24 de junio de 2016

el comentario 3 comentarios

Un café para velar


Cual magma baboseando las paredes se escapaban las palabras en el tiempo. Uno hablaba del desierto y la arena ya golpeaba los ventanales y “¡qué calor viejo! Yo me acuerdo que en mis tiempos…” Pero uno también hablaba de los desastres que agitan al mundo europeo y de cómo caemos en espiral hacia la miércoles, mientras nos acariciaba la fresca respiración oscura del abismo en las nucas. No nos quedábamos allí tampoco: con los estómagos ya alimentados se rompía el silencio y las bocas ya libres volvían a balbucear. Ahora uno se tenía que ir hasta Viena y sus caballeros, dando paso hacia el frente y al costado, y dale nomás que acá las sonrisas las vamos a poner igual, haya motivo, cuento o no. La mesa se agrandaba y las voces ya eran gritos. El tiempo se alejaba mientras por mis espaldas la historia me vociferaba sensualmente sus cuentos. Cada uno con su mente en algún lugar y uno viajando a momentos que la memoria ha decorado con el tiempo, y cuán decorados tienen que estar para que las palabras sigan tropezando hacia un tiempo tan remoto y tan lejano como lo es el hoy. Que en los tiempos del viejo el espíritu era juguete de niños; que al hermano más grande se le pudren uvas en el placard y su repugnante olor ya nos alcanza; que un hombre se ha ido y nosotros acá, intercambiando mundos que nada importan. Qué macana viejo, un cuerpo se va y se acaban las ganas de pensar. Quizás a la esperanza la ilumina un viento atemporal; quizás en la muerte, finalmente, nos podamos encontrar. 
Nicolás Luis Gibbs

3 comentarios:

  1. Muy sentidas palabras.

    Gracias por compartirlas.

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  2. Una gran imagen me ha creado este relato. Una comida, el pasado, la muerte. Siento que es un relato de un acontecimiento real, una charla que si pasó y que las uvas forman parte de una anecdota.
    gracias por compartir

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