17 de mayo de 2016

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Las lágrimas nacen lejos

 
 Las lágrimas nacen lejos. Vienen desde un lugar que no son los ojos. A través de tristezas y alegrías que no conocemos y que van llegando despacito. A veces las trae el viento, a veces personas. Sucede también que las llamemos nosotros sin querer. O queriendo.

Las lágrimas empiezan su viaje sin maletas. No vienen en tren, ni en avión. Existe un canal especial en el aire, de puentes invisibles, que las conducen hasta nosotros. Viajan vestidas de gotitas minúsculas, como el vapor, y en la barriga llevan un granito caleidoscópico de sal. Pero, aunque sean saladas, a veces nos saben dulces o amargas, porque dentro de nosostros se aderezan de condimentos.

Hay lágrimas de azafrán, las que se lloran entre plato y plato por una noticia recibida mientras estamos rodeados de gente. O lágrimas de harina, que son suaves y se apelmazan dejando surcos blancos en la cara, llorando con abnegada paciencia durante una espera, de horas o días, sentados en una cocina. Hay lágrimas de azúcar, que son las mejores. Caen directamente en la boca porque la sonrisa que las acompaña es tan grande que las recoge todas una a una. También existen las lágrimas afrutadas, que son las que se secan con los besos y nos dejan los labios melosos y con sabores.

A veces nos invaden las lágrimas de limón, que escuecen en la garganta mientras se acercan, luego en los ojos y en la piel de la cara. Nos las traen los que se van para siempre y, como con las buenas limonadas, se nos queda el gusto dulzón en la lengua y la sensación de estar todavía sedientos.

Cuando las lágrimas llegan por el aire se cuelan derechas en el ombligo. Con una voltereta se salazonan, se mezclan con los sentimientos viscerales y los impulsos disparatados. Quien gusta de llorar mucho las reboza con pimienta y las aguanta un poco más para que se cuezan con un puchero en el semblante. Por eso queman tanto, bien sabrositas, en la boca del estómago. “Tengo un nudo ahí” decimos siempre, sintiéndolas camino arriba cargadas de fuego.

Una vez aliñadas van al corazón, a ponerse un vestido. Sólo entonces las reconocemos, les damos un nombre y un apellido, les atribuimos un rostro y un recuerdo. En el corazón es donde las lágrimas comienzan a doler o a reir, depende.

Solo hay una puerta para las lágrimas, los ojos. Hay quien deja brotar una, concentrada. Que si la miras bien es del color del arcoiris, cargada de sobrecogedores mejunjes sentimentales. Hay quien vierte ríos y cascadas, tan diluidas y transparentes que no saben a nada. Pero quien no llora nunca no sofoca sus tristezas ni enciende sus dichas. Se queda lleno de especias insalubres, de algarazas congeladas y de dolores cobardes, que se vuelven amargos con el pasar del tiempo.

Las lágrimas se lanzan saltando despacito el borde de los párpados, resbalan sobre los pliegues cansados donde apoyan los ojos y en la piel de la curva de la mejilla hasta rozar la boca. Una voltereta más y se arrojan al vacío sin remordimientos ni ponderaciones.

Allí, a medio camino entre el rostro y el suelo, echan a volar. Desparecen. Se evaporan.

Vuelven por donde vinieron, a través de los hilos invisibles de la alegría y la tristeza. Sin maleta ni explicaciones, dejando surcos en la piel, sabor en los labios e imágenes en el corazón.

Carmen Lozano

Foto: Susanita (Valentina Fontanella)

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