24 de enero de 2016

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Cruel intención


El humo acababa de entrar en la oscura habitación. Tumbada y con un sueño profundo la mujer aspiró tan fuerte que los pelos de su extensa melena se pegaron en la comisura de su boca. Segundos después, mientras soñaba que disfrutaba de una bebida refrescante a base de zumo y vodka junto a un hombre de cara desconocida, notó un desagradable olor en el interior de sus fosas nasales. Despegó los párpados con lentitud y se incorporó en la cama. El olor a humo se había quedado prendido en su cabello. No entendía lo que estaba sucediendo. Una intensa neblina comenzó a nublar su visión y a escapar por la ventana entreabierta tiñendo el cielo de un color gris ceniza. Aquella habitación acababa de ser abandonada por los ángeles e incluso por las estrellas, las cuales no habían tardado en esconderse entre las nubes de franela. Se levantó a toda prisa y con el miedo engarrotándola los huesos salió de la habitación notando como el humo invadía sus pulmones. Intentó llegar hasta el exterior agarrando con fuerza su garganta por la que salían sollozos pidiendo auxilio y una vez fuera, se tiró contra el asfalto húmedo de la lluvia y comenzó a llorar. Golpeó su pecho con el puño izquierdo y con una gran angustia contempló como su vida se derrumbaba poco a poco convirtiéndose en montones apilados de escombros chamuscados. Las flores de la fachada que habían lucido hermosas horas antes se habían vuelto cabizbajas y los ladrillos que formaban los cimientos de su hogar estaban desapareciendo. Entre la intensa niebla originada por culpa del humo, los gritos desgarradores de la mujer alertaron a los vecinos que dormían plácidamente. El fuego alertó a los bomberos y las sirenas al resto de la gente que aún visitaba las calles de aquel tranquilo barrio viéndose atraídos por el cotilleo de lo sucedido. Se había convertido en una imagen triste y dolorosa. Todo se había perdido, desaparecido para siempre. ¿Cómo había podido suceder aquella desgracia? ¿Qué había provocado tal incendio? Mientras ella no podía pensar con claridad, unos ojos oscuros como el carbón observaban lo sucedido desde la lejanía. Su dueño, un hombre frío y sin corazón al que el amor había cegado y el desprecio convertido en un monstruo capaz de acabar con la vida de su amada, había decidido mostrar su ira y castigarla por sus desprecios. De nuevo el hombre había destacado por su crueldad y para aquella mujer nada volvería a ser como antes.
 
Nuria Nimar
 

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