13 de noviembre de 2016

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El Canto de las Rosas Negras



Y esa tarde, me senté a esperar la desgracia.

La vida de alguien solitario no sufre de mayores sobresaltos. Tomo café por la mañana, salgo al campo, limpio mi jardín, barro mi casa, y me siento en aquella mecedora de madera que era de mi difunta madre. ¡Ah, aquellos tiempos! Era gratificante venir corriendo con las gotas de sudor empapándome la frente, sumergirme en un baño frío, sentarme en el regazo de mamá y dormirme con un fantasioso cuento. Pero las cosas cambian y la vida de un ermitaño es siempre dura, el estar aislado a veces golpea fuertemente el corazón. Una noche, mientras dormitaba mirando el crepúsculo, pude ver el reflejo de mi mujer: robusta, con fuerte carácter, pero con unas manos tan suaves de las que nunca me quise despegar. Se me apareció con aquel vestido violeta que tanto le encantaba, sus pies sin calzado y con una sonrisa perenne en su rostro, mirándome. Sabía yo, que si abría más mis ojos desaparecería, pero no me importó, me levanté y quise acercarme a aspirar su esencia, pero se evaporó. Mi pecho se tornó peristáltico pero ni una sola lágrima salió, así de secos estaban mis ojos aquel otoño.En la ciudad de Atenas conocí a un hombre muy peculiar. Vestía siempre trajes elegantes, zapatos de charol, y un infalible sombrero negro que por dentro era de color rojo. El señor Ewrlook, se me acercó una tarde de verano mientras mis hijos jugaban en el parque y mi esposa los acompañaba. Me encontró en una banca hablándole a las palomas y alimentándolas, no estaba bien aquella tarde. 

- Veo que tiene mucha afinidad con los animales - dijo, quitándose el sombrero y acomodándose el pantalón dispuesto a sentarse a mi izquierda. 

No respondí. De pequeño, me habían enseñado a no hablar con extraños, y aún a mis 43 años, en ese entonces, era fiel a la orden.

- ¿Sabe? Llevo cinco años en Atenas buscando mujer, dicen que aquí viven las más hermosas, pero debo de ser tan mal partido que ninguna me ha contestado después de una noche entre las sábanas. - se echó a reír.

No respondí.

- ¡Ah! ¡Si la vida fuese tan fácil como la cuentan los americanos! Con cada comercial le envuelven la mente a la gente, hasta el punto de convencerlo de viajar a una ciudad al otro lado del mundo sólo para buscar compañía. Dijo colocando la cabeza hacia atrás y carcajeando por largo rato.

Ninguno de mis sentidos estaba atento a las palabras que aquel hombre desconocido para mí, decía en aquel momento. Una canción a los lejos empezó a sonar y me pareció vagamente familiar. Empecé a tararear.

Cuando el hombre se percató de que no prestaba atención a su infortunada vida, suspiró y se quedó en silencio mirando al frente por largo rato. No tenía idea de qué estaba pensando, ni a qué miraba con tanta fijación, sólo sé que después de unos cuántos minutos, empezó a llorar. Mi reacción ante aquél suceso fue de estupefacción. Jamás nadie había llorado a mi lado, ni nadie me había visto llorar, excepto mi esposa en momentos de mucha intimidad. En mi familia siempre tuvieron aversión, rechazo, pavor a dejar a luz sus emociones. Así me habían criado, así había crecido. De esta manera supe guardarme mis propias guerras, eso incluía si perdía en cada una de ellas.

Una noche, cuando tenía 14 años, vi a mi madre llorar en su alcoba. Estaba sentada en su cama con su bata blanca de dormir, inclinada con los codos en sus piernas y su cabello, que en el día lucía tan perfectamente peinado, estaba suelto y desarreglado. Mi madre, a quien conocía como un ser impávido, ahora se me presentaba tan exangüe y lívido, y ya no la conocía. Me acerqué y sólo me quedé mirándola de pie en el umbral de la puerta. Cuando se dio cuenta de mi presencia, simplemente me miró por unos segundos y luego se levantó y me aventó la puerta en la cara. Desde ese momento comprendí que al igual que yo, todos tienen sus propias guerras, su propio averno lleno de monstruos grandes y pequeños, quienes nos visitan en la agria soledad, a quienes debemos enfrentar.



Ese día, sólo lo miré. No hice nada más, sólo mirarlo, y mirarlo. De alguna forma creía que la mirada podía transmitir más que un simple contacto, aunque realmente no sabía las razones que tenía este hombre para llorar. Después de un tiempo, él levantó su rostro y me miró.

- ¿Sabe? Mucha gente habla sobre corazones rotos. Hay canciones sobre corazones rotos, como esa de los Beatles, poemas como los de William Carlos, y millares de lamentos. Sin embargo, siempre se dice que los corazones rotos de alguna manera terminan arreglándose. Me molesta oír la pregunta: ¿Cuántas veces te han roto el corazón? Mi pregunta es: ¿Es que tengo más de uno? En mi caso el mío se ha roto, y no encuentro reemplazo. Me gustaría saber el secreto de aquellas personas que se dan el lujo de romperlo, y poder contar cuántas veces ha sido derrumbado y reconstruido. El mío está roto desde el año 1982, cuando Tulia, mi mujer, murió en aquel accidente automovilístico. Tulia se fue en nuestro aniversario y ya nunca le pude dar las flores que compré para ella, las rosas que tanto le gustaban.

No hice nada más que escuchar, y a lo lejos oí el llamado de mi mujer. No me despedí, sólo le di un disco de los Beatles, mi banda favorita, y me fui.



Pasaron cinco años antes de que lo volviese a ver, contaba yo con 48 años, y en uno de mis rutinales paseos nocturnos, lo vi. Venía en dirección contraria a mí. Llevaba un ramo de rosas, me pareció verlas de color negro, pero ¡Bah! Todos sabemos que no existen las rosas negras, debió ser la luz, las sombras, mi mala percepción o todo junto. Pensé que por fin había encontrado a la mujer que tanto buscó, y sonreí al pensarlo. 

Su semblante era distinto. Llevaba su sombrero negro con el interior rojo, y siempre elegante, siempre. Como dispuesto a asistir a una boda, a una cita, o a un funeral. Se notaba realmente rejuvenecido, como si la vida le hubiese atrasado unos cuantos años. Pensé que no se acordaba de aquel hombre taciturno quien le regaló su CD preferido y quien lo vio llorar, hace cinco años, en un parque cualquiera de Atenas.

- Pero vea usted, ¡Cómo ha pasado el tiempo! 

Le sonreí. Logró recordarme.

- Tendrá usted buen gusto, señor, me ha encantado el CD. Algo que se me olvidó hace cinco años, fue presentarme, mucho gusto, mi nombre es Ewrlook. - dijo, tendiéndome su mano libre y esbozando una gran sonrisa. Le estreché la mano.

- Mucho gusto, señor Ewrlook, mi nombre es Maximiliano. 

- El gusto es mío. 

- Veo que ha encontrado al fin a su doncella - le dije con aire jocoso, mirando las flores.

- Oh, claro que la he encontrado, otra vez la he encontrado. Sonrió.

- Me satisface oír el final de la historia, bien por usted.

- Tulia se sentirá muy agradecida. Me tendió las flores.

En ese momento me helé. Quise correr, pero mis piernas parecían clavadas en el pavimento, y mi piel sudaba.

Él se dio cuenta de mi expresión, pero su sonrisa parecía perenne, imperturbable, estática. Las tomé por inercia. 

- Sólo espero que lleguen adonde corresponden, usted es sólo un filtro. 

Y se fue.

Me quedé de pie en medio del andén, con las flores entre mis manos y la mirada lejana. No sabía qué había ocurrido, ni adónde había ido aquel individuo, ni qué habrá querido decir, sólo sé que jamás tuve una noche tan extraña como aquella.



Llegué a casa y mi mujer me preguntó que de dónde había sacado aquellas flores. En medio de mi estupor se las tendí. Ella supuso que se las había comprado, me dio un beso en los labios, las tomó y dijo que les buscaría un florero.



Esa noche me acosté en mi cama dispuesto a dormir, pero en mi mente no dejaban de resonar las palabras de aquel hombre, y yo no dejaba de tratar de saber a qué se refería. Tulia, Tulia, su mujer... ¡Pero me había dicho que estaba muerta! ¿Acaso era una especie de metáfora? ¿Me estaría jugando una broma?

Decidí levantarme. Era muy tarde ya, pero necesitaba un trago, necesitaba algo de tranquilidad. Encendí la luz. Cuando salí de la habitación dirigiéndome al mueble bar, vi el florero en la esquina sobre la mesa de madera que había permanecido vacía hasta ahora. Las vi, vi las flores. Las flores eran negras. Las flores eran negras. No era la luz, ni la percepción, eran negras. 

Pensé en tomar las flores y tirarlas por el balcón, pero no lo hice.

Fui al mueble bar como lo tenía planeado, cogí el whisky más caro que tenía y me tomé seis tragos y medio, luego me quedé tirado en el sofá.

Me desperté a eso de las cinco de la mañana, estaba helado y decidí hacer un poco de café.

Pasaron tres años. Durante ese tiempo no volví a pensar en lo sucedido. Nos habíamos mudado, me dieron un ascenso, y estábamos bien, vivíamos bien. Las flores nunca se marchitaron y mi mujer las cuidaba cada día. Ignoraba a conciencia todo el episodio y simplemente vivía. 

Carminia y yo vivimos felices durante 10 años más. Ella murió en uno de nuestros paseos, cayó en un acantilado, justo a mi lado, justo en nuestro aniversario. El cuerpo fue recuperado y el funeral fue llevado a cabo. Y ese día lloré. No había consuelo, no habían años ni vida que valieran, pudo quedarse un poco más. Y mi corazón fue roto. 

Todos los días, después del entierro de Carminia, iba al cementerio. Le llevaba flores: orquídeas, siempre le gustaron. 

Hablaba con ella. Le contaba sobre cómo esa mañana el perro del vecino se había escapado. De la nueva pintura que planeaba colocarle a nuestra casa. De cómo aquellos mariscos me habían causado una alergia terrible. De cómo sus flores aún no se marchitaban...

Un día decidí ir más temprano a visitar a mi mujer, pero ya había alguien más de pie ante su tumba. De espaldas, traje elegante, zapatos de charol y sombrero negro con interior rojo.

Me quedé de pie a unos metros, y aquel hombre, sin volverse siquiera, se alejó. 

Decidí ignorar el hecho.

Días después, mientras barría nuestra casa encontré pétalos negros debajo del sofá. Pensé que tal vez las rosas se habían debilitado y habían empezado a destilar sus pétalos. Subí para confirmar mi hipótesis y estaba equivocado. Las rosas estaban intactas.

A la mañana siguiente continué con mi rutina. Todo se alteró dos semanas después. 

«lalalala, luna llena es...

Lalalala por fin te veré...

Las luces se han apagado

Ya no queda más que tu calor

Lalalala hoy de nuevo te volveré a ver»

Cada noche oía un canto. La primera noche me desperté escuchándolo. Me levanté de la cama y empecé a caminar por toda la casa, buscando el emisor, pero no lo encontré. Seguía escuchándolo. Entonces me asusté. En un momento de razón me dije que tal vez eran mis vecinos con una radio, y me volví a dormir convencido de eso. 

A la segunda noche, volvieron los cantos. La misma canción, a la misma hora. La situación no me parecía nada cómoda y dije que al amanecer iría a pedirles que por favor no encendieran su radio en la madrugada porque no me dejaba conciliar el sueño.

Amaneció y efectivamente fui. Pero me dijeron que ellos no tenían radio. 

Ese día, tomé todas mis cosas y me fui pensando que la algarabía de la ciudad me hacía daño y que necesitaba reposo. Renuncié y exigí mi pensión. Con el dinero vine a la vieja casa de campo y me instalé, dispuesto a terminar mis días en medio de la beatitud. Todo parecía tan tranquilo, pero a la vez tan mohíno.

Me sentí bien.

«lalalala, luna llena es...

Lalalala por fin te veré...

Las luces se han apagado

Ya no queda más que tu calor

Lalalala hoy de nuevo te volveré a ver»

Apenas hace un mes volví a escuchar los cantos, la misma canción, a la misma hora. Aún no sé de dónde provienen. Sufro de insomnio.

Y me encuentro aquí. Esperando la noche, hoy la luna se verá más hermosa que nunca, por eso estoy frente a la ventana, esperando a admirarla en todo su esplendor. Me coloqué mi mejor perfume y me vestí con un traje negro, elegante y zapatos de charol.

Hice un café y preparé suficientes galletas. Sería bueno recibir a la visita en buenas condiciones, aunque no probemos ninguna. 

La noche se acerca, se acerca. La puesta de sol. El crepúsculo. La oscuridad.La luna subió, e iluminó todo el campo, qué bonito se veía, jamás lo olvidaría. Y allí estaba: grande, llena, amarillenta, pero hermosa.

Fui a mi cuarto y retoqué mi perfume. Quería ser un filtro bien presentado. 

Tomé las rosas, y me acerqué al umbral de la puerta de mi casa. Coloqué mi mayor sonrisa y allí estaba aquella mujer, Tulia, con su postura endeble en aquella noche de primavera, mirándome con un rostro magnánimo. Le tendí las rosas y las tomó. Las miró sonriendo, ladeando su cabeza, oliéndolas, apretándolas contra su pecho, eran sus favoritas. Levantó su vista y clavó sus ojos en mí. Le quitó la envoltura a las rosas, y me abrazó.

Cada una de las espinas me atravesó. La sangre empezó a correr, y ella me apretaba con más fuerza. No podía separarme. No podía. Caí. Me estaba ahogando en el fluido de mi cuerpo. En mi agonía, miré mi mano izquierda. Tenía el sombrero negro con interior rojo. Y escuché la canción...«lalalala, luna llena es...Lalalala por fin te veré...Las luces se han apagado Ya no queda más que tu calor, Lalalala hoy de nuevo te volveré a ver»

Las rosas intactas, cantaban, una y otra vez.


Rossana Zurita



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