25 de enero de 2017

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Historias de aquello que fue y nunca más quiso ser


Sus gastadas ropas revelaban la vida que llevaba. En ese momento, empecé a comparar cómo yo lucía una ordenada limpieza y pulcritud, mientras él, aun con sus pantalones de botas gastadas, no lograba opacar su ser. Seguía sonriendo como si tuviera el mundo a sus pies. Esa sonrisa que solo mostraba una cosa: felicidad.
Eran ya las 6:00 de la tarde y todos desalojaban el teatro, un ensayo más para la obra de verano finalizó. Éramos parte de una comedia musical; yo ocupaba un papel muy importante, el cual haría resaltar lo mejor de mí, y eso me emocionaba sobremanera. Mientras todos terminaban de guardar disfraces, empacar sus libretos, despedirse de sus más allegados compañeros, él se sentó a fumar un cigarrillo después de tan ardua sesión. A comparación de lo que siempre demostraba, su efusivo y entusiasta humor, se le vio muy malhumorado, molesto e inconforme con algo, y así lo demostró mientras le contaba algo a Hugo, el único de la compañía con el cual tenía confianza. Así que por esa razón decidí sentarme junto a Isabel, quien estaba justamente situada a dos asientos de ellos mientras cambiaba sus zapatos de la obra por unos más cómodos. Le hice la plática, como quien dice, para disimular mis verdaderas intenciones, ahí fue cuando lo escuché diciéndole a Hugo lo siguiente; - es en serio cuando digo que este papel me está hostigando, no entiendo como Zaragoza pretende que interprete a un villano que expresa cuanta idea se le viene a la mente, y todo aquello que siente – refiriéndose así al director de la obra de manera muy iracunda, - es de saberse que tanto las interpretaciones malignas en cualquier obra y yo, no somos buenos expresando lo que sentimos – continuo diciendo.  ¿Pero cómo pretendes cambiar tú lo que Zaragoza ya escribió? Si desde un principio estuvimos de acuerdo en poner en marcha la obra que él mismo compuso, para así revivir de alguna manera el oficio de las tablas en nuestra compañía – le refutó Hugo, con un tono bastante amenazante.
Tenía mi concentración por completo en ellos, así que olvidé que Isabel me estaba hablando, y lo supe justo cuando ella refunfuñó, - ¡solo viniste a hacerme perder el tiempo! De haber sabido que me harías quedar para esto no me hubiese detenido a platicarte, ¿Qué no entiendes que debo estudiar? ¡Yo si tengo aspiraciones! – dijo Isabel bastante furiosa, pero al fin y al cabo no presté mucha atención a su enfado, puesto que desde un principio solo era mi coartada para poder acercarme y darme cuenta del porqué el cambio de humor que él presentaba.
Ya en la calle, metí las manos en los bolsillos de mí abrigo, pues extrañamente aun cuando era obvio que se acercaba el verano, esa tarde heló de una manera espantosa, era primavera, ¿cuándo en una temporada tan calurosa pasaba algo así?, tal vez las deidades que controlan esto querían hacerme ver que era un día bastante extraño, si es que existen algunas para este asunto. Sería un largo y frío trayecto hasta mi casa, pues en días arduos como estos muchos prefieren tomar un bus o un taxi para llegar cuanto antes a casa y descansar del agobiante día a día en la ciudad. Pero yo no, yo prefería irme caminando, que mi única compañía fuera la soledad de mis pensamientos que se vacilaban burlones y acusadores cada vez que trataba de ponerlos en orden. Froté mis manos una y otra vez dentro de los felpudos bolsillos de mi abrigo, cuando de repente una voz sarcástica pero encantadora me dice; - saca las manos de los bolsillos, ¿que no sabes que es en ello en lo primero que se fijan los ladrones? – me asusté tanto que por un momento pensé que se trataba de un ladrón real, pero cuando volteé la mirada hacia atrás, ¡era él! Tal vez no reconocí su voz precisamente porque su intervención fue muy inesperada en mi trayecto, pero era él caminando a mi lado, y viéndome con unos ojos que solo transmitían una cosa: felicidad. - ¡A ver! Tú quieres que saque mis manos ¿Para qué? ¿Acaso eres de piedra o tu cuerpo se ha bloqueado para no sentir este martirizante frío? – Le respondí, lanzando una mirada amenazante, - no es eso - respondió él muy serio – lo digo solo porque ellos pensarán que llevas algo importante entre tus bolsillos, y que por esa razón lo estás protegiendo con tus manos. Sé por qué te lo digo, llevo más tiempo en esta ciudad – finalizó así su consejo, dejándome a su vez con una perplejidad que creó la siguiente pregunta: ¿en serio le preocuparé? Saliendo del asombro de tan inesperado cruce de palabras, lo vi alejándose mientras su mirada seguía sobre mí, de inmediato saqué las manos de los bolsillos y fue así como por fin él miró hacia adelante y corrió tan rápido como pudo para alcanzar el bus que ya asomaba por la esquina. Vaya situación la que se me presentaba hoy, de seguro tardaría horas en llegar a casa, pues ahora sí que tenía toneladas de cosas en qué pensar. Pobre de mí.
Ya entrada la noche, y luego de haber cenado una pasta que preparé, me senté a darle un vistazo a mis libretos, mientras me acompañaba un poco de la música que siempre escuchaba cuando mis pensamientos me abrumaban, pero esta vez era diferente, el día parecía haber cambiado mi perspectiva, y me pregunté ¿acaso tengo un carácter tan débil como para dejarme intimidar por un insurrecto como él?, al parecer sí, tan solo esas palabras al salir del teatro me habían hecho pensar si en verdad yo veía con otros ojos a aquel individuo que gozaba jactarse de su vacilante y sobresaliente forma de ser, y lo que es peor, ¡el querer escuchar lo que estaba hablando con Hugo, y descifrar su cambio de humor tan drástico!, esto solo me mostraba mi claro interés. La música no pudo armonizar mejor el momento, las frases de aquellos libretos que por algunas noches pasadas me habían atormentado la cabeza, hoy fluían entre mi corteza cerebral y hacían de este un proceso cognitivo muy placentero, esas letras eran para mí como agua que revive a un ávido de ella. Algo raro ocurría en mí.
Era la 1:45 de la tarde y eso me hacía tener una ventaja abismal sobre todos los miembros de la compañía, pues el ensayo empezaba a las 2:00 de la tarde y nadie llegaba a esa hora en fechas como estas, eran ensayos con todo, vestuario, luces y escenografía montada, todos sabíamos que una llegada a tiempo haría florecer el espíritu de extra compromiso a Zaragoza, lo cual era equivalente a que diera su discurso sobre el amor por el arte del teatro, y por consiguiente, tratar de hacernos quedar hasta que a él se le diera la gana de parar, ¡así que no!, nadie llegaba a tiempo, excepto yo, me traía algo entre manos, sí, algo que tenía que ver con mi repentina obsesión por él.
¡Por fin las puertas del teatro! Saludé amablemente a Jacobo; el vigilante del lugar. Entré corriendo para sentarme justo adelante y parecer que estaba desde aún más temprano, y que mi solitario momento de estudio requería de la compañía de alguien. Pero no fui yo quien llegó de primeras, alguien vistiendo la máscara de Paul, el villano de nuestra obra, estaba situado en los asientos de adelante, justo por donde yo quería esperar. Pero quién más si no él. Quien interpretaba al villano era quien estaba ahí sentado. Al principio pensé que era demasiado extraño que ensayos atrás se hubiera quejado de su papel, y hoy estuviera antes que el mismo director, y en efecto sí era muy singular pensar eso, pues no era él quien portaba la máscara, sino Jaime, un chico que interpretaba el papel de mi hermano en la obra, y quién en repetidas veces había tratado de entablar una jocosa charla conmigo, según él, para tener una gran afinidad en el escenario era de suma importancia empezar fuera de este.
¡Dios! Que ingenuidad la mía pensar que era él, y lo que es peor, pensar que aguardaba por mí, ¿Qué me pudo haber hecho pensar eso? – hola, qué casual, ¿no? - gritó Jaime - justo a quien más me encanta ver en los ensayos y es justo quien llegó temprano también, pero por favor, ven y te sientas, estaba midiéndome el disfraz de Paul que extrañamente estaba aquí sobre las sillas, que extraño ¿no? -  faltaba poco para que le respondiera de una forma tosca y cortante, cuando la puerta principal se abrió de golpe, era él junto con todos los muchachos atosigados de cosas para la obra, ¡qué alivio! En verdad que fue mi salvación, y no solo lo digo porque me salvaron de aquella plática con Jaime, sino también porque nada más podría aliviar mi día que ver su sonriente cara. Esa cara que solo podía transmitir una cosa: felicidad.
Qué feliz era yo, un placentero ensayo más había finalizado, y estábamos a cuatro semanas de presentar nuestra obra, de repente él se acercó hacia mí, sentí el aroma de su perfume a camerinos de distancia, era algo así como una mezcla oriental, encima de su gastada ropa. La mezcla perfecta. Lo imaginé caminando hacia mí con el viento danzante sobre las rosadas hojas de los cerezos en el atardecer, ¡ah, qué alegórico momento! pero todo eso se vio truncado por sus fuertes frases – ¡AGH! tienes una cara pésima, ¿te encuentras bien? -  a lo que respondí con enfado -  ¡por supuesto que estoy bien!, ¿Por qué habría de estar mal? Tú siempre me ves con cara de peligro, justo como la otra vez que me hiciste sacar las manos de mis bolsillos, en esa tarde fría, ¿lo recuerdas? – me sentí tan fuerte; ese poderío en cada palabra me hizo sentar mi posición frente a él, -  ¡Ay! qué tragedias armas tú por un simple consejo, yo simplemente recordé eso y quise decírtelo, exageras mucho – me respondió, mientras me miraba con lástima, o eso sentí, - bueno como sea, solo vine a decirte que los muchachos y yo iremos a Sodoma, el pequeño bar que abrió hace poco, y pues no sé, quizá pensé que tal vez tú querías unirte a nosotros, ¿Qué dices? – ¿acaso tenía yo tiempo para pensar en una respuesta con argumentos que solidificaran mi decisión? No, así que sin pensarlo le dije, -  sí claro, ¿vamos ya? – A lo que él me respondió, - por supuesto – y ahí emprendimos nuestro trayecto a Sodoma; peculiar nombre para solo tratarse de un bar con una clientela que constaba básicamente de universitarios y uno que otro hombre cuarentón en búsqueda de acción. Ansiaba ver en qué momento se desataba una catarsis de fuego y azufre en aquel lugar.
La noche transcurrió tan lenta que se prestó para que nosotros pudiéramos liberar tanta presión por la que nuestras vidas pasaban en ese momento, pero sobre todo, sirvió para que él y yo nos contáramos todo acerca de nuestras vidas, como si quisiéramos, con una necesidad imparable, saciarnos el uno al otro del conocimiento mutuo que transmitíamos. Pensé que alguien que estudiara antropología presentaría una personalidad más reservada y critica a encuentros como estos, ajena al contacto humano pero entregado a su vez una labor social que requiere de su compromiso total, una completa mezcla que podría contrariar la situación en la que nos encontrábamos. Me hizo ver que era el punto aparte de cualquier estereotipo que la sociedad constantemente clava en nuestras mentes, reflexioné y pensé, vaya existencia la nuestra, hay personas que se quieren comer el mundo y hacerlo suyo cada día al igual que yo, pero desde diferentes posturas. Le hablé de mi pasión por las letras, la música, y la buena comida, eso le simpatizó mucho para ser yo una persona “fracasada” por haberme retirado del estudio de las leyes y el derecho, y querer intentar estudiar literatura.
Palabras iban y venían sin cesar entre las personas de nuestra mesa, pero nosotros dos nos encontrábamos encerrados en una burbuja donde el espacio-tiempo parecía no existir, éramos como materia que necesita de siglos para poder solidificarse, y que al final daría como resultado un elemento vital. Ya teníamos algunas copas en la cabeza, pero él parecía no querer detenerse, hacía ver que todo aquello que yo decía de mi vida era perfecto y necesario para subsistir esa noche en el bar. Igualmente de mi parte lo recibió. ¿Qué tanto podía trascender esta sensación? No había duda de que los dos sabíamos a donde se dirigía todo esto, pues en ese momento su cara solo transmitía algo: felicidad.
Último ensayo de la semana, y digo último porque a Zaragoza le gustaba darnos tres días de descanso, decía que un artista no puede esforzarse el doble los días previos al acto final, pues el cuerpo y el alma ya tenían el arte impregnado, solo era cuestión de reposo para que este diera una buena cosecha cuando debía, y con el cansancio de ultimar detalles quién objetaría a las sabias palabras de nuestro director. Así que finalizada la última sesión, todos fuimos a guardar disfraces y a dejar todo en su sitio, en un perfecto orden para que el domingo, cuando por fin nos daríamos el honor de presentarnos, todo saliera milimétricamente perfecto. Así que corrí a mi camerino, pues mi papel era tan relevante que requería de un lugar especial, eso me hacía sentir mejor que de costumbre. Abrí la puerta y de repente vi cómo alguien corrió detrás de las cortinas para esconderse, me pareció muy curioso, pero cuando moví una de ellas, era él, y sí, mi cara tuvo un cambio drástico, sobre todo después de que él se abalanzara hacia mí con un fuerte abrazo, me llevara hasta la mesa, con mis pies sobre los de él, y me sentará en ella, para luego llenar de besos la comisura total de mi boca, sus labios eran indescriptibles en ese momento, transmitían una calidez insuperable, no sabía si era como cuando bebes chocolate en un día muy frío y su dulce sabor te alegra la vida, o era como sentir ese sol que sale los domingos muy a las 8:00 de la mañana ¡Dios eso sin duda no tenía explicación! En mi mente solo rondaba la idea de cómo en unos días eso se había convertido en unas ganas de vivir al máximo, pues justo después de aquella vez en el bar, fue casi una semana de besos y palabras que solo demostraban el interés mutuo que por fin habíamos logrado. Susurrante me dijo muy cerca; - ¿acaso sabes tú por qué te abrazo tan efusivamente desde hace días? -  a lo cual yo respondí con un abrazador, - no -  y él continuo, -  porque hueles a vainilla, y es extraño, ya que todos dicen que mi fuerte olor oriental opaca cualquier fragancia en el lugar – sonrío de una manera pícara -  quería decirte que viendo la situación en la que nos encontramos; último ensayo, ya casi son las 8:00 de la noche y mi estómago presenta una inminente y exorbitante hambre, ¿vamos a tu casa a preparar algo?- nuevamente, la actitud de perplejidad frente a casi más de una frase de elogio y una evidente propuesta para no querer que nos separáramos, me hizo quedar por casi diez segundos sin musitar palabra alguna, mientras él me miraba con cara de que tal vez no me agradó la idea, pero salvé el momento con un -  ¡la pregunta ofende!, mi casa está para ti desde el momento en que me besaste -  eso tal vez sonó muy fulminante para tan especial momento, pero su cara no decía lo mismo, hizo un gesto de aprobación, y llenos de maletas pero de ganas de consumir una noche más hablando de los dos, partimos hacia mi casa.
Los últimos tres días y la noche en la que cocinó para mí esos macarrones, habían hecho de mí una persona ansiosa de vida, amante de los pequeños momentos, enamoradiza de cada segundo junto a él y a todo aquello que nos relacionaba. ¡Dios! era imposible que en un pasar de páginas ya le pertenecía, ¿me había entregado tan rápido a un efímero sentimiento?, fuese lo que fuese aquello que ocurría entre los dos era imposible detenerlo ahora, él solo exudaba todas esas cualidades que busqué obtener de alguien alguna vez. Era inteligente, guapo, hábil, gracioso, gran amigo, sincero, soñador, perverso, galante, muy buen amante, ingenioso, cómo no entregarse a una esencia como esta, era el momento justo para decirle a ese yo interior que no se contuviera más, que confiara, que sacara todo aquello que había guardado, que fuera confidente y sincero con él, que amara, que amara como quiso siempre, porque a la larga ¿Quién impuso un límite temporal para amar a quien se presta para ser amado? Después de toda esa congregación de sentimientos mezclados, con razón y a la vez no, debía concentrarme en algo. El musical. Eso era lo que necesitaba por completo de mí ahora. Sabía que debía dejar de lado ese deseo que me invadía, y por solo unas horas entregarme en cuerpo y alma al escenario, al público, al amor por este arte, ya que ese otro amor que necesitaba ser saciado ya tenía fuente por otro lado. Por fin tenía una corriente imparable que me conectaba de nuevo al mundo, y así sentí que trascurrió toda esa noche, y con una indudable sensación en mi rostro, entregué todo de mí. Y era obvio, todo esto era solo una cosa: felicidad.
El telón que daba un parcial cierre a lo que fue la más concurrida obra de apertura de verano, cayó, y con ello rostros invadidos de emociones, llanto, risas y felicitaciones; saltaban como ranas en el estanque de las bocas de todos en la compañía, Zaragoza no podía siquiera pronunciar palabra alguna, pues las lágrimas y el vino le impedían expresar cuanta felicidad sentía, y yo, mirándolo a él desde el extremo opuesto donde se encontraba, me percaté que su mirada de profuso amor, bastaba para llenarme de una paz absoluta.
Ya había guardado todo. Mi maquillaje y disfraz se había ido, era un hasta pronto por mi parte, el teatro vendría a traerme alegrías de nuevo, pero no ahora, en ese momento quería tomar por completo la felicidad que desde hacía semanas solo él podía dar a mi existencia. Salí y como era obvio esperaba por mí para regresar a casa, nos fuimos del teatro juntos y recorrimos la misma acera donde fortuitamente me habló aquella vez, y él agregó a ese momento – esta vez vamos caminando a casa. Y no sé, siento que hay poco tiempo para disfrutar de las cosas y una infinidad por hacer, así que es mejor darles el mayor significado a todas aquellas que hagamos de aquí en adelante – y terminando de decir todo esto, tomó mi mano y recorrimos cuanto puente y calle formó nuestro camino a casa. Para cuando habíamos llegado tenía la cara totalmente congelada, de nuevo ese extraño clima en medio de tan calurosa temporada. Mi nariz era un témpano y solo una cosa podría deshacer tan gélida barrera, esos tibios labios derritieron cuanto pudieron a su pasó. Y por primera vez sentí que el único sentimiento que invadía por completo mi vida se conformaba de nueve letras que por mucho tiempo había olvidado como compartirlo con alguien más: felicidad.
Dicen que no hay mal que por bien no venga, pero en este caso era todo lo contrario, esta vez el destino quiso voltear las cartas a favor de cualquier otra persona que no fuera yo, y sí, así como yo vi con el pasar de los horas en el teatro, las noches de juerga, y los días de descanso, la construcción de aquello que para mí siempre fue inexplicable y exuberante, ahora, me encontraba presenciando el exterminio de lo que en tan poco se edificó, ¿acaso yo imaginé cada cosa de lo que pasó? ¿Fui yo la única persona que pensó que cada momento vivido a su lado fue tan inimitable? ¿Será pecado querer entregarse a quien te cimentó en menos de nada innumerables posibilidades? Tal vez para él todo esto sí era así, pues de la misma súbita manera como llegó, efímeramente regresó a su lugar de inicio.
Los días siguientes a tal fortuna que se me presentó en aquella temporada de teatro, que jamás olvidaré, fueron una muestra clara de su posición, ¿Cómo un alma ermitaña como la mía, podría detener tal fulgor de aquella que le pertenecía a tan bravío caballero? Esta vez no hubo un abrazo fuerte o unos labios cálidos que me recibieran o me estuvieran esperando. De manera insospechada se fueron, demostrando así lo que en un principio buscaban. Residir momentáneamente. ¿Pero tengo acaso yo la culpa por confiar en ese anhelo? No creo, puesto que ello es muy subjetivo; y esa subjetividad en el sentimiento fue lo que hizo que todo quedara allí, porque justo cuando le pregunte;  - ¿no has sido feliz? - él no vaciló en decir – no, yo solamente estaba alegre- , y ahora me doy cuenta, con el pasar arrastrado del tiempo, él no se ha detenido, él sigue. Mientras yo estoy aguardando aquí con aflicción, sumiéndome en este mar de complicaciones y con temor de los movimientos que hago, sintiendo así que cada paso que doy es un paso en falso que no proporciona un futuro seguro, una realidad que merezca, y cada cosa de estas destruye mi ser, o bueno lo que aún siento que queda.
Sí, él era inteligente, era guapo, era amoroso, era buen amigo, un buen amante, tan hábil y gracioso como solo él puede serlo, sobrepasaba cada estándar que alguna vez impuse en mi vida, pero es que para merecer algo así, soy yo a quien deben merecer. Soy yo quien debe obtener esa agilidad, esa pasión, esa gracia, esa audacia, porque debo ser yo la primera persona en amarme.
¿Quién dijo que la cosa paraba aquí?, jamás he dicho eso, es una parte de vida que se fue con alguien, pero qué más da, la existencia se basa en dar y recibir. Que esos labios y esas manos estrechen lo que deben estrechar en su momento, y a quien deban hacerlo, puesto que para amar se necesita de dos, pero para acabar con todo no hace falta sino uno.

Dan Paradise


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