12 de junio de 2016

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Guardia de museo.


Se trata de un guardia de museo que era muy activo para esa función, y quizás por eso su inconsciente no se resignaba a pasarse la vida dando vueltas sin ninguna novedad y sin ningún riesgo verdadero que neutralizar. Había sido muy aprehensivo, era definitivamente inquisitivo en el ejercicio de su labor, hasta el punto de haberse presentado reclamos por sus imprudentes decisiones. Por eso lo habían mandado a vigilar esa sala en la que había un solo cuadro, que si bien era importante, no tenía muchas visitas, porque estaba ubicada lejos de las otras y los visitantes del museo –como todos, siempre mezquinos con el tiempo- preferían las que tenían varios cuadros y no las que tenían uno solo. La dirección lo había enviado ahí puesto que en una sala con pocos visitantes era más improbable un acto idiota. Era, sin lugar a dudas, una sanción. Ese día, al igual que todos, habían llegado pocos visitante a la sala, como siempre muchos de ellos al ver que había un solo cuadro se devolvían tras cruzar el acceso, seguramente pensaban que se había equivocado y que era una sala en proceso de montaje. Sin embargo ese tipo había entrado y lo había hecho de forma extraña, parecía turbado ¿Será que quiere hacer algo raro, pensó? Bah, seguro son locuras mías. El sujeto tenía toda la pinta de un intelectual: lentes, suéter con cuello subido, maletín en bandolera, libros, una imagen muy distante de los gamberros que suelen destruir con el propósito de enviar un mensaje (el mensaje de que son imbéciles, desde luego). Lo miró fijo con el rabillo del ojo, era sin duda extraño que habiendo solo un cuadro el visitante no se dirigiera directo a él y diera un rodeo innecesario siguiendo el sentido de las agujas del reloj. ¿Será posible, pensó otra vez? Así que el guardia, con el paso preocupadamente despreocupado, comenzó a circular siguiendo al sujeto con el rabillo del ojo mientras pensaba, ¿pido refuerzos, le aviso a alguien a través de la radio? Sería una estupidez, razonó. Si quiere atacar el cuadro, con ello lo alertaría, incluso si lo revisamos y tiene algo cortante nada asegura que lo usaría para dañar. No tiene pinta de gañán. Para avisar sin que él se dé cuenta tendría que salir de la sala, y si al salir daña al cuadro, ahí si que la embarro. Aprensivo con atacantes imaginarios y negligente con atacantes reales, seguro que me ponen de patitas en la calle. En verdad lo mejor sería que tratara de dañar el cuadro y que yo lo pudiera impedir, ahí me gano el cielo, y la dirección se daría cuanta que no soy tan idiota, y que más vale ser aprehensivo – en cuyo caso a lo más llega un reclamo- que no serlo y sufrir la consecuencia de la pérdida de una obra además irrepetible. Pasaría de ejemplo de tonto a modelo de eficiencia, tan solo por un resultado. El resultado determina todo se dio cuenta, y por minutos de forma extraña vio similitudes con el destino de los entrenadores de fútbol. En eso se dio cuenta que la gloria dependía de su reacción rápida en fracciones de segundos, si se adelantaba lo espantaría y si se atrasaba ya sería tarde. Sería raro que este tipo intentara hacer algo, pero pareciera que tiene una mirada extraviada. ¿Será un loco? Habían pasado seguro no más de 2 ó 3 minutos pero para él pareciera que eran 20 ó 30, ¿sería él el que se estaba volviendo loco? Es raro que este sujeto no vaya directamente a ver el cuadro ¿qué hace? En ese instante, cuando el sospechoso estaba de espaldas, sintió el escalofriante e inconfundible sonido de un corta cartón al que se le saca el filo de su prepucio. El sujeto estaba a dos pasos de la obra y con el brazo extendido podía llegar a ella y el guardia no alcanzaba, ¡¡¡no alcanzaba a llegar!!! Sintió que todo estaba pasando en cámara lenta, y lo único que atinó a gritar, con toda la fuerza que pudo es ¡¿qué haces hijo mío?! En eso el sujeto giró la cabeza, lo que le dio el segundo que necesitaba para abalanzarse sobre él. No sabe si fue por usar la expresión “hijo mío”, que en si misma expresaba cariño a pesar que le fuera obviamente completamente indiferente, que el sujeto comenzó a balbucear, yo la quería, yo la quería… ¿A quién? ¿Quién eres? Me dejó, me quería matar, pero eso no lo sabría nadie. Soy profesor de arte, y más terrible que la muerte real es morir en vida, matar lo bello….mi vida es una mierda, es peor matar lo bello que matar la mierda…si me hubiera matado, nadie lo sabría……nadie lo sabría…..

Ringgggggggg

En eso sonó el despertador. Otro día de trabajo Llevaba mucho tiempo en esa sala cuidando ese único cuadro, ya era tiempo de pedir un traslado.

Eduardo Riquelme


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