26 de diciembre de 2016

el comentario 6 comentarios

Navidad



Ha salido en las noticias que gracias al calentamiento global los polos se derriten. La maestra, antes de salir de vacaciones, les ha mostrado imágenes de los charcos de agua en que se han convertido las zonas más heladas del planeta. Ángela deduce que el tiempo no hará favorable la entrega de obsequios y le expresa su preocupación a Julia:
—Santa la pasará muy mal en el viaje con tantos baches en el camino. 
— ¿A ti qué más te da? Con tal de que el 24 tu regalo esté debajo del arbolito... —Se encoje de hombros al decirlo, entregándole a su amiga la indiferencia de consuelo.
A ella no la engañan las noticias, ha visitado en compañía de su madre una docena de centros comerciales para la víspera y se ha cansado de sentarse en las piernas de Papás Noel viejos y barbudos para asegurarse de recibir su lista. “¡Ash, lo que tiene que hacer una niña para Navidad!”, suspiraba pasándose con expresión exagerada el dorso de la mano por la frente para limpiarse un supuesto rastro de sudor. Nunca logró responderse si era el mismo Santa siempre o si había más de uno, pero concluía que con tantos regados o multiplicados por el mundo, no había forma de que su pedido no llegara a su destino.
Así se lo había aseverado días antes a Andrés, cuyo silencio pareció secundarle la observación. No supo que la mudez premeditada del niño fue solo un gesto de solidaridad para no arruinarle la fantasía. Él hace mucho que dudaba de la existencia del gordo de barba blanca vestido de rojo, desde que un día tuvo la pesadilla de que aquel se quedaba sin trineos y se convertía en Caperucita mientras un lobo lo perseguía. No le gustó encontrar al día siguiente, jugando a las escondidas, el traje del uno y de la otra en el armario de sus padres ni tampoco que Marcos se riera de él al relatarle el hecho:
— ¡Ja, ja!, si tu papá es el lobo y tu mamá, Caperucita, a ti fijo te toca hacer de abuelita.
Le dio un puntapié en la parte posterior de la rodilla, pero, todavía doblado en el suelo, a Marcos la risa no se le agotó. Cosa que más tarde Andrés agradeció, porque de no encontrarse tan contento, sin dudarlo, le habría devuelto el golpe. Aun así, no le perdonó a su compañero que no lo tomase en serio.
Sin embargo, la falta de seriedad de Marcos tenía excusa: hacía rato que no creía en cuentos y mucho menos en San Nicolás. Tres años hace desde que descubrió el secreto por su cuenta y se hizo a la idea de que sus padres o eran bien tontos o, lo que es lo mismo, carecían de astucia: solo a ellos se les ocurría llevarlo a hacer las compras a la juguetería y esconderlas al llegar a casa, para que después aparecieran a igual tiempo que el Niño Jesús en el pesebre. No obstante, si quería seguir recibiendo obsequios, le convenía mantener cerrado el pico. Cada vez que rememoraba el ir con sus padres a la juguetería le entraban risas:
—A ver Marquitos... escoge algo de éste a éste renglón del estante. —Eran así de precisos, tanto que al niño le entusiasmaba contemplar su reacción cuando se empecinaba con algo fuera de su alcance (o de su bolsillo): se miraban entre ellos, se ponían rojos y nerviosos, balbuceaban y luego usaban una frase por el estilo: “¡Pero Marquitos! ¿Te crees que el Niño Jesús es rico?”.
Por el contrario, quien mantenía su fe pese a todo era Clarissa. Esperanzada, no pedía gran cosa salvo que Santa o San Nicolás o el Niño Dios, fuesen quienes fuesen, por una vez le mandaran una señal de que la recordaban.
Se levantó la mañana del 25 y fue directa hacia el árbol de Navidad, para encontrar el mismo espacio sin llenar entre sus raíces de plástico.
— ¡No puede ser que me haya portado tan mal este año! —Lo peor era tener que ceder al chantaje emocional de sus padres:
—Ah, estará todavía de camino. Mira, le han florecido caramelos al pino —le señalaban los dulces que adornaban sus ramas. Mientras, a ella se le pasaban por la cabeza todas las travesuras que había hecho desde el inicio de clases, pero no terminaba de cuadrarle nada...
— ¡Ah-ah, qué va! ¡Ven lo que pasa cuando un bebé o un viejito se encargan de entregar juguetes!  
—Quizá si el otro año te portas mejor, chiquilla...
— ¡Que no, mamá! Así no funciona —explica—. A los niños malos por lo menos les traen carbón. ¡Entre que uno no sabe leer y el otro necesita lentes, está claro que ninguno entendió bien mi dirección!
Se marchó enfurruñada sin reparar en cómo su madre se hacía eco del reclamo:
— ¿Será que sí se acordarán de ella los reyes?
La frase era una indirecta en busca de pinchar a su marido. Mas éste, inmerso en su inmensa tacañería, ni se daba por aludido:
—Mujer, si los servicios de encomienda no se llegan al barrio, ¿qué iba a hacerlo la realeza? Mejor vele diciendo la verdad...
— ¿Que es...? —Si el hombre se hubiera percatado de la presión ejercida por su mandíbula al decirlo, se habría ahorrado el contestar.
—Que el bendito Niño Dios es sordo e indiferente a las peticiones de nacimiento y que aquí no hay chimenea...
De la que se armó en casa luego de ese comentario no se enteraron las noticias ni mucho menos Clarissa, quien llevaba días viendo a su padre lucir tres arañazos en una mejilla y un pequeño bulto amoratado sobre la ceja izquierda.
Cenaban cuando finalmente se resolvió a preguntarle la causa de tales marcas en su cara, la respuesta la dejó pasmada:
—Nada, me he peleado con el bebé y el viejo barrigón de los regalos para que arreglaran lo de la dirección. —A su mujer, que medía cada una de sus palabras observándolo de soslayo, no se le pasó por alto su talante socarrón.
— ¡¿Y qué te han dicho?! —Insistió la niña haciendo evidente su entusiasmo.
—Te envían disculpas por la tardanza...
—Y... —azuzó su esposa.
—Aquí tienes.
Una caja con un enorme lazo plateado se robó el protagonismo en la estancia. Un vecino espiaba la escena desde la ventana de enfrente sin dar crédito a la reacción de la niña, quien, a su parecer, actuaba como si fuera la primera vez que Santa o San Nicolás o el Niño Dios, fuesen quienes fuesen, le hacían un presente.


Fritzy Zamor


6 comentarios:

  1. Mi escritora favorita vuelve con su dulce imaginación. No hay mejor regalo de Navidad para mí.
    Como siempre un despliegue de maestría para desarrollar un relato.
    Me encanta.

    Cariños a granel y que el próximo año nos regale muchos trabajos suyos. :)

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    1. No me comprometa, Opin, no me comprometa, jaja. A mí me encanta tanto más su comentario y que me estime así. ¡¡Gracias enormes!!! Le envío también muchísimo cariño y un abrazo inmenso. ;)

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  2. Qué alegría leerte. Como siempre un relato de los que hacen reflexionar.
    Un abrazo.
    ;;-)

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    1. ¡Inma!! Qué alegría que me leas también. :) ¡Muchas gracias! ¡Un abrazote!! ;)

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  3. Quería seguir leyendo!!! me gusto mucho, saludos!!

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    1. ¡Muchas gracias por la lectura y el comentario, June! ¡Saludos!! ;)

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