21 de noviembre de 2015

el comentario 2 comentarios

El puma


Medio entre sentado y atento para saltar, el gaucho mordía un hueso con poca carne de una liebre que había cazado por ahí. Fundido con la espesa arboleda verde y marrón, fuelles que la naturaleza regaló para el viento; observaba el infinito estar de no esperar y estar atento. Pensamiento triste de coplas cayendo como piedras. Así pasaba sus horas, sin hacer demasiado ruido; no solo podía ser escuchado por quienes lo perseguían, sino que podían escucharlo aquellos a quien él necesitaba cazar. El sol caía lentamente, siempre hay campo para recorrer. El gaucho preparaba su noche; consistía en buscar pasto mullido y alto para cubrirse y una manta vieja y olorienta que abrigaba, a veces, los veinte grados que bajaba la temperatura. La noche de este hombre venía dura y nunca solía cerrar dos ojos, desde hacía algunos años.
Alguna vez, muy mamado, se entrometió en casa de un vecino durante la madrugada; violó a su mujer, mató a su hijo y golpeó duramente al perro. Por mas disculpas que pidió y a pesar de no dejar de atribuirle la acción a su alcoholismo feroz, toda la estructura judicial se volvió contra él. Siempre contaba que aquel dueño de su ira alcohólica era un juez de Paz que injustamente había mandado matar a su familia. Era mentira por cierto, pero le daba la ilusión de héroe, como el Martín Fierro.

El gaucho amaneció contento; rara vez tenía la posibilidad de sentir esa alegría fugaz que uno transita los primeros instantes de una buena mañana. Comió algunos pedazos de pan y se quedó sentado, tratando de escuchar los ruidos del amanecer. Es difícil de explicar, para mi, la profunda soledad que transita el hombre de campo en esas circunstancias, el infinito silencio de un alma asociada a su naturaleza. El alma de este gaucho era el sonido que desprende el aletear de un Aguilucho Pampa; el delgado movimiento de la nube entre las nubes; el brillo del sol sobre una pequeña culebra. Instalado en su reposo atento, se dejaba estar, y su presente era enorme, tremendo, como una explosión de suavidad sobre la corteza de piedra de su rígido cuerpo de varón.

El fino y seco matorral comenzó a moverse. El gaucho calculó la presencia de un puma y sin hacer demasiados movimientos empuño su daga a la espera del encuentro. Intuía que era ese animal por el serpenteo de la maleza; por el olor en el aire; por el sigilo al andar. Extraña sorpresa tubo el gaucho cuando el que salió del matorral fue un hombre de unos cincuenta años, pelado, con una femenina túnica naranja hasta sus pies. Ahora su rostro dibujó un aspecto feroz y altivo; el cuchillo parecía ponerse candente por el calor del puño que apretaba listo para cortar con absoluta violencia. Ahora era gaucho bravo, del que se debe andar con un responsable cuidado. El hombrecillo simple y de rostro rojizo le contó al gaucho que estaba perdido, que había salido a buscar un lugar tranquilo para meditar y terminó caminando a la deriva, durante siglos tal vez. El otro estaba rígido, su cuerpo mantenía la tensión necesaria para lanzar cuchillo certero en menos de lo de lo que la visión puede percibir del movimiento, mientras su cabeza trataba de comprender lo que estaba viendo. “Entiendo que no entiendas, y se que soy un desconocido para ti, pero ya que no tengo como volver y veo que tu también estás solo, podríamos compartir el día juntos; siempre es reconfortante una buena compañía”; y se sentó muy cerca de donde estaba el gaucho. Sacó un pedazo de pan y quedó sonriente, pacíficamente sonriente mirando el horizonte y comiendo. Pasaron algunos minutos hasta que el gaucho pronunció palabra: “no veo que tenga arma, no veo en usted ninguna actitud maliciosa, tampoco parece de los que andan escapando y esas cosas”, le dijo mas tranquilo esperando alguna explicación. “Soy de muy lejos, y es verdad, uno a veces camina para dejar atrás algunas cosas, o camina para ir a buscarlas; en mi caso solo camino por el hecho de andar; venga, siéntese a mi lado y comparta mi pan”. Se quedaron algunas horas en silencio, cada tanto se encontraban en una mirada rápida pero profunda; el simpático visitante no abandonaba esa sonrisa plena que le regalaba su honesta felicidad; en cambio el gaucho lo miraba desconcertado, con el ceño fruncido, y pensaba de donde habría salido el fenómeno que sonreía a su lado.

Cerca de la noche, el visitante se acercó a un delgado árbol en donde el brillo de la luna parecía hacer nido; se sentó con las piernas cruzadas y las manos sobre sus rodillas. El gaucho miraba esta escena confundido mientras preparaba su guarida nocturna entre la maleza. “Amigo, no es conveniente andar mostrándose tanto; ¿por qué no se tira conmigo acá?”; el extranjero rió fuerte al escuchar esto; “no se preocupe buen hombre, en este lugar creo encontrar mayor refugio que ahí donde usted se esconde; sepa que cualquiera que intente acercarse a mi, me confundirá con la pintura del paisaje, seré río entre los ríos, seré noche con la noche, seré el delgado vibrar de una…” en ese preciso momento, un enorme puma saltó de un árbol clavando sus temibles colmillos en el cráneo del extranjero; el gaucho salió velozmente del matorral cuchillo en mano, pero cuando pudo ensartar al bicho y dejarlo bastante herido y tirado sobre un costado, al extranjero ya le había masticado medio brazo y arrancado el cuarenta por ciento de la garganta. Nada pudo salvarlo, fueron tres o cuatro segundos que le sirvieron al animal para despellejar al visitante que gritaba desesperado de terror y de dolor. Al otro día, luego de dormir un poco, el gaucho enterró el cuerpo del peregrino por los alrededores; tomó su túnica prestada para tener otras ropas con las que vestir y con la piel del puma consiguió otra manta para las frías noches.

Luego emprendió la marcha; tomó por un camino desconocido que seguramente conduciría hacia un lugar desconocido. Pensaba en su madre, esa pobrecita que fregaba los trapos sangrientos de un impresentable militar de campaña; una mujer hermosa, pero arañada por injustos vaivenes de la vida. Luego de que su esposo muriera incinerado una noche que se quedó dormido en su toldería, totalmente borracho, con un cigarrillo en la boca; su madre solía recordarle siempre: “no importa cuánto confíes en tu destino, hombre precavido vale por dos”.

Rodrigo Tanoira



2 comentarios:

  1. Muy bueno Rodrigo !

    Ese Kung Fu de la Pampa no tenía chance. Seguro que iba a terminar mal. :)

    Un abrazo.

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  2. Muy buen relato. Me ha gustado conocer y conectar con la cultura gaucha a través de sus letras. Saludos desde por acá.

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