19 de octubre de 2017

el comentario 1 comentario

Cachito el Samurai


Hay un pueblito en la Provincia de Buenos Aires perdido en la distancia, de casas bajas y calles polvorientas. Lo que alguna vez fue una vía de tren, hoy es solo un terraplén sin vías, cubierto de pastizales que divide a este caserío en dos mitades: los del “Progreso” y los “otros”, pero todos unidos por un mismo sentimiento de añoranza por ese tren que ya no está. En ese pueblito vivo yo con mi esposa Ana.

Como buen paisano, mi habilidad es montar caballos y estaba necesitando para arrear mis vacas, un caballito fuerte y manso.

Me entere que un tal Anselmo, el puestero de la estancia “El Jagüel”, vendía un hermoso alazán y hacia ahí me dirigí esa misma tarde después de dormir una siesta corta. Hacía mucho calor, el sol achicharraba el pasto y las chicharras estaban de concierto.

Cuando llegué al lugar, abrí una tranquera grande y me encaminé por el rodado profundo dejado por un tractor con la lluvia pasada. Al poco andar una jauría de 8 perros de todos los pelajes me dieron la bienvenida, entre tarascones a las ruedas de mi auto y sus ladridos fui avanzando hasta un pilón de troncos que el puestero estaba hachando. Con dificultad baje del auto entre los saltos festivos de los perros, y después de haberme presentado le comenté el motivo de mi visita. Entonces, Anselmo, me llevó a los corrales.

Ahí estaba, era un pingo color canela como lo soñé con la cabeza altiva, como si estuviera esperándome. De pronto la jauría de perros empezó a pelear y con asombro vi como los perros mordían al más pequeño hasta sangrar. El pobre animal puro hueso y descarnado por el hambre, terminó apartándose del grupo con la cola entre sus patas, tembloroso de miedo, con sus orejas caídas.

Con Anselmo llegué a un buen arreglo y el caballo ya era mío. Cuando nos encaminábamos hacia la vivienda para hacer el recibo de compra el perro maltratado se nos cruza y fue entonces cuando el dueño le da un puntapié con fuerza. El pequeño animal se alejó rápidamente rengueando buscando refugio entre las ruedas de mi auto. Una vez firmado el recibo, me despedí no sin antes tomar unos mates que me ofreció doña Ramona, la esposa del puestero. Cuando vi el perrito acurrucado y aún tembloroso, me invadió una infinita compasión y fue entonces que me volví hacia Ramona y le pregunté:

- Señora…ya que tiene tantos perros…¿me daría el más chiquito?, aquel flacucho -

Ramona, ni lerda ni perezosa dijo -¡Pero siiii!..ese no sirve para nada-

-Mañana me llevo el caballo y el perro me lo llevo ahora. Gracias-

Cuando llegué a casa, Ana estaba sentada en el banquito de la vereda esperándome y pudo ver lo contento que estaba.

-Mira lo que tengo aquí Ana- mientras ella se acercaba,

- me lo regalaron….-

-Pero yo quería otra clase de perro.. - me dijo Ana

-Perdoname mi amor, yo también, pero este animalito, si continúa con ellos lo van a matar. Me gustaría que me acompañaras al veterinario para curar el daño que le hicieron-

Ana entre resignada y preocupada asintió y llevamos el pichicho tan rápido como pudimos. Estaba dolorido, tenía el miedo reflejado en sus ojitos.

- ¿Que tiene? - le preguntó Ana al veterinario

-Garrapatas, son esas inmundicias que se ven como granos, son bichos que le están chupando la sangre-

- Y ahora?- Volvió a preguntar Ana

- Un buen baño y los parásitos se desprenderán. Pobre bestia, estará bien, curaré sus heridas, comerá como un príncipe y recibirá la vacuna antirrábica. Impresiona un animal sanito, pero con muchas marcas, incluso le falta un pedazo de oreja. Lo voy a dejar como esos perritos que desfilan- y sonríe….- Mañana vengan a buscarlo-

Al mediodía fui a ver a Cachito, nombre que le eligió Ana. Estaba en una jaula bañado y alimentado.

-Decile a Ana que le compré la cama para dormir y el collar para que lo saque a pasear, es mi regalo. Este perrito lo que necesita es amor-

Con el paso del tiempo, Cachito estaba desconocido, ya no era el mismo por el gran cuidado, mimoso, pegado a los pies de sus amos.

Esa tarde estaba llegando a mi casa con algunas compras, cuando de repente, Cachito comenzó a dar alaridos de terror y salió corriendo, dejando una estela de orina a su paso desde la vereda, pasando por el garaje hasta la puerta de la cocina. Cachito había visto en la vereda a Ramona y en ese mismo instante el pánico se apoderó de él. La misma, entró para calmarlo fingiendo bondad y dulzura estirando sus brazos y acariciándolo pero Cachito dio un salto y se le prendió de la oreja. La esposa del puestero horrorizada quiso alejarse y Cachito enseñándole los dientes la saco hasta la vereda y siguió hostigándola hasta que la obligó cruzar la calle. Este buen perro quedó mirándola mientras ella se alejaba con el pañuelo en la oreja caminando ligerito sin mirar para atrás.

Cachito perdió el miedo a la agresión y aprendió a defenderse. Era el guardián de la casa, vigilante y atento como un Samurai. En cuanto Ana, no quiso otro perro, para ella Cachito era el más hermoso de todos.


Elvira Segura



1 comentario:

  1. Una historia entrañable. La verdad que odio el maltrato animal y en especial si se trata de perros.
    Gracias por compartirlo.
    Inma
    ;;-)

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