29 de septiembre de 2015

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Y era chiquita la niña.


Y era chiquita, cuándo paseando, vió un niño sin vista, sorprendiole  ese no poder ver ¡era todo tan bonito ¡, tan bello el amanecer, y las flores en el campo, y los cielos tan azules y ese caminar en noche  alumbrada por luceros,  y la luna iluminando con ese manto sereno y el ver en otros ojos como se colman anhelos.
Oh, (pensaba), ¿como se puede vivir  sin ver ese hermoso espejo, que te refleja en los ojos el brillo del Universo?

Y fue ese mismo instante
en que decidio ella, ser
esos ojos que verian
por los que no podían ver.
Y dedicó su crecer,
su adolescencia y su vida,
a explicar al que no ve..
¡lo bello que ella, veia ¡.

Y me cuentan que al marchar, pudo ver en las estrellas, miradas de aquellos ojos a los que ayudara ella y guiándola por cielo ¡colmándola de tierno halago ¡agradeciendo su amor.. con ternura la abrazaron ¡. 

Julia Orozco.
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27 de septiembre de 2015

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Gabrielle



Altanera y soberbia como ella sola,

Se había rapado la mitad de la cabeza con la promesa de no volver a encadenarse,

Tenía un tatuaje por cada herida y la piel curtida de calle

Los ojos negros le brotaban de histeria...

Había cerrado de un portazo su pasado para poder dormir.

Y había entendido que su boca no silenciaba con injusticias.

Llevaba hace años el estigma de rara pero ya no le importaba,
no le interesaba encajar en marcos pautados con fechas de vencimiento... hacia todo al revés.

Tenía dos amigas de voz gruesa que la malcriaban y tazas sucias de café que la observaban,

Estudiaba el guion de la existencia de libros viejos y abandonados.

Más de un macho la envidiaba, porque sus hombros finos podían cargar más piedras que cualquier campeón.

En sus días de demencia abría el paso y unos cuantos se callaban,

Su postre favorito era el de la libertad y el vestido color coraje era el que más usaba.

De todas formas no le faltaban pantalones que combinaban con la melena larga y oscura que le quedaba.

Era todo aquello que no habían querido que fuera.

Una tarde cualquiera salió a comprar una lámpara, y así apaciguar la soledad que el destino le había sabido imponer.

Descargaba broncas entre maderas y pinturas porque ya no iba a llorar, ningún narciso lo merecía.

Abría todas las ventanas para respirar confianza, se la pasaba mirando fotos de paisajes pero se decidió quedar,
ya no era necesario cargar con culpas ajenas y propias, era cuestión de aceptar lo que la vida le sorteo,

Algunos pedazos rotos se habían perdido cuando el jarrón de su recuerdo estalló.

Sabía que mil años de terapia no la iban a curar, había golletes que nacieron para gritar.

Era loca, indomable, salvaje...

Se sabía que andaba soltera y que ya quedaban pocas posibilidades.

A pesar de la insensatez y las fachas la elegancia no la soltaba, su espalda engreída era la mejor percha.

Lo más lindo que tenía era su corazón agrietado pero compasivo, de mil matices, pedante,
todavía no lo había podido convencer de que se inmutara.

De cabeza terca de acero, orgullosa perpetua…

No eligió ser así… se había hecho, los golpes de la vida la habían tallado a su estilo.

Y así quedó, gritona, caprichosa, maniática, impredecible, arrogante, trastornada, mujer...

Loca mujer...

Cuando él la vio, estaba fulminando a un par con la mirada...

En el mismo instante en el que se enamoró de ella, entendió que la llave de su alma se la había robado el mar...
el mar sabio, posesivo y celoso... y que jamás la devolvería.

Eliana Villela

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24 de septiembre de 2015

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Ahora que


Ahora que no estás
me dedico a matar el tiempo
como un asesino en serie.

Ahora que te has ido,
el amor vuelve a jugar
conmigo, al escondite.

Ahora, ya solo juzgo
a las mujeres
por los libros que descansan
en sus mesillas.

Has tenido que irte
para comprender
que tú eras la distancia más corta
entre mi piel y el paraíso.

Que por un tiempo
no tuve más religión que tu cuerpo.

Que te vi follar y fallar.
Es decir,
en tu versión Diosa
y en tu versión Humana.

Y aún no sé con cual me quedo.

Alejandro Campoy
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22 de septiembre de 2015

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Puede que no se vea, ¿pero quién dice que no existe el amor?

Puede que la línea blanca separe las fotos, ¿pero quién dice que no las une?
Puede que no se vean pájaros, ¿pero quién dice que no estén escondidos entre las nubes?
Puede que los cables estén para transmitir corrientes eléctricas, ¿pero quién dice que no transmitan felicidad?
Puede que los coches estén aparcados a los lados de la carretera por norma general de tráfico, ¿pero quién dice que no estén así para que podamos ensayar el día de nuestra boda?

Puede...

Puede que no se vea, ¿pero quién dice que no existe el amor?

Janire Muñoz 
http://desdemitejadoblog.blogspot.com.es/
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20 de septiembre de 2015

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Secretos de colegio



El día en que comenzó a salirle a Carmela el sarpullido negro en los brazos, un misterioso incidente ocurrido en un tren con parada en su localidad mantuvo en vilo a todo el país. Contaban los medios que, tal y como se pueden ver en las grabaciones de seguridad, el ferrocarril entró en el túnel que atraviesa el monte mágico de los Templarios a las 08:50h de la mañana y salió media hora antes retornando a su punto de partida. Los pasajeros, perplejos, juran no haberse movido jamás del andén. Nadie en la ciudad notó nada extraño pues esa madrugada coincidió con el cambio de hora y eso desconcierta bastante a los ciudadanos -que si una hora arriba, que si una hora abajo, que si ayer a estas horas…-, sin embargo corren ya decenas de historias en torno a este supuesto suceso, aunque los más resabiados lo califican ya de “leyenda urbana”. Sin embargo, solo el cambiavía se percató de que, desde entonces, el reloj gigante de agujas puntiagudas de la fachada de la estación, por más que intenta ponerlo en marcha, permanece firme en las 08:20h.

Carmela siempre ha sido una chica brillante, como los destellos acaracolados de su gualdo pelo: hija modélica, amiga ejemplar; líder incuestionable a quien obedecían sus compañeros de instituto tan solo con elevar su respingona nariz; catequista responsable y como colofón a su buena ventura, este año ha sido elegida reina de las fiestas. Así que cuando esa mañana comenzó a notar la picazón en la piel y que sus brazos y piernas estaban salpicados de cientos de puntitos duros y negros y que en el hospital ningún tratamiento médico los eliminaba se horrorizó. Suplicaba al cielo morir antes de que la vieran así. Al principio no quiso salir ni a la calle, su mundo pin up se derrumbaba pero se tranquilizó al comprobar que a sus padres también les había afectado el mismo síndrome, y al director del colegio, y a sus amigas de colores pastel, y a algunos profesores… ¡hasta al cura! 

Mucha gente del pueblo quedó contagiada por ese espolvoreo bruno roñoso en la piel: unos en las manos, otros en los muslos y algunos hasta en la espalda y, de manera inevitable, la siniestra mancha moteada avanzaba por cada uno de sus poros implacable, extendiéndose por el resto de sus cuerpos. Los médicos desconocían esa enfermedad y no entendían cómo se había podido propagar algo así. ¿Mosquitos?, ¿esteroides en el agua?, ¿algún tipo de radiación? ¿infección por estafilococo?

Y era algo espantoso porque los afectados llegaron a producir más de diez veces el número normal de células de la piel en sus folículos pilosos. Y eso era terrible porque les crecían uñas en vez de pelo. Los infectados tenían una costra pardusca a la que se dedicaban en cuerpo y alma para que nadie la viera. Apenas podían pensar en nada más que en disimular su verdadero aspecto.

El día en que comenzó a salirle a Carmela el sarpullido negro en los brazos, Esther se despertó de madrugada y trenzó, como cada mañana, su lacia melena naranja, y caminó hacia el túnel que atraviesa el monte mágico de los Templarios. No era complicado llegar a la montaña pues tan solo tenía que saltar por la ventana de su habitación y subir por la ladera. Humillada y avergonzada de ser el hazmereir del instituto, del barrio y hasta del pueblo y todo porque un día que estaba con la tripa revuelta no consiguió controlar el esfínter antes de alcanzar la puerta del aula. La primera en darse cuenta del escatológico episodio fue Carmela quien comenzó a reírse mientras la señalaba con su afilado hocico. Desde entonces los compañeros se tapaban la nariz cuando pasaba cerca de ellos, le pusieron de mote la “peste”, le metían heces de perro en la mochila… y Carmela y sus amigas le enviaban notas, mofándose de ella, escritas en papel higiénico. Pero lo que la destrozó fue el día en que Carmela la grabó mientras orinaba en el retrete e hizo circular el vídeo por las redes sociales. Esther callaba, se sentía culpable y no contó nada en casa porque su madre era la limpiadora del centro y temía que la echaran del trabajo.

La madre de Esther, Manuela, estaba preocupada por el cambio de actitud de su hija: se encerraba en su cuarto, no quería hablar con nadie; ya no salía los fines de semana y en varias ocasiones le tuvo que curar unos extraños cortes en los brazos y en la barriga. La chica solo consentía que se acercara Rotulador, su perro dálmata.

Manuela pidió consejo a la presidenta de la asociación de padres -la madre de Carmela, quien se tomó el comentario a título personal-, escandalizada le increpó que cómo se atrevía siquiera a pensar que se le estuviese haciendo bullying a Esther y le espetó que si tenía quejas con quien tenía que hablar era con el director. Así lo hizo, pero él dijo que no le diera importancia porque seguro que eran esas fases por las que pasan las adolescentes cuando les cambia el cuerpo. Manuela, que no quedó muy tranquila tras la charla, se desahogó con el sacerdote quien indignado, en clase de religión sentenció: “Es pecado levantar sospechas sobre los compañeros por algo tan grave como el acoso escolar”. A partir de ahí el suplicio de Esther fue mayor: ahora la llamaban también chivata.

En todo eso pensaba Esther mientras caminaba por la vía del tren. En su mente se dibujaban las muecas burlonas de sus compañeros; los insultos y los murmullos gatunos: “Ahí va la peste, la chivata”. Recordaba las horas que había pasado mirándose fijamente en el espejo llorando y recogiendo, una a una, las lágrimas saladas que bajaban por sus mejillas pecosas y que recogía sacando un poquito la lengua por la comisura de la boca. Mientras se autolesionaba con un cúter porque en su desesperación era la única manera de sentirse viva.

Dentro del túnel caminaba sobre un raíl como si de una cuerda floja se tratara. Primero un pie, luego el otro… fijó la vista en los cordones pistacho que sueltos colgaban a lado y lado del riel. Observaba los grasientos travesaños de madera; sus nudos y las vetas abiertas. Sentía que se acercaba el tren y se tumbó en la vía; una leve vibración la avisó de que se acercaba la máquina. Un extraño canto, brillante y negro como la pez, rodó hacia ella; al cogerlo, su mente, como un flash, comenzó a disparar imágenes con los rostros de quienes la habían herido; acercó la roca a su corazón y clavándole las uñas gritó y gritó hasta que quedó sorda y una luz roja enturbió sus ojos; después sintió mucha calma, mucha... y al abrir los ojos quedó sorprendida al verse de vuelta en su cama. Entre sus manos latía la cálida piedra azabache.

Inmaculada Barranco





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18 de septiembre de 2015

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Nuit


¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo nuestra cabeza puede estallar?
De repente un día dejamos de pensar...
Morimos, pero estamos vivos todavía y lo sabemos…
Dejamos de sentir y caminamos las calles de la vida sin saber si hay luz u oscuridad alrededor.
Un día de repente, da exactamente lo mismo.
Nuestro corazón se para... Pero sigue latiendo, porque todavía estamos acá.
Estamos acá, y no reconocemos si hay miradas alrededor, nos convertimos en actores muñecos que hacen cosas.
Cosas que hay que hacer... Llenamos la alacena con cosas que no sabemos si vamos a comer, abrimos heladeras que están vacías…
Vacías como el alma que teníamos y olvidamos.
Corremos, sí que corremos, pero no sabemos qué.
Nos convertimos en multitud como polvo, irreconocibles, ahí estamos sin sentir, programados para ir de acá para allá.
Para hacer lo que alguien impuso que había que hacer, pero que nunca conocimos.
Si hay que hablar, hablamos, si hay que callar, callamos; como digan, da igual.
Da igual si una pantalla nos ilumina la cara o si ya no hay nada más que brille.
Compramos ofertas de amor como combo de comida basura, y lo comemos para llenar la panza de promesas huecas.
Nos idiotizamos, de alguna u otra manera, y no lo asumimos, para borrar el egoísmo que nos derramo la noche.
Los que conocíamos hace rato también dejaron de estar ahí, solo son rostros extrañamente repetidos que dejaron de mirar.
Ya ni siquiera lloramos, porque era una función inútil que malgastaba la energía que otros necesitaban absorber.
Comenzamos a bailar al compás de una cadena de ruidos sin sentido, para aunque sea, aflojar los huesos fríos y rígidos de timidez.
Contemplamos imágenes pálidas y grises… Seguimos el camino de carteles publicitarios que nos ofrecen felicidad virtual.
Reímos, todavía reímos, de chistes copiados para no desaparecer en el intento.
De vez en cuando, la brutalidad emerge de nuestras venas para poder sentir todavía que tenemos voz.
Cantamos auxilio pero ya todos quedaron sordos de tanto zumbido.
Nos conformamos viviendo en cajas de cartón con pequeños suministros de oxígeno.
Al final no nos quedó más remedio que sumergirnos en aparatos inertes que nos recuerdan que hay algo o alguien más allá del tumulto de extraños.
El tumulto de extraños que nos arrastra a la manía de encadenarnos a los porque sí.
Tiramos la compasión a la basura y cada vez hacemos más altas las paredes. Asfaltamos la tierra de recuerdos y olvidamos quienes somos.
Por suerte no dejamos de ahogar penas en tequila para saborear el viento contaminado de indiferencia.
Y ahí es cuando percibimos, otra vez, el cuerpo mareado, inseguro y decidimos salir.
Una bocanada de aire se aferra al ser y por unos segundos vuelve a latir el corazón quebrantado de desamor…
Por única vez levantamos la mirada, que en un insospechado se choca con otra mirada brusca y fija, entre el desborde de debilidad que nos asfixia.
Y en un súbito y fugas se rasga el portón del alma dejando pasar una gota de ilusión.

Eliana Villella

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14 de septiembre de 2015

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El último café


Héctor Stamponi compuso y Cátulo Castillo escribió la letra de “El último café” y luego la interpretaron varios artistas conocidos. Es un tango maravilloso de esos que se escuchan mientras se mueve la cadera sin querer, ella lo escuchaba mientras veía en la ventana las sombras pasar y suspiraba. Llegaba el recuerdo como un torbellino y se apretaba más fuerte exhalando el aliento. Se imaginaba una silueta negra en la pared que llegaba a llenar el vacío que dibujaban sus brazos. Movía la cabeza de lado a lado despacio imaginando que inhalaba su aroma directamente desde el origen de su cuello. Barroco significa “horror al vacío” pero en estos tiempos minimalistas la gente prefiere desquitarse de pérdidas de tiempo como el romanticismo; todo es blanco, todo es límpio, todo está organizado, pensó ella mientas se cegaba por el sol veraniego. Lo evocaba sin razón, lo escuchaba sin que estuviera y empezaba a ausentar sus sentidos. Se guiaba con la imaginación que le proporcionaban sus memorias. La reminiscencia estaba bañada por la nostalgia. Su dulce argentina. Ahora tan lejana, tan ausente, tan pequeña. Discernía el aire que agitaban los bandoneones del silencio que se escondía en su alma. Un alma triste. Habían momentos en que besarle la frente y apretarlo contra su cuerpo se volvían deseos acuciantes y nada podía evitar que se dispararan sus más audaces pensamientos. Se sometió a una rutina de caricias a las que dedicaba gran parte de su cabeza. Su vida no fluía de la manera en que debía hacerlo, más bien goteaba y dejaba fuera del vaso más de una lágrima. Pero ese día únicamente iba a emplearlo a observar a través de los vidrios. Y allí, con su impiedad, se vio morir de pie, midió su vanidad y entonces comprendió su soledad. No podía huir, estaba condenada a la injuria de la pesadumbre y a vivir en melancolía allá en el extrarradio de una ciudad ajena a la que nunca iba a pertenecer.

Giselda Claramunt Nogue


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11 de septiembre de 2015

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En cáncer en mi vida


El llegó a invadir mi vida cuando tenía 12 años, como una sombra abismal, destructora, urente, ácida. Llegó para llevarse mis cimientos, mi estructura, mi savia, mi infancia y adolescencia.

Fue consumiendo a cuentagotas cada armazón que me sostenía, cubriendo los amaneceres de un manto pardo para dejar ante mis pupilas un mundo velado, oscurecido, a medio existir; porque así quedé aquella madrugada que mi padre escogió para escucharlo y despegar para siempre, porque ya la arena de aquel reloj se había terminado, el ya no lo dejaba ni pronunciar palabras claramente, ni deambular por aquel piso rojizo, ni abrazarme, lo succiono hasta que ya no pudo extraerle más, y después, se lo llevó.

Varios atardeceres después nos volvió a invadir con su repugnante presencia desenmascarando su terrible perfil frente a dos piezas más de mi rompecabezas familiar, y volvió a triunfar.

Pero durante un abril, mientras dentro de mi ser florecía la vida, él volvió, tal vez para recordarme que ahí estaba su sombra, para derrumbar mis construcciones internas, para invadir mi existencia intentando llevarse a mi madre, pero luchamos contra él desde las entrañas, desde lo más profundo de nuestra esencia, porque no podía ganar, no lo dejaríamos esta vez, y así fue, nos dejó ir después de siete meses de interminables días de desasosiego, de luz y oscuridad, de agridulce en el alma.

Desde entonces le temo, me invade a ratos su energía maligna que intenta impregnar su incertidumbre en mí, y yo lucho contra él porque no me puede destruir otra vez, esta lucha es permanente y hare todo para rechazarlo de mi ser.

A pesar de ser quien más dolor me ha generado me dejó aprendizajes bajo la luna de los que estoy inconmensurablemente agradecida, gracias a su presencia maldita soy lo que soy, sin él nunca lo hubiera sabido, caminaría por los senderos perdida entre mis abismos emocionales sin saber donde parar, hoy se a donde van mis pasos, elijo mi destino y voy a paso firme, a veces tambaleante, pero con la certeza de que mi espíritu es un caminante con rumbo fijo.

Itzel Fernandez Camacho
http://bloggemocion.blogspot.com.ar/
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8 de septiembre de 2015

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Errores


Los errores que cometí
no tenían código de barras.
Y por eso nunca supe
el precio que pagué por ellos.

Pero de tantas veces que me he equivocado
solo me siento orgulloso
de un error:
Haberme
enamorado
de
ti.


Alejandro Campoy

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6 de septiembre de 2015

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Que calor



Bajo las manos de Julián chillaba el cuero del volante al que estaba aferrado a medida que iba juntando rabia. Debería haber unos 34° aquella tarde pero se sentían como 50°, y el aire acondicionado no funcionaba. Como si fuera poco de la radio solo salía estática y las pocas estaciones que agarraba señal no eran de su agrado. Una evangelista, una de música folklórica y otra de noticias. Originalmente había empezado a escuchar la de noticias pero sentía un miedo terrible cada vez que se enteraba de cómo estaba el mundo. “Guerra”, “Hambruna”, “Epidemia”, “Corrupción”, eran palabras comunes. El creía que era lo que los medios querían venderle. Solía pensar que todos estábamos siendo víctimas de un lavado de cerebro masivo. Las buenas noticias no eran vendibles, no eran interesantes. En la televisión ya no se veían imágenes esperanzadoras como el abrazo orgulloso de una madre a su hijo que se gradúa del secundario, sino dos grupos matarse entre ellos a palos. Cuanta más sangre hubiera mejor. Julián creía que estaban inmersos en una psicosis colectiva en la que el que creía en la honestidad, la verdad y la justicia estaba loco o tramaba algo. Era sin duda la ley de la selva y ellos eran más animales que los que había enjaulados en el zoológico de la ciudad.
El calor era tan fuerte que uno hubiera podido freír un huevo en el capó del auto sin problema. Sonrió por un instante ante la probable imposibilidad de aquella clichésca acción; pero si era bastante insoportable el clima. Sentía las bocanadas de aire pesado que debía respirar. Su cabeza zumbaba por las bocinas de los vehículos que lo rodeaban. A su izquierda o derecha, adelante y atrás, era un mar de autos y camionetas. Hasta donde la vista le permitía había latas sobre ruedas en las que viajaban personas desesperadas por llegar a sus destinos de una vez.
Julián nunca fue una persona conformista, pero tampoco pedía tanto. Su trabajo como analista de riesgos para un banco local había jugado bastante con el límite de su paciencia. Más que el trabajo era su jefe al que le gustaba poner a prueba su capacidad de tolerar las más injustas situaciones. Solía presionarlo a menudo, delante de sus compañeros, con su insoportable tono de voz. Su familia era lo mejor que tenía. Su esposa e hijos lo adoraban pero siempre parecía que su tiempo con ellos se iba reduciendo cada vez más a causa del tráfico que cada día era peor.
Las bocinas seguían sonando y sonando. Incluso se podían escuchar gritos de los furiosos conductores. Su cabeza iba a estallar. Era en momentos como ese que veía los destellos de luz a los que él llamaba “Flashes”. Usualmente comenzaba con un dolor muy fuerte en la cien, palpitaciones y sudoración fría. Por último se le contraían todos los músculos y una serie de luces blancas resplandecientes lo enceguecían. Trató con todas sus fuerzas de tranquilizarse, de no enojarse, pero es que había tantos autos, y hacía tanto calor.

- ¡MUEVANSE CARAJO!

Apoyó la palma abierta de su mano izquierda con toda su fuerza sobre la bocina y comenzó a zarandearse de adelante hacia atrás freneticamente mientras gritaba. Todo le estaba comenzando a parecer una pesadilla de la que no se podía despertar. Las bocinas, los gritos, el calor, el zumbido del radio, todo. Había avanzado quizás un metro y medio en dos horas. El dolor de cabeza ya le estaba comiendo el cráneo desde adentro y su camisa estaba ya empapada de sudor. Aflojó con un solo movimiento su corbata y se secó la frente con su antebrazo. Miraba su reloj y los segundos pasaban cada vez más lento; incluso juró haber visto el segundero dar ir hacia atrás. La sensación de despersonalización era tan grande que incluso comenzó a imaginar voces.

- De nuevo en enfermera. ¿Todos listos?

- Si Doctor

Sus músculos se contraían y el dolor se hacía insoportable. Apretaba tanto los dientes que creía que se le iban a romper. El calor ya lo sofocaba. El cinturón lo apresaba, le cortaba la respiración. Quería quitárselo pero sus brazos estaban inmovilizados. Su vista estaba clavada en el vehículo de enfrente. El Sol golpeaba directamente en la cajuela del auto que tenía delante y el reflejo le daba en los ojos.

- Esta vez 400 Voltios. ¿Todos listos?

- Si Doctor

- 1, 2, ¡3!

Los flashes comenzaron a enceguecerlo y mezclarse con el reflejo del Sol. Sus brazos se contrajeron y peleaba con todas sus fuerzas pero no podía moverse. Luchó y luchó. Las voces comenzaron a dejar de tener eco, a ser casi palpables. Una mano se apoyaba en su hombro

- Julián…Julián. Ya está. Mírame. Mírame fijo.

Julián solo sollozaba y relajaba sus músculos agotados. Rendido en aquella camilla ya no ofrecía resistencia. En ese momento solo veía la linterna que el Dr. Sánchez apuntandole directo a los ojos de un lado a otro.

- A veces las actitudes de violencia explosiva son consecuencia de la esquizofrenia, incluso puede estar acompañado de alucinaciones.
Le explicaba el Dr. a la esposa de Julián.

- Al realizar esta terapia creemos que ayudamos a…tranquilizar al paciente, por decirlo de alguna manera.

Generalmente solía ser así; se sentaba en la cama del hospital, tomaba el respaldo de la silla de acompañante como si fuera un volante y comenzaba a maldecir sobre el calor. Hablaba un poco sobre Dios, cantaba un par de canciones folklóricas, y luego imitaba la voz de un locutor de radio anunciando las más nefastas noticias. El delirio terminaba cuando la rabia era tan insostenible que destrozaba todo lo que tenía a su alcance. Chillando, berreando, con la mirada perdida. Totalmente fuera de sí. Enfurecido por una realidad que repetía todos los días.
Ya los médicos y enfermeros sabían que ni bien lo escuchaban cantar alguna de Los Chalchaleros era el momento de acostarlo en una camilla, atarlo y llevarlo a la sala donde le practicarían terapia de electroshock.
En la mente de Julián las bocinas se apagaban, y se veía estacionando su auto en la puerta de su casa, donde era recibido por su amada familia. La mirada perdida del paciente Julián Etchevarren se perdía en el techo de su habitación de hospital, a la que lo habían regresado, y su rostro ya lucía más relajado. Uno diría incluso que se perfilaba una sonrisa en los labrios que no dejaban de dibujar la frase “Que calor”.

Shai Steinhaus
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3 de septiembre de 2015

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Ley natural


Un buen día te descubres utilizando el viejo cucharón de madera, porque crees fervientemente que de lo contrario el guiso no saldría como lo hacía ella. Descubres que te encuentras pasado de moda usando un after shave de Old Spice y que ese aroma te transporta a aquellas mañanas de brocha y Gillette cuando él se afeitaba la barba más tarde que de costumbre.
En las mañanas invernales dejas la ventana abierta para que el sol ilumine tu cama, como cada domingo en el que te escabullías dentro de la cama de ellos y ocultabas tus ojos bajo el brazo de quien disfrutaba su día libre leyendo un inmenso diario La Nación que daba sombra hasta a la mesita de desayunar en la cama.
Una lupa redonda con mango de baquelita te retrotrae a las tardes en que sentados en la puerta de casa él leía alguna Life o Selecciones y ella practicaba ganchillo o te hacía un pullover mientras sacrificabas con tu láser solar una a una a las queridas hormigas negras argentinas que seguramente consideraban que eras un Dios vengativo que las castigaba por todo o por nada. Incluso recuerdas el olor del ácido fórmico quemado que te llegaba a las fosas nasales en forma de humo acre, mientras tu otra mano sostenía firmemente un chupetín gigante con todos los colores del arco iris dibujados en azúcar coloreada en espiral.
Abres el cajón de la cómoda y encuentras el último par de medias que te tejió, los pañuelos impolutos de tu padre y la vieja Spica que sólo sigue funcionando cuando pasan algún tango con Troilo al bandoneón y Marino en el canto.
Recuerdas cuando el refugio siempre estaba listo y eran sus brazos. Cuando Superman acudía a salvarte sin haberlo llamado para enfrentarse a profesores abusivos, a jefes intolerantes y a cuanta injusticia quisiera avasallarte. En casa permanecía alerta La Mujer Maravilla esperándote con el lazo de la verdad para descubrir cuando habías fumado o tal vez era el aroma de la ropa que te delataba por sobre la pastilla de menta que no dejabas de chupar de manera inútil y desesperada. Ella era la que te servía tus desayunos en la cama cada día, lavaba tu ropa aunque ya ni siquiera vivías en su casa y llenaba su corazón de orgullo por cada nuevo éxito que lograras y pudiera contar en las largas y aburridas tardes de ruleros, permanente, toca y peluquería.
Un día te percatas que ya no hay nada de eso. Que el nido ha quedado vacío.
De manera ordenada primero te extirparon una mitad y seguiste adelante como un animal herido de un tiro certero en el corazón, por el mismo camino pero con mucho más esfuerzo, arrastrándote como puedes. Luego fue la amputación absoluta y cruenta terminando tus días como hijo de manera abrupta y definitiva. Te despidieron de ese maravilloso cargo sin previo aviso, haciéndote caer por un interminable espiral de culpas y arrepentimiento que los años te enseñaron a manejar.
Te diste cuenta que ya nunca volverías a ser hijo, a encontrar el camino de regreso a donde siempre encontrarías una cama limpia y un plato de comida caliente esperándote, a esconderte bajo el brazo acogedor en una cama iluminada por el sol de la mañana, a quemar hormigas en el frente de tu casa, colear y sacar chispas con el carrito de rulemanes que él mismo te fabricara o andar en bicicleta por donde un día mientras te enseñaba, te soltara dejándote libre a tu confianza. Dejarías de comer tartas sazonadas de amor, desayunos en la cama con azúcar de palabras y a esconder en la menta cristalizada tus vapores de nicotina adherida y fermentada.
Desde ese momento en adelante te reconociste solo. Solo frente a un mundo que recién de viejo comenzaste a comprender de a poco, con el amargo sabor a que ya era tarde.
Y a medida que el tiempo pasa por sobre ti, comienzas a entender aquellas palabras sabias que nunca escuchabas y también los silencios que las enmarcaban. Entiendes tardíamente que las cosas están para ser usadas y las personas para disfrutarlas.
Pero justo, maldita sea la hora, cuando ya te fueron definitivamente arrebatadas.
-Hay que decir las cosas antes de que sea tarde- decían en medio de los conocidos reclamos de - Viejos son los trapos-  acompañado de algún chancletazo, una caricia, un beso o un abrazo. Y uno entiende que tarde significaba muerte. Y que esa bella mujer vestida de negro siempre nos deja con miles de cosas que decir cuando ya no hay tiempo.
De pronto y sin haberlo pensado te viste convertido en el guardián de la cripta
Y desde el frío húmedo que la envuelve, al fin entiendes por qué ni a él ni a ella le interesaban los bienes materiales, las mejoras tecnológicas, los chiches que te mantenían activo y consumista mientras ellos disfrutaban la vida. Ellos sólo los consideraban una carga. Porque si existía algo importante en el mundo, ese eras tú.
Y miras a tu hijo pensando que algún día entenderá lo mismo, que él también será el guardián de tu cripta y que triste y probablemente, sea el mismo día en que también deje de ser hijo para siempre.

Dedicado a ellos dos.

OPin 2015

http://cuentossinrumbo.blogspot.com.ar/
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1 de septiembre de 2015

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Jamás.


Jamás he visto un ángel de
cielo,
de esos que llevan consuelo
a las almas,
jamás toqué con mis dedos
sus plumas,
y jamás pude tomarlos
por posar su luz sobre mi alma.

Pero ayer...tomé en mis
brazos tu cuerpo,
y sentí el sutil aleteo
de ellos,
y llegó a mi alma la luz
que poseen,
y escuché el murmullo 
que forjan sus alas..
ayer, recibí el beso de
un ángel,
¡ayer vida mia mi pequeño
amado...
ayer llenaste de ángel 
mi pecho..
¡al rociar mi cara con 
tu beso ¡.

Julia Orozco
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