18 de agosto de 2015

el comentario 13 comentarios

Amigo imaginario.



De niña le contaba mis cosas a Johni, un caballo blanco al que solo yo veía. 

Por las tardes, cuando llegaba del colegio y merendaba mi bocadillo de Nocilla, me iba corriendo a la orilla del río y lo cruzaba, pisando sobre las piedras, para no mojarme. En el otro lado, ya en el bosque, saltaba por encima de los matorrales, las piedras y los troncos. Tenía prohibido ir a la montaña porque había lobos pero yo corría y corría pues era un caballo blanco, igual que mi amigo Johni, y los lobos eran como nosotros, seres solitarios.

Por entonces pensaba que era una yegua voladora y no entendía por qué tenía que vivir con una familia, en una casa e ir a la escuela. Así que trotaba, brincaba de sillón a sillón, bajaba los escalones del cole de tres en tres y caminaba, como una funambulista, por la valla del parque. Me miraba en los escaparates al pasar y levantaba bien altas las rodillas, como un corcel elegante. Parada, al paso, al galope, paso español, cambios de ritmo, fantasía, giros, cabriolas y arreones. Una pierna, la otra, los codos pegados a los costados, los puños cerrados y la cabeza ladeada. Soñaba con ser un alazán jerezano.

Me sentía una potranca joven y el resto de niños y niñas eran eso, niños y niñas. Jugaba sola, saltaba, me subía a los muros altos, a los árboles y tejados y era feliz. Sin embargo, mis compañeros de escuela cuando se asustaban me llamaban, y es que, en el patio del recreo, había una grieta profunda en el suelo, de la que decían que se oía roncar al diablo; la verdad es que a pesar de haberme asomado varias veces, jamás escuché nada, tan solo se veían unas hormigas negras, con cabeza gorda y pinzas en la boca, con la que transportaban restos de pan y hojas, para llevarlas dentro del hoyo. Así que les explicaba a los críos que ahí no se oía nada y ellos, ya tranquilos, continuaban con sus juegos. No tenía claro, por entonces, lo que era un diablo pero por el miedo que causaba, sus ronquidos debían de asustar mucho.

Cabalgaba, corría, saltaba y crecí. De pequeña no tenía mucha importancia pero, conforme iba haciéndome mayor los niños se reían de mí y las niñas se apartaban.

Mis padres y los profesores decían que era muy reservada y que debía tener amigos, pero me daba igual porque tenía a Johni. Al final me apuntaron a todo tipo de actividades para ocupar mis tardes, fines de semana y vacaciones . Y lo consiguieron, robaron mi tiempo pero no mi mente. Johni siempre estaba ahí e incluso, poco a poco, comencé a escuchar a las plantas, a los animales, a las piedras y a las personas que guardaban silencio y, cuando notaba su dolor, las miraba, acariciaba y, sonreían. 

Que si Dios existe, que si el Diablo también, que si tienes un amigo invisible y eso es enfermizo… claro, yo hablaba con Johni y era una locura pero ellos que hablaban con Dios, los santos, sus muertos, o el Diablo roncador estaban muy cuerdos. 

Antes del desayuno me daban una pastilla por lo que apenas podía cabalgar camino del cole, de la catequesis… y mi caballo blanco se iba borrando. Me miraba de lejos, creo.

Y aprendí a hablar como ellos, a moverme como ellos, a vestir de temporada, a poner los cubiertos en orden, a bordar, a estudiar, a temer. A callar. Aprendí mucho. Olvidé a Johni. Aunque a veces me hablan las flores y los animales siguen mirándome de esa manera, sí de esa manera… y nunca, nunca dejé de escuchar a la gente que guardaba silencio.

Ayer celebramos mi cumpleaños. Mientras soplaba las velas de la tarta veía a mis hijos jugar. Mi madre se acercó a mí y me dijo que Matilda, la más pequeña, era como yo y me espetó: ¿Es que no ves que está subida en lo alto del olivo? Bájala.

Y fui a por ella y la bajé. 

Pero no iba sola, me acompañó Johni y salimos a trotar los tres.


Inma Barranco.





13 comentarios:

  1. ¡Bonito texto! Qué bueno que Matilda reviviese a Johni. Cuántas imaginaciones se han coartado porque a la gente le atemoriza que otros crean en algo distinto a lo que ellos creen... Aunque con todo, la niña del relato era un poco temeraria. Mi madre, sin mentir, no hubiese dudado de amarrarla a una silla para no tener que vivir constantemente con el corazón en la boca. ¡Un abrazote, Inma!! ;)

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    1. Pues sí, la verdad es que se han coartado la imaginación y la libertad ante el temor de que los hijos se salgan del redil. Gracias Fritzy, y espero que su madre no pille a la niña del cuento y la amarre jajajajaja
      ;;-)

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  2. Interesante forma la de la memoria y su contrario. Felicitaciones!

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  3. Hermoso relato Inma.

    La normalización nos puede amputar la imaginación, pero sólo por un rato. Muy dentro nuestro vive por siempre, escondida en lo más profundo, como un ser imaginativamente inmortal que creamos de pequeños: nosotros mismos.

    Me encanta la idea del disimulo y la adaptación ficticia con el único fin de proteger nuestro ser interior y el de los que queremos.

    Cariños.

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  4. Me gusto mucho como a una niña que la juzgan de anormal se plantea que los demás tienen tanta imaginación como ella, todo depende de como se ven las cosas.

    Bonita infancia, estupendo relato. Gracias por sacarme una sonrisa Inma. Saludos.

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    1. Tal y como dices todo depende de quien mira.
      Gracias,
      ;;-)

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  5. Cambio de registro. Eso está bien. Abre posibilidades, te hace buscar en otro lado de tu mente y te remueve las tripas.
    Recuerdo las pastillas para hiper-activas-imaginativas-sensibles-despendoladas-...
    Buen final.
    Sigue.... anda...

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    1. Gracias Bego, la verdad que aún se siguen dispensando esas pastillas y otras peores.
      Abrazo,
      ;;-)

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  6. Me ha gustado el párrafo donde dices "aunque a veces me hablan las flores y los animales siguen mirándome de esa manera... y nunca dejé de escuchar a la gente que guardaba silencio" Dicen que cuando somos niños ocurren las cosas más importantes de nuestra vida. No sé, pero está claro que dejan un poso, un don, algo que sigue con nosotros toda la vida y que conforma nuestra personalidad, pese a quien pese.
    Me ha gustado mucho tu relato
    Un saludo

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