8 de mayo de 2016

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Astenia



Estoy en momentos donde la memoria se nubla, en lo más recóndito del malestar que aparenta saciarme de una total pregnancia de emociones individualistas asumiendo resolver mi situación actual, ahí donde el compromiso marchitó, justamente enfrente de la ambivalencia que nos rodeaba, ahí estaré hasta el cansancio intentando madrugarle a la reminiscente aurora inventando una perorata que pueda llegar a tu pecho. Sé que ya es tarde para dedicarle tiempo a una retina pálida, sé que todavía no guardo una distancia justa para el bienestar de ambos pero así lo prefiero, en realidad no me afecta tanto como los demás piensan, sin embargo duelen más los días cada que extraño desconocerte en una utopía vacía, pero es importante mencionarlo: Eras la viva imagen de una esperanza que anidaba en mi tesoro más sagrado, la espera moldeable que sosegaba mi desazón... Eres tú, la que en su momento debió de intentar reconciliarse sin alimentarse del mundano pudor purificante que dividía la aorta del corazón.

Solíamos asombrarnos bastante solventándonos del centelleo de la luna en donde la intriga de una noche muda provocaba desconsolarnos, dejándonos en un espacio yuxtapuesto en donde pensábamos que estaríamos completos; aunque no nos sonreían las miradas, ellas sabían que éramos capaces de acomplejarnos por tanta aflicción pero desconocían hasta cuando revelarías tu verdadera intención. La raíz adventicia de un epigrama fue magenta en un embrión daltónico, no fue tan lógico desterrarnos de lo vívido sin reiterarnos de mejores explicaciones. A estas alturas estás, consciente de los cólicos nocivos que punzan hasta doblegarte, suturando la frustración no justificada para generar un tormento sinodático que te permita entrar en su reino; sabía que debía compadecerse de él primero para evitar la proliferación de la metástasis que poco a poco iba extendiéndose por sus dedos. En los próximos intervalos titubeo la promiscuidad del segundero apartándote del radar, pactando con una nube marginada del cielo apuntando en un iridiscente cristal reflejando el cruel sendero deslindando la vanidad para verte a flor de piel, desesperada por el deseo etéreo de mirarte viva y lúcida otra vez.

Había más aguijones que flores adornando el adoquín, en las manos agrietadas de la gente, ni tú, ni yo, ni nadie se atrevió a condecorarte como creíste merecerlo; pero estuvimos de acuerdo por lo menos en eso y dejamos de intentar hacerlo. Junté mis palmas para desgastar mi inocencia maldiciendo tus excesos mientras contemplaba el duelo interno fluyendo como un suero entre las venas transportándose en secreto, habitando como un veneno anónimo indeleble para el cuerpo e impalpable para el resto. Mentías tan 'hueca y herida', mientras me sedaba con arrogancia para evitar debatir con las circunstancias y evadir los anestélgicos que suponen anestesiar mi alma. Me faltó perdonarte y lo siento, acepto el hecho de que el insomnio también llegue a aletargarme después de todo, no duraste lo suficiente para lastimarme.

Inverosímil fue la centrífuga que me liberó del patrón común de ser apóstata, versátil y radical fue la práctica con la que se arranco al vástago irreverente de una relación carente de emoción ¿sabías que, de cualquier daño inexperto se puede aprender a disimular el dolor con uno, dos o más pretextos? No me sentía tan involucrado hacia el tabú patológico de limpiarte el cabello cuando para mí todavía era la zona más erógena de tu cuerpo. Difamaban tu existencia al obligarme a firmar un acuerdo en donde se integrarían tejidos sintéticos a tu figura desgastada donde probablemente convulsiones estando ausente; sin embargo lo hice, ignorando que las consecuencias de darte vida podrían desorientar y abrumar demasiado mi autoestima, una vez más pincha por las esquinas de lado a lado, otra y otra vez, sucumbí en un espejismo de inopia restante de principios y fundamentos, hasta que me acerque a tus labios fermentándose y preparándose para ser besados; sabiendo que antes de intentar ponerte un dedo encima ya lo hacías con extraños.

No había motivos para creerme alguien especial en tu boca, no había corazonadas, no había nadie que me recordara repasar las plegarias que inventabas para mi, las que no entendía con frecuencia... No hubo nada, más que el disloque de mis brazos al abrazarte con fuerza en tu desgracia pero con la calma que actualmente les comparto y me mantiene sereno cuando pienso en ti, sujeta en una manta, en la transparencia esquizofrénica del daño donde me engañaba tanto tratando de mantenerte atrapada aquí, en la limerencia de una línea divergente repleta de custodios y testigos mártires que no te permiten ir.


Alfonso Téllez.

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