23 de enero de 2017

el comentario 1 comentario

El sueño infinito de Mara


“Cada vez que Mara abría los ojos, en su pequeña habitación descolorida y con olor a antiséptico en las paredes, abría los ojos al mundo exterior. Se tomaba sólo un par de segundos antes de estirarse y apoyar los pies en el suelo; un par de segundos preciosos, que le servían de prólogo antes de comenzar el día. 

Se calzaba un par de zapatillas de lona (las únicas que tenía), que tiempo atrás, al comprarlas, recordaba que debían tener un color blanco, pero que ahora, con el desgaste y el paso del tiempo, lucían un tono amarillo. No era una fanática de su aspecto, ni del cuidado de su cuerpo; se vestía con un pantalón claro, y procuraba usar alguna remera que no delatara el olor del duro esfuerzo de cargar con el peso de su existencia, ni que no usará el tiempo que tenía libre para desperdiciarlo lavando su ropa.

La habitación permanecía a oscuras hasta las 11 de la mañana, excepto por un vago rayo de sol que se filtraba por un agujero en la superficie del techo; luego Mara abría la persiana sólo hasta la mitad, porque le parecía que la luz de afuera era demasiado prepotente y cegadora, y temía perderse en una realidad ajena a la que ocurría puertas adentro. Preparaba café todos los días, era su motor de arranque, su placer incurable, y leía un capítulo de alguna novela que tuviera pendiente, pero sólo uno, ni una página más, ni una de menos. Era una extraña manía que empezó y conservó desde pequeña, cuando su abuelo, Tito, comenzó a contarle cuentos de amor y de guerra, y (después de verla llorar y patalear varias horas por haber concluido precipitadamente el final de Romeo y Julieta) le aconsejó que así las historias se prolongaban por más tiempo, y hasta algunas, incluso, llegaban a nunca acabar.

En el confort y la seguridad de esas cuatro paredes, Mara, no sentía el paso del tiempo. Podían ser las doce del mediodía o las seis de la tarde de un año cualquiera, y ella seguía absorta en sus quehaceres cotidianos y en sus pensamientos. Éstos los dejaba pendientes una vez terminada la tarea de su hogar, suspendidos en algún rincón en el aire y volvía a retomarlos siempre por donde los había dejado. A menudo le gustaba transportarse a Bahía Soledad, un lugar inventado por ella y para ella. Una isla perdida entre las tumultuosas ciudades de la realidad, un mar de secretos entres los ruidos de los aparatos de hospital y una paz desconocida entre la gente inquieta del otro mundo, del que se asoma allá afuera. Ella era la única persona que podía decidir si quería un final feliz en su ciudad inventada, o un drama nostálgico como el que cargaba a menudo. Sea cual fuese su elección, ella era la protagonista y nunca jamás se perdía un capitulo. 

Cuando debía volver a las tareas de su pequeña habitación, dejaba los pensamientos y sus historias en pausa, segura de que al otro día volvería a cargarse de energías nuevas para enfrentar los nuevos desafíos que se le presentaran. 

Allí la descubrí yo, en Bahía Soledad. Era una tarde nublada; ella había optado cambiar la trama que venía construyendo por un drama nostálgico para acompañar la tristeza que la acompañaba a ella. 

No necesitó imaginarme, ni dibujar mis gestos ni ningún detalle de mi rostro, ni de mi cuerpo. Me adelanté a su imaginación, la ansiedad me devoraba y volé solo. Conduje por los túneles perdidos de la memoria dispuesto a hacerla recordar. La encontré acostada en la arena, observando el cielo, esperando que las nubes grises se saturaran y conviertan su ira en fuertes chaparrones. No notó mi presencia, ni siquiera cuando pasé delante de ella. Necesité hablarle, que escuchará mi voz, para traerla de regreso de esa nube gris que lloraba en silencio. Me dijo “vete de aquí, no molestes. Esta isla es mía, me pertenece, yo la inventé. Esta isla es segura y no quiero que me encuentren”. Me sorprendí a mí mismo desanimado por aquella confesión desabrida, que estaba completamente seguro de que escucharía. Le expliqué serenamente que no buscaba sacarla de allí, que vine a visitarla porque estaba preocupado y allá afuera empezaban a extrañarla. No contestó, pero adiviné en su silencio que no le interesaban los sentimientos que le pudiera ocasionar a alguien más. Por fin, estaba sola, había logrado ignorar todas las vías de escape que le ofrecieron para ayudarla a reaccionar y creo una propia. 

Esa isla, ajena a cualquier sonido ensordecedor, era la vía de escape que Mara había estado creando durante los últimos dos años, para asegurarse que si debía volver en un futuro, lo haría cuándo y cómo ella quisiera. 

Me acosté a su lado, y suspiré un par de veces. La había extrañado tanto…Quería abrazarla, deseaba que sintiera que no estaba sola, apartarla unos segundos de ese blanco sufrimiento; que mis suspiros además de secretos también le contaran historias, cortas y sin esperanza, pero al fin y al cabo, historias. Deseaba que pudiera decidir salvarse y enfrentará la realidad a la que tanto le temía y huía, pero esa decisión estaba en mis manos y no en las suyas. Aunque ella tratará de quitarme la pluma y seguir su rumbo, yo debía escribir un final. 

Me levanté de la arena y la miré por última vez. Era como la niña que recordaba y despedí hace un tiempo ya, a la que le fascinaba devorar historias y enseñé a atesorarlas hasta la eternidad; y sin embargo era también los restos de una mujer desconocida, que ahora tomaba su lugar. Caminé hacia el frío e infinito mar que se lucía impotente y feroz delante de mí, y me hundí en él, dejando un centenar de huellas atrás. Un centenar de huellas que le recordaran cuanto la amaba, por si acaso, quisiera seguirme. Pero no lo hizo. Y con una última línea, en un último párrafo, termine de escribir.

Y de nuevo volvió a pedirme que le contara el final de Romeo y Julieta, precipitadamente, y prometió, entre risas, que esta vez no lloraría.”


1 comentario:

  1. Me ha gustado la narración de la historia a medio camino entre la realidad y la fantasía, representando los dos mundos de Mara casi de forma cíclica. Es una pena que prefiriera permanecer en esa especie de aislamiento... o tal vez no, teniendo en cuenta cómo reflejas el mundo en "Vasos Vacíos", quizá haya acertado en utilizar su propia vía de escape. Buen texto. ¡Saludos, June!! ;)

    ResponderEliminar

Si usted tiene voluntad de escribir su comentario, también esta invitado a publicar con nosotros obras más complejas. Simplemente envíenos su trabajo a nosomosescritores@gmail.com y nosotros nos encargamos del resto.

Gracias por visitarnos y participar.

Si no encuentra cómo y se muere de ganas, también puede comentar aquí con su perfil de Facebook



Código de emoticones para sus comentarios
:) :( ;) :D ;;-) :-/ :-O X( B-) #:-S :(( :)) =)) ~X( :-t 8- =P~ #-o =D7 :-SS :-q :-bd