14 de octubre de 2015

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Una vaca y un cuchillo

 
Tenía una vaca y un cuchillo. Una tapera de rancho que daba pena verla de reojo y la inmensidad gloriosa y patriótica de la santa Pampa a su merced; dando por verdad, que para el gaucho, toda la tierra es cancha.

Ismael Sosa, mientras observaba la sombra que su rotunda nariz proyectaba en la tierra, le sacaba filo a una rama, de vicio; y no le perdía oído a su fiel vaca, que no muy lejos, calmaba el hambre. Era vaca fina, animalito servidor e inofensivo; Sosa sabría degustar sabrosos mates de leche que ordeñaba directamente sobre el porongo. Su animal era el amigo confieso, la mujer cariñosa, el hijo testigo; podía encontrar en ella la excusa para no morir solo y sin tener cerca sangre caliente cuando la de él se hiele en penumbras.

La había conseguido en Santa Fe, en una feria de juegos. Era noche de buena suerte y Sosa le echaba mano a toda las jugadas. Llevaba tres bolsas de papa en tres partidas de truco y el beso de una corpulenta italiana en algunos pases de taba. Embriagado por la suerte se acercó hasta los gallos, adivinó quien parecía mas recio y apostó las bolsas; “no arriesgo el beso porque con las mujeres no se juega”, dijo, y se aparto del montón para ver la pelea. Los gallos, entorpecidos en los sacudones que sus propios impulsos generaban; se arrancaban los ojos, pedazos de piel y el desplumaje era patético. Estas luchas causaban gran emoción en la paisanada, aunque algunos eran reacios a la insensible contienda. No faltaba algún tomador de vino que hiciera algo inapropiado al respecto. Como la de un joven delgado al que apodaban “Pavito Real”, que abrumado por el alcohol de dos días de fiesta, dejó brotar de su corazón la angustia del dolor injusto al ver lo sangriento de las riñas, y corrió envuelto en lágrimas, como un Pampero en lluvia, a salvar la vida de esos animales que viajaban a la muerte por culpa de la ambición y la torpeza del hombre. En el justiciero recorrido fue interceptado por un chango que intentó dominarlo; “Pavito Real” no opuso resistencia y se dejó llevar hasta los alrededores de la pulpería. Volvió mucho mas tranquilo, rato después.

Sosa no sacaba los ojos de encima del plumerón rojo que había elegido y este, menos bravo de lo que aparentaba, llevaba adelante una lucha decente. Como la mayoría estaba con el, y algunas apuestas eran espesas, el aliento para el gallo era altivo, emocionante; cada picotazo del ave era aplaudido con algarabía, inclusive, algunos se abrazaban emocionados. Aquel animalito, en esas circunstancias, representaba la dignidad gaucha, sobre todo la del cobarde que sabía vivenciar la furia a través de los gallos peleadores. Finalmente ganó, pero minutos después colapso de un paro; así que lo sumaron al bidón de apuestas. La repartija fue despareja, como las apuestas propiamente dichas. Mas que un reparto de premios, era un saqueo. Sosa parecía llevarse una manta de vicuña, pero alguien le aconsejó no desperdiciar el ternerito, que en dos meses iba a ser una delicia.

Sosa llevaba cinco años con su vaca, alimentándola y cuidándola como a la mujer, sabiendo que ante cualquier necesidad humana estaba la necesidad de querer y ser querido. No faltaba, a luz del lucero, las coplas que encarnaban su nombre y daban gracias a la Pampa por tener las cualidades que no la dejaban morir.

Ismael Sosa afilaba su vara con la rudeza del paisano y la sutileza del artista. No había necesidad de tallar nada, pero el vicio estaba en la punta, en el filo, en la profunda agudeza del daño por provocar estaba la mirada. Porque esa es la fija del gaucho, que pocas cosas cree indispensables. De ahí la otra obsesión de Sosa, su cuchillo. Nunca se separaba de el ni para dormir, lo hacía sentir seguro, confiado, varón. Entre puño y hoja no media mas de treinta centímetros; era rústico en su talla, pero amarrado a los gruesos dedos de Sosa se lo veía como una serpiente encendida en fuego. “Ese cuchillo tiene olor a personas y a diablos” solían decir en Areco. Lo intensa que puede ser la relación de un gaucho con su cuchillo era claramente perceptible en Sosa, que adoraba empuñarlo y juguetear con el hasta en situaciones complicadas. Como en lo de Juárez, el porteño.

Si bien el frío no acobarda a las fieras, a menudo las agazapa y Sosa andaba ese invierno medio desnudo y perdido en pagos cercanos a los suyos. Venía de una redada, malas juergas para pobres. Juárez tenía una posada vieja y barata cerca del centro de Buenos Aires; un lugar donde solían esconderse temporalmente los que escapaban o ocultaban algo. Y ahí fue a parar Sosa. Cuando entró al lugar echó una de esas miradas densas del macho bravo, intentando transmitir la seguridad y el valor de su temple y a efectos de que nadie le cause problemas. Medio se recostó en una baulera y de muy buena manera pidió una jarra de vino. Al rato y con la sangre en tinto, comenzó a adormecerse.

La cabeza se pierde en la nada, en la tibieza del abandonarse al cansancio, arañando residuos espirituales, entregando, confiando en la pureza de sus consejos y devolviéndose al vientre de la noche, que aparentemente, todo apacigua, calma, tranquiliza. Hasta que un cuchillo le acarició la garganta.

Sosa quedó tieso, con las órbitas oculares intentando descubrir la gravedad del asunto. “Depende lo frío del cuchillo para saber que tan bravo es su dueño”, escuchó que su atacante decía. “No parece tan bravo aquel que ataca por la espalda”, arriesgó mientras su garganta sentía el delgado filo abrirse paso sobre la piel. Muy audaz este hombre, Juárez, que puso un trabuco sobre la sien del maula y obligó a que soltara a Sosa. Este apenas estuvo a tiro de defenderse exclamó al pulpero bajara el arma y dejara a estos dos paisanos resolver sus asuntos en la vereda. “No se arriesgue buen hombre, mire que este no es de confiar”, “provoca por la espalda, pero después mata de frente”. Ese gaucho era nada mas y nada menos que “El indio”, hijo de inmigrantes, se crió en una toldería donde convivía con quienes lo secuestraron de su familia, hasta que escapó en su adolescencia y se fue a trabajar la tierra para unos estancieros que lo trataban como a un esclavo. Pasado de todo, enloqueció, se enfermó de sangre, sus manos solicitaron el ahogo profundo de la piel caliente, muriendo. Así se dedicó a matar y a vivir huyendo. Siempre hay quien mata por placer y escapa para no dejar de hacerlo.

Se trenzaron en la calle como dos hienas afiebradas. El indio era rápido, inteligente y con una brutal necesidad de vencer a su rival; en cambio Sosa era la paciencia, el movimiento preciso en la acción mas concreta; su cuerpo, su mirada y su intención pertenecían a un mismo mecanismo asesino, formaban parte de una célula letal. Sabía que su rival lo había elegido porque lo entendía un oponente de esos que te mejoran la imagen de guapo; sabía entonces que El indio le iba a tener mucho respeto en la lucha, y tal vez algo de miedo. Por eso, El indio, bailaba con la mas fea, porque a pesar de la agilidad y el temple, un buen luchador necesita ser sabio para no dejarse llevar por una falsa confianza o una estúpida astucia.

Así mató a El indio. Y esa historia marcó un antes y un después en su vida. Pero eso es vino de otra cepa.

Sosa tenía entre sus manos la punta mas filosa que podía dar aquella madera, y la observaba complaciente, haciéndola parte de su universo telúrico.

Su vida de campo era solitaria, penosa y reflexiva. No tenía muchas cosas materiales, pero cada una de ellas contenía un valor inmenso. Ni hablar de la vaca y el cuchillo.

Cuando el sol comenzaba a adormecer, a eso de las siete; un paisano vecino de Sosa se entrometió en la calma piadosa de la diminuta porción de Pampa en la que vivía nuestro gaucho; a los gritos, nervioso. “¡Ismael, amigo, hay que irse!, está llegando un malón de indios de la frontera; están arrasando con todo; hasta mataron a Juan Bulnes, delante de su hija, “la linda”. Sosa lo escuchaba tranquilo, ni siquiera levantó el mentón para observar a su vecino. “Son alrededor de treinta salvajes”, repitió algunas veces; pero al ver la reacción pasiva del gaucho y al no sentir siquiera que este podría contestarle una palabra, empezó a alejarse al trote desesperado. La vaca rumiaba complaciente, hasta se podía notar en su gesto un aura de ternura hacia su amo. Ese amor que impone la naturaleza para sostener las necesidades mas profundas de la vida. Uno puede morir de amor, tanto como de sed o de hambre, solía pensar Sosa en silencio. Algunas horas pasaron hasta que Sosa escuchó el rumor del bravo galope que a lo lejos venía. Se ató el pelo para atrás, se arregló un poco la barba y se acomodó los trapos que usaba como vestimenta. La vaca miraba una puesta de sol que emitía estertores apocalípticos, pero que no delataba nada peligroso. Un minuto después, las figuras enrojecidas por la furia se montaron sobre la línea del horizonte. El gaucho tanteo la daga, cargó un trabuco viejo y oxidado y se dedicó a esperar.

La llegada del malón al rancho de Sosa fue en un parpadeo; nuestro valiente gaucho desenfundó su daga mientras disparaba al pecho de los salvajes. Tres cayeron a causa del arma, y en una lucha desigual cuerpo a cuerpo, habiendo cuereado a dos con su temple imponente, otros siete lo dejaron medio muerto sobre una piedra, con dos puntadas serias en el abdomen y varios golpes de boleadora en la cabeza. Cuando los indios encendieron su cueva, rajaron al grito pelado en busca de mas miseria. Sosa, que sentía como la sangre brotaba de su garganta, y aunque no le quedaba un suspiro, inclinó la cabeza para rastrear la vaca. Ella estaba sobre el suelo, inundada de sangre; emitía un gemido tibio entre los chasquidos del fuego. Sosa no soportó el dolor de verla sufrir y a la rastra se le acercó. Primero la besó fuertemente en la boca, haciéndole notar la firmeza del amo y la ternura del compañero. La vaca se dejaba ir hacia aquel final inexorable, pero en medio de ese crepúsculo de oscuridad, sufría enormemente, así como padecía enormes dolores en el cuerpo el gaucho temible, que con lo poco que le quedaba, intentaba rescatar a su animal de la agonía. Cuando esta parecía no ceder al afecto y la compasión, Sosa entendió que debía ser mas macho que aquel que se trenzó con los indios. Seguía su cuchillo empuñado y con una fuerte presión en el pecho lanzó tajo certero al cuello del animal, que desbordó en un torrente de sangre y de muerte abriéndose camino por la carne acabada de Ismael Sosa, hasta terminar humedeciendo los pastos de una tierra que hace años escurre sangre.

Encontraron a Sosa y su vaca nueve días después. Estaban abrazados, como dos amantes; sus cueros rostizados; dos amplios gestos abarcando el cielo, la Pampa y la eternidad gloriosa de una vida gaucha.


Rodrigo Tanoira


4 comentarios:

  1. Buenísimo relato, de gran valor y regusto autóctonos. Infunde respeto por el gaucho. Saludos desde por acá.

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  2. Excelente relato Rodrigo.

    Tiene un estilo sólido y personal que atrapa y nos lleva de la mano por la historia. El ritmo de lectura es bueno y el lenguaje rico.

    Tal vez las anécdotas insertas pueden resultar más potentes que el relato central mismo, pero eso no quita que sea una pieza muy lograda que me ha encantado leer.

    Abrazo.

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  3. Me encantó leerlo, más por ver escrito Santa Fe, tan mío. La lectura fue llevadera y se hacía sentir lo autóctono. Gracias por compartirlo

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  4. Gran relato y muy bien escrito. Me ha gustado. Intenso en la narración, con un gran manejo del lenguaje, con tintes reivindicativos y sociales, que nos introduce en el alma del gaucho con estilo propio. Mis felicitaciones Rodrigo
    Un saludo

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