6 de septiembre de 2015

el comentario 3 comentarios

Que calor



Bajo las manos de Julián chillaba el cuero del volante al que estaba aferrado a medida que iba juntando rabia. Debería haber unos 34° aquella tarde pero se sentían como 50°, y el aire acondicionado no funcionaba. Como si fuera poco de la radio solo salía estática y las pocas estaciones que agarraba señal no eran de su agrado. Una evangelista, una de música folklórica y otra de noticias. Originalmente había empezado a escuchar la de noticias pero sentía un miedo terrible cada vez que se enteraba de cómo estaba el mundo. “Guerra”, “Hambruna”, “Epidemia”, “Corrupción”, eran palabras comunes. El creía que era lo que los medios querían venderle. Solía pensar que todos estábamos siendo víctimas de un lavado de cerebro masivo. Las buenas noticias no eran vendibles, no eran interesantes. En la televisión ya no se veían imágenes esperanzadoras como el abrazo orgulloso de una madre a su hijo que se gradúa del secundario, sino dos grupos matarse entre ellos a palos. Cuanta más sangre hubiera mejor. Julián creía que estaban inmersos en una psicosis colectiva en la que el que creía en la honestidad, la verdad y la justicia estaba loco o tramaba algo. Era sin duda la ley de la selva y ellos eran más animales que los que había enjaulados en el zoológico de la ciudad.
El calor era tan fuerte que uno hubiera podido freír un huevo en el capó del auto sin problema. Sonrió por un instante ante la probable imposibilidad de aquella clichésca acción; pero si era bastante insoportable el clima. Sentía las bocanadas de aire pesado que debía respirar. Su cabeza zumbaba por las bocinas de los vehículos que lo rodeaban. A su izquierda o derecha, adelante y atrás, era un mar de autos y camionetas. Hasta donde la vista le permitía había latas sobre ruedas en las que viajaban personas desesperadas por llegar a sus destinos de una vez.
Julián nunca fue una persona conformista, pero tampoco pedía tanto. Su trabajo como analista de riesgos para un banco local había jugado bastante con el límite de su paciencia. Más que el trabajo era su jefe al que le gustaba poner a prueba su capacidad de tolerar las más injustas situaciones. Solía presionarlo a menudo, delante de sus compañeros, con su insoportable tono de voz. Su familia era lo mejor que tenía. Su esposa e hijos lo adoraban pero siempre parecía que su tiempo con ellos se iba reduciendo cada vez más a causa del tráfico que cada día era peor.
Las bocinas seguían sonando y sonando. Incluso se podían escuchar gritos de los furiosos conductores. Su cabeza iba a estallar. Era en momentos como ese que veía los destellos de luz a los que él llamaba “Flashes”. Usualmente comenzaba con un dolor muy fuerte en la cien, palpitaciones y sudoración fría. Por último se le contraían todos los músculos y una serie de luces blancas resplandecientes lo enceguecían. Trató con todas sus fuerzas de tranquilizarse, de no enojarse, pero es que había tantos autos, y hacía tanto calor.

- ¡MUEVANSE CARAJO!

Apoyó la palma abierta de su mano izquierda con toda su fuerza sobre la bocina y comenzó a zarandearse de adelante hacia atrás freneticamente mientras gritaba. Todo le estaba comenzando a parecer una pesadilla de la que no se podía despertar. Las bocinas, los gritos, el calor, el zumbido del radio, todo. Había avanzado quizás un metro y medio en dos horas. El dolor de cabeza ya le estaba comiendo el cráneo desde adentro y su camisa estaba ya empapada de sudor. Aflojó con un solo movimiento su corbata y se secó la frente con su antebrazo. Miraba su reloj y los segundos pasaban cada vez más lento; incluso juró haber visto el segundero dar ir hacia atrás. La sensación de despersonalización era tan grande que incluso comenzó a imaginar voces.

- De nuevo en enfermera. ¿Todos listos?

- Si Doctor

Sus músculos se contraían y el dolor se hacía insoportable. Apretaba tanto los dientes que creía que se le iban a romper. El calor ya lo sofocaba. El cinturón lo apresaba, le cortaba la respiración. Quería quitárselo pero sus brazos estaban inmovilizados. Su vista estaba clavada en el vehículo de enfrente. El Sol golpeaba directamente en la cajuela del auto que tenía delante y el reflejo le daba en los ojos.

- Esta vez 400 Voltios. ¿Todos listos?

- Si Doctor

- 1, 2, ¡3!

Los flashes comenzaron a enceguecerlo y mezclarse con el reflejo del Sol. Sus brazos se contrajeron y peleaba con todas sus fuerzas pero no podía moverse. Luchó y luchó. Las voces comenzaron a dejar de tener eco, a ser casi palpables. Una mano se apoyaba en su hombro

- Julián…Julián. Ya está. Mírame. Mírame fijo.

Julián solo sollozaba y relajaba sus músculos agotados. Rendido en aquella camilla ya no ofrecía resistencia. En ese momento solo veía la linterna que el Dr. Sánchez apuntandole directo a los ojos de un lado a otro.

- A veces las actitudes de violencia explosiva son consecuencia de la esquizofrenia, incluso puede estar acompañado de alucinaciones.
Le explicaba el Dr. a la esposa de Julián.

- Al realizar esta terapia creemos que ayudamos a…tranquilizar al paciente, por decirlo de alguna manera.

Generalmente solía ser así; se sentaba en la cama del hospital, tomaba el respaldo de la silla de acompañante como si fuera un volante y comenzaba a maldecir sobre el calor. Hablaba un poco sobre Dios, cantaba un par de canciones folklóricas, y luego imitaba la voz de un locutor de radio anunciando las más nefastas noticias. El delirio terminaba cuando la rabia era tan insostenible que destrozaba todo lo que tenía a su alcance. Chillando, berreando, con la mirada perdida. Totalmente fuera de sí. Enfurecido por una realidad que repetía todos los días.
Ya los médicos y enfermeros sabían que ni bien lo escuchaban cantar alguna de Los Chalchaleros era el momento de acostarlo en una camilla, atarlo y llevarlo a la sala donde le practicarían terapia de electroshock.
En la mente de Julián las bocinas se apagaban, y se veía estacionando su auto en la puerta de su casa, donde era recibido por su amada familia. La mirada perdida del paciente Julián Etchevarren se perdía en el techo de su habitación de hospital, a la que lo habían regresado, y su rostro ya lucía más relajado. Uno diría incluso que se perfilaba una sonrisa en los labrios que no dejaban de dibujar la frase “Que calor”.

Shai Steinhaus

3 comentarios:

  1. Interesante vuelco del relato de un día de furia.

    Yo siempre que quedo en un atasco sufro por la lejanía de un baño en caso de necesitarlo :) Seguramente abandonaría mi auto y me iría caminando lo más campante.

    Tarareando alguna de los Chalchaleros ;)

    Felicitaciones.

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