28 de febrero de 2015

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Acepto


Nunca he entendido esa afición o fijación que tienen las mujeres por casarse. Cada vez que sale a relucir el tema, el chiste de que la independencia de la mujer comienza justo donde la del hombre acaba deja de hacerme gracia. Es que aceptémoslo, eso de atravesar una iglesia o ponerte frente a un juez para declarar algo que ya es obvio, no es que te quite el sueño; menos si, como en la mayoría de los casos, la cuestión tiene pinta de pacto religioso o negocio trucado. Y si finalmente accedemos a ello es porque nos han enloquecido por completo y tendemos a creer que la única persona que nos puede hacer recuperar la cordura es la misma que nos tiene el mundo de cabeza. Claro que cuando eso pasa te encuentras con otro desorden y no puedes más que ansiar nuevamente la locura...

–El matrimonio no está en mi lista. –Le había dicho tajante a Clara.

–En la mía tampoco –respondió ella sin asomo de duda. Al principio sonreí aliviado; con el tiempo, creí que mentía. Luego descubrí que no lo hacía, realmente decía la verdad. Las mujeres nacen con la idea del matrimonio en su ADN, no necesitan anotarlo en una agenda para variar. 

Así que, a dos años de eso, ahí me encontraba: metido de lleno en un casorio, preguntándome todavía cómo había llegado hasta allí, vistiendo el mejor traje que me había puesto en la vida, con una sonrisa prestada, colorado por la tensión y sudando de puro nerviosismo.

– ¡Que alguien le diga que se calme! Tampoco es que esté yendo al matadero –escuché a alguien susurrar con sorna. No sé si fue el montón de personas en un espacio tan reducido, la presión de la corbata en mi cuello o el ansia desesperada de salir corriendo lo que no me permitió estar de acuerdo con la frase proferida e imaginarme esperando mi turno para ser sacrificado.

–Sobrevivirá, hombre, sobrevivirá. Se lo dice uno que ya ha se ha paseado por estos rumbos –saltó otra voz. Tampoco le di mucho crédito a eso, mientras intentaba inútilmente aflojar el nudo que tenía atravesándome el pescuezo. 

Estuve a punto de que mi voz me pusiera en evidencia cuando la vi atravesar el umbral: ¡toda una reina envuelta en vaya uste’a saber cuántos metros de tela! De pronto recordé la gracia de cuerpo que se escondía bajo aquella cantidad de tejido y si me contenté un poco y me relajé otro tanto, fue porque me imaginé desnudándola sin decoro alguno. 

Ella caminaba altiva, segura, sin dar traspiés, con la cabeza fija hacia el frente hasta que nuestras miradas se cruzaron y casi se detuvo. Por momentos me asaltó la inquietud de que haría lo que a mí se me había antojado al inicio y saldría huyendo, pero tras segundos de vacilación continuó el camino rauda, como si de repente le hubiera entrado prisa.

A partir de ese instante me tensé de nuevo y ya no pude apartar la vista de ella. Comenzó la ceremonia y me abstraje por completo de los invitados, del lugar en que estaba, de las palabras del cura; todo lo que me rodeaba hizo un alto y pasó a segundo plano. Ya sabéis: solo tenía ojos para ella.

Mi mente tampoco se quedó atrás, empezó a plagarme de imágenes donde reinaba Clara. Reviví cada minuto que pasamos juntos hasta que se disolvió la incógnita de cómo había llegado allí. Quería estar allí. Con ella. Con su mirada recorriéndome el rostro, su sonrisa cambiando mi semblante, su aliento dándole oxígeno a mi aire, sus manos cálidas y resguardadas entre las mías, su piel a centímetros de la mía. No se me ocurría mejor sitio en donde estar que no fuese uno en el que pudiese colmarme de su cercanía. 

Esa certeza me hizo sentir felizmente desgraciado o desgraciadamente feliz, no sabría decir, pero la quería a ella y eso bastaba. 

– ¡Hombre, no llore! No le robe el día al novio. –Oí a alguien murmurar, sacándome así de mi embelesamiento para que la realidad me derrumbara por completo. Sentí que estaba yendo sin remedio al matadero y yo, que nunca rezo, esa vez clamé por sobrevivir.

Amaba tanto a Clara que dolía... Sabrá Dios que por nada en la tierra cambiaría de lugar, pero dolía enormemente amarla desde el banquillo de los invitados y no desde allí a su lado, frente al altar.

El murmullo del pillo entrometido se rebobinó en mi mente, una de sus palabras me empezó a seducir y pasó de ser un simple aviso a una sumatoria de delitos. De pronto se fueron alineando en mi cabeza posibilidades de rapto, homicidio, secuestro, adulterio, entre otras infracciones, crímenes e injurias que a medida que iban engrosado una lista imaginaria me hacían dudar de mi salud mental. 

Con ese pensamiento y la idea de que ese día alguien diferente a mí, o en su defecto aparte de mí, terminaría sacrificado si no por voluntad a la fuerza, me entristecí. Porque de extraviar la cordura, solo había una persona capaz de traerla de vuelta y si la perdía también a ella, poco importaba si me mantenía cuerdo o si el mundo estaba de cabeza.


Aldo Simetra


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26 de febrero de 2015

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Rumbo a río Colorado


La primera barda volcánica se extiende majestuosa en el extenso y perfecto horizonte. La ruta asfáltica parece treparla en el efecto que la distancia provoca y el cielo azul ostenta una claridad propia de una pincelada maestra del mejor pintor. La suave ondulación patagónica distrae la visión tan abarcativa a ambos lados de la ruta. Alguno que otro médano tapizado de una suave paja amarilla resulta agradable en la monotonía del camino. Los caldenes poco a poco desparecen y la carretera, con su interminable señal blanca en el medio, termina ocupando toda la atención. En este lugar, en pleno portal de la Patagonia argentina sin que ningún signo humano pueda desviar la observación por largos períodos, es necesario agudizar los sentidos durante el trayecto.

De vez en cuando un cartel pintado de verde resalta con sus letras claras kilómetros interminables por recorrer. Y cuando la soledad se esfuma tras dos o tres vehículos que viajan en convoy, todo vuelve a la normalidad. Entonces, una inusitada alegría se apodera del viajero de la mano del espejismo de una inmensa laguna blanca que brilla con el sol. El acercamiento del desplazarse demuestra, esta vez, que el agua se ha esfumado y que el blanco de la sal se apodera del paisaje. Es enero y todo tiene otro color aún en esta región reverdecida por una escasa, pero benefactora lluvia.

Una inimaginable curva de la ruta, luego de tanta rectitud, promueve una leve zozobra. Ningún cartel señala una rastrillada, pero seguro la tierra tiene su memoria y sabe que por estos lares, sus amos y señores de antaño, las marcaron cabalgando a pelo, en magníficos malones que el hombre blanco no supo o no pudo comprender.

Los ojos traicionan y se entrecierran, el sobresalto sucede y el río Colorado, turbulento después de la crecida que revuelve su lecho bermejo, está cada vez más cerca.

2015



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24 de febrero de 2015

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El tejado de los suspiros


Enamorada… Enamorada aún diez años después de ver sus ojos por última vez, recuerda con ternura la primera vez que conoció al amor de su vida. Recuerda con amor el instante en el que aquellos ojos azules despistados en medio de una clase de gente desconocida se volvieron un enigma para aquella chica morena y flacucha, que nunca se imaginó amar tanto a alguien. 

Pronto comenzaron las tardes en el parque tumbados en el césped, pasando las horas queriendo que el tiempo se parara, las noches en el puerto mirando las estrellas en silencio, pero rozándose el alma con las manos. 

Aún diez años después de que él hubiera desaparecido de su vida recordaba el primer beso, y la primera vez que le hizo el amor, recordaba como las manos rozaban todo su cuerpo ansiando recorrer cada centímetro de la piel bajo su tacto, como si aquel instante fuera la primera y última vez que iban a disfrutarse. Recuerda la ternura cuando ella enseñó un cuerpo que nunca había visto el mundo, y el miedo de ambos a no ser correspondidos, pero recuerda con más amor, como desnudaron su alma aquella noche consiguiendo que ella lograra tocar el cielo desde un lugar tan mundano. 

Habían madurado el uno al lado del otro, habían conocido el mundo dados de la mano, pero la felicidad no es eterna y dura lo mismo que un suspiro. Así que cuando tomaron la decisión de dejar de ocultar al mundo su felicidad, la vida les puso un obstáculo tan grande que hizo que el mundo que habían conocido se pusiera patas arriba. Qué hacer cuando ante tus sentimientos se interponen los de unos padres que tienen muy claro tu destino.

Para ellos, él era un chico en silla de ruedas y nunca lograrían ver a ese chico lleno de carisma, personalidad y positividad que lo caracterizaba. Para unos padres tiranos como los suyos, lo único que podían ver, era un chico discapacitado que nunca le iba dar lo que ella se merecía en la vida. Qué sabrían ellos del amor si hace años que dejaron de sentir la pasión del roce de unos dedos que reclaman cariño.

Aún así los meses sucesivos cada vez fueron un tormento mayor. Los castigos sin motivo cada vez se volvieron más recurrentes, así como los gritos que rompían la armonía de la casa por la desobediencia de una hija que no podía dejar de ver a aquel joven que le iba a destruir los sueños, incluso aparecieron momentos de gran agresividad, en el que poco faltó para romper el espacio entre los cuerpos.

Ante tal situación y a pesar de tener la edad suficiente para tomar sus propias decisiones, al final decidió dejarle marchar, perder lo que le hacía feliz en la vida. Y fue a partir de entonces cuando aquella chica comenzó a aislarse del mundo, y a odiar la convivencia con aquellos seres que le habían robado todo, es por ello que pasaba más tiempo en el tejado que en el interior de su propia casa. 

Así pues dado que aquella noche no sería distinta de las demás, allí estaba, sentada en el tejado haciendo un repaso del día mientras miraba el manto de estrellas que cubrían su cabeza y que le secaban las lágrimas con ternura. Se encontraba en el momento más íntimo del día, el momento en que desahogaba sus penas y recargaba sus fuerzas para el día siguiente, el momento en el que echaba la vista atrás, y recordaba en secreto la promesa que diez años atrás se habían hecho.
Cuantas veces suspiró al cielo esperando que el viento calentara sus fríos y solitarios labios... Cuantas veces soñó despierta con el día en que se volvieran a encontrar...

Interrumpiendo sus pensamientos, de repente lo vio, vio aquella siluetaba que cruzaba la calle sobre aquel instrumento con cuatro ruedas. Y sin pensar en cómo él reaccionaría al verla, ni si él había cambiado, ni si ella seguía siendo su único amor, corrió hacia él. Corrió sintiendo que no había pasado el tiempo por ellos, como si toda la espera solo hubiera sido una mala pesadilla.
Cuando se encontró delante de él, mirando el cielo reflejado en aquellos ojos, ella solo pudo decir una cosa: "Nunca he podido olvidarte". Y como si el tiempo se hubiera parado en una de esas tardes en las que no hacía falta nada más que su presencia para sentir la felicidad, él le deleitó con esa mirada en la que su mundo volvía a tener sentido.

Atenea

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22 de febrero de 2015

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A todos nos duele alguien


Jorge.

A todos nos duele alguien. A mi por ejemplo, me dueles tú.

A todos nos duele alguien. Así como a Frida le duele Diego. Así me dueles tú.
Quisiera abrazarte, Jorge. Quisiera tatuarte los buenos momentos en tu mente y que olvides por completo los malos.Te pido una indulgencia para poder entrar de nuevo con éxito a tu alma. Delicadamente. Te prometo que no notaras que hace tiempo ya, cerré la puerta.

A todos nos duele alguien. Así como a Acuña le duele Rosario. Así me dueles tú.
Quisiera besarte, Jorge. Quisiera desempolvar tu cuerpo a besos. Lentamente sin temor.
Te pido que me dejes besarte con pasión y ternura,intentare besarte hasta mil,perder la noción del tiempo y besarte otros mil. Te prometo que nadie lo hará como yo.

A todos nos duele alguien. Así como a París le duele Helena. Así me dueles tú.
Quisiera mirarte a los ojos, Jorge. Quisiera estar tumbada a tu lado, no sintiendo el frió de tu ausencia que me quema, que me acaba, que me rompe. Te prometo no volver a sentir dolor.

Katia Avila
http://prefierodejarloenanonimato.blogspot.mx/
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20 de febrero de 2015

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Un comienzo


Elena levantó la cabeza y cerró los ojos dejando que la llovizna que empezaba a caer le mojase su rostro. Era algo que le había encantado desde niña. La relajaba. Después de unos minutos, su estómago volvió a incordiarla. Su hija Aura, de quince meses, dormía con la tranquilidad de quien se sabe a salvo. Se levantó y se acercó al puesto de comida con su estómago rugiendo. 
-¿Cuánto vale un perrito completo?- musitó Elena con voz inaudible. 
-Tres euros- dijo la mujer lentamente mientras disimulaba mirando hacia otro lado tras darse cuenta del tremendo hematoma que surcaba el rostro de Elena. 
Contó sus monedas. Dos veces. Después, con la cabeza agachada y voz queda habló a la dependienta. 
-¿Y solo el pan y la salchicha?- preguntó mientras notaba como se le subía el color a su amoratado rostro. 
La dependienta se calló y puso la mano abierta. Elena le dio las pocas monedas que le quedaban. Tras prepararle el perrito se lo dio a Elena, que casi antes de cogerlo ya lo había engullido. Llevaba dos días sin comer. Cuando ya se iba a marchar y con su estómago todavía en pie de guerra, la mujer llamó a Elena. 
-Perdona, se te olvida la vuelta- exclamó la mujer que salió de su puesto y se acercó. Tras mirar unos segundos a Elena, la abrazó. Luego, con delicadeza, le metió en el bolsillo de la chaqueta sesenta euros. A Elena se le saltaron las lágrimas. La mujer le acaricio el rostro con la dulzura de una madre. Le besó la frente y se volvió a meter en su puesto de comida. Elena se giró, se secó las lágrimas y se fue empujando su carrito, sintiendo que en su nueva vida por fin podría empezar a vivir sin miedo.

Francis Merchan

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18 de febrero de 2015

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El Infiltrado


Mediaba la década del 50, (papá no era muy bueno para las fechas), y Cavour estaba convulsionado.

Cavour era, y aún es, un pueblo, si se le puede llamar pueblo a una decena de casas que circundan una plaza, si se le puede llamar plaza a una manzana de tierra arada, en cuyo centro se erige solitario el monumento del Padre de la Patria galardonado con un nido de caseros en el hombro derecho que más de diez años de inclemencias del tiempo no pudieron derrotar.

Lo cierto es que el lunes posterior a un domingo de elecciones, Cavour amaneció convulsionado. A primeras horas de la mañana, todo el mundo (incluyendo los habitantes de la zona rural), sabían que en el pueblo había un “infiltrado”.

Las mujeres salían de sus casas, delantal a la cintura y escoba en mano, con el único propósito de recabar información y eso era evidente pues no había veredas para barrer.

-¿Será cierto lo que se rumorea por ahí? -preguntó doña Adela a su vecina doña Mercedes, que ahora era la primera dama, según los resultados de las elecciones.

-Las papeletas dan fe. -dijo doña Mercedes, dándose importancia.

-Las papeletas no tienen religión. -dijo doña Eustaquia que “justo” pasaba por allí.

-Es una manera de decir. -explicó doña Adela.

-Pues entonces digan bien las cosas, porque ahora además de tener “un infiltrado” van a creer que adoramos las papeletas. Ahora, yo me pregunto… ¿qué es un infiltrado?

Doña María que había venido al trote cruzando la plaza, (primera dama saliente) y que nunca perdía la ocasión de meter un bocadillo, dijo aún agitada:

-Un bolche.

-¿Un qué? – preguntaron las mujeres al unísono

-¡Un bolchevique!, mi marido dice que seguro es un bolchevique.

-¿Se dan cuenta? -intervino otra vez doña Eustaquia – ¿Por qué nunca se sabe la verdad? Porque nunca se dicen las cosas con todas las letras, ahora resulta que además de un infiltrado, tenemos un bolche y un bolchevique!

-¿Qué son tres? -preguntó doña Dominga que recién llegaba y perdió parte de la conversación

-Las papeletas no mienten, dicen que hay solo uno.-dijo doña Mercedes

-¡Acabáramos! Ahora además de religiosas, las papeletas hablan.-volvió a intervenir doña Eustaquia.

Todas las mujeres comenzaron nuevamente a explicarle que solo era una forma de decir, pero como lo hacían todas a la vez, se transformó en un romerío y pronto en discordia, porque en el intento de darle una explicación a la anciana se escuchaban cosas como “vos qué sabés”, “tu marido no sabe nada”, “que se calle el tuyo que ya bastante dio de hablar el año pasado”y cosas por el estilo y tanto bullicio hicieron que el cabo Fernández decidió intervenir cuando vio que comenzaban a levantarse las escobas.

-¡Orden señoras! ¡orden!

-Usted no se meta que nadie lo llamó.-dijo doña Clara que por ir al fondo a darle de comer a las gallinas, se enteró de la reunión cuando comenzaron los gritos y recién llegaba.

El cabo sabía que esto pasaría a mayores así que decidió ponerse firme:

-Vamos señoras, despejen, despejen -decía mientras movía los brazos como si estaría arreando animales- “cada carancho a su rancho”.

-¡Carancho tu abuela!- gritó indignada doña María amenazándolo con la escoba.

El cabo salió corriendo, prefería tratar con cuatreros y borrachos. Pero este episodio puso fin a la conversación y las mujeres se retiraron a sus quehaceres cotidianos.

Doña Eustaquia que era acompañada por su vecina doña Clara dijo:

-Ve usted lo fácil que se arreglan las diferencias cuando uno dice las cosas con todas las letras. El cabo les dice “señoras” y nadie le presta atención, pero cuando dice “cada carancho a su rancho”, todas entendieron, (¡claro! ella no se incluía porque se consideraba una señora)

Doña Clara lo dejó pasar porque estaban solas y Eustaquia era una persona mayor.

-Ahora, dígame una cosa doña Clara, con tanta gente merodeando en el pueblo, según dicen, un infiltrado, un bolche y un bolchevique, ¿no se estará echando a perder el pueblo?,¿ no habrá que poner un poco de orden en las calles?

Doña Clara miró a su alrededor y después de la estampida de las mujeres, exceptuando el general con su nido, no se veía a nadie.

-¿Le parece doña Eustaquia?,¡ si no hay un alma en la calle!

-¡Peor todavía!. Tanto silencio, tanto silencio… para mí que están escondidos, en cualquier momento nos atacan y fin de la historia.

Doña Clara dejó a doña Eustaquia frente a la puerta de su casa y aún sosteniendo el delantal por las puntas con el que formaba una especie de bolsita que contenía los granos de maíz para las gallinas, salió chancleteando rapidamente, se metió en la casa, cerró ventanas y puso cerrojo a las puertas, no vaya a ser que la vieja tuviera razón…

Papá sonreía recordando la situación.

-Pero ¿qué fue lo que sucedió? – lo instábamos mi hermana y yo para que siguiera el relato.

“Cavour era un pueblo rural, que surgió con la llegada de inmigrantes, todos en busca de tranquilidad, paz, y un plato de comida. Así lo deseaban y así lo mantuvieron.
El tema de la política era espinoso. La mayoría de los inmigrantes venían escapando de la guerra y aunque casi todos analfabetos, no eran ignorantes, sabían que las guerras siempre tenían un trasfondo político.

“La política e`una puttana che incanta gli uomini e porta a la guerra, abbiamo rimosso la terra e muore di fame bambini e donne”, decían los abuelos, y con ese argumento nos criaron y educaron, de manera que cuando se comenzó a hablar de política por la región, todos nos lavamos las manos y hacíamos oídos sordos.

Los únicos valientes (quizá porque sus familias no conocían la guerra mas que de oídas) fueron Perasso y Acuatti que acordaron ponerse cada uno a la cabeza de los partidos predominantes del momento: peronismo y radicalismo.

Y nosotros los dejábamos hacer, una vez se votaba a uno, la próxima al otro y todos en paz, la vida continuaba…

Pero en esta ocasión las elecciones eran nacionales y la lucha por la toma del poder en las grandes ciudades se había tornado ríspida, de manera que mandaban a todos los pueblos grupos proselitistas a hacer campaña.

Al principio, no pasaba nada, solo era aguantar alguna que otra perorata de ambos bandos, pero a medida que se acercaban los comicios el ambiente se espesaba. Si un partido en una esquina de la plaza hacía choripanes, en la otra esquina el otro partido repartía empanadas. Si al domingo siguiente aparecía un grupo con bombos y guitarra, al instante, en la otra esquina estaba el acordeón y la trompeta, y nosotros los del pueblo, incluídos los dos candidatos locales éramos como una ola en un vaivén sin fin, yendo de una esquina a la otra. Cuando comenzaban las piñas e insultos, nos íbamos todos a casa y quedaban los grupos foráneos sacándose chispas. Era casi cómico por no decir ridículo que personas que no eran del pueblo se estuvieran peleando por nuestros votos, mientras nosotros descansábamos tranquilamente en nuestras casas.”

-Pero papá, ¿cuándo aparecen los bolche? – preguntó mi hermana

-Ah, si, los bolche -sonrió papá- ahora llega.

“El sábado anterior a los comicios, llovió todo el día y toda la noche, solo al alba se convirtió en una llovizna, el domingo se presentaba gris y enlodado.

Sabíamos que debíamos ir a votar porque era un deber cívico de manera que mi papá ató la jardinera y llevó a las mujeres y mi hermano menor, pero no había lugar para nadie más, así es que decidí hacer los siete kilómetros que me separaban del pueblo, porque vivíamos en el campo, con mi bicicleta.

El camino estaba maltrecho por el barro y las huellas que dejaban los vehículos y antes de concluir el primer kilómetro la bicicleta se frenó atascada por el barro y se torció la rueda por la fuerza que hacía, era imposible tratar de seguir.

Dejé la bicicleta y comencé a andar, luego de una centena de metros, comencé a oír a lo lejos cánticos y el ruido de un motor, me detuve a esperar y pronto apareció un tractor que tiraba una chata en la que transportaban personas al pueblo. Todos sabían que nosotros siempre votábamos al radicalismo y los cánticos que oía eran de ese partido, así que les hice señas para que pararan, pero estos pasaron a mi lado salpicándome con barro y gritaron:

“Ánimo amigo correligionario, ánimo que le falta poco.”

Yo no era de enojarme mucho, pero ese día la bronca me subió a la garganta y me bajó al estómago:”esto no se los voy a perdonar, ya verán… Esta vez les va a faltar un voto radical me decía mientras seguía caminando. Pasados unos quince minutos de andar, otra vez el mismo ruido pero con otros cánticos se escuchaban a lo lejos. Eran los peronistas que buscaban a su electorado. El tractor aminoró la marcha y se detuvo, un hombre extendió su mano y me dijo: “Arriba muchacho, venga que no va a llegar nunca, mire como está todo embarrado, suba compañero que se hace tarde”. No lo dudé, subí de un salto y así llegué al pueblo.

Cuando nos bajaron a todos, el tractor se puso en marcha, una señora que estaba cerca mío a los gritos les preguntó:

-¿Y cuándo nos vuelven a buscar?

El hombre que conducía el tractor se dio vuelta y le contestó:

-Pero que… ¿también quieren que les demos de comer?, ya están aquí, ahora voten y dejen de joder.

Si bien no me enojaba casi nunca, ese día estaba furioso. Y aunque no dije nada, ya sabía lo que iba a hacer.

Pasadas las seis de la tarde, las puertas de la escuela se cerraron, para el recuento de votos, adentro solo quedaban el maestro de la escuela, que era el presidente de mesa, los dos fiscales, el cabo Fernández para mantener el orden y el padre Santino, como testigo del recuento.

Cuando terminaron, que no les llevó mucho tiempo, ya que entre pueblo y campiña, los votantes no ascendían a más de ciento cincuenta, todos quedaron callados.

-¿Y? -dijo el cabo- ¿Cómo salió?

El maestro de escuela miró a los fiscales, que asintieron con la cabeza, como dándole permiso para hablar, respiró hondo y dijo:

-Setenta y nueve votos para el partido peronista, setenta para el partido radical…

El Padre Santino que parecía estar dormitando en un banco, dijo:

-Falta uno.

-Si Padre -dijo el maestro- y un voto para el partido comunista…

El Padre Santino, anciano ya, que lo habían mandado a estos lugares tranquilos, porque había ejercido su sacerdocio en medio de las distintas guerras europeas,experiencia que lo dejó un tanto trastocado, abrió grande los ojos, se puso de pié y salió despavorido de la escuela gritando: ¡Oh Dios mio, ten piedad de nosotros!, ¡un bolchevique aquí!, la guerra se avecina, la guerra se avecina….

Esa fue mi venganza, nadie lo supo nunca y por más de un año hubo de qué hablar en el pueblo. Pobre Padre Santino ahora me arrepiento.

-¿En verdad estás arrepentido papá?

Lo pensó un rato, sonrió y dijo:

-¡¡No, qué va!!


Nelvis Ghelfi

http://sincaramelos.com/
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16 de febrero de 2015

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La tonta de Juana


Sí que era TONTA mi amiga Juana. Tonta con todas las letras de la palabra en mayúscula, subrayadas y en negrita. A veces me provocaba darle un par de coscorrones a ver si lograba que reaccionara con los golpes. Así sería de tozuda. Es que en verdad esa amiga mía no tenía compón.

Venía de haber roto con un tipejo con el que llevaba apenas seis meses de “relación”, si es que se le puede llamar así. La razón: incompatibilidad de caracteres. Apuntaban en direcciones opuestas para resumir.

No había pasado ni un mes cuando se lo encontró de nuevo y bastaron unas calentaditas de oreja, un “me haces falta por aquí”, una caricia por allá y ¡zas! Otra vez en las garras de ese animal. Tres días después se lo consiguió en su departamento con alguien más. Ella me refería el suceso sin caber en el asombro y yo (que ya me sabía la historia de ella, la del tipo y otras muchas) en lo único que podía pensar era: “No sé qué le sorprende”.

La cuestión era que no la había descompuesto tanto el descubrimiento como el hecho de que aquel reparara en su presencia y no se inmutara, que siguiera presto haciendo de las suyas en el otro cuerpo sin importarle que ella lo observara, más bien queriendo que lo observara. Me contó que cuando se cansó de ser ignorada se desesperó, armó un escándalo que solo sirvió para que él le dijera: “Oye, no molestes que estoy ocupado”. Y la otra salió después a secundarlo con total descaro: “Que solo serán unos minutos, nena. Si dejas de interrumpir acabamos más rápido”.

Se marchó, claro. Presa de un cúmulo de sentimientos que no alcanzó a describirme, pero que duraron como mucho una semana. No hacía más que hablar de él, de lo mucho que le gustaba, de lo que le hacía sentir cuando se le acercaba, de que si le perdonaría cualquier cosa porque se moría por él, que lo adoraba y otra sarta de palabrerías que a mí me hacían sentir pena al escucharla. Nunca entendí cómo Juana jamás percibió en ella misma la indignación que me transmitía su historia cuando para mí era ajena y para ella, propia.

En esos momentos, yo no cabía en mí de lo mucho que me sorprendía ella. Intentaba hacerle comprender por cualquier medio en qué podía terminar aquello. Incontables veces le repetí que no le convenía, entre los miles de hombres que hay en el mundo no podía quedarse ella con tan infame individuo. Juana no captaba ni porque le hablara en su idioma o en cualquier otro, ni porque le explicara gráficos (con lo harto que le gustan las matemáticas) o le hiciera dibujitos. 

Regresó con él, por supuesto. Y cuando me dio la bella noticia, el coscorrón que le quería dar a ella me lo terminé dando a mí de la impotencia:

– ¡¿Cómo se te ocurre, Juana?! ¡Piensa del ombligo hacia arriba no del ombligo hacia abajo, mijita! ¡Cuánta pendeja en una sola persona! –Le había gritado, incapaz de soportar tanto desatino. ¿Y qué me contestó la niña?:

– ¡Ay, amiga! Es que cuando estoy con él… ¡Cuando estoy con él se me olvida todo! No encuentro dónde me queda cada cosa, se me baja la cabeza a los pies, ¿yo qué sé?

Nada que hacer. Ahí me resigné. Con la cabeza pegada al suelo es muy poco lo que se puede ver. Ya no piensas. Tienes la sesera llena de barro y nadas feliz en tu charco hasta que se convierte en un chasco.

Al poco tiempo me puso al corriente de que le había hecho otra jugarreta, por partida doble además. No halló a una, sino a dos en la misma escena, en la misma habitación y con el mismo que había perdonado la vez anterior. Una de aquellas, entrelazada de cualquier forma entre él y la otra, dizque la invitó a unirse al grupo alegando: “las cosas son mejores cuando se comparten”. A lo que, mientras aprovechaba de respirar sacando la lengua de la garganta de una de esas, el tipejo completó: “Estamos calentando. ¿Te hago un espacio?”.

Salió corriendo, esta vez despavorida. El acontecimiento la desencajó. Pasó un par de semanas martirizándose con el cuento de que no se podía sacar la imagen de la mente, lo peor era que la revivía como si en lugar de haber huido se hubiese quedado en el sitio compartiendo a duras penas a su chico con un par de sanguijuelas que parecía no solo succionarlo a él sino también a ella, a quien le quedaba la porción más pequeña. Era al mismo tiempo una tortura y una pesadilla, me decía.

Sin embargo, eso pasó a segundo plano al él reclamar su presencia, al extrañarle, al necesitarle. Ella, sacudida por las mismas demandas, se dejaba manejar por sus deseos como marioneta. Sin duda algo no iba bien en ellos, aunque a esas alturas ya yo empezaba a preguntarme quién de los dos padecía de la enfermedad más grave.

Cual masoquista decidió regresar con él y con resolución tomada se le ocurrió pedirme consejo. Yo que ya tenía las cuentas claras, cansada de gastar saliva en vano, sabiendo perfectamente que ignoraría mis palabras y que caería de nuevo sin remedio, no pude más que decirle:

–Ten listo el hielo, el mentol y el ibuprofeno.

No me enteré finalmente si entendió el todo o la parte, o si se molestó conmigo por aquella frase proferida. Lo cierto es que no supe de ella hasta tres meses después cuando recibí una llamada en la que me invitaba a su casa. No se oía nada bien y solo con verla al llegar, me di cuenta de que no se encontraba mejor.

Engripada, con medias y pijama, envuelta en una manta, apocada y con aspecto de haber estado encerrada durante días, se me antojó tan indefensa como mi hermanita cuando busca refugio después de un mal sueño.

Después de abrirme la puerta se apresuró a cobijarse en el sofá, que francamente parecía un nido. Ya me imaginaba de qué iba, el tipejo seguro tenía mucho que ver. Rogué porque no hubiese sido tan suelta de tornillos como para dejarse embarazar por semejante sujeto. Por fin me dijo lo que le ocurría y supe que había sido ignorado mi ruego:

–A mi cuerpo le ha dado por ser anfitrión. –Me soltó sin esforzarse por mover los labios. Yo, que creí haber interpretado perfectamente, no hice más que suspirar.

– ¡Sí que eres tonta, Juana! –Alcancé a decir antes de escucharla terminar.

–Eso y también seropositivo.

Una expresión de escepticismo se fijó en mi rostro y me dejó muda, antes de que atinara a pronunciar alguna cosa ella lapidó las palabras no dichas con un:

–No me hagas repetirlo. –Hice amago de hablar y…– No me pidas explicaciones ni detalles. –Otra vez intenté mover la boca– No me hagas preguntas, ¿quieres?

Concluyendo que no iba a dejarme emitir sonido alguno, simplemente asentí. Menos mal que me impidió el habla porque en ese momento no sabía qué decir, negada y a punto de rabiar por la noticia, solo me pasaba por la mente resaltar lo estúpida que fue. Me le quedé viendo, el silencio se hizo pesado incluso para ella porque hubo de aliviarlo diciendo alegremente:

– ¿Ves? Te he hecho caso en algo –se llevó una mano hacia la bolsa de hielo que llevaba sobre la cabeza, me señaló una cajetilla de ibuprofeno abierta que descansaba en la mesa junto a una pomada. Me pidió que le acercara esta última, se untó un poco del contenido en las sienes y al instante un aroma mentolado inundó la estancia.

No pude más que sonreírle luego de negar con la cabeza, me hice espacio junto a ella en su “nido” y la abracé. Sus lágrimas comenzaron a brotar y con ellas su aflicción fue volcándose en un lastimero desahogo.

–Me la imagino, ¿sabes? A la niña que quiero tener y que quizás no tenga. La veo ahí frente a mí diciéndole: “mija, si va a ser tan pendeja como para enamorarse de cualquier estúpido al menos tenga buen gusto. No vaya a caer en las manos de cualquier imbécil que venga a cantarle desafinado en la pata de la oreja, que eso no suena. Ni mucho menos se maraville con cualquier idiota que le pinte pajaritos desfigurados. Que no le pase como a mí, que suba sus expectativas y que aprenda a mirarle el dentado a caballo regalado”.

–Bueno, Jua…

–Calla, calla… –Me interrumpió entre sollozos–. En serio, no digas nada. Tantas oportunidades que tuve para enmendar y mira. Es que si en la vida no aprendes algo por las buenas, lo haces por las peores. ¿Y dime tú, amiga, de qué me sirve ahora el aprendizaje sino que para resaltar mis errores? ¿Es que no las escuchas, a esas “lecciones de vida”? Debiste haberlas escuchado porque me gritan algo parecido a lo único que te he dejado decir desde que entraste a casa: “¡Por pendeja, ¿viste?! ¡Sí que has sido tonta, Juana!”. ¡Estoy-hastiada-de-escucharlas! –Gruñó entre dientes–. Dime dónde se apagan. O mejor no, no hables. Solo acompáñame, pero quédate callada.

No abrí la boca, más por no tener respuesta a sus incógnitas que por respetar su silencio. Ese día murió Juana, la tonta. De hecho, no volví a llamarla nunca de esa forma.


Fritzy Zamor


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14 de febrero de 2015

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Entre el perro y el gato


El gato, es un investigador, alcanza mejor todos los rincones de la casa, sigiloso, no hace ruido, sus pies son almohadillas silenciosas, como si anduviera por la casa con unas nórdicas. Llega a sitios donde el perro ni podría imaginar. El gato da saltos que al canido tan solo de pensarlo se le romperían los ligamentos de sus articulaciones.
El perro, por contra, es más familiar, busca más el contacto con cada miembro de la casa, necesita de la compañía, es más sobón, más sociable, aunque de movimientos más torpes, anda por la casa tirándolo todo con el rabo, hace ruido con sus uñas al pisar, como si calzara botas con crampones, no pueden adaptarse a caminar por el suelo pulido de la casa.
En el jardín, sin embargo, el perro cobra ventaja sobre el gato, anda más juguetón, más alegre, se adapta mejor al terreno abierto. El gato, más cauteloso fuera de la casa, achica su cuerpo, se pega al suelo, no se fía, no se relaja, mira arriba, y a los lados, defensivo, busca refugio en alguna planta donde pueda esconderse, o en un árbol donde pueda trepar.
Hay momentos inevitables en que los dos animales se enfrentar. El perro desconfía. El gato, va a lo suyo. El perro piensa: No me fio de este espabilado, el gato piensa: Pues yo no me fío de este grandote torpe, baboso, y sucio, que hace caca en cualquier sitio.
El gatito, sabe que no debe confiar en el perro, se muestra ante él todo lo grande que su cuerpo puede aparentar, se bufa, arquea su espalda flexible, saca sus uñas, tan chiquitito, enseña sus dientes, se destacan sus colmillos, blancos, pequeños aún, pero afilados como agujas, que contrastan con su lengua roja. El perro retrocede, se asusta, piensa: Aunque sea más pequeño que yo, no debo fiarme de ningún miembro de la especie gatuna, cede su espacio. Es vencido por el gatito en cualquiera de los encuentros, el mismo perro que no dudaría en ningún momento enfrentarse a un rottweiler, a un pastor alemán, e incluso a un mastín que cuadruplicara su peso y tamaño, sin embargo, retrocede ante un débil maullido de gatito, retrocede ante sus uñas, el perro piensa: Debo mantenerme alejado de este animalejo o me traerá problemas. Esto lo sabe el perro, aunque no hubiera visto nunca a un gato, lo sabe, porque lo lleva escrito en su herencia genética, almacenado en alguna parte de su cerebro arcaico. El perro sabe bien que debe de evitar encuentros con felinos.
Finalmente los dos aprenden a evitar el enfrentamiento. Si en algún momento, llegan a cruzarse de forma azarosa en el camino del otro, simplemente, se observan, mantienen un cierta distancia, la del gato más amplia, la distancia que requiere el perro sin embargo es más corta, necesita arrimar su húmeda trufa para olisquear, este comportamiento tan grosero, molesta al gato. Mejor no tener problemas, pensaran los dos, sin apartar la mirada el uno del otro, así, cada uno sigue su camino.
Algunas veces el gato se come la comida del perro, y el perro se bebe el agua del gato. El gato piensa: No me ves, pero que sepas que estoy aquí, que puedo comerme tu comida. El otro piensa: Yo estaba aquí primero y puedo beber el agua que hay en mi territorio.
No se entienden, nunca se han entendido, y por muchos siglos que pasen no se entenderán.
La curiosidad del gato le lleva a levantar su mano para intentar divertirse con el perro, porque en un principio no lleva malas intenciones, quiere jugar, pero eso si, el mismo gesto de levantar la patita, puede ser utilizado: o bien, para jugar con sus congéneres; o para arañar, y dejar un recuerdo grabado a cualquiera que se le ponga delante, porque puede usar sus uñas retractiles a su antojo, puede desplegar sus armas en milésimas de segundo y matar a sus presas de un certero zarpazo. El perro, este gesto, pues, de forma cauta, lo toma como una amenaza, no lo entiende, le desconcierta. Frente al gato, hace gestos de acercamiento y de retirada, titubea, no sabe si es juego o pelea lo que le ofrece el gato. Y en verdad, la diferencia es muy sutil, y al fin y al cabo las intenciones, sean buenas o malas, solo las conoce el gato.
La sociabilidad del perro le lleva a olisquear el mismo trasero del gato, este, se revuelve, arisco, se engrifa. No hay lugar a un posible entendimiento.
Creo que la mejor manera para una convivencia sin problemas, es que se soporten el uno al otro, sin llegar a la provocación. Como dos viejos mal avenidos, que se conocen bien, y aun sin soportarse el uno al otro, cada uno de ellos se mantiene en su sitio,defendiendo su espacio, sin incomodar al otro. Cada uno sabe lo que tiene que hacer para no molestar en exceso al compañero, para no romper el vínculo que les une, porque los dos saben a ciencia cierta, que se necesitan el uno al otro.
Y es que andar siempre de pelea en pelea cansa, estar en guardia agota. La convivencia pacífica, la tregua, conlleva menos desgaste, y esto, lo sabe bien tanto el perro como el gato.

Gabriel Moreno

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12 de febrero de 2015

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Si se fueran a la playa



14 febrero
  Feliz Onomàstica, Valentín. Que aunque no te lo merezcas te voy a felicitar igual. Porque yo soy un ángel, y por tanto subalterno. No me queda más remedio.

  Que sepas que este año el más aclamado ha sido San Judas Tadeo, que de causas desesperadas se nos llenan las casas. Y San Lázaro, patrón de los pobres y los enfermos, que ya no puede más de la angustia que crece día tras día.
 ¿Sabes que Santa Elena tiene más admiradores que tú? Ay, Valentín, que los tiempos se nos echan encima y nos va tocar mirarles las espaldas cuando nos adelanten corriendo más rápido que nosotros.    A propósito, Elena me ha dicho que se retira. Que no quiere escuchar más a los divorciados. Dice que un buen puñado no quiere saber nada de reflexiones de dos minutos ni seriedades, y que a las tres semanas piensan ya en San Valentín. Dice que se queda con los albañiles y los arqueólogos, con las agujas y los clavos. A lo mejor son solo celos de tí. A saber.

  Que sepas que de toda la vida de nuestra muerte, desde que vivimos Aquiarriba, vamos de mal en peor. Valentín, que yo te veo que te arrinconas con la botella en la esquina del sofá en las reuniones de los domingos. Y que mientras bebes con los ojos llorosos te sube la aflicción hasta la punta del pelo. Tú te crees que no te miro, mientras te secas las lágrimas con la punta del capisayo. Y que se me escapa cuando susurras palabras ininteligibles durante las lecciones de Benevolencia.
No sé si los demás se dan cuenta. Pero yo sí, soy capaz de leer en tu mirada y en tu cabeza.

  La gente viva piensa que Aquiarriba dormimos sobre las nubes. Que cantamos abrazados y observamos magnánimos y protectores lo que sucede desde nuestras alturas.
  No saben que Aquiarriba aprendemos a servirlos. Que día tras día, en nuestras horas sin tiempo, nos hemos tenido que adaptar a sus almas espinosas, estudiando las razones para seguir existiendo en un mundo donde nuestro espacio lo tenemos que compartir con la superstición y la compraventa de deseos.
  No saben que nuestro Cielo ya no es Cielo. Sino una explanada inmensa de corazones desesperados, bondadosos desde siempre o convertidos en la muerte, que trabajan sin descanso y sin jornal por las almas casi exánimes de los que se creen en Vida.

  Valentín, yo te propongo una cosa.
  Que cerremos el chiringuito y nos vayamos todos. Que nos dejemos nuestras capas y nuestras alas, los cetros, las cruces y las cuerdas. Las ruedas, las heridas, los animales, las espadas, los fuegos, la sangre y las representaciones truculentas. Que Aquiarriba se convierta en un desierto de arena cubierto de armas y lágrimas, de torturas y cadenas. Pero abandonadas.
 Vámonos donde no oigamos el fragor de las palabras, los ‘te pido’ y los ‘yo quiero’. Que nos descansen los oídos y las manos de tanto ruego.

  Te he visto custodiar como tesoros millones de amores. Resguardarlos de las tormentas y vigilarlos en los caminos. Has cultivado y defendido, protegido y atendido hasta el límite de tus fuerzas.
  Hasta que el mismo mundo te ha rechazado, por obsoleto. Eres tan antiguo y desfasado, Valentín, como el amor verdadero.
  Ya no se llevan tus cosas, amigo mío. El amor llega ahora con la fecha de caducidad. Por eso te has desesperado, que te conozco. Y con ojos vidriosos te veo mirar sin comprender las parejas que se observan aburridas, la prisa por desnudarse el alma, el combate a muerte antes de dar un portazo y escapar escaleras abajo.
  Comprendo que la botella te ahogue la amargura. No eres el único, Aquiarriba. La no -vida de los intermediarios como nosotros es un inservible bazar donde sólo se buscan fruslerías.

  Yo, que vuelo los cielos y porto mensajes, me he dado cuenta, por eso te lo digo Valentín, que nos vayamos todos. Que total, nadie se dará cuenta. Las voces llegan en un único sentido de marcha. Suben hacia arriba como millones de globos que atraviesan las nubes sin esperar un retorno. Hablan y hablan y no nos escuchan.
  Pues vámonos. Ahora se lo digo a los demás, compadre. Nos vamos todos a la playa. A tomar el sol aunque no nos pongamos morenos y a desintoxicarnos de tanta tontería.
  Quizás llegue un día donde el conocimiento inunde como el Diluvio el mundo entero. Que arrase la ignorancia y las vilezas. Que se ahogue hasta el apuntador. Que no se salve ni quien sabe nadar.
  Y así, mientras nosotros sorbemos con la pajita una piña colada bajo el sol y la brisa del mar, llegarán flotando sólo los que lo habrán entendido todo, los que no han tocado a la puerta buscando el trueque y la calderilla.

  En fin, querido Santo. Esto son todo quimeras y ensueños, ya lo sé, pero para eso soy un ángel y mis pretensiones son volátiles y ambiciosas.
  Te deseo que el día sin horas de tu fiesta te devuelva el espíritu ligero que eras en otro tiempo. Que el amor que acunabas entre tus brazos, que no es tuyo ni de nadie pero todo lo puede, se desparrame estrellas abajo.
Feliz dìa de San Valentín.
Tuyo siempre,

Ángel.


Carmen Lozano.

lalunaparttime.blogspot.com

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10 de febrero de 2015

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Dos palabras





Cuando los primeros rayos de un frío sol de invierno comenzaron a colarse entre las rayas de la persiana invadiendo totalmente la habitación de Seillou, éste se despertó, abrió los ojos, no sin dificultad, hasta conseguir adaptarse totalmente a las nuevas condiciones de iluminación que reinaban en el cuarto. Se quedó un rato en la cama tumbado boca arriba, mirando fijamente al techo, observando los grabados de flores que adornaban las placas de escayola que constituían la tapadera de aquella habitación, nunca había reparado especialmente en aquellos ornamentos florales hasta ese momento, y tampoco estaba seguro de por qué lo estaba haciendo ahora. Mientras sus ojos se mantenían fijos en esos bloques de escayola su mente no dejaba de repetirle que día era hoy, aunque por supuesto, él ya lo sabía, hoy iba a ser el día más importante desde que llegó a España desde su Gambia natal hace ya más de siete años, seguramente, iba a ser el día más importante de toda su vida; finalmente se levantó, se duchó, quedándose al salir delante del espejo, mirándolo atentamente, contemplando en silencio, como si deseara ver a través de él algo más que su propia imagen reflejada, solamente pronunció dos palabras, dos palabras que repitió varias veces como una letanía, las dos palabras que cambiarían su vida para siembre.


María salió de la oficina para la igualdad de la mujer y la inmigración en la que trabajaba, en realidad estaba realizando unas prácticas, remuneradas, pero prácticas al fin y al cabo, hacía un par de meses que había terminado en Madrid un máster titulado Cooperación al Desarrollo, con el cual pretendía complementar su carrera de sociología, aunque las prácticas las estaba realizando en Alicante, pues le surgió la oportunidad y no quiso desaprovecharla, era una ciudad que ya conocía de veranear en ella de vez en cuando y sabía que era un buen lugar para refugiarse del crudo invierno madrileño, quizás echase de menos algo más de actividad musical, pues no solían traer muchos conciertos interesantes, aunque si había un buen circuito de pequeños bares que ofrecían oportunidades a bandas noveles o poco conocidas, al menos, ése era su recuerdo de la ciudad, hacia ya algunos años que no bajaba por allí y no podía asegurar de que todo siguiese igual, pero lo más importante era que allí contaba con algunos muy buenos amigos con los que convivió aquel inolvidable verano en las Azores. Cuando terminase el periodo de prácticas deseaba volver a Madrid y montar una consultora de formación e investigación con sus compañeros de máster, de hecho ya habían comenzado con los trámites, pero la lentitud de la burocracia española es algo capaz de agotar la paciencia a cualquiera. Finalmente llegó a casa, se dio una ducha relajante y se vistió con ropa cómoda, se acercó hasta la nevera para picar algo, todavía era temprano para preparar la cena, una vez en el salón, pulso el play de una pequeña cadena musical que había comprado de segunda mano en una de las numerosas tiendas de ese tipo que pueblan la ciudad, pero que todavía sonaba perfectamente, enseguida, las manos de Bill Evans comenzaron a desprender magia, mientras, poco a poco, iban sumándose instrumentos arropando las notas del piano hasta introducir, de un modo casi místico, la trompeta de Miles Davis, que empieza a soplar la melodía central del “so what”, el primer tema de su inmortal Kind of Blue, y se tumbo en el sofá para pensar sobre los últimos acontecimientos que estaban acaeciendo en su vida, llevaba varios días dándole vueltas a la cabeza, reflexionando, intentado analizar todos los aspectos posibles para tomar la decisión correcta, pero ¿cuál es la decisión correcta?, ¿cómo se puede calibrar la corrección de una decisión sin conocer las consecuencias que pueden llegar a derivarse de la misma?, ¿entonces, quiere eso decir que todas las decisiones son correctas en sí mismas? de ser así, ¿entonces no importa que decisión se tome pues siempre será la correcta?, hasta que, obviamente, el tiempo te quite la razón y te demuestre que te equivocaste.
María era una chica bastante liberal, en cuanto a sentimientos se refiere, aunque había tenido relaciones de cierta duración le agobiaba un poco eso de vivir en pareja, le incomodaba compartir su espacio vital, pero esto era distinto, era mucho más que una simple relación de pareja, de compartir piso o ducha, no, esto era mucho más, era su propia filosofía de vida, necesitaba saber si lo que sentía por ese chico era real o, por el contrario, estaba siendo traicionada por el exótico misterio embriagador que producen otras culturas diferentes a la nuestra, lo cierto es que esto parecía algo diferente, era una sensación que no había tenido en sus otras relaciones anteriores, por lo que otra pregunta se cernía inexorable sobre el horizonte ¿estaría dispuesta a llegar hasta el final con todas las consecuencias?, sólo llegaría al final si admitía estar realmente enamorada; dos palabras, sólo dos palabras pueden cambiar el rumbo de una vida.

Seillou se vistió, se puso el traje gris, en realidad su único traje, que se había comprado hace unos días en una tienda cercana, se miró una vez más en el espejo, esbozó una amplia sonrisa, se veía extraño con ese vestuario tan elegante, lo cierto es que no podía ocultar su felicidad, ni mucho menos sus nervios, tan solo esperaba que llegara la hora y que todo saliera bien. En esos momentos le vino a la cabeza la imagen de su madre y de su familia, los echaba mucho de menos, sobre todo a ella, pensó en todos los momentos que vivió en su pueblo, los buenos y los malos, pues allí, entre arrozales y plantaciones de maní, la vida era dura, aunque siempre quedaba el fútbol para disfrutar de buenos momentos, poder jugar un partido al caer la tarde, o jugar contra algún poblado cercano, dejar todo y a todos atrás para adentrarse en lo desconocido no fue algo agradable; aun así, a pesar que vivir allí no era fácil, Gambia era diferente, había algo especial allí que te embaucaba, algo de lo que carecía occidente, «África te cambia la vida» solía decir. Siguió pensando en su madre y se imaginó lo orgullosa que se sentiría si pudiera ver a su hijo en ese momento, pero probablemente solo fuese eso, una imaginación, pues en el fondo sabía que su madre difícilmente se sentiría orgullosa de lo que iba a hacer, pero ojalá pudiera ir pronto a verla, mientras tanto tenía que conformarse con evocar sus recuerdos, lo que era seguro era que le mandaría fotos, junto con algo de dinero, tan pronto como pudiese, y le contaría lo sucedido, hasta el más mínimo detalle, confiando en que, si no podía sentirse orgullosa, al menos, le diera su aprobación. Finalmente, salió del piso en el que vivía junto a otros compañeros, también africanos, aunque no de Gambia, bajó a la calle y fue a encontrarse con su destino sin dejar de pensar en esas dos palabras.

María, tras largas horas de profunda meditación, llego a la conclusión de que debía que aceptar la propuesta, era una cuestión de coherencia consigo misma, y al mismo tiempo una muestra de coherencia y respeto hacía él, al fin y al cabo ¿no estaba enamorada?, si no lo hacía por amor entonces qué sentido tenía todo; siempre procuraba ser fiel a sus principios, hacer las cosas que realmente quería hacer, que consideraba justas, que le salían de dentro, jamás haría cosas de las que renegara sólo por interés, despreciaba a quienes lo hacían, repudiaba el dinero por el dinero, jamás le interesó la ostentación.
Cuando por fin le comunicó su decisión se sintió aliviada, liberada de la pesada carga que había llevado los últimos días, él la miró con una expresión que María recordaría mientras viviese, su rostro era felicidad, en la profundidad de sus ojos verdes se reflejaban todos los duros momentos que había atravesado a lo largo de su vida en una mirada de sincero agradecimiento verdaderamente conmovedora y escalofriante, ella también le sonrió feliz por la decisión que había tomado, absolutamente convencida de que ésa era la decisión correcta y de que el paso de los años no haría otra cosa sino confirmárselo, no le importaba tener que renunciar a alguno de sus principios más arraigados, era una situación especial por la que merecía la pena una pequeña concesión, y se fundieron en un abrazo durante el cual los relojes se pararon y la tierra dejó de girar; al fin y al cabo son tan solo dos palabras.

Seillou llegó al lugar media hora antes de la hora estipulada, cuando se encontró frente a frente ante aquel edificio el corazón se le subió a la garganta, contempló absorto su arquitectura, escudriñando todos los detalles de aquella construcción cargada de simbolismo, aún no podía creérselo, jamás pensó que algo así pudiera llegar a pasarle; finalmente, subió los siete escalones que iban de la calle a la entrada, antes de entrar al edificio se giró y echó una última mirada rápida a su alrededor, como esperando despertarse y volver a la realidad, finalmente, respiró hondo, abrió la puerta, y subió a la primera planta, donde le habían dicho que debía presentase, se sentó y esperó a que llegará el momento; mientras, en su cabeza, resonaban incesantemente las dos palabras que debían marcarle un nuevo guión a su vida.

María se despertó un tanto sorprendida por lo bien que había dormido esa noche, la verdad es que no se lo esperaba, hoy era el gran día, al fin había llegado. Se duchó y desayuno su clásico sándwich mixto con leche y fruta al final, mientras, la cadena del salón sonaba por John Coltrane, en general, María era una buena aficionada al jazz, especialmente en tiempos medios o lentos, con una especial predilección hacia el saxo, de siempre fue un instrumento que le llamó la atención, desde que de pequeñita se lo vio a los payasos de la tele, si en un par de años, una vez finalizado el máster y con la consultoría ya a pleno rendimiento, conseguía cierta estabilidad en su vida, tal vez se apuntara a clases para tratar de emular a sus ídolos; esa mañana sentía una extraña mezcla de tranquilidad nerviosa, pero eso no le impidió desayunar de manera contundente, tras lavarse los dientes comenzó a prepararse, no quería que se le hiciera tarde en un día tan importante, se maquilló a conciencia, algo que no solía hacer muy a menudo, al menos de manera ostensible, prefería la naturalidad en su día a día, y se puso el vestido que se había comprado para la ocasión. Al contrario que otras muchas mujeres, María no era una gran entusiasta de eso que llaman ir de compras, de hecho, solía sentirse un tanto agobiada en las tiendas, pero tampoco era cuestión de ir con unos vaqueros, «si lo haces, hazlo bien», se decía; era un vestido más bien sencillo, color azul celeste, no muy escotado, pero le gustaba mucho como le quedaba, cuando finalmente estuvo lista, se echó unas gotas de perfume, cogió su bolso, el abrigo y se detuvo frente al espejo de la entradilla, se miró una vez más para asegurarse de que todo estaba bien, estaba perfecta, finalmente, abrió la puerta y se marchó, en la cadena, Coltrane había guardado su saxo tenor y A love supreme había dejado de sonar. En la calle hacía frío, aunque afortunadamente el cielo estaba despejando y el sol reinaba en la ciudad dándole el cálido brillo que alegraban un poco las gélidas mañanas invernales, si bien, en Alicante no es que fueran muchas, miró el reloj, iba con el tiempo justo, más bien tarde, como siempre.

Cuando Seillou la vio entrar enfundada en ese vestido azul celeste que lucía bajo su abrigo ya desabrochado se quedó impresionado, jamás la había visto tan guapa, casi parecía otra, «hasta lleva tacones», exclamó para sus adentros, se levantó de la silla, se acerco a ella para recibirla y le dio dos besos, «estás radiante», le dijo, ella se puso un poco colorada, sabía por propia experiencia que a Seillou le costaba un mundo decir piropos a una chica, era una persona un tanto reservada, de esas a las que le cuesta abrirse a la gente, todavía no se sentía como un ciudadano plenamente integrado pese a llevar siete años aquí, sentía que en la fiesta era un invitado de compromiso; ella le respondió «tú tampoco estás nada mal con ese traje», se lo dijo con intención de replicar el halago, aunque ella misma era consciente de que el piropo, aunque cierto y sentido, quedaba algo descafeinado, pues había sido ella misma quien le había ayudado a escoger el traje, pero María tampoco era muy buena con los halagos. La verdad es que Seillou gozaba de muy buena planta, era un chico guapo, más bien alto, pero no excesivamente corpulento, con unos penetrantes ojos verdes que albergaban todo el color del Atlántico, a los que resultaba difícil dejar de mirar, se podría decir que físicamente era lo más parecido al tipo de chico ideal que más atraía a María, quien detestaba abiertamente los cuerpos esculpidos a golpe de gimnasio, especialmente si, además, llevaban alguno de esos absurdos tatuajes tribales que tan en boga parecían estar últimamente, los aborrecía por completo.
Finalmente, llegó el momento, la alcaldesa los invitó a entrar al salón donde suelen oficiarse estos actos, el tono rojizo predominaba la sala, tanto por la tapicería de las sillas que estaban dispuestas a los invitados como por la cortinas de las ventanas, atadas mediante una delgada cuerda de hilo dorado, a modo de telón teatral, que todavía filtraban la luz del sol de mediodía proporcionando a la sala un ambiente algo más cálido, como de cierta solemnidad ritual. Iba a ser una ceremonia bastante discreta, apenas había unos pocos familiares y algunas amigas de ella, tan sólo las más allegadas, Seillou había preferido no invitar a nadie, aunque por supuesto tenía amigos, quizás no los sentía lo suficientemente cercanos como para ser invitados, además prefería disfrutar de este momento lo más íntimamente posible. Allí estaban los dos, puestos en disposición, cogidos de la mano, con el padre ejerciendo de padrino a la izquierda de la novia, y la madre, situada a la derecha del novio, ejerciendo como madrina, dos palabras; en ese momento Seillou tuvo un fugaz pensamiento donde se acordó de toda la gente que le había ayudado cuando llegó a España, a los que le dieron algún trabajo, algún techo, a todas las ONG, centros de acogida, etc., que le prestaron sus servicios a cambio de nada, pensó en la suerte que había tenido y en los que no la han tenido que, en realidad, son casi todos, pensó en el momento en el que conoció a María, sentada tras esa mesa llena de papeles, en aquella oficina de Alicante, con el pelo recogido en una coleta, a excepción de dos mechones que caían sobre el lateral de sus ojos que apartaba, de un modo casi auto reflejo, hacia la parte trasera de sus orejas a fin de que allí se mantuvieran durante un buen tiempo, cosa que no siempre ocurría; pero, sobre todo, pensó de nuevo en su madre.
Por su parte, María pensaba en las ironías de la vida y el destino, un destino en el que, por supuesto, no creía, ella que siempre había renegado de las bodas, a las que considera poco más que un protocolo absurdo e innecesario, el mejor extintor posible para apagar la llama del amor, y allí estaba ella, dispuesta a pronunciar esas dos palabras, dos palabras que juró nunca iba a pronunciar, «al menos», pensó para reconfortarse un poco, «no estoy vestida de blanco subida en un altar».
Dos palabras, toda una vida en dos palabras, pocas veces algo tan escaso, tan breve, puede tener tanta relevancia, dos palabras: «sí, quiero», dos palabras: «sí, quiero», y Seillou besó a la novia, ya lo había hecho otras veces, pero esta vez era diferente, este beso era especial, ya no la besaba pensando que podría ser el último beso, pensando que en cualquier momento lo podrían detener y deportar de nuevo a Gambia, esta vez la besaba como la hubiera besado cualquier otro ciudadano español, sólo que él lo hizo mucho más apasionadamente de lo que lo hubiera hecho cualquier otro ciudadano español, todo seguía igual pero todo era diferente, finalmente, tras años de incertidumbre ya podía disponer de papeles de residencia y ser un ciudadano español de pleno derecho, pero lo mejor de todo, era que podía estar con la chica más maravillosa del universo por siempre jamás, el resto… era secundario.
Ojalá su madre llegue algún día a sentirse orgullosa de él, ojalá algún día pueda llegar a aceptar a María como parte de su familia, aunque María no sea musulmana, aunque María, ni siquiera, sea creyente.


Poeta Borracho

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8 de febrero de 2015

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Mi última carta


MI ÚLTIMA CARTA, acerté leer en un viejo cuaderno cubierto de polvo y telarañas, la tarde que me armé de valor para entrar al desván y poner un poco de orden entre todos los trastos que se acumulaban, recuerdos y descuidos de, imagino varios de los inquilinos que habían habitado anteriormente la casa.
Decidí empezar por uno de los extremos del destartalado cuarto, sufriendo el bochornoso y denso aire que se respiraba bajo un techo de madera carcomida, cuando a la altura de mi cabeza descubrí un hueco entre la pared y una de las bigas del tejado y allí, como camuflado entre cientos de cosas estaba el cuaderno, algo me empujó a interesarme por él, quedaban los restos de decenas de páginas arrancadas y en la primera hoja entera, escrito con una delicada y redondeada letra, en mayúsculas: MI ÚLTIMA CARTA.
Creo que me olvidé por completo de lo que allí había ido a hacer y me senté en el suelo, curiosa, a leer lo que venía a continuación:
"Estoy convencida que esta será mi última oportunidad para que alguien sepa qué fue de mi, aunque nadie acierte adivinar quien soy en realidad, seguramente eso ya de nada importe." 
Las dos primera líneas me cautivaron y, aún sabiendo que quizás invadía la intimidad de aquella mujer, no pude evitar proseguir con la lectura, autoconvenciéndome de que si ahora ésta era mi casa y alguien había olvidado sus cosas allí, en cierto modo me pertenecían.
"Sé que será inevitable que esto suceda una y otra vez, hasta el fin de la existencia del hombre, y de la mujer, pero aún así me gustaría que las muchachitas de mi país, y de tantos otros, conocieran mi historia y no cometieran el mismo error que cometí siendo tan solo una niña. Posiblemente de nada sirva éste, que me temo será mi último escrito. Quizás algunas estamos predestinadas a vivir semejante infierno... al fin y al cabo, me siento una estúpida, pues no es de hoy que descubrí a quién le confié mi vida y, lo que es peor, la vida de mis pequeños. Estoy abatida pero sobretodo, furiosa conmigo misma.
Recuerdo como si fuera ayer, la primera vez que apareció con su lujoso carro en la escuela, era como los galanes de las novelas, guapo, fuerte, tan elegante... tal vez el único pasaje hacia una vida mejor, pensé. Mi papá abandonó a mi mamá poco después de mi quinto cumpleaños y los pocos ingresos de mamá no alcanzaban para casi nada... solíamos compartir un pedazo de pan con mis hermanos para no irnos a la cama sin probar bocado. Cuando empecé a ir al liceo, vi una salida acompañando a algunos señores a fiestas y dejando que me hicieran algunas cosas de las que hoy no se si me avergüenzo, aunque si me producen lástima pues pronto, supe que no me gustaba hacer eso que a menudo se convertía en nuestro único modo de subsistencia.
El señor Conde venía a la escuela todos los viernes, solía aparecer con su chofer y marchaba con un par de chicas de cursos superiores. Se rumoreaba sobre las intenciones del señor pero yo no hacía caso a habladurías, a mi me parecía un caballero y las muchachas parecían contentas, el señor Conde les había comprado vestidos, zapatos nuevos e incluso alguna joya muy brillante!
El día que me recogió cuando volvía a casa pensé que por fin me tocaba a mí y supe que aquel día cambiaría mi vida. Era tan apuesto de cerca... A partir de entonces me acompañó a casa todos los días, me hacía regalos, me traía flores e, inevitablemente, a mis tiernos dieciséis me enamoré de él, veinte años mayor que yo."
La lectura me tenía cada vez más atrapada, como en una novela de las buenas. La luz era cada vez más tenue y caí en la cuenta de que debía bajar a la casa con mi familia. Guardé el cuaderno, envuelto en un pedazo de trapo y volví a guardarlo bajo la misma biga en la que lo encontré.
Al día siguiente, y durante todas las tardes de aquella semana, volví al desván como si de una cita con aquella misteriosa mujer se tratara. 
" A principios de verano, un mes después de que cruzáramos las primeras palabras me propuso irme con él a los Estados Unidos, pues tenía unos negocios y me aseguró que allí podríamos construir una vida juntos, lejos de habladurías y donde me prometió darme todo lo que deseara. No negaré que no dudé más que unos minutos por la tristeza de abandonar mi familia pero la juventud y el deseo de pasar cada segundo a su lado, colmada de amor y caprichos me empujaron, visto desde la madurez de hoy, a cometer el mayor error de mi vida.
A la llegada al nuevo continente, pronto las cosas dejaron de ser exactamente como las imaginé pero me repetía, para aliviar mi tristeza, que estaba ocupado y que hacía lo que podía... Me castigaría a mi misma, por ilusa, cada vez que recuerdo el día que bajé al salón y le encontré casi en cueros y embriagado , tomando vino con dos jóvenes americanas. Aquella noche, preparé de nuevo mi maleta dispuesta a regresar de vuelta a casa sin saber cómo, sin un centavo en el bolsillo pero me detuvo, me pidió mil veces perdón y me propuso matrimonio. Le creí como una tonta y acepté.
Durante unos meses volvió a ser el señor Conde que me robó el sueño durante tantas madrugadas e hizo realidad mi particular cuento de hadas. Puso a mi disposición maestros y asesores para, según él, convertirme en una dama. Realmente, aquel tiempo creí que todo había cambiado, viajes, joyas, fiestas y lujos me alejaron día a día de la realidad, hasta que una madrugada, durante las vacaciones del 86, mientras dormíamos en un precioso velero que recién había comprado, la policía irrumpió, registraron cada rincón del barco y enmanillados, nos montaron en distintos coches. Pasé unas horas horribles, en la comisaría, sin tener ni idea de lo que estaba pasando y, en la misma ignorancia viví durante mucho tiempo, pues tras unas horas retenida, Manuel, el chófer, visiblemente desaliñado y con barba de varios días, vino a buscarme, me acompañó al aeropuerto y entregándome un pasaje de ida, me ordenó que volviera a casa con mi familia y me recomendó que no hablara con nadie de lo que había pasado ni dónde había estado.
Pasaron dos años hasta que no volví a saber de mi, casi desconocido marido. Dos años en los que recordé qué era vivir, volví a cantar por las mañanas, a respirar el cálido soplido de la brisa de mi pueblo , volví a ser dueña de mis decisiones, volví a la libertad, una libertad sencilla, sin lujos pero mía. El reencuentro con mis hermanos y mi mamá, conocer a mis sobrinos, fue el regalo más grande que me habían hecho en mucho tiempo. Una noche, andaba sola por la avenida principal cuando un  carro con vidrios ahumados paró a mi lado, se abrió la puerta y allí estaba de nuevo el hombre con el que me casé! Recuerdo como el corazón me dio un brinco, confundido entre la sorpresa y el miedo. Me había hecho la idea de no volver a verlo, de seguir con mi humilde y tranquila vida pero, al cruzarse mi mirada con la suya supe, a pesar de todo, de sus turbios negocios, de mi desconocimiento... que seguía amándolo, que algo me unía a él y no podía dejarlo marchar.
Volvimos a los Estados Unidos, a otro condado, a una casa algo más modesta pero de nuevo juntos. Nueve meses después nació mi hijo mayor. Poco a poco Ignacio creó un nuevo imperio y yo, centrada en mi pequeño, me hice como si nada supiera, como si nada hubiera pasado e intenté adaptarme a las circunstancias, haciendo oídos sordos con tal de mantener mi familia unida. Él seguía con sus empresas, sus viajes y sus salidas injustificables pero pensando en que mi hijo jamás tuviera que pasar por las penurias que yo pasé callé y soporté todo lo hizo falta.
Transcurrieron varios años hasta que me acostumbré a pasar largas temporadas sola, con mi niñito y el servicio, me fui habituando a vivir sin él excepto cuando venía de visita, se convirtió en un extraño que reclamaba una esposa los días que pasaba en casa. Intenté cumplir con las que, consideré que eran mis obligaciones siempre que regresaba y fruto de ello, nacieron mis otros dos hijos, lo mejor que he tenido.
Con el tiempo y las, cada vez más frecuentes y largas ausencias, de algún modo me hice fuerte y aún siguiendo inexplicablemente enamorada o enganchada a él, no lo sé... era cada vez más consciente de que a pesar de que, materialmente tenía todo lo que cualquiera desearía, me sentía vacía. A la vuelta de uno de sus viajes le expliqué cómo me sentía y creyó que montar un negocio para mí me animaría, pronto me ilusioné con el nuevo proyecto y, como no podía ser de otro modo, gastó miles y miles de dólares para que todo fuera a mi gusto. Por aquel entonces, quise creer que convertir mi sueño de tener una pastelería en realidad, me mostraba lo mucho que aún me amaba, hoy estoy segura que era una artimaña para mantenerme ocupada, callada y quién sabe si también para blanquear el dinero de sus sucios negocios.
Salir a la calle, conocer a otras personas, gente nueva fuera del circulo de sus amistades y colegas me hizo descubrir otra realidad, me acercó a mujeres de mi tiempo, mujeres que vivían en una realidad muy alejada de mi "prisión de oro y brillantes".

Había perdido la cuenta del tiempo que había pasado desde la última vez que se marchó, cuando recibí la llamada de uno de sus hombres de confianza. Algo muy grave debía pasar para que contactara conmigo a aquellas horas de la madrugada... Tomamos café a primera hora de la mañana y me contó que, mi marido llevaba una doble vida, que tenía mujer e hijos en Florida. No sé si me importó demasiado, aunque no fue agradable escuchar la historia, al fin y al cabo, estaba acostumbrada a estar prácticamente sola con mis hijos pero, tengo que reconocer que si fue lo que despertó mi deseo de saber con quién realmente me había casado y ahí se abrió la caja de pandora... ojalá hubiera dejado todo tal y como estaba, ojalá nunca me hubiera casado con él, ojalá jamás le hubiera conocido!!
Encontré de todo tipo de asuntos turbios, armas, drogas, timos... y mucho mucho dinero, cuanto más indagaba, peores cosas encontraba pero lo que realmente me asustó fue ver mi nombre en numerosos documentos, el suyo, no aparecía prácticamente en ninguna parte. Quise correr a la policía pero sentí terror de pensar en la idea que me separaran de mis hijos así que decidí recoger todo lo que pudiera i huir con mis pequeños. Pensé en volver a mi pueblo pero sabía que sería el primer sitio al que acudiría a buscarme así que pensé en ir dirección a Canadá. La aventura duró tan solo unas semanas porque los contactos y el poder del "señor" Conde alcanzaban mucho más allá de lo que podía imaginar... Se llevó a mis hijos y yo tengo más de dos semanas en este desván, acabé una jarra con un poco de agua que encontré en este oscuro y polvoriento  cuarto, lo único que he podido ingerir y por más que grito, no acude nadie, ni siquiera oigo más que algún pajarillo... ya no me alcanzan las fuerzas para más que escribir estas líneas y rezar para que mis hijos no corran la misma suerte.
Si algún día esta carta fuera leída por alguien, si alguien lograra, algún día acertar quién son mis hijos, mi mamá, mis hermanos... sólo díganles que lo siento y que los amo."
No sabría decir el tiempo que pasó hasta que puede articular un solo músculo, las lágrimas resbalaban desconsoladas por mis mejillas ante la triste historia de una mujer desconocida que por superarse, por dar a sus hijos una buena vida, siguió al hombre equivocado y perdió la suya... Únicamente retumbaba en mi cabeza la idea de que algo debía hacer y, desde entonces, intento encontrar a una familia a la que entregarle el mensaje del remitente de SU ÚLTIMA CARTA.

Mynorita

http://mynorita.blogspot.com.es/
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6 de febrero de 2015

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Cuestión de tamaño


–Ese lo tiene chiquito.

– ¡Pero si es toda una enormidad!

– ¡Jum! Hágame caso, mija, esos que se ven grandotes e imponentes por fuera a la hora del té no sirven ni para poner a punto el pastel.

–Pero si está divino. El tamaño es lo de menos, lo que importa es que funcione.

–Ya la quiero ver yo cuando venga con hambre atrasada de casi un verano saciarse todas las ganas de comer con tan pequeño aparato.

–Mmm, yo no creo que sea tan pequeño, me dan ganas de echarle un vistazo de primera mano a ver que se trae de bueno. –El hombre que escuchaba inalterable en un rincón intervino, presto a despejar todas las dudas y reticencias del par de señoras y así elevar su orgullo herido.

–Así que... ¿Cómo lo diría en términos un poco sutiles...? ¿Quieren que les dé una muestra de la calidad de mi mercancía?

–Si no es demasiado pedir, por favor.

–Por mí ni se moleste, joven. Sé bien que ahí no hay mucho que ver. –El hombre trató de ignorar el último comentario y con semblante estoico y actitud imperturbable les exhibió su paquete a ambas señoras, que por un rato se quedaron mudas mientras lo examinaban.

–Viste, ¡te dije que lo tenía chiquito! –Declaró la señora de más edad. El hombre se puso nervioso e hizo una pequeña mueca que escondía su desconcierto. La señora más joven se compadeció y sonrió débilmente para consolarlo.

–Tampoco es necesario que sea tan grande, dicen que lo bueno viene en frascos pequeños.

–Sí. ¡Y la insatisfacción también! A ver si querré yo una cosa tan chica que parezca juguete de bebé. 

–Pero este no va mal, algo se puede hacer.

–Mira, tu di o haz lo que quieras, pero a mí una minucia como esta no me hace gracia ni en Noche Buena. –El hombre cansado de que desprestigiaran su artilugio de tal modo, replicó:

–Serán “otras” las que no pueden hacer ninguna gracia con ella, porque esta “minucia”, como usted le llama, no juega.

– ¿Oíste a este desvergonzado, querida? Sus palabras tienen más repercusión que las dimensiones de su...

– ¡Mire, señora, me ha sacado de quicio! Si usted desea algo más grande, ¡éste no es el sitio!

– ¡Bermúdez!

– ¡Mande, jefe! 

– ¡Venga un momento, por favor! –El hombre atendió al llamado de su patrono, aún indignado y acalorado por la discusión con el par de mujeres.

– ¡¿Pero qué le pasa, hombre?! ¿Quiere dejarme sin clientela?

– ¡Pues favor que le haría si todos son como aquella vieja! Anda buscando algo más grande y ya le digo yo que “grande” debe ser el pobre desgraciado que se la cale.

– ¡Más respeto, Bermúdez! Que de viejas como aquella es de donde sale el dinero para pagarle el sueldo. Y para ser sinceros, entre un comprador y un empleado, usted ya sabrá qué prefiero. Ahora va, se disculpa educadamente y le ofrece algo que se adapte a lo que quiere.

–Corriendo, jefe. –Expresó resignado, mientras se encaminaba obediente a cumplir el mandato:

–Señora, me disculpo por mi atrevimiento. Como usted ha demostrado ser partidaria de la satisfacción en tamañas proporciones y la palabra “micro” nada tiene que ver con algo gigantesco, le ruego, por favor, me acompañe al siguiente pasillo, en donde disponemos de hornos dobles y cocinas de seis hornillas para gente tan desubicada e inconforme como usted.

– ¡Jaa! ¡Qué insolencia! ¡Pero qué se ha creído éste…!

– ¡¡Bermúdez!!...


Aldo Simetra

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4 de febrero de 2015

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Silencio: un maasai sueña


Partimos desde Valencia rumbo a Kenia para ser testigos del cumplimiento de un sueño: el sueño de William Ore Pele Kikanae, un niño maasai, que ahora, 40 años más tarde, ha hecho realidad.

Contábamos con dos compañeros de viaje, Rosa Escandell, presidenta de la Asociación de Desarrollo, Comercio y Microcrédito (ADCAM) y William Kikanae que, en la actualidad, es el líder de las tribus Maasai en Kenia. 

A ella la conozco más por lo que hemos vivido que por los años que han pasado; a él me lo trajo ella. Y como todo lo que Rosa convoca ya sabía yo que habría algo mágico en ese hombre gigante, envuelto en un manto rojo de lana fina y con un bastón de mando entre sus manos negras.

Sobrevolando Nairobi viene a mi mente la melodía de la banda sonora de película Memorias de África: “I Had a Farm In Africa”, del compositor John Barry. Un momento, no sigas leyendo, espera. Tómate un segundo y deja que te envuelva la música hasta que puedas escuchar la voz Maryl Streep decir: “Yo tuve una granja en África” ¿verdad que sientes que tú también tuviste que dejar un día arder aquella “granja” que ya nunca existió?

El barullo y la niebla negruzca de la capital keniata nos mantienen aún en ese limbo musical hasta que llegamos a un aeródromo y conseguimos subir a una de las avionetas que, atravesando a golpe de escala el país, nos acerca al Maasai Mara.

Es impactante la primera vez que planeas sobre el fondo dorado y rojo de esas tierras vírgenes, la mente enmudece y el corazón se encoge cuando, al mirar por las ventanillas, y a punto de aterrizar, ves cientos de animales salvajes correr por el suelo caliente de la sabana pero ¡no ves ninguna pista de aterrizaje a pesar de que el avión continua su descenso!; se corta la respiración cuando las ruedas golpean la tierra y siguen la estela de polvo que dejan las cebras, los ñus y los avestruces al huir del ensordecedor ruido del motor. Cuando bajas de la nave ni te tiemblan las piernas a pesar de sentir que has sido, nuevamente, parido. Un instante de iluminación en el que comprendes por qué la vida nació en África. Estás en Maasai Mara. En casa.

Hakuna matata dicen los guerreros Maasai saludando y, a continuación, nos dirigen a un Land Rover al que, más que subir, hay que trepar para tomar asiento y no es necesario abrir ni las puertas ni las ventanas porque no las tiene. Nos ofrecen para cubrirnos el shuka, unas mantas muy finas de lana que van dibujadas con cuadrículas rojas y azules, prenda que usan tanto para vestirse como para cubrirse si hace frío. En tan solo 500 m pasas por un terraplén y diez socavones y entre vaivenes aprendes a dominar el cuerpo para no chocarte, como si fueses un saco de arena, contra el de al lado. 

Ya en nuestro destino un grupo de hombres y mujeres maasai, vestidos con sus shukas de colores chillones, nos rodean y comienzan a cantar y bailar para darnos la bienvenida. Sin cesar de danzar y dar palmas nos acompañan mientras caminamos sobre un serpenteante camino de hormigón, envueltos por un follaje húmedo y multicolor, hasta la entrada del hotel Ngerende Island. Un recinto de ensueño que cuenta con 10 cabañas, en las que solo pueden alojarse dos personas en cada una de ellas, ubicado a orillas de uno de los meandros del río Mara. 

Dejamos los equipajes y de nuevo en el coche avanzamos por la sabana. Es sobrecogedor ver tanta llanura y tanta vida en estado puro. Kilómetros y kilómetros de campo sin postes de electricidad, sin vallas publicitarias, sin señalización vial, sin basura, sin excrementos, sin podredumbre, sin cadáveres. El olor a tierra pura, a humedad, a vegetación; el aire en la cara y la libertad de sentir que allí no eres nadie, nada… tan solo parte de una cadena alimentaria. Ya nos avisaron Darwin y Maslow, con sus teorías, de cuán frágiles y predecibles somos. Sin embargo aquí, en este trozo de corazón africano, uno siente que, si es algo, es mortal. 

El coche nos lleva hacia lo alto de un barranco y se detiene. Bajamos y caminamos despacio hasta el borde del precipicio, andamos en silencio; se escuchan el sonido de nuestros pasos y el tintinieo suave, como cascabeles, que emiten las chapas redondeadas, que rodean sus shukas y decoran sus pulseras y collares, al chocar unas con otras. Un sonido que marca la sabana y avisa a las bestias de que está pasando un maasai. 
Al llegar al límite entre la tierra y el aire sentimos vértigo, no por la altura sino por el horizonte sin barreras que tenemos de frente y por un sol que parece una bola de fuego venida de otra galaxia y que inunda de sangre el fondo cian del cielo. 

 “Tuve un sueño cuando era niño y me prometí a mí mismo cumplirlo, a pesar de que algunos pensaban que sería imposible y que era una locura” nos dice William mientras los guerreros, con sus lanzas, avivan la hoguera junto a la que estamos sentados. 

“Mi familia era muy humilde - nos cuenta - y desde muy pequeño tuve que trabajar para costear el hospital de mi madre. Lo pasamos muy mal porque, al no estar mi padre, mi madre, como mujer que era, no podía disponer de lo poco que teníamos ya que los temas económicos eran cosas de hombres. Así que para poder conseguir algo de dinero yo tenía que caminar todo el día para comprar las “beads”, unas bolitas pequeñas de cristal de colores que utilizan las mujeres para hacer sus artesanías, y vendérselas. El recorrido era muy peligroso, leonas, hienas…; pasaba mucho miedo cada vez que tenía que cruzar el río Mara y veía los cuerpos mutilados de animales mientras eran devorados por los cocodrilos, aunque era peor cuando estaba la orilla limpia y las aguas estaban quietas: no los veías. 

Aún así yo soñaba con que las maasai tuvieran derecho a tener propiedades, pudiesen tomar decisiones al igual que los hombres, que las niñas no fueran obligadas a casarse antes de los 18 años; veía la importancia de la educación y comprendí que los maasai tendríamos que explotar otros recursos económicos aparte de los turísticos”. 

Y así nos enteramos de cómo su negocio de las beads progresó hasta que pudo comprarse una bicicleta, ayudar a su madre en su enfermedad y adquirir un billete de autobús para Nairobi, con el fin de pedir apoyo para su comunidad. Un día fue proclamado jefe de su tribu en reconocimiento a su esfuerzo por conseguir sacar adelante a su pueblo así como ayuda sanitaria, agua potable y escolarización para los suyos. 

Durante 10 años hizo este viaje y habló con representantes políticos, empresarios, turistas e instituciones para encontrar la manera de seguir ayudando a los suyos. Algunos lo escucharon pero nadie lo llamó. Él nunca perdió la esperanza y estuvo siempre sereno a pesar de que contaba nada más que con su “bastón de mando”, una bicicleta y una sonrisa. Su constancia obtuvo recompensa cuando conoció a Rosa Escandell que, desde el 2005, se dedica a desarrollar proyectos de cooperación e iniciativas de responsabilidad social. 

Guardamos silencio un rato y escuchamos los chasquidos de la leña. El sueño de un hombre que contiene el ansia de la humanidad. Pasan las horas. El tiempo y el espacio allí es como si no existieran; en este remanso y, como si supiesen en qué pensamos, estos guerreros pacíficos sonríen, nos miran y dicen: “Ustedes tienen los relojes y nosotros el tiempo”. 

Rosa juguetea con unos chinarros y los lanza a las llamas mientras cuenta que desde entonces llevan 6 años trabajando en un proyecto que consiste en coser, para la marca Pikolinos, una línea de calzado y complementos a la que llaman “Colección Maasai”. 

Un atardecer alrededor del fuego escuchando anécdotas y riendo; entrada la noche, nos despedimos de Rosa y William y Samuel, el conductor del jeep, nos lleva de regreso al hotel para descansar. 

A la cabaña nos acompaña el cazacobras, un guerrero armado con una lanza, un arco y flechas y ataviado con un chubasquero, unas botas de agua y un sombrero de copa. Dentro, la chimenea está encendida, una mosquitera transparente envuelve la cama de sábanas blancas y, sobre ella, un puñado de flores dibuja un corazón. En la terraza, sobre los sillones beige hay unas mantas finas de color marrón chocolate y sobre la mesa unas velas, una fuente de fruta y una botella de vino. En la esquina, una bañera con agua caliente, pétalos de rosas y espuma de jazmín. Apenas a dos metros, cobijados bajo nuestra chabola, se escucha el movimiento de los hipopótamos y de frente, en la otra orilla, oímos el sonido de las ramas al moverse ante el peso, creemos, que de algunos monos. 

A las cinco de la madrugada, aún de noche, tomamos rumbo a la manyata, el poblado maasai, de William. Despuntaba el alba y la llanura quedó bañada de tonos grana y oro. El sol, nuevamente, parecía venir de otro mundo. Era frío y caliente, rojo y blanco, picante y jugoso. Los animales y las acacias, a contraluz, recortan con su figura el horizonte. 

Nos recibieron en la manyata vestidos con sus mejores cantos y galas; collares y pulseras de mil colores rodean sus cuellos y sus brazos; los hombres daban saltos en los que alcanzaban una altura que no parecía humana. La curandera de la tribu posó su mano sobre la espalda de mi compañera y ambas, abrazadas, comenzaron a llorar. Se reconocieron en esa mirada ancestral que tienen las mujeres “sanadoras”. Luego nos fue tocando uno a uno. Nos dio su medicina. Nos marcó con su bendición. 

Las construcciones de sus manyatas están hechas de barro, paja y maderas. Las cabañas forman un círculo que, a la vez, sirve de muralla para proteger a sus vacas de las bestias de la sabana. Son espacios pequeños, con un hogar de fuego en el interior. La vida en las tribus es de casa hacia fuera. No existe la intimidad. Ellos comparten y discuten hasta el más nimio de los detalles, sea personal o no, cada noche alrededor de un fuego y en esas llamas se conjura todo: el odio, el amor, los miedos… 

Fuera de la manyata, junto a unos arbustos hay una tienda de campaña grande de un descolorido gris por el sol. Sobrecoge saber que ahí, sola, vive Rosa. En la parte trasera de su albergue tiene, colgado de una rama, un cubo agujereado que usa a modo de ducha. “Ni te imaginas – dice- lo que es, cada mañana ducharme aquí y ver pasar las jirafas, los elefantes, las gacelas…, mientras me cae el agua por encima”. Creo que hay una maasai blanca en Kenia: ella. 

A pocos kilómetros del poblado se encuentra el campamento de ADCAM: un espacio vallado y salvaje en pleno Maasai Mara que podría, fácilmente, tener el tamaño de dos campos de fútbol y que alberga en el centro varias edificaciones: escuelas, dispensarios, comedor, barracones y cabañas. Nos sorprende ver a decenas de mujeres, vestidas con los khangas, sus trajes típicos, llenando con sus ropas de algodón, de mil colores, el bosque y el entorno del campamento. Llegan de distintas zonas de Kenia y de Tanzania, de donde podían tardar en llegar, andando, con sus niños a cuestas, incluso hasta una semana. Las vemos sentadas en el suelo, entre los arbustos, cosiendo detalles decorativos, con las brillantes beads, sobre los trozos de piel que adornarán zapatos, bolsos y cinturones. Esta actividad da trabajo a unas 1.600 maasais durante cinco meses al año. 

Los niños en la escuela. Allí es diferente, los niños y niñas sí quieren ir a clase e incluso están dispuestos a atravesar, llevando de la mano a los más pequeños, la sabana para no perder un solo minuto de aprendizaje. Los más desfavorecidos viven en el campamento. 

Rosa y William siguen soñando. Nos hablan de sus nuevos proyectos: un campamento solidario y una media maratón. Acaban de finalizar la construcción de varias cabañas. En ellas pretenden albergar a los grupos de turistas interesados en hacer safaris fotográficos y así poder sufragar, con esos ingresos, los gastos de la escuela. Les brillan los ojos mientras nos cuentan que, en otoño, planean organizar la primera edición de la ADCAM Media Maratón. 

De vuelta al hotel nos llevan a un paraje en el que el río Mara se ensancha formando un paisaje entre lunar y de acuarela. El atardecer anaranjado y el agua marrón y fangosa disuelven los relieves, los funde de tal manera que parece que formamos parte de una obra de Durero. 

Unos maasais recogen trozos de leña y forraje y encienden un fuego mientras otros se acercan a la orilla con un cazo para rellenarlo del líquido color miel y sabor barro. Lo calientan en la hoguera, le añaden unas hierbas recién cogidas y un chorro de leche de vaca recién ordeñada. Bebemos todos del mismo vaso igual que respiramos el mismo aire y nos calentamos junto al crepitar de las mismas llamas. Lo cojo como quien toma un cáliz sagrado, bebo un sorbo largo y lento, quema. Agrio leche; amargo hierbas; tierra madre que rechina en mis dientes. 

El sueño de William está cumplido y nosotros hemos sido testigos de ello. Fuimos como “turistas” de viaje a Kenia, sin embargo volvemos tocados. Tocados por el sabor a sangre de las tierras salvajes, marcados por la vieja mano de la sabiduría. Arrepentidos del agua clara y la sonrisa hueca. 

Antes de partir me acerco despacio al río y dos maasai, como si yo fuera una niña, me custodian. El cielo es una cúpula pintada de gris plomo y fresa y, a lo lejos, se ven los fogonazos de los relámpagos quebrar las alturas; los guerreros me cubren con uno de sus shukas para protegerme del frío y no la acepto porque quiero sentir cómo éste me corta la piel. La arena aún en mi boca, el amargo y el agrio. Dulce sabor a orillas del Mara pues sabes que si te acercas es tu perdición. Y es que allí, en su orilla, las tripas te dicen que el Mara no fluye: late. 

Inma Barranco





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