentía el sujeto más cobarde.

Aquella noche no dormí ni la noche siguiente ni la siguiente. Estaba en crisis. Los días pasaron de nuevo y no supe nada de ella. De amarla en secreto comencé a odiarla. ¿Por qué había sido tan dulce y a la vez tan despiadada? Las mujeres pueden saber que un hombre las quiere. ¿Por qué ella no lo había notado? Quizá sí lo hizo y dijo eso para destrozarme… He sabido que a las mujeres también les gusta herir a los hombres por orgullo, para demostrar que pueden hacerlo. Seguramente eso había sido. Y yo estaba dispuesto a odiarla para siempre, a ella y a toda su descendencia por haberme lastimado. Estaba decidido a erradicarla de mi mundo para siempre. No pasaría una noche más en vela. Me encaminé a la sala a eliminarla de Facebook. Abrí la página y entonces lo vi. Era un mensaje de ella. Súbitamente olvidé todo mi rencor y abrí el mensaje ansioso. Me agradecía por el reloj. La selección había sido acertada. El tipo aquel estaba fascinado con el aparato. Estaba tan agradecida que sugería que nos viéramos en el café en el que nos habíamos encontrado hace meses para compensar el triunfo. Me fue inevitable brincar de dicha. Del odio absoluto había pasado a la felicidad extrema. Volvía a sentirme con una posibilidad. Era claro que esperaba verme. Seguramente le había causado una impresión. Estaba seguro que era eso. Quise contestar lo primero que se me vino a la cabeza. Pero decidí jugármela con discreción. No podía ser el hombre desesperado que se entrega por una casual invitación de tomar un café. Tenía que ser inteligente. Le contesté que lo haríamos tan pronto tuviera un espacio libre en mi agenda; le dije que en esos momentos mi empleo consumía gran parte de mi tiempo así que tendría que organizarme bien. Cerré la computadora y me dormí sonriente.

Los días que siguieron los viví imaginando nuestro encuentro. En cada fantasía ella terminaba en mis brazos o en mi cama. La segunda siempre era la más satisfactoria. Era como si estuviera elaborando un plan detallado de todo lo que tendría que pasar en ese encuentro. Repasé mi armario más de siete veces durante esa semana para asegurarme de tener el atuendo perfecto pero nada parecía satisfacer los estándares de la velada. Al final tuve que ir a comprar una camisa y unos zapatos exclusivamente para la cita. Tenía que ser algo espectacular pero no tan obvio, no quería que supiera que moría por ella.

Cuando estuve listo le informé que tenía una ventana de tiempo el sábado a las cinco. Ella contestó en ese instante aprobando la hora. Decidí anticiparme un poco pero no tanto. Tendría que llegar a tiempo no antes para que no supiera que estaba desesperado, pero no después para que no pensara que no me importaba. Aunque llegué media hora antes al lugar, no entré sino a las cinco en punto. Crucé el marco de la puerta del pintoresco café y allí estaba ella, flamante como siempre. No parecía haberse arreglado mucho para la ocasión pero qué importaba. Se veía hermosa. Su sonrisa era el accesorio perfecto que combinaba con lo que fuera que tuviera puesto. Era imposible que una mujer como ella se viera mal.

Llegué hasta donde estaba para saludarla. Ella me dio un beso en la mejilla y esta vez me aseguré de corresponder. Mis labios tocaron su piel y literalmente sentí como éstos se marchitaron, se secaron y se desintegraron todo en un segundo, afortunadamente tenía humectante en el bolso derecho de la chaqueta que llevaba. Estaba preparado para todo. Me senté frente a ella para admirar el espectáculo que ella representaba. Nos atendieron con el café y pronto nos encontramos conversando de todo. Yo actuaba natural. Alegre, caballeroso, elocuente y ameno. No podía fallar. Ella me seguía la corriente con todo. Cada tema tenía una fluidez precisa. No se nos escapaba nada. La pasamos muy bien. Yo me esforzaba por mantenerla sonriendo. Esa era la imagen que tenía que quedar grabada en mi mente, y me atasqué de cuadros instantáneos de ella haciendo sus gestos más dulces. Todo salía a la perfección.

No nos dimos cuenta de la hora y ya daban las ocho y media. Ciertamente el tiempo pasó increíblemente rápido. Ella miró la hora en su teléfono y aunque no me lo dijo vi que ya era tiempo de terminar la cita. Me enderecé en señal de pedir la cuenta. Ella comenzó a hurgar en su bolsa de la manera en la que las mujeres acostumbran hacerlo para asegurarse de que traigan todo lo con lo que llegaron o qué se yo. Cuando hubo terminado de hacer eso y de humectar sus delicadas manos con crema yo pagué la cuenta y salimos del sitio en silencio. Caminamos despacio por la banqueta como no queriendo despedirnos. Cuando finalmente estuve listo para decir algo ella parecía que también lo haría; nos interrumpimos mutuamente al tratar de habar al mismo tiempo. Dejamos de caminar. Ella se acomodó el cabello y comenzó a hurgar en su bolsa de nuevo. Yo jugaba con mis pies mientras conservaba mis manos en los bolsillos laterales de mi pantalón. En mi mente, yo la tomaba desprevenida por lo hombros y le plantaba un prolongado beso pasional, después ella me miraba con ojos penetrantes y me abrazaba con ternura. No sucedería eso.

Mientras yo vivía mi utopía ella paraba un taxi. Hurgó en su bolsa para sacar su cartera. El taxi se detuvo enfrente de nosotros. Se despidió de mí nuevamente con un beso y se fue. Permanecí parado, al filo de la banqueta viéndola irse… otra vez. Llegué a casa emocionalmente agotado. Era obvio que no me amaba, que no me quería y que difícilmente le gustara. Me senté en la sala, frente a la computadora cuando escuché la alerta de notificación. Leí su estado. Había pasado una noche estupenda, y me etiquetó en la publicación. Es indescriptible la emoción que invadió mi cuerpo. Jamás había experimentado el éxtasis en mi vida pero tenía que ser algo muy semejante a esto. Seleccioné la opción de “me gusta” bajo el glorioso mensaje. Correspondí el cometario con un sencillo: “Fue estupendo, deberíamos hacerlo de nuevo”. Nada comprometedor y me fui a dormir.

Después de esa noche charlábamos casi diario. Si no era un mensaje era una breve llamada. Casi siempre las llamadas las hacía yo. Nos preguntábamos cosas insignificantes. ¿Cómo habíamos pasado el día? ¿Qué habíamos almorzado? ¿El trabajo había sido pesado?Cosas de ese tipo. Nada realmente profundo. Pero siempre teníamos tiempo para reír un poco juntos o quejarnos de las simplezas de la vida. Con el tiempo empezamos a cultivar una relación sólida. Ambos sabíamos que teníamos que hablar y aunque nunca tomábamos temas muy personales sabíamos que en cualquier momento allí estaríamos el uno para el otro.

Entonces una noche, en medio de esas ya muy acostumbradas conversaciones ella parecía fuera de sí. Ya saben, cuando te das cuenta que una persona no está siendo ella misma porque no usa las mismas palabras. Fue una de esas veces en las que el sexto sentido nos advierte que algo no anda bien. Ella no contestó cuando le pregunté si algo andaba mal. Escribí puntos suspensivos porque eso siempre significa que estás esperando que alguien diga algo… Vi que comenzó a escribir y luego que dejó de hacerlo. Esto se repitió como unas tres veces hasta que desesperado le pregunté si le gustaría que nos viéramos. Pronto ella contestó que sí. Y decidimos vernos tres días después de esa noche en el mismo café donde ya nos habíamos reunido repetidas veces después de la primera cita.

Nada de lo que había pasado entre aquel encuentro inesperado en el café y ese día había cambiado mis sentimientos por ella. Era todo lo contrario. Ya había desarrollado un amor silencioso por todo lo que ella representaba. Sus ideales, sus metas, sus gustos, sus hábitos, sus bromas, sus faltas de ortografía, sus movimientos, sus gestos, sus ademanes, sus miradas, sus ojos, su cuerpo… Estaba enamorado. No había otra palabra que lo describiera. Era amor sincero y abnegado. No lo podía negar. Muchas veces me quise aventurar a declarar mis sentimientos sin reservas, pero no sólo nunca estaba en contexto con lo que fuera que estuviésemos hablando sino que también era patético. Yo sabía que el supuesto Mariano andaba por allí en su vida, estancándola fuera de mi alcance. Pero era claro que me preocupaba por que algo estuviera mal entre él y ella. Después de todo, el verdadero amor no tiene envidia, no se envanece en sí mismo… y por más amargas que me supieran esas palabras, me dispuse a apoyarla incondicionalmente.

Claro, el amor verdadero no controla mis fantasías y en ellas ella acudía a mí en consuelo de que el maldito Mariano la había cambiado por otro hombre. Así es, ese Mariano siempre me dio la espina de ser del otro bando, tomándose fotos sin camisa mostrando sus brazos alterados por las hormonas que consumía en esas estúpidas malteadas que estimulan al cuerpo.Así que esa noche ella sabría que yo siempre he estado allí para ella y en esos momentos de mayor vulnerabilidad caería en mis brazos comprensivos para pedir consejo. Yo sería un caballero y me negaría a comportarme como un patán a pesar de su desconsuelo. Después seguiría viéndola, atendiendo su necesidad de ser escuchada y atendida por un hombre sensible y comprensivo. Después de todo ella se daría cuenta de lo que soy y de cuánto la he amado y me aceptaría. Claro que todo eso eran simples sueños, pero no perdía nada en alegrarme un poco en la incertidumbre de la situación.

Los tres días de espera pasaron muy despacio. No hubo momento en el que no pensara en lo que había causado ese estado de ánimo. Sí nos encontramos conectados en Facebook al día siguiente, pero la plática fue más súbita que repentina. Ella se desconectó de inmediato después del saludo y la despedida y yo no pude ni preguntar si las cosas habían mejorado. Al día siguiente le llamé, esperando confirmar la cita del día siguiente. Y así fue. Confirmé la cita, pero no pude hacer más porque ella tuvo que colgar. Parecía estar ocupada escogiendo unos manteles o algo de un salón que no entendí muy bien. Supuse que se trataba de algo de su trabajo ya que era la encargada de la logística de los eventos en el hotel.

Llegó el momento del encuentro. Por todo lo ocurrido (y asumido) antes de éste, estaba determinado a ser un hombre comprensivo y atento y así ganar suficientes puntos a mi favor para entonces dar el siguiente paso. Estaba seguro de que funcionaría. Llegó corriendo, distraída y aparentemente sin haberse preocupado mucho por su aspecto, sino más bien habiendo dado prioridad a otras cosas. Yo no le di importancia a ese detalle. Se sentó frente a mí. Sin mirarme ordenó lo que bebería al primer muchacho que pasó a su lado, acomodó sus cosas, humectó sus manos con aquella crema que siempre usaba, recargó sus codos en la mesa aún sin hacer ningún tipo de contacto visual y así sin más ni más lo dijo: “Me voy a casar”.

Fue como si un balde de agua congelada me hubiese caído, como si un carro me hubiese golpeado a 230 kilómetros por hora. El rigor de aquella noticia recorrió cada rincón de mi espina. Sentí cómo los calambres se recorrieron ávidamente hacia mis extremidades, parecía que mi cuerpo se reseteaba al momento que mi mente asimilaba la trágica noticia. Me paralicé. No lo podía entender. Mariano era homosexual… o al menos así lo había asimilado. Me sentía al borde de un ataque. Gracias al cielo un muchacho tiró una charola justo detrás de mí y el escándalo me sacó delshock al tiempo que respondía al estímulo del ruido con un violento respingo.

En una milésima de segundo tendría que contestar algo. Ella me miraba, como si estuvieraa la expectativa de mi reacción. Entonces viajé en el tiempo recorriendo cada imagen que había almacenado desde el punto en el que ella entró al café con toda su tromba hasta el momento en que soltó la brutal noticia. Hice esto para asegurarme de no haberme perdido de nada. Me puse de pie en silencio. Sonriente y muriendo por dentrome incliné sobre ella en un abrazo de falso júbilo. Estaba seguro de que ella sería feliz mientras yo estaría listo para afrontar la pena del suicidio, la peor de las muertes… el corazón herido. Después de aquel largo abrazo de felicitación (y antes de que pareciera de despedida) regresé a mi asiento. La miré a los ojos. Se veía tan bella, tan bella que a pesar del lío de nervios y estrés que evidenciaba, ella no dejaba de lucir su belleza innata.

El resto de la noche ella no paró de sonreír. Se le veía feliz, verdaderamente feliz. Muchas veces rompía en carcajadas, no sé si de emoción o de nervios; quizá un poco de ambas. Cada una de esas veces que ella reía yo tenía que fingir mi más genuina felicidad, porque sabía que si no ponía lo mejor de mí sería evidente mi pesar… y no quería arruinar su dicha o incomodar la ocasión con mis pesares. Repetidas veces me dijo que este era su sueño hecho realidad. Que sabía que casarse con ese imbécil era la decisión correcta. Nunca reflejó algo además de amor sincero por el maldito de Mariano.

Antes de irnos se disculpó por haber actuado raro los últimos días. Me dijo que primero tenía que asimilar la noticia y después aceptarla. Me dijo que antes de nuestra cita aún le hacía falta hacer algo antes de estar completamente segura de su respuesta y que ahora ya no le hacía falta nada para estar convencida. En esos momentos yo miraba al suelo, pensando que necesitaría ir a conseguir más alcohol, mi reserva en casa no era suficiente para resanar el vacío que había causado nuestro encuentro. Regresé al momento presente cuando ella me agradeció. Levanté la mirada y ella lloraba. No entendía por qué me había agradecido ni exactamente por qué lloraba, pero parecía importante así que me limité a abrazarla de nuevo. Permanecimos abrazados por un largo rato. No me interesó contar los minutos, lo que me importaba era capturar el momento, seguramente dos horas después yo estaría llorando en mi casa, odiándome por no haberla soltado antes y causarme más daño; pero en ese momento lo que importaba era sentirla ya que quizá sería una de las últimas veces que tendría la oportunidad de hacerlo y seguir pensando que podría ser mía.

Cuando el abrazo terminó ella secó los restos de la última lágrima que bajó por su mejilla izquierda. Me prometió que llamaría antes de dejarme la invitación de la boda. Me agradeció por el tiempo que pasamos juntos; se despidió con un beso como siempre lo hacía y se fue. Yo no quise quedarme a ver cómo se iba. De inmediato me di la vuelta y comencé a caminar. Mi paso era pausado, meditativo… pensé en todo lo que había pasado, y en lo idiota que había sido al nunca decirle lo que sentía. Sin darme cuenta mi paso lento y reflexivo se había convertido en largas zancadas de frustración. En mi mente la vi de blanco, con el estúpido Mariano recibiéndola en el altar, como la pareja perfecta. Repetí la escena tantas veces que entonces ya no caminaba, trotaba. Pensé en todas las oportunidades que había dejado ir. Las caminatas en el parque, las tardes en el café, las largas conversaciones telefónicas… Me sentía el hombre más insignificante y absurdo del mundo. Me encontré corriendo histérico por la calle, llorando, sin poder respirar o contener la tristeza.

Llegué a mi casa y me encerré en la cocina. Tomé la primera botella que encontré. Me tiré al suelo junto a la puerta que da al patio de servicio con la botella nueva en mis manos. La abrí y me la empiné. Parecía whisky. Ardía como los mil demonios pero no me importó, seguí tomando… llorando, incapaz de sofocar el dolor del pecho y las palpitaciones en mi cuerpo. Lo que pasó después de eso es difícil de recordar. Recuerdo haber cantado. Sentir mucho calor. Cantar un poco más. Tirar la botella. Sollozar. Tomar el cartón de cerveza que estaba en el refrigerador, tomarme la mitad de las latas y las otras empinarlas en la boca de las máscaras incas que me había regalado mi mamá hace dos años después de su viaje por Sudamérica.Llorar.

Desperté al día siguiente tirado en el piso del baño demasiado tarde para ir a trabajar. Tenía un fuerte dolor de cabeza, un fino hedor a vagabundo y la moral por debajo del subsuelo. Me levanté y el resto del día me la pasé en la cama. Sentía calosfríos. Dormía por ratos. Soñaba con ella estando sentados en el café, hablando conmigo, radiante como siempre. Despertaba sobresaltado, llorando por ella como si hubiese muerto y llorando me volvía a dormir. ¿Cómo es que eso me estaba pasando? No era normal amar tanto y no ser correspondido. ¿En qué película de amor se hablaba de esta terrible enfermedad, de esta realidad… de este infortunio? Era el hombre más pequeño y miserable del mundo. No soportaba la vergüenza. Era un nudo de sentimientos. Me sentía enojado con ella por no amarme, enojado conmigo mismo por no decirle lo que sentía, enojado por no sentirme feliz por ella y enojado con el universo por no darme una oportunidad. ¿Qué acaso el amor no tiene envidia? ¡Mierda, que eso era una vil mentira! ¡Por supuesto que tiene envidia! La persona a la que amas no la quieres compartir con cualquier imbécil que se le pasa en frente y mucho menos con el inútil-brazos-fuertes de Mariano. Aquel día fue peor que la noche anterior… podía recordar muy bien todo lo que pensaba y eso duplicaba la pena y duplicaba el dolor.

Supongo que finalmente pude conciliar el sueño sin sobresaltos. Me levanté al día siguiente más tranquilo. Aún no había sonado la alarma, pero sabía que estaba a tiempo para alistarme para el trabajo. Me levanté. Prendí el calentador. Pasé un largo rato parado bajo el agua. La temperatura no importaba. Necesitaba esa sencilla sesión relajación. Finalmente tallé mi cuerpo. No podía definir cómo me sentía en esos momentos, pero parecía que al tiempo que el agua bajaba por mi cuerpo hasta llegar a mis pies me libraba de toda la tristeza y el sufrimiento. Me rasuré y unté mis menjurjes. Recuerdo haber pensado que los hombres a veces somos tan vanidosos como las mujeres. Sonreí. Tomé mi ropa. El uniforme de trabajo. Parecía todo tomar su lugar finalmente. Vestí mi corbata, la mejor de todas y calcé mis zapatos. ¡Cómo me gustaban esos zapatos! Tomé mis llaves.

Me dispuse a salir de la casa y enfrentar lo que fuera. Abrí la puerta y cayó. Era un sobre blanco perla con un listónmorado esmeradamente atado en un moño alrededor de los extremos horizontales del sobre. En la esquina superior derecha difícilmente se leía esa caligrafía anticuada que se usa para los eventos de suma elegancia que grababa las iniciales “M y M” dentro de un perfecto círculo dorado. Me incliné a levantar aquel augurio del mal. Lo abrí sin cuidado arrojando con desprecio el estúpido listón morado. Al abrirlo decía: “Mariano Matamoros y Montserrat Gonzalez desean que les acompañes…”

Fue todo lo que leí. Arrojé el pedazo de cartón al suelo. Volaron al aire lo que parecían los pases de la recepción. Me senté al marco de la puerta. Invadido por los sentimientos que me hicieron agonizar las pasadas 36 horas. Y justo antes de ceder ante ellas vi que la invitación tenía algo escrito detrás y lo que parecía ser la letra de Montse. Me abalancé sobre el cartón que yacía a metro y medio de mí. La nota decía así:

“Querido David:

Has sido mi amigo por mucho tiempo. Estoy feliz de invitarte a mi boda, bueno, seguramente lo leerás cuando abras la invitación. De todos modos no quería perder la oportunidad de invitarte yo misma, especialmente yo por lo mucho que me importas. ¿Quién diría que pasaría el tiempo tan rápido? En fin, yo me casaré y espero que tú encuentres a la mujer que te hará feliz. No sé por qué escribí eso. Creo que la invitación era la excusa perfecta para decírtelo yo misma, pero nunca abriste la puerta. Perdón por no llamar antes.

Saludos,

Montse.”

Era lunes alrededor de las once de la mañana. Yo corría. La invitación, los pases y el estúpido listón morado se habían quedado en la casa. Pero no las palabras de Montse, esas las repetía en mi cabeza como un mensaje de emergencia se emitiría en una estación de radio en caso de una emergencia. No entendía bien cómo, pero sabía que había algo oculto en esa nota, ella no había dicho algo. Y si yo tenía razón, ese algo era la chispa de esperanza que yo estaba esperando. Ella nunca me había dicho algo así, nunca, jamás había hablado de mi felicidad con alguien más y ahora que se casaba me lo decía. ¿Por qué? No estaba seguro, pero no esperaría más tiempo para averiguarlo. Correría hasta donde estaba. ¿Dónde estaba? ¿En su casa fuera de la ciudad? ¿Sabía dónde vivía? Alguna vez me dijo su dirección y había visto fotos del sitio pero jamás había ido para allá. ¿Estaría en el trabajo? ¡Chispas! Era lunes, usualmente entraba tarde los lunes. ¿Estaría en el café, o en viendo su vestido de novia? No sabía nada de esto. Sólo sabía que tendría que encontrarla y hacerlo pronto. Ella tendría que escucharme.

Finalmente llegué al hotel donde trabajaba. Pensé que ese sería el lugar más obvio para empezar a buscarla. Entré al recibidor gritando su nombre. Estaba tan lleno de adrenalina. La vería y no intentaría hablar con ella. La besaría. ¡Pensar en eso me emocionó aún más! Ella tendría que saber lo que sentía de algún modo y no me detendría por nada. La gente ya me miraba raro. Yo gritaba descontrolado por todo el salón, invocándola como si fuera a parecer sólo por repetirla con mi voz cientos de veces.

El personal de seguridad ya había perdido la cabeza en el momento en el que yo entré con mi escandalera, pero la cosa empeoró cuando me paré en el escritorio de la recepcionista a clamar a gran voz el nombre de Montserrat Gonzalez. Tuvieron que llamar a los dos guardias del estacionamiento para ayudar a los tres del lobby. Yo no pensaba. Me resistí a ser llevado fuera del lugar, tenía que hablar con ella. Lograron bajarme pero no taparme la boca. Nada impediría que la viera. La gente me miraba asombrada, parecían confundidos; no sabían si tenía problemas mentales o si me había escapado de un circo… Todos abrían paso mientras me llevaban deteniendo lo que fuera que estaban haciendo para ser testigos de aquella escena. Ya saben, gente chismosa.

Me sacaron a rastras del sitio. Yo, histérico, reía de dolor y cinismo. ¿Quién diría que llegaría esto? Forcejeaban conmigo para meterme a una patrulla cuando llegaron Mariano, Montse y su mamá. Ella me reconoció de inmediato, pidió a los guardias que me soltaran. Ellos la miraron. Nuevamente les pidió que me soltaran. Yo estaba idiotizado por su presencia. Después de un breve intercambio de miradas me soltaron pero no se fueron. Nos separamos unos metros de la compañía de guardias y de la Madre de Montse y el idiota de Mariano quienes nos miraban sin entender lo que pasaba. Ella estaba estupefacta. ¡Dios cómo amaba esa cara! Me miró con una interrogante en el rostro tras preguntarme qué había ocurrido. Yo comenzaba a sentirme ebrio de vergüenza y antes de pensar en volver al rol pasivo que había tomado por tanto tiempo le dije: “Montserrat, te amo”.

El tiempo se detuvo. Instantáneamente dejó de pasar. Ella no parecía estar sorprendida. Pero tampoco decepcionada. Se veía feliz. Nos miramos el uno al otro sonriendo por lo que pareció mucho tiempo y a la vez nada. Ella me veía por primera vez, es decir, realmente me veía y aunque siempre lo supo… aunque siempre supo que yo la amaba nunca pensó que se lo diría así, a secas.

-K. Beruang


7 comentarios:

  1. Si las historias de amor son incomprensibles y las de desamor me lo parecen aún más.
    Espero que el personaje de tu historia, la próxima vez, ande más espabilado.
    Bsss
    ;;-)

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    1. Hahaha! Muchas gracias por leerme. Eso quiere decir que te gustó o que no te gustó? Saludos!

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  2. Respuestas
    1. Qué bueno que te gustó! Seguiré publicando para que sigas encantándote! Saludos!

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  3. Muy buen escrito K !!!

    Me encantó el desarrollo. Bien contado.

    Pobre muchacho, le hacía falta un amigo que le diera unos buenos sopapos y lo volviera a la realidad.

    El texto merece algunos arreglos donde alguna que otra letra ha sido secuestrada, pero se disfruta igual.

    Felicitaciones.

    (La K. es de un nombre de varón ?)

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Comencé y de un tirón, sí , me gusta , atrapa y creo es más tu forma de narrar que la historia, espera no lo creo, lo afirmo.

    Encantada de encontrarte,

    tRamos

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