24 de marzo de 2017

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Del amor y de su sabor


Me he enamorado dos veces en mi vida y las dos a quemarropa, sin anestesia y estampando mi huella en papel en blanco. 

Conocí a Noa en una mesa redonda organizada por COGAM, el Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid, en la que ella actuaba de moderadora y en la que participaba Pedro Zerolo. Un grupo de alumnos me pidió que les diera permiso para ir a la charla y al final me uní a ellos. Al verla ahí sentada, con su pelo corto de blanco furioso, tan andrógina y más bella que el mismísimo diablo, quedé poseída como Gustav en ‘Muerte en Venecia’, cuando sus ojos impactaron contra la perfección del rostro cincelado de Tadzio. 

Siempre me turbó el calor húmedo de la quinta de Mahler en esas escenas, pero hasta ese momento no había sentido la sierra de las corcheas en mi garganta. Al acabar el acto nos presentaron: Lisala, Noa. Y me sentí devorada. En paz. 

Y como suelo hacer cuando mi caos interno se desparrama, ordené mi casa. Subí a la buhardilla, a mi estudio y abrí las dos hojas del balcón; vacié la librería de techo a suelo; organicé los libros por orden alfabético, en columnas sobre la alfombra blanca, la mesa y los sillones y los coloqué de nuevo en las estanterías. Los volví a bajar y los clasifiqué por autores. De nuevo la vacié y ordené por temas y cuando entró Arturo, mi marido, a mi despacho le pedí el divorcio. ¿Y las niñas? 

¡Las niñas!, rugí como una gataparda, tranquilo, que yo me las quedo. Y se abrió la veda de reproches, frustraciones y desencantos y, como cada vez que discutíamos, comenzó a llamarme Lisala en vez de Lisa. Qué raro sonó mi nombre completo en su voz de lija. No te quiero, Arturo. No follamos desde hace más de cuatro años; me he sentido culpable, que no era mujer porque nunca había tenido orgasmos y te juro que me sentía aliviada de que tuvieses amantes porque así a mí no me molestabas. No pongas esa cara que sé lo de tus líos desde hace tiempo. ¿Y qué dices ahora, que nunca te he amado y que has tenido que buscar fuera lo que no tienes dentro? Ya te vale. 

Te cuento qué me ha pasado. Esta mañana he ido a unas charlas en las que hablaban gays y lesbianas y me he quedado tan pillada con una de las ponentes que estoy que se me sale el tuétano. Tú eres como una hermana o una amiga del alma pero no mi amante. Venga Arturo, no llores. No me digas ahora que da igual, que podemos tener una relación abierta y seguir juntos. Yo no soy así. 

Gracias Arturo, pero no me apetece un Ribera, prefiero una cerveza helada. Sí, de esas que llevan el manto de nieve cubriendo la botella. ¿Ves como somos amigas?, tenemos un dramón encima y en vez de pelearnos, estamos recostados en el sofá, yo acariciando tus rizos avellana y riendo y llorando juntos. 

Y así fueron pasando los días, nuestro divorcio fue muy civilizado y las chicas no lo llevaron mal. Una tarde, al acabar las clases vi a Noa, coincidimos camino del parking de la Universidad y quedamos para tomar un café en un local con muebles art decó y las paredes forradas con láminas de Tamara de Lempicka y ese azul hipnótico con que los enfría. Frente a mí estaba Noa, con esa belleza animal que me trastornaba. Llevaba un traje de chaqueta de lino crudo, con camisa lavanda al aire y una corbata cereza dulce perfectamente mal anudada. Pasamos juntas toda la tarde, vagabundeamos por El Retiro y mientras le hablaba de mí me paría a mí misma. Y cuando se paraba y me miraba de arriba a abajo sin vergüenza yo solo buscaba rincones donde me dejaría llevar de su mano para reventar de beso súbito. Sobre su cama tenía un espejo. Me enloquecía ver nuestros claros y oscuros reflejados en el techo. Adoro esa imagen de naturaleza en cueros, acuarela de texturas, formas y piel en movimiento. Y fue así durante unos años. Pero eso fue antes de volverme loca de verdad. 

Al día siguiente de camino a la facultad íbamos en silencio. Siento si lo de ayer fue un error. Y le contesté que era uno de las mayores aciertos de mi vida. 

Noa me confesó que se sentía más hombre que mujer y que en algún momento daría el paso para operarse. Me contó lo mal que lo llevaba de pequeña cuando quería vestirse como un niño y jugar a sus juegos. Del rechazo que sentía al mirarse en el espejo, de la primera vez que se enamoró de una chica y de cómo lo llevó en secreto. 

Me explicó que el proceso duraba varios años. Que llevaba un tiempo en manos de una sicóloga especialista en transgénero y que le ayudaba a marcar objetivos. Uno de los primeros era cambiar de nombre. Lisala, cariño, a partir de ahora, por favor, llamadme Andrés. Y todos comenzamos a llamarla Andrés. 

Qué más da Andrés que Noa, lo importante es su esencia. Me lo tomé como un juego y a las pocas semanas nos acostumbramos todos. Era difícil, sobre todo por la rutina. Sin embargo, cuando la abrazaba y la soñaba, en secreto, era mi Noa.

Su estilo andrógino puso popa a masculino y cuando usaba corbata el nudo era marcial. Cambió de perfume, ya no dejaba su presencia suspendida en la fragancia de Issey de Miyaki.

Estábamos volcadas en plena lucha por los derechos del colectivo LGTB, del matrimonio igualitario y yo me sentía la abanderada de la causa y encabezaba las marchas defendiendo mi amor, mi vida y mi silencio llorando al son de “A quién le importa” y “I will survive”. 

El día que comenzó el tratamiento hormonal Noa, bueno, Andrés, me miró y me abrazó pegando su corazón al mío. Lisala, esto es duro para ti y para mí. Pero en mi caso es mi sueño y en el tuyo es una lucha en la que estás porque me quieres. ¿Eres consciente de hacia dónde vamos? Y le clavé las uñas mientras la abrazaba porque me rompí de dolor. Me apartó, me miró despacio y besó una a una mis lágrimas. Esto no ha hecho más que empezar, Lisala. Lo duro aún no está aquí, no tienes que quedarte si no quieres. Y eso, eso que me dijo fue lo que partió mi razón. 

Empezó a caer su cabello como caen los copos de nieve y creció pelo en el desierto de su piel. Cuando me hablaba no reconocía su voz. Me despertaba y al abrazarla comencé a notar el cambio en el olor de su cuerpo y poco a poco sus besos ya no sabían a Noa. Procuraba mantener mi cordura porque soy mujer de palabra, de compromiso y porque la amaba con esa certeza con la que aman los cisnes a su único amor.

Se operó. Fue durísimo. Muy duro, pero ella estaba feliz. Le curaba las heridas despacito, con cuidado, con la gasa más suave de la farmacia, le gastaba bromas y acaricié sus cicatrices cuando se cerraron. El dolor era mi muro de contención a la locura que me horadaba.

Se incorporó a las clases, al colectivo, a la vida familiar y yo me encerré en el trabajo. Acepté dirigir un par de tesis: Natalia, alumna de la facultad e Ingrid, una danesa residente en Newark, New Jersey, con quien comencé a intercambiar mails pues me resultaba interesante lo que me contaba y, por alguna razón, huía de mi presente imaginando su ciudad, su vida y los detalles que tendría en su habitación. 

Pasaron los días y una mañana al mirar en el espejo vi junto a mí un cuerpo de hombre y la acuarela de nuestra imagen cobró vida: era la foto nítida de espaldas enfrentadas.

Me sentí repugnante, egoísta, incluso envidiosa de verlo feliz. Caí en picado y comencé a ir a terapia para adaptarme a los cambios y descubrí que o me separaba o enfermaría de odio.Sabía que tenía que hablar con él pero le veía tan bien que me sentía avergonzada. Y por culpa, rabia, necesidad de explotar y porque tenía la autoestima en el barro me registré en varios chats de lesbianas. Tuve citas y rollos que me sentaron muy bien, volví a ser persona. En ningún momento sentí que engañaba a Noa. Ni a mi.

Eran las seis de la tarde y había quedado con Ingrid, para hablar de su tesis y de su visita, en quince días, a Madrid para encontrarnos e ir planificando el trabajo. La conexión con ella estimulaba mi mente correcaminos. Se conectó la cámara, la ví y me quedé pillada. Era algo más joven que yo, cubría su pelo con una toalla azul a modo de turbante y unos pendientes de perlas que iluminaban su cuello. Parecía la versión contemporánea del cuadro ‘La joven de la perla’ de Vermeer. Ella hablaba y yo, cuando ella se movía, buscaba cada uno de los detalles que imaginé en su diminuta habitación. Me pidió volver a conectarnos al día siguiente y lo que ocurrió es que entramos en un torbellino casi adolescente de mensajes y videollamadas diarias. 

No me quitaba de la cabeza a Ingrid. El día que llegaba, mientras Andrés preparaba los zumos de naranja, pomelo y mandarina para el desayuno, me espetó un ¿qué pasa, Lisela? y me quedé helada al oír mi voz soltar que me sentía perdida en su cuerpo sin pechos y con olor a hombre. Que no reconocía su voz y que me sentía una traidora, una hipócrita, porque llevaba años luchando por su sueño cuando en el fondo, para mí, era una pesadilla, He enterrado a Noa, Tú te has librado de ella y yo me he roto. Andrés, soy lesbiana y me enamoré de Noa, te juro que por más que lo intento no puedo amarte. Ahora tengo que irme, hablamos esta noche.

Ni tesis ni leches. Al llegar a su hotel nos liamos y después volví a dormir a casa. Me había enamorado, a lo bestia. Tocaba volver a poner orden en mi vida.

Me acabo de despertar y Andrés sigue dormido. He mirado sus hombros, sus brazos, sus piernas largas: le he dado un beso en la mejilla y al mirar al techo tan solo se veía un espejo. He venido a la cocina a tomar un café. 

He abierto el móvil, Ingrid me ha enviado una rosa y un beso. Le contesto con un corazón. A las dos comemos en Public.






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