26 de diciembre de 2016

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Navidad



Ha salido en las noticias que gracias al calentamiento global los polos se derriten. La maestra, antes de salir de vacaciones, les ha mostrado imágenes de los charcos de agua en que se han convertido las zonas más heladas del planeta. Ángela deduce que el tiempo no hará favorable la entrega de obsequios y le expresa su preocupación a Julia:
—Santa la pasará muy mal en el viaje con tantos baches en el camino. 
— ¿A ti qué más te da? Con tal de que el 24 tu regalo esté debajo del arbolito... —Se encoje de hombros al decirlo, entregándole a su amiga la indiferencia de consuelo.
A ella no la engañan las noticias, ha visitado en compañía de su madre una docena de centros comerciales para la víspera y se ha cansado de sentarse en las piernas de Papás Noel viejos y barbudos para asegurarse de recibir su lista. “¡Ash, lo que tiene que hacer una niña para Navidad!”, suspiraba pasándose con expresión exagerada el dorso de la mano por la frente para limpiarse un supuesto rastro de sudor. Nunca logró responderse si era el mismo Santa siempre o si había más de uno, pero concluía que con tantos regados o multiplicados por el mundo, no había forma de que su pedido no llegara a su destino.
Así se lo había aseverado días antes a Andrés, cuyo silencio pareció secundarle la observación. No supo que la mudez premeditada del niño fue solo un gesto de solidaridad para no arruinarle la fantasía. Él hace mucho que dudaba de la existencia del gordo de barba blanca vestido de rojo, desde que un día tuvo la pesadilla de que aquel se quedaba sin trineos y se convertía en Caperucita mientras un lobo lo perseguía. No le gustó encontrar al día siguiente, jugando a las escondidas, el traje del uno y de la otra en el armario de sus padres ni tampoco que Marcos se riera de él al relatarle el hecho:
— ¡Ja, ja!, si tu papá es el lobo y tu mamá, Caperucita, a ti fijo te toca hacer de abuelita.
Le dio un puntapié en la parte posterior de la rodilla, pero, todavía doblado en el suelo, a Marcos la risa no se le agotó. Cosa que más tarde Andrés agradeció, porque de no encontrarse tan contento, sin dudarlo, le habría devuelto el golpe. Aun así, no le perdonó a su compañero que no lo tomase en serio.
Sin embargo, la falta de seriedad de Marcos tenía excusa: hacía rato que no creía en cuentos y mucho menos en San Nicolás. Tres años hace desde que descubrió el secreto por su cuenta y se hizo a la idea de que sus padres o eran bien tontos o, lo que es lo mismo, carecían de astucia: solo a ellos se les ocurría llevarlo a hacer las compras a la juguetería y esconderlas al llegar a casa, para que después aparecieran a igual tiempo que el Niño Jesús en el pesebre. No obstante, si quería seguir recibiendo obsequios, le convenía mantener cerrado el pico. Cada vez que rememoraba el ir con sus padres a la juguetería le entraban risas:
—A ver Marquitos... escoge algo de éste a éste renglón del estante. —Eran así de precisos, tanto que al niño le entusiasmaba contemplar su reacción cuando se empecinaba con algo fuera de su alcance (o de su bolsillo): se miraban entre ellos, se ponían rojos y nerviosos, balbuceaban y luego usaban una frase por el estilo: “¡Pero Marquitos! ¿Te crees que el Niño Jesús es rico?”.
Por el contrario, quien mantenía su fe pese a todo era Clarissa. Esperanzada, no pedía gran cosa salvo que Santa o San Nicolás o el Niño Dios, fuesen quienes fuesen, por una vez le mandaran una señal de que la recordaban.
Se levantó la mañana del 25 y fue directa hacia el árbol de Navidad, para encontrar el mismo espacio sin llenar entre sus raíces de plástico.
— ¡No puede ser que me haya portado tan mal este año! —Lo peor era tener que ceder al chantaje emocional de sus padres:
—Ah, estará todavía de camino. Mira, le han florecido caramelos al pino —le señalaban los dulces que adornaban sus ramas. Mientras, a ella se le pasaban por la cabeza todas las travesuras que había hecho desde el inicio de clases, pero no terminaba de cuadrarle nada...
— ¡Ah-ah, qué va! ¡Ven lo que pasa cuando un bebé o un viejito se encargan de entregar juguetes!  
—Quizá si el otro año te portas mejor, chiquilla...
— ¡Que no, mamá! Así no funciona —explica—. A los niños malos por lo menos les traen carbón. ¡Entre que uno no sabe leer y el otro necesita lentes, está claro que ninguno entendió bien mi dirección!
Se marchó enfurruñada sin reparar en cómo su madre se hacía eco del reclamo:
— ¿Será que sí se acordarán de ella los reyes?
La frase era una indirecta en busca de pinchar a su marido. Mas éste, inmerso en su inmensa tacañería, ni se daba por aludido:
—Mujer, si los servicios de encomienda no se llegan al barrio, ¿qué iba a hacerlo la realeza? Mejor vele diciendo la verdad...
— ¿Que es...? —Si el hombre se hubiera percatado de la presión ejercida por su mandíbula al decirlo, se habría ahorrado el contestar.
—Que el bendito Niño Dios es sordo e indiferente a las peticiones de nacimiento y que aquí no hay chimenea...
De la que se armó en casa luego de ese comentario no se enteraron las noticias ni mucho menos Clarissa, quien llevaba días viendo a su padre lucir tres arañazos en una mejilla y un pequeño bulto amoratado sobre la ceja izquierda.
Cenaban cuando finalmente se resolvió a preguntarle la causa de tales marcas en su cara, la respuesta la dejó pasmada:
—Nada, me he peleado con el bebé y el viejo barrigón de los regalos para que arreglaran lo de la dirección. —A su mujer, que medía cada una de sus palabras observándolo de soslayo, no se le pasó por alto su talante socarrón.
— ¡¿Y qué te han dicho?! —Insistió la niña haciendo evidente su entusiasmo.
—Te envían disculpas por la tardanza...
—Y... —azuzó su esposa.
—Aquí tienes.
Una caja con un enorme lazo plateado se robó el protagonismo en la estancia. Un vecino espiaba la escena desde la ventana de enfrente sin dar crédito a la reacción de la niña, quien, a su parecer, actuaba como si fuera la primera vez que Santa o San Nicolás o el Niño Dios, fuesen quienes fuesen, le hacían un presente.


Fritzy Zamor

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22 de diciembre de 2016

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¿Carta de una amante?


Son las 19:32, el enorme reloj de la pared se ha encargado de que me cerciore de anotar bien la hora, el humo de las cafeteras invade mis fosas nasales cada vez más, tanto que incluso estoy moviendo un poco mis labios saboreando esa esencia de cafeína y vaya que la necesito para darme el suficiente coraje de escribirte esta carta, como sabes soy muy tímida y no tengo el suficiente coraje para decirte de frente que me siento como tu amante.

Recordarás querido mío que antes de que comenzaras a andar con ella, llevamos una relación fabulosa, como amigos tristemente, de aproximadamente ocho meses, esos meses en los que con pequeñas miradas decíamos que nos gustábamos. Recuerdo la primera vez que me dijiste bonita, te veías tan chistoso, alguien tan grande como tu muriéndose de vergüenza, sin embargo justo cuando creí que me declararías tu amor y comenzaríamos una relación formal resulta que inicias una relación, si, pero no conmigo, sino con ella.

Ese lunes me entristecí tanto, que me duro mi amargo sentir toda la semana, tan amargo sabor como de seguro es el sabor del café del señor de gabardina en tono ladrillo que esta en la mesa de alado, ya lleva seis cucharadas de café, pero bueno así de amargos fueron mis días, te dije que ya no debíamos tratarnos, te lo advertí, pero tu en vez de ser comprensivo, te seguías portando super lindo, como si no tuvieras novia… entonces retomamos nuestra extraña “relación de amigos” pero esta vez fue diferente, no había esa ternura que nos caracterizaba, al contrario, las conversaciones eran demasiado coquetas y pasionales, tu modo de acercarte a mi de ser timido se tornó seductor, y yo una inexperta y curiosa en el amor, caí rendida a tus labios, pero en vez de alejarme, continuamos, y ahora estoy en este café en una ciudad ajena a la que radico, porque aquí trabajas tú y porque aquí no está ella, estoy respirando cafeína y nicotina, esperando que entres, para ir ¿a dónde? Bien lo sé yo, solo que no se si me atreveré a entregarte esta carta, hoy, antes de que me convierta en tu amante , y así comprendas que te quiero, termina con ella ¿si?


------Fin de la carta------


En una cafetería de las afueras de la ciudad el mesero Luis se encuentra barriendo el piso desgastado y pegostiozo por café que se derramó de manos temblorosas, barre también varias colillas de cigarros algunas incluso tienen unos labios pintados, y de una de las esquinas del café barre una hoja de papel arrugada, esa hoja es una carta...



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21 de diciembre de 2016

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Un viaje, una vida en cada uno


A veces las rutas más inhóspitas, nos llevan a los mejores lugares, antes solía irme lejos, donde quizás nadie me podría encontrar, aunque si me pongo a pensar no era tan lejos, la distancia no importaba, lo importante era abastecer mi alma viajera con caminos y señales de kilómetros escondidos, un amor lejano y algún animal raro, todo eso era parte de un carnaval hermoso, siempre me sentí anormal en ese sentido, de chico no viajaba mucho, aunque recuerdo algún que otro viaje con la familia, contábamos autos hasta el cansancio y nos asombrábamos de diferentes paisajes. 
Teníamos un viejo sedan, ya casi que no recuerdo el modelo, mi mente lo sabe pero es tan terca que no quiere recordarlo, sabemos que era blanco, perdón dije sabemos porque a veces hablo como si con la mente fuéramos dos, volviendo un poco al auto, era un placer verlo rodar, saber que el viejo modelo llegaba era todo un triunfo;
uno de los más gratos recuerdos que tengo fue de muy chico, viajábamos de noche y mi viejo estaba un poco cansado, decidió frenar en una cafetería como un lugar de camioneros, imaginen como me sentía yo, era toda una hazaña viajera estar al lado de los mayores ruteros de la historia, tipos con barba que tienen millones de historias para contar o al menos mi niñez se imaginaba eso, uno cuando es niño desvirtúa toda realidad a un entorno más místico, bueno para mi ellos eran los dioses de la ruta, creo y ahora relatando esto, que mi amor por los viajes y las escapadas, pueden venir de ese recuerdo;
bueno imaginen un poco, era tan de noche que apenas se vislumbraba la cafetería, era una especie de vieja casona, con pocas ventanas, una luz afuera llena de mosquitos, se prendía y se apagaba, quizás algún cortocircuito, el lamparon era metalizado, como si arriba de la luz tenía un plato de camping. 
Mi viejo nos fue a buscar comida, no quería que nos acercáramos, quizás porque no tenía buena pinta o no sé, mi viejo era medio asqueroso con algunos lugares, nos quedamos alrededor del auto en un terreno de tierra, sin siquiera saber que estaba pasando o porque parábamos, nos pusimos a jugar, ver los diferentes insectos, buscar cosas en la tierra, no se porque, uno cuando es chico tiene la manía de buscar cosas, como si fuéramos arqueólogos, o exploradores, así somos; ya ni recuerdo a donde nos dirigíamos, pero lo importante no era donde, sino viajar.
Crecí sin esa parte aventurera, pero con el paso del tiempo, la fui amasando, puliendo como si la pudiera incorporar a mi estilo de vida, tuve varios viajes en mi vida, en auto en tren cualquier transporte sirve a la hora de escapar, a la hora de salir de lo habitual, lo cotidiano, cortar un poco la brecha de sentirse tan nada a ser un todo en algún lugar, creo y quizás divago un poco pero estar en una pradera donde miras hacia el horizonte y no ves el final de ella, donde ves pájaros revolotear, que acechan con su vuelo magistral, algo que debe estar por ahí, es algo único, inexplicable, imaginar que dentro de esa pradera hay un mundo que no me conoce, que ni sabe de mi existencia es incomprensible, pero parte de eso es viajar, no comprender, no tratar de explicar, sino dejarse llevar por el ambiente.
Me encanta por ejemplo recorrer viejos pueblos, de esos casi fantasmales, calles pequeñas, casas grandes, deterioradas por el paso de los años, almacenes de barrio que no pierden el glamour de viejos tiempos, los herreros viejos empedernidos mutilando el acero al a vieja usanza, me encanta caminar por calles arenosas, cruzarme con el panadero y su canasta de mimbre recorriendo el barrio saludando a gusto a paciere a todos los vecinos, las postales de esos pueblos son sus viejas estaciones abandonadas pero en perfectas condiciones, como si el tiempo hubiera frenado justo cuando se inauguró, nada cambias solo se anejan las vías en desuso, pero su estructura vislumbra la calidez de su época. La otra postal es la gente, vecinos tomando mate, saludando con la pava en mano, una reposera empotrada en un hall que habla por sí sola, es una bienvenida al pasado, donde todo se vivía así de simple, con un mate, una pava, una reposera y un saludo acogedor.

Los viajes tienen un poco de todo, un poco de pasado, un poco de anhelos, y un poco de aprendizaje, es aprender que la vida puede ser tan simple y a tan pocos kilómetros de tu mundo, de tu espacio. Asombra sentirte tan ajeno a eso y a su vez tan bienvenido, las rutas son la escalera natural a un piso desconocido, un piso que puede asombrarte de tal forma que te enamoras al instante de sus colores pálidos y sus estructuras avejentadas. A la vuelta de cada viaje recordaras que hay una vida simple, imperfecta y que no todo es tan cotidiano, que lo asombroso está a la vuelta de ciudad.

Alejandro Medrano
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10 de diciembre de 2016

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¿Felices?


Voy a tratar de esforzarme y transmitir esta pequeña historia que alguna vez escuche de un hombre sabio. Este, en su afán de crear conciencia en la gente, adoptaba relatos que iban de un momento a otro, de una época a la anterior y sobre todas las cosas, de unas personas a otras. Algunas más afortunadas y otras no tanto. 

Este hombre tomó la palabra y en ella mi mente se transportó tal como si yo fuera el protagonista, creando a un personaje secundario, dándole rostro y fuerza ya que este sería mi tatarabuelo. Sus palabras duraron minutos, pero en mi habían pasado décadas transportándome atrás en el tiempo y sobre todo imaginando que le diría a este pariente, ya lejano, de mí y de cómo vivo en la actualidad. Tartaria de encontrar las mejores palabras para describir, ya que de lo contrario perdería su atención de forma inmediata y de loco no me bajaría. ¿De verdad sería tan difícil de creer lo que tenemos y lo que el hombre ha logrado crear en menos de cien años? Tomando como base que llevamos, de lo que está registrado en la historia modera, tan solo unos cuantos miles. Entiendo que el planeta llevará millones, pero en mis clases de historia en el colegio la base eran solo unos cuantos años antes de Cristo. No voy a hacer el cuento más largo y voy a lo que nos concierne:

Un buen día al despertar, siempre lo primero que hago es voltear a mirar a mi bella esposa. Como es notable llevamos poco tiempo de casados, imagino que con los años esta rutina se irá desvaneciendo… Bueno el caso es que a su lado vi lo que me pareció una máquina del tiempo. Tal vez sea inverosímil pensar que así de la nada aparezca algo y recién despertado sepa lo que es, pero en este caso lo supe. Estaba hecha a base de latón, brillaba como un sol en plano cenit. Sus mecanismos eran de una fabricación anticuada y los cronómetros no eran digitales, sin considerar que no tenía un instructivo ni mucho menos una App donde desde mis iPhone lograra controlar, esta no tenía nada. Un sillón de cuero negro y brillante con un pequeño cinturón de lo que creí en un principio estaba puesto para garantizar la seguridad del pasajero. Así nada más un sillón un marcador no digital y dos palancas de latón con agarradera de madera de nogal. Caminé a su alrededor fácil unas ocho veces, no sabía con exactitud que pretendía hacer con esta caminata, era intimidar a la máquina, someterla o solo reconocerla y ella que sepa que estaba a punto de montarla. Pensé que habría una razón por la cual había aparecido así de la nada en mi recamara, ¿tendría yo que ir a algún lado? ¿La historia moderna y futura requería de mi asistencia? Corrí a un álbum de fotos a ver si de casualidad alguna esta borrosa, si alguien de mi familia o incluso yo estaba desapareciendo… ¿Será que tenía que “Volver al Futuro” como Marty Mcfly a unir a mis padres para que yo existiera? No me lo pareció. Continúe con mi caminata intimidatoria, como si el artefacto estaría siendo objeto de un interrogatorio “!No me lo oculte…! ¿qué hacia usted la noche del 19?” pero tampoco lo era. así que hice lo propio y me postré en ese sillón de cuero negro sujetando con mi mano derecha la palanca de madera de nogal. Lo primero que sucedió y de forma automática sorprendiéndome con el sistema de reconocimiento digital y natural que el artefacto tenia, es que solo al sentarme este prendió, no tuve que activar ni encender nada. El cronometro analógico empezó a girar hasta colocarse en la fecha 19 octubre 1887, lugar: el mismo. ¿El mismo? ¿Qué precisión no?... en fin, me dejé llevar al mismo lugar solo que unos muchos y cuantos años atrás.

El viaje duró poco menos de tres minutos, a mi alrededor solo veía destellos de líneas y ráfagas de colores mareándome un poco pero siempre con la tranquilidad que, al tener el cinturón de seguridad, nada me pasaría. Por fin y después de esos larguísimos tres minutos llegué a mi destino. No reconocía nada, de hecho y aunque sabía que mi destino era “el mismo” todo era precisamente lo contrato haciéndolo “no lo mismo” para mí. Decidí confiar en ella y al desabrocharme el cinturón bajé, y para mi asombro otra vez la maquina se apagó solo al no sentirme en ella, ¡wow! 

Estaba en un campo, la tonalidad de verdes me sobrepasó creando en mí una sensación de paz única e irreconocible que a mis treinta y dos años nunca había sentido. Los olores eran únicos, frescos y nuevos. El cielo contaba con unas tonalidades azules bárbaras. Por un momento pensé que esta máquina me había llevado dentro de una obra de arte de Claude Monet, a uno de sus más elaborados paisajes jamás igualados. A lo lejos había una pequeña finca. Blanca e imponente, con techos de teja roja y marcos de madera en sus ventanas, realmente bella. A su lado estaba el molino de trigo. Caminé hacia ella, lentamente fui acercándome y de forma sigilosa ya que no era mi intención espantar a nadie y mucho menos que algo me pasara. No sabía a quién visitaría y como estas personas asimilen la presencia de un completo extraño en su propiedad. Ya cerca de la finca vi la construcción que alojaba la panadería, y supe por el olor a esquisto y fresco pan que se desprendía de ella. En ese momento sospeché donde y con quien estaba. Mi abuelo siempre habló de que su abuelo era panadero y de los mejores de la ciudad. Este recalcó que vivía muy a las afueras en su finca donde además de plantar el trigo, lo procesaba hasta hacer las piezas de pan y panes dulces más cotizados de la región. “Será que vine a ver a mi tatarabuelo” Pensé con miedo y mil quinientas dudas. Todas ellas se aclararon cuando al estar ya muy cerca de la casa vi el nombre en el buzón. Ahí estaba yo décadas antes de mi propio nacimiento en la rudimentaria finca de mi tatarabuelo a punto de tocar a su puerta. Después de mucho titubeo, por fin toque la pequeña campana que se encontraba a lado de la puerta, por un lado, deseando que nadie responda y la maquina se prenda sola poniendo es su tablero analógico la fecha en la que originalmente desperté y el lugar: el mismo. Pero la realidad fue distinta una linda señora de ojos nobles abrió la puerta casi de inmediato, como si me esperaban. Me recibió con un “Diga” de la manera más amable que podría ser, creo que le inspiré confianza desde que me miró por primera vez, la sangre llamó y aclamó sus derechos familiares de un pariente suyo que nacería años después. Me quedé atónito y petrificado ya que no sabía ni a quien visitaba y lo único que logré articular fue un “Hola”. A lo que esta amable y adorable señora (nada más que mi tatarabuela) de inmediato me invitó a pasar a su casa. 

Estaba de prisa ya que tenía la comida en el fuego, a mi bisabuelo en brazos y además a mis tíos abuelos corriendo por la sala jugando, y no es por decir estos eran inquietos desde niños… Y así estuve con ella un rato mirando como con un niño en brazos, otros tres chamacos corriendo por la sala jugando con unas pequeñas piezas de madera y la comida en la lumbre, la señora tenía todo bajo control y sin ayuda alguna. Mientas probaba la textura y temperatura de la sopa me preguntó que quien era y que se me ofrecía, al mismo tiempo que me solicitó pasándome al bebe que lo cargara. Ahí estaba yo con mi bisabuelo en mis brazos, me sorprendía la cantidad de mocos que tenía y sin contar que me vomitó encima, quien podría decir que su bisabuelo-bebe le había vomitado ¡Solo yo! Antes de revelar mi identidad y tiempo decidí preguntarle por su marido ya que prefería ver la cara de asombro en par y no de forma individual, a lo que me respondió que estaba en el campo a dos kilómetros de distancia recogiendo el trigo. Me tranquilizo el saber que no tardaría en regresar ya que esa tarea la realizaba de las cinco de la madrugada a las nueve de la mañana antes que el calor dificulte la ardua y manual tarea de la recolección. Me platicó también que posteriormente de la recolección desayunaban para pasar todo el día en el horno haciendo las piezas de pan para que de la manera más fresca antes de las tres de la tarde estén en la ciudad vendiéndolas y así para las 7 de la noche regresar con su mercancía vendida y el dinero cobrado. Fue algo impactante presenciar lo difícil que era el trabajo para ellos, era un desgaste físico diario y su única ayuda eran sus dos manos y sus dos pies. Sin contar que además de fabricar su producto les tocaba distribuirlo y cobrar el mismo día de su producción. 

Me ofreció un café en lo que esperábamos, todavía en mi estupidez dude en preguntar que cual tenía… a lo que asentí aceptando una taza, misma que tardo cerca de media hora en llegar ya que el grano de café que compraban en el mercado lo molía mi tatarabuela manualmente, pero cuando llegó esta taza, yo nunca había disfrutado de algo tan fresco y natural, me supo limpio y fuerte, y de endulzante bajo en calorías… pues ni pensarlo, contra mi voluntad y dieta acepte miel de abeja para ello. Mi abuela se sirvió una taza también, y sin endulzarlo lo saboreó suspirando después de cada sorbo, como droga llegando al torrente sanguino tras un largo periodo de abstemia. Después de unos minutos llegó mi pariente lejano, sorprendido del moderno y extraño caballero sentado en su sala, alzó una ceja a su esposa en señal de duda. Clásica seña de mi abuelo y hasta mi padre, ¿será que también yo le alzo la ceja a mi esposa? Regresando le pregunté y efectivamente. La genética deja sus rastros.

Finalmente, y decidido les conté quien era y de donde venía. Mi tatarabuelo esta vez no levantó solo una ceja sino más bien ambas y hasta abrió la boca. En un principio sintieron miedo de mí, no sabían si realmente era o pretendía con el fin de hacerles daño, aunque en esa época eran muy contados los atracos y la gente si confiaba en la bondad de la gente, hasta que esta le demuestre lo contrario. No vivían con las defensas arriba y esperando siempre lo peor de los demás, incluso su finca no contaba con grande muros ni rejas para resguardarla. Para este momento los niños ya habían salido solos al jardín, sin que nadie los vigilara ni cuidara de los grandes peligros a que los niños de hoy en día están expuestos. así que nuestra conversación fue más tranquila, yo seguía con mi bisabuelo en brazos, inexplicablemente este bebe conmigo estaba más que feliz y quieto. 

Tenían mil dudas, las primeras fueron en torno a lo familiar a los que sin decirles gran cosa resumí diciendo que su descendencia era basta y con gente buena y muy trabajadora, no tenía ningún tema que resolver más que seguir con sus ideales y modo de vida. A lo que mi tatarabuelo me pregunto que como era la vida moderna. Ahí si me explaye con una serie de bondades que ahora contábamos y más evidentes eran para mi después de ver lo duro que trabajaban estos señores para mantener su casa y sin nada más. Su placer más grande era los domingos tomarse la tarde e ir a la ciudad con sus niños a ver algún payaso hacer un show en la calle. La vida era trabajo y más trabajo sin distracciones. así que ahora todo lo que les podría contar era elevado a la milésima potencia y por qué no, presumir un poco la maravillosa época en la que yo, su descendiente, me encontraba. Empecé por mi tatarabuela: 

“No sabes tatarabuela mía lo que sería en la época moderna, con tus habilidades como las he visto podrías llevar cientos de casas al mismo tiempo, para empezar, estaría rodeado de aparatos eléctricos que hacen el trabajo por ti, habrá uno que lava y otra que seca la ropa, para así no esperar ni tenderla a la intemperie. Ese café que mueles, ya hay unas maquinitas que con una simple capsula plástica te hacen un café y de mil formas diferentes. Ya no tendrás que prender carbón para poder hornear tus guisados, ya solo prendes un botón y pones el horno a la temperatura deseada y otro que te calienta las cosas en fracción de segundos. Tendrás mil ayudas todas con nombre “Dora” Licuadora, Lavadora, Aspiradora… y también ayuda domestica que te aminorarán el trabajo y ayudarán a cuidar a tus hijos. Ya no tendrás que iluminar tu casa prendiendo una vela tras otra, un botón prenderá y apagará toda o por partes como tú lo decidas. Tampoco llevaras a tus hijos a la escuela ya que un camión llegará hasta la puerta de tu casa para llevarlos y de igual manera los regresará. Para enterarte de las cosas ya no te reunirás con tus amigas, ellas lo pondrán todo en un base de satos que desde un pantallita negra del tamaño de tu mano podrás ver y así no te perderás de nada, e incluso podrás estar en todos lados sin necesidad de salir de tu casa ¿Qué maravilla no?. Ya no tendrás ni que ir al mercado a comprar nada, lo pides desde esta pantallita negra que te digo y te llega en cuestión de horas a tu puerta y todo muy fresco, sin contar que hay un atiendo de cosas ya en cada esquina que vende todo lo que requieres y más. Ya casi todos los alimentos son orgánicos y puedes guardar en tu alacena sin temor a que se echen a perder.
Tu tatarabuelo no sabes lo fácil que ya sería tu trabajo. Para empezar ya la gente trabaja en oficinas cerradas con aire acondicionado a la temperatura ideal para que tu cuerpo no se desgaste. Ya no tendrás que ir a cobrar a tus clientes ya que ellos por medio de un botón te mandarán el dinero a tu cuenta bancaria y tú por medio del mismo harás los pagos necesarios para que te manden tus materias primas para la fabricación de tu producto. Vas a tener maquinas, que lograrán que, en vez de producir cien panes al día, haga miles de forma más sistemática y eficiente para lo que tu desperdicio será casi nulo. Ya no tendrás que desmarañarte todos los días ya que las maquinas lo harán por ti. Ya no tendrás que exponerte al sol tantas horas y si lo haces habrá unas cremas protectoras para los rayos UV del sol que te pueden producir cáncer en la piel. Vas a tener mil maneras de distraerte ya sea solo o en familia. En cada casa hay unos aparatos que se llaman televisiones donde se transiten programas de distintas categorías para edades y gustos, así que cada quien podrá tener la suya propia y ver su propio programa sin tener la necesidad de discutir el uno con el otro. Y que les digo para viajar, Unos aviones gigantes te llevan desde una ciudad a otra, un país a otro y hasta otro continente y solo en horas, puede amanecer en un país y dormir en otro. Y de caminar ya olvídenlo, tendrán cada uno un automóvil que los transportará veloz mente de un lado a otro.”

Pausé un poco mi relato para ver si aún contaba con su atención y credibilidad, y en efecto estaban maravillados con todas los bondades que la época moderna traería, un poco nostálgicos que a ellos no les tocaría, pero felices de saber que sus descendientes gozarían de tantos privilegios, y así seguí y seguí hablando de todo lo que tenemos y hacemos desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, como convivimos el uno con el otros, hable un poco de las redes sociales, de las computadoras y de cómo la gente se acerca más a los lejanos. Hoy entiendo que omití informar los mucho que esto nos aleja a los cercanos, pero creo que no hubo necesidad de hacerlo, solos los entendieron. Cuando terminé mis tatarabuelos lo poco que me argumentaron era lo felices que deberíamos de ser con tantas bondades. Él le decía a su señora que con todo eso de seguro sus hijos ya jamás se volverían a pelear ni siquiera discutir, ya no tendrían que usar todos el mismo juego rudimentario de madera. Además, cada uno tendría su aparato y juego que evitaría conflictos. También le dijo que a su llegada ella ya no estaría tan cansada y podrías salir un poco más en pareja ya que sus hijos estrían bien cuidados en casa. “Han de ser tan, pero tan felices en tu época” fue lo único que mi tatarabuela dijo.

¿Lo somos…? 

¿Quiénes habrá o serán más felices? Ellos o nosotros con tantas cosas.


¿Qué nos espera con tanta abundancia de cosas? ¿Más o menos felicidad? 


Ojalá haya logrado transmitir el relato que en minutos recibí de aquel sabio hombre, y quede algún rastro de aquella época en que había menos cosas y la gente era más feliz. No necesitamos tanto para satisfacer nuestras necesidades y al crear tanto de todo lo único que estamos incrementando es la infelicidad, no podemos ya ni decidir que queremos y cuando lo hacemos tenemos mil dudas si esto que decidimos fue lo mejor. ¿Qué paradójico no? El Hombre siempre en busca de crear confort e instrumentos que nos faciliten la vida y seamos más plenos, y lo que tal vez no estamos entendiendo es que muchas de estas cosas están haciendo que crezcamos frustrados e infelices, porque ya no nada más es lo que tengo, ahora lo que no tengo esta tan expuesto que lo mío esta siempre en segunda plana. Ya no es importante a donde vamos, si no a donde no fuimos. Tengamos cuidado y no perdamos camino, el hombre siempre debe buscar ser feliz, y no es necesario rodearse de cosas para ello.


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4 de diciembre de 2016

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De las verdades



Hablan mucho de verdades los que de ellas nada saben. 
No sucumbas como perro en busca de comida.


No te entregues a ese viejo,
tan sabio y cargado con los días.
Tantas palabras y tan medidas;
sus pupilas, tan lejanas y tan frías,
han caído en una jaula sin salida.

La verdad de vida es cruda.
Una enfermedad sin cura;
Una flor desnuda,
que hoy lo es todo,
y ya mañana será ninguna.
La verdad de vida es agria,
Todo muere y todo cambia;
Ya nadie nos engaña:
Amor y odio
se acompañan.

Cuerpos, más que se aceleran,
ciegos corren y tropiezan.
No seas vinagre
solo porque amar
nos pida sangre.

No seas náufrago del mar cerebral,
olas, rompen, truenan;
Tanto bien y tanto mal,
olas rompen y truenan.

Aprende a mirar,
solo quieren estar;
Empezar;
Temen que algún día
todo vaya a terminar.


No te dejes a esas voces:
Aún viven en invierno.
Esperar la primavera del alma,
como el sueño aguarda el alba,
es hundirse,
eternamente,
en el frío invierno de la mente.

N.L.G.

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