31 de enero de 2017

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Carne cruda sin sabor



Amor discontinuo, pensamiento aglomerado en instantáneas de realidades, que se convierten en semillas de gotas de lluvia. Te amo cuando te veo, abrazados a un crimen de obediencia y pesadillas. Tener que recoger las cosas de un lugar y llevarlas a otro, complicado cuando se tiene que pensar.
Espero, como siempre lo hice. Pero cuando llega la realidad, con el tiempo que debe transcurrir, veo como siempre fuiste la palabra que quise leer.
Te fumo como a un cigarrillo, te desarmo la lengua con líquido seminal. Muerdo, pierdo conciencia. Adentro y afuera hasta que duela, y las palabras son cuasi sordas al suspirar mil plegarias de sudor y cemento de contacto.
Aún, aún sos lo que siempre pensé que podía perder, pero te agarro de la mano y me devolves con sangre que fluye bajo la piel.
Sos, sos, sos, sos, sos, sos, sos, sos, sos, sos, s.o.s.
Y si se puede más, quiero todo. Y si los cocodrilos me comen, estaría bien. Y si la suerte se esconde, creo que entenderé. Y si estás cansado, sé que soy parte de ese cansancio.
Cómo hago. Cómo hacemos cosas, como hago para medir como tu altura.
Soy un pedazo de carne que se degrada, pero solo porque yo quiero. No le echo la culpa a nadie, a mi madre, a mi padre, a la maestra que escribía “zandía” y “vanana”.
Te fumo, mi amor. Poso mis labios y succiono, te anhelo por más de que te tenga, te convierto en alguien a quien no llego a tener. Sé humano conmigo y dejame amarte, mientras soy esta mezcla rara de carne cruda y sentimientos.
Me acepta la vida, pero, ¿Yo la acepto a ella?¿Somos tres, vos, yo, vida?
Estoy embarazada de hoy. Soy hoy lo que puedo, soy vos cuando te veo. Te veo todo el tiempo y no quiero distinto-intento al nuestro.
Tantos charlatanes estas tirando sus anzuelos y tus palabras son justas cuando las oigo, más cuando me lastiman.
Sufro, sufro por no ser libre. Verdad. Puedo decir que me dejas hacerlo, ¿Es la verdad? Soy más persona cuando dejo de serlo, pero me pierdo y pienso que las cosas son de tal forma cuando las cosas son de tal otra forma. Soy un tanque de nafta a punto de explotar. Y ya no puedo decir que dejes eso y me agarres a mí. No me lo permito. Pero saboréame a mí, de todas formas.
Perdón, aunque no quiero ningún perdón. No doy gracias, ya no lo necesito. No puedo. “Mamá, mira que intento, pero no puedo”. Y ahora quiero llorar, pero ¿De qué sirve?
Ya no, ésta vez no, por más que… ya no.
Gracias por todo, pero yo me voy.
Voy a seguir fumando hasta el cáncer.­­­

Valeria Pomidoro


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27 de enero de 2017

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El retrato




En cuanto llegues terminaré de colocar el último retrato que te hice para que te detengas ante él y me preguntes quién es ella. Anónima, es una persona anónima ¿no te parece? Y te alejarás hacia atrás dando un paso, dos, tres mientras centras en tu espalda, con ambas manos, la mochila ocre de piel.

Te ofrezco entonces una infusión de rosas y la aceptas, nunca te has negado a sostener la loza caliente entre tus manos.

Es una fotografía extraña y de alguna manera me inquieta. Así comienza tu conversación y yo te miraré sin contestar y me acercaré a ti con él de la mano. ¿Es tu hijo?, y te cuento que es mi nieto. Tu pequeño, un niño estancado en este espacio, pero eso aún no te lo diré porque he de esperar a que descubras la verdad en unos minutos porque si lo haces antes de tiempo, sin saber aún quién eres en realidad, saldrás corriendo desconfiada y yo tendré que esperar a que vuelva a amanecer y que este día se repita de nuevo para conseguir avanzar un segundo más en esta historia.

Y sigues hablándome inquieta y paralizándote poco a poco a la espera de oír algo terrible. Es como si esa mujer fuera yo, pero claro, eso es imposible. Y entonces me miras y es cuando oigo: ¿no?

La verdad que es una fotografía misteriosa. Es una mujer que está a punto de subir a un avión que tuvo un accidente. Te lo cuento despacio, casi sin darle importancia porque en este punto, si te asustas te irás y todo comenzará de nuevo.

¿Ella murió? Y te contesto, ahora tranquila, a pesar de tus lágrimas, que aún no se puede saber, porque tu imagen quedó congelada en la foto esperando a que tomes una decisión y poder al fin salir del bucle, de este agujero de gusano que repite, cada día, esta historia hasta que tú un día decidas subir al avión y nos liberes, con tu muerte, de este infierno y a mí se me parta, para siempre, el corazón. 



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25 de enero de 2017

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Historias de aquello que fue y nunca más quiso ser


Sus gastadas ropas revelaban la vida que llevaba. En ese momento, empecé a comparar cómo yo lucía una ordenada limpieza y pulcritud, mientras él, aun con sus pantalones de botas gastadas, no lograba opacar su ser. Seguía sonriendo como si tuviera el mundo a sus pies. Esa sonrisa que solo mostraba una cosa: felicidad.
Eran ya las 6:00 de la tarde y todos desalojaban el teatro, un ensayo más para la obra de verano finalizó. Éramos parte de una comedia musical; yo ocupaba un papel muy importante, el cual haría resaltar lo mejor de mí, y eso me emocionaba sobremanera. Mientras todos terminaban de guardar disfraces, empacar sus libretos, despedirse de sus más allegados compañeros, él se sentó a fumar un cigarrillo después de tan ardua sesión. A comparación de lo que siempre demostraba, su efusivo y entusiasta humor, se le vio muy malhumorado, molesto e inconforme con algo, y así lo demostró mientras le contaba algo a Hugo, el único de la compañía con el cual tenía confianza. Así que por esa razón decidí sentarme junto a Isabel, quien estaba justamente situada a dos asientos de ellos mientras cambiaba sus zapatos de la obra por unos más cómodos. Le hice la plática, como quien dice, para disimular mis verdaderas intenciones, ahí fue cuando lo escuché diciéndole a Hugo lo siguiente; - es en serio cuando digo que este papel me está hostigando, no entiendo como Zaragoza pretende que interprete a un villano que expresa cuanta idea se le viene a la mente, y todo aquello que siente – refiriéndose así al director de la obra de manera muy iracunda, - es de saberse que tanto las interpretaciones malignas en cualquier obra y yo, no somos buenos expresando lo que sentimos – continuo diciendo.  ¿Pero cómo pretendes cambiar tú lo que Zaragoza ya escribió? Si desde un principio estuvimos de acuerdo en poner en marcha la obra que él mismo compuso, para así revivir de alguna manera el oficio de las tablas en nuestra compañía – le refutó Hugo, con un tono bastante amenazante.
Tenía mi concentración por completo en ellos, así que olvidé que Isabel me estaba hablando, y lo supe justo cuando ella refunfuñó, - ¡solo viniste a hacerme perder el tiempo! De haber sabido que me harías quedar para esto no me hubiese detenido a platicarte, ¿Qué no entiendes que debo estudiar? ¡Yo si tengo aspiraciones! – dijo Isabel bastante furiosa, pero al fin y al cabo no presté mucha atención a su enfado, puesto que desde un principio solo era mi coartada para poder acercarme y darme cuenta del porqué el cambio de humor que él presentaba.
Ya en la calle, metí las manos en los bolsillos de mí abrigo, pues extrañamente aun cuando era obvio que se acercaba el verano, esa tarde heló de una manera espantosa, era primavera, ¿cuándo en una temporada tan calurosa pasaba algo así?, tal vez las deidades que controlan esto querían hacerme ver que era un día bastante extraño, si es que existen algunas para este asunto. Sería un largo y frío trayecto hasta mi casa, pues en días arduos como estos muchos prefieren tomar un bus o un taxi para llegar cuanto antes a casa y descansar del agobiante día a día en la ciudad. Pero yo no, yo prefería irme caminando, que mi única compañía fuera la soledad de mis pensamientos que se vacilaban burlones y acusadores cada vez que trataba de ponerlos en orden. Froté mis manos una y otra vez dentro de los felpudos bolsillos de mi abrigo, cuando de repente una voz sarcástica pero encantadora me dice; - saca las manos de los bolsillos, ¿que no sabes que es en ello en lo primero que se fijan los ladrones? – me asusté tanto que por un momento pensé que se trataba de un ladrón real, pero cuando volteé la mirada hacia atrás, ¡era él! Tal vez no reconocí su voz precisamente porque su intervención fue muy inesperada en mi trayecto, pero era él caminando a mi lado, y viéndome con unos ojos que solo transmitían una cosa: felicidad. - ¡A ver! Tú quieres que saque mis manos ¿Para qué? ¿Acaso eres de piedra o tu cuerpo se ha bloqueado para no sentir este martirizante frío? – Le respondí, lanzando una mirada amenazante, - no es eso - respondió él muy serio – lo digo solo porque ellos pensarán que llevas algo importante entre tus bolsillos, y que por esa razón lo estás protegiendo con tus manos. Sé por qué te lo digo, llevo más tiempo en esta ciudad – finalizó así su consejo, dejándome a su vez con una perplejidad que creó la siguiente pregunta: ¿en serio le preocuparé? Saliendo del asombro de tan inesperado cruce de palabras, lo vi alejándose mientras su mirada seguía sobre mí, de inmediato saqué las manos de los bolsillos y fue así como por fin él miró hacia adelante y corrió tan rápido como pudo para alcanzar el bus que ya asomaba por la esquina. Vaya situación la que se me presentaba hoy, de seguro tardaría horas en llegar a casa, pues ahora sí que tenía toneladas de cosas en qué pensar. Pobre de mí.
Ya entrada la noche, y luego de haber cenado una pasta que preparé, me senté a darle un vistazo a mis libretos, mientras me acompañaba un poco de la música que siempre escuchaba cuando mis pensamientos me abrumaban, pero esta vez era diferente, el día parecía haber cambiado mi perspectiva, y me pregunté ¿acaso tengo un carácter tan débil como para dejarme intimidar por un insurrecto como él?, al parecer sí, tan solo esas palabras al salir del teatro me habían hecho pensar si en verdad yo veía con otros ojos a aquel individuo que gozaba jactarse de su vacilante y sobresaliente forma de ser, y lo que es peor, ¡el querer escuchar lo que estaba hablando con Hugo, y descifrar su cambio de humor tan drástico!, esto solo me mostraba mi claro interés. La música no pudo armonizar mejor el momento, las frases de aquellos libretos que por algunas noches pasadas me habían atormentado la cabeza, hoy fluían entre mi corteza cerebral y hacían de este un proceso cognitivo muy placentero, esas letras eran para mí como agua que revive a un ávido de ella. Algo raro ocurría en mí.
Era la 1:45 de la tarde y eso me hacía tener una ventaja abismal sobre todos los miembros de la compañía, pues el ensayo empezaba a las 2:00 de la tarde y nadie llegaba a esa hora en fechas como estas, eran ensayos con todo, vestuario, luces y escenografía montada, todos sabíamos que una llegada a tiempo haría florecer el espíritu de extra compromiso a Zaragoza, lo cual era equivalente a que diera su discurso sobre el amor por el arte del teatro, y por consiguiente, tratar de hacernos quedar hasta que a él se le diera la gana de parar, ¡así que no!, nadie llegaba a tiempo, excepto yo, me traía algo entre manos, sí, algo que tenía que ver con mi repentina obsesión por él.
¡Por fin las puertas del teatro! Saludé amablemente a Jacobo; el vigilante del lugar. Entré corriendo para sentarme justo adelante y parecer que estaba desde aún más temprano, y que mi solitario momento de estudio requería de la compañía de alguien. Pero no fui yo quien llegó de primeras, alguien vistiendo la máscara de Paul, el villano de nuestra obra, estaba situado en los asientos de adelante, justo por donde yo quería esperar. Pero quién más si no él. Quien interpretaba al villano era quien estaba ahí sentado. Al principio pensé que era demasiado extraño que ensayos atrás se hubiera quejado de su papel, y hoy estuviera antes que el mismo director, y en efecto sí era muy singular pensar eso, pues no era él quien portaba la máscara, sino Jaime, un chico que interpretaba el papel de mi hermano en la obra, y quién en repetidas veces había tratado de entablar una jocosa charla conmigo, según él, para tener una gran afinidad en el escenario era de suma importancia empezar fuera de este.
¡Dios! Que ingenuidad la mía pensar que era él, y lo que es peor, pensar que aguardaba por mí, ¿Qué me pudo haber hecho pensar eso? – hola, qué casual, ¿no? - gritó Jaime - justo a quien más me encanta ver en los ensayos y es justo quien llegó temprano también, pero por favor, ven y te sientas, estaba midiéndome el disfraz de Paul que extrañamente estaba aquí sobre las sillas, que extraño ¿no? -  faltaba poco para que le respondiera de una forma tosca y cortante, cuando la puerta principal se abrió de golpe, era él junto con todos los muchachos atosigados de cosas para la obra, ¡qué alivio! En verdad que fue mi salvación, y no solo lo digo porque me salvaron de aquella plática con Jaime, sino también porque nada más podría aliviar mi día que ver su sonriente cara. Esa cara que solo podía transmitir una cosa: felicidad.
Qué feliz era yo, un placentero ensayo más había finalizado, y estábamos a cuatro semanas de presentar nuestra obra, de repente él se acercó hacia mí, sentí el aroma de su perfume a camerinos de distancia, era algo así como una mezcla oriental, encima de su gastada ropa. La mezcla perfecta. Lo imaginé caminando hacia mí con el viento danzante sobre las rosadas hojas de los cerezos en el atardecer, ¡ah, qué alegórico momento! pero todo eso se vio truncado por sus fuertes frases – ¡AGH! tienes una cara pésima, ¿te encuentras bien? -  a lo que respondí con enfado -  ¡por supuesto que estoy bien!, ¿Por qué habría de estar mal? Tú siempre me ves con cara de peligro, justo como la otra vez que me hiciste sacar las manos de mis bolsillos, en esa tarde fría, ¿lo recuerdas? – me sentí tan fuerte; ese poderío en cada palabra me hizo sentar mi posición frente a él, -  ¡Ay! qué tragedias armas tú por un simple consejo, yo simplemente recordé eso y quise decírtelo, exageras mucho – me respondió, mientras me miraba con lástima, o eso sentí, - bueno como sea, solo vine a decirte que los muchachos y yo iremos a Sodoma, el pequeño bar que abrió hace poco, y pues no sé, quizá pensé que tal vez tú querías unirte a nosotros, ¿Qué dices? – ¿acaso tenía yo tiempo para pensar en una respuesta con argumentos que solidificaran mi decisión? No, así que sin pensarlo le dije, -  sí claro, ¿vamos ya? – A lo que él me respondió, - por supuesto – y ahí emprendimos nuestro trayecto a Sodoma; peculiar nombre para solo tratarse de un bar con una clientela que constaba básicamente de universitarios y uno que otro hombre cuarentón en búsqueda de acción. Ansiaba ver en qué momento se desataba una catarsis de fuego y azufre en aquel lugar.
La noche transcurrió tan lenta que se prestó para que nosotros pudiéramos liberar tanta presión por la que nuestras vidas pasaban en ese momento, pero sobre todo, sirvió para que él y yo nos contáramos todo acerca de nuestras vidas, como si quisiéramos, con una necesidad imparable, saciarnos el uno al otro del conocimiento mutuo que transmitíamos. Pensé que alguien que estudiara antropología presentaría una personalidad más reservada y critica a encuentros como estos, ajena al contacto humano pero entregado a su vez una labor social que requiere de su compromiso total, una completa mezcla que podría contrariar la situación en la que nos encontrábamos. Me hizo ver que era el punto aparte de cualquier estereotipo que la sociedad constantemente clava en nuestras mentes, reflexioné y pensé, vaya existencia la nuestra, hay personas que se quieren comer el mundo y hacerlo suyo cada día al igual que yo, pero desde diferentes posturas. Le hablé de mi pasión por las letras, la música, y la buena comida, eso le simpatizó mucho para ser yo una persona “fracasada” por haberme retirado del estudio de las leyes y el derecho, y querer intentar estudiar literatura.
Palabras iban y venían sin cesar entre las personas de nuestra mesa, pero nosotros dos nos encontrábamos encerrados en una burbuja donde el espacio-tiempo parecía no existir, éramos como materia que necesita de siglos para poder solidificarse, y que al final daría como resultado un elemento vital. Ya teníamos algunas copas en la cabeza, pero él parecía no querer detenerse, hacía ver que todo aquello que yo decía de mi vida era perfecto y necesario para subsistir esa noche en el bar. Igualmente de mi parte lo recibió. ¿Qué tanto podía trascender esta sensación? No había duda de que los dos sabíamos a donde se dirigía todo esto, pues en ese momento su cara solo transmitía algo: felicidad.
Último ensayo de la semana, y digo último porque a Zaragoza le gustaba darnos tres días de descanso, decía que un artista no puede esforzarse el doble los días previos al acto final, pues el cuerpo y el alma ya tenían el arte impregnado, solo era cuestión de reposo para que este diera una buena cosecha cuando debía, y con el cansancio de ultimar detalles quién objetaría a las sabias palabras de nuestro director. Así que finalizada la última sesión, todos fuimos a guardar disfraces y a dejar todo en su sitio, en un perfecto orden para que el domingo, cuando por fin nos daríamos el honor de presentarnos, todo saliera milimétricamente perfecto. Así que corrí a mi camerino, pues mi papel era tan relevante que requería de un lugar especial, eso me hacía sentir mejor que de costumbre. Abrí la puerta y de repente vi cómo alguien corrió detrás de las cortinas para esconderse, me pareció muy curioso, pero cuando moví una de ellas, era él, y sí, mi cara tuvo un cambio drástico, sobre todo después de que él se abalanzara hacia mí con un fuerte abrazo, me llevara hasta la mesa, con mis pies sobre los de él, y me sentará en ella, para luego llenar de besos la comisura total de mi boca, sus labios eran indescriptibles en ese momento, transmitían una calidez insuperable, no sabía si era como cuando bebes chocolate en un día muy frío y su dulce sabor te alegra la vida, o era como sentir ese sol que sale los domingos muy a las 8:00 de la mañana ¡Dios eso sin duda no tenía explicación! En mi mente solo rondaba la idea de cómo en unos días eso se había convertido en unas ganas de vivir al máximo, pues justo después de aquella vez en el bar, fue casi una semana de besos y palabras que solo demostraban el interés mutuo que por fin habíamos logrado. Susurrante me dijo muy cerca; - ¿acaso sabes tú por qué te abrazo tan efusivamente desde hace días? -  a lo cual yo respondí con un abrazador, - no -  y él continuo, -  porque hueles a vainilla, y es extraño, ya que todos dicen que mi fuerte olor oriental opaca cualquier fragancia en el lugar – sonrío de una manera pícara -  quería decirte que viendo la situación en la que nos encontramos; último ensayo, ya casi son las 8:00 de la noche y mi estómago presenta una inminente y exorbitante hambre, ¿vamos a tu casa a preparar algo?- nuevamente, la actitud de perplejidad frente a casi más de una frase de elogio y una evidente propuesta para no querer que nos separáramos, me hizo quedar por casi diez segundos sin musitar palabra alguna, mientras él me miraba con cara de que tal vez no me agradó la idea, pero salvé el momento con un -  ¡la pregunta ofende!, mi casa está para ti desde el momento en que me besaste -  eso tal vez sonó muy fulminante para tan especial momento, pero su cara no decía lo mismo, hizo un gesto de aprobación, y llenos de maletas pero de ganas de consumir una noche más hablando de los dos, partimos hacia mi casa.
Los últimos tres días y la noche en la que cocinó para mí esos macarrones, habían hecho de mí una persona ansiosa de vida, amante de los pequeños momentos, enamoradiza de cada segundo junto a él y a todo aquello que nos relacionaba. ¡Dios! era imposible que en un pasar de páginas ya le pertenecía, ¿me había entregado tan rápido a un efímero sentimiento?, fuese lo que fuese aquello que ocurría entre los dos era imposible detenerlo ahora, él solo exudaba todas esas cualidades que busqué obtener de alguien alguna vez. Era inteligente, guapo, hábil, gracioso, gran amigo, sincero, soñador, perverso, galante, muy buen amante, ingenioso, cómo no entregarse a una esencia como esta, era el momento justo para decirle a ese yo interior que no se contuviera más, que confiara, que sacara todo aquello que había guardado, que fuera confidente y sincero con él, que amara, que amara como quiso siempre, porque a la larga ¿Quién impuso un límite temporal para amar a quien se presta para ser amado? Después de toda esa congregación de sentimientos mezclados, con razón y a la vez no, debía concentrarme en algo. El musical. Eso era lo que necesitaba por completo de mí ahora. Sabía que debía dejar de lado ese deseo que me invadía, y por solo unas horas entregarme en cuerpo y alma al escenario, al público, al amor por este arte, ya que ese otro amor que necesitaba ser saciado ya tenía fuente por otro lado. Por fin tenía una corriente imparable que me conectaba de nuevo al mundo, y así sentí que trascurrió toda esa noche, y con una indudable sensación en mi rostro, entregué todo de mí. Y era obvio, todo esto era solo una cosa: felicidad.
El telón que daba un parcial cierre a lo que fue la más concurrida obra de apertura de verano, cayó, y con ello rostros invadidos de emociones, llanto, risas y felicitaciones; saltaban como ranas en el estanque de las bocas de todos en la compañía, Zaragoza no podía siquiera pronunciar palabra alguna, pues las lágrimas y el vino le impedían expresar cuanta felicidad sentía, y yo, mirándolo a él desde el extremo opuesto donde se encontraba, me percaté que su mirada de profuso amor, bastaba para llenarme de una paz absoluta.
Ya había guardado todo. Mi maquillaje y disfraz se había ido, era un hasta pronto por mi parte, el teatro vendría a traerme alegrías de nuevo, pero no ahora, en ese momento quería tomar por completo la felicidad que desde hacía semanas solo él podía dar a mi existencia. Salí y como era obvio esperaba por mí para regresar a casa, nos fuimos del teatro juntos y recorrimos la misma acera donde fortuitamente me habló aquella vez, y él agregó a ese momento – esta vez vamos caminando a casa. Y no sé, siento que hay poco tiempo para disfrutar de las cosas y una infinidad por hacer, así que es mejor darles el mayor significado a todas aquellas que hagamos de aquí en adelante – y terminando de decir todo esto, tomó mi mano y recorrimos cuanto puente y calle formó nuestro camino a casa. Para cuando habíamos llegado tenía la cara totalmente congelada, de nuevo ese extraño clima en medio de tan calurosa temporada. Mi nariz era un témpano y solo una cosa podría deshacer tan gélida barrera, esos tibios labios derritieron cuanto pudieron a su pasó. Y por primera vez sentí que el único sentimiento que invadía por completo mi vida se conformaba de nueve letras que por mucho tiempo había olvidado como compartirlo con alguien más: felicidad.
Dicen que no hay mal que por bien no venga, pero en este caso era todo lo contrario, esta vez el destino quiso voltear las cartas a favor de cualquier otra persona que no fuera yo, y sí, así como yo vi con el pasar de los horas en el teatro, las noches de juerga, y los días de descanso, la construcción de aquello que para mí siempre fue inexplicable y exuberante, ahora, me encontraba presenciando el exterminio de lo que en tan poco se edificó, ¿acaso yo imaginé cada cosa de lo que pasó? ¿Fui yo la única persona que pensó que cada momento vivido a su lado fue tan inimitable? ¿Será pecado querer entregarse a quien te cimentó en menos de nada innumerables posibilidades? Tal vez para él todo esto sí era así, pues de la misma súbita manera como llegó, efímeramente regresó a su lugar de inicio.
Los días siguientes a tal fortuna que se me presentó en aquella temporada de teatro, que jamás olvidaré, fueron una muestra clara de su posición, ¿Cómo un alma ermitaña como la mía, podría detener tal fulgor de aquella que le pertenecía a tan bravío caballero? Esta vez no hubo un abrazo fuerte o unos labios cálidos que me recibieran o me estuvieran esperando. De manera insospechada se fueron, demostrando así lo que en un principio buscaban. Residir momentáneamente. ¿Pero tengo acaso yo la culpa por confiar en ese anhelo? No creo, puesto que ello es muy subjetivo; y esa subjetividad en el sentimiento fue lo que hizo que todo quedara allí, porque justo cuando le pregunte;  - ¿no has sido feliz? - él no vaciló en decir – no, yo solamente estaba alegre- , y ahora me doy cuenta, con el pasar arrastrado del tiempo, él no se ha detenido, él sigue. Mientras yo estoy aguardando aquí con aflicción, sumiéndome en este mar de complicaciones y con temor de los movimientos que hago, sintiendo así que cada paso que doy es un paso en falso que no proporciona un futuro seguro, una realidad que merezca, y cada cosa de estas destruye mi ser, o bueno lo que aún siento que queda.
Sí, él era inteligente, era guapo, era amoroso, era buen amigo, un buen amante, tan hábil y gracioso como solo él puede serlo, sobrepasaba cada estándar que alguna vez impuse en mi vida, pero es que para merecer algo así, soy yo a quien deben merecer. Soy yo quien debe obtener esa agilidad, esa pasión, esa gracia, esa audacia, porque debo ser yo la primera persona en amarme.
¿Quién dijo que la cosa paraba aquí?, jamás he dicho eso, es una parte de vida que se fue con alguien, pero qué más da, la existencia se basa en dar y recibir. Que esos labios y esas manos estrechen lo que deben estrechar en su momento, y a quien deban hacerlo, puesto que para amar se necesita de dos, pero para acabar con todo no hace falta sino uno.

Dan Paradise

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23 de enero de 2017

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El sueño infinito de Mara


“Cada vez que Mara abría los ojos, en su pequeña habitación descolorida y con olor a antiséptico en las paredes, abría los ojos al mundo exterior. Se tomaba sólo un par de segundos antes de estirarse y apoyar los pies en el suelo; un par de segundos preciosos, que le servían de prólogo antes de comenzar el día. 

Se calzaba un par de zapatillas de lona (las únicas que tenía), que tiempo atrás, al comprarlas, recordaba que debían tener un color blanco, pero que ahora, con el desgaste y el paso del tiempo, lucían un tono amarillo. No era una fanática de su aspecto, ni del cuidado de su cuerpo; se vestía con un pantalón claro, y procuraba usar alguna remera que no delatara el olor del duro esfuerzo de cargar con el peso de su existencia, ni que no usará el tiempo que tenía libre para desperdiciarlo lavando su ropa.

La habitación permanecía a oscuras hasta las 11 de la mañana, excepto por un vago rayo de sol que se filtraba por un agujero en la superficie del techo; luego Mara abría la persiana sólo hasta la mitad, porque le parecía que la luz de afuera era demasiado prepotente y cegadora, y temía perderse en una realidad ajena a la que ocurría puertas adentro. Preparaba café todos los días, era su motor de arranque, su placer incurable, y leía un capítulo de alguna novela que tuviera pendiente, pero sólo uno, ni una página más, ni una de menos. Era una extraña manía que empezó y conservó desde pequeña, cuando su abuelo, Tito, comenzó a contarle cuentos de amor y de guerra, y (después de verla llorar y patalear varias horas por haber concluido precipitadamente el final de Romeo y Julieta) le aconsejó que así las historias se prolongaban por más tiempo, y hasta algunas, incluso, llegaban a nunca acabar.

En el confort y la seguridad de esas cuatro paredes, Mara, no sentía el paso del tiempo. Podían ser las doce del mediodía o las seis de la tarde de un año cualquiera, y ella seguía absorta en sus quehaceres cotidianos y en sus pensamientos. Éstos los dejaba pendientes una vez terminada la tarea de su hogar, suspendidos en algún rincón en el aire y volvía a retomarlos siempre por donde los había dejado. A menudo le gustaba transportarse a Bahía Soledad, un lugar inventado por ella y para ella. Una isla perdida entre las tumultuosas ciudades de la realidad, un mar de secretos entres los ruidos de los aparatos de hospital y una paz desconocida entre la gente inquieta del otro mundo, del que se asoma allá afuera. Ella era la única persona que podía decidir si quería un final feliz en su ciudad inventada, o un drama nostálgico como el que cargaba a menudo. Sea cual fuese su elección, ella era la protagonista y nunca jamás se perdía un capitulo. 

Cuando debía volver a las tareas de su pequeña habitación, dejaba los pensamientos y sus historias en pausa, segura de que al otro día volvería a cargarse de energías nuevas para enfrentar los nuevos desafíos que se le presentaran. 

Allí la descubrí yo, en Bahía Soledad. Era una tarde nublada; ella había optado cambiar la trama que venía construyendo por un drama nostálgico para acompañar la tristeza que la acompañaba a ella. 

No necesitó imaginarme, ni dibujar mis gestos ni ningún detalle de mi rostro, ni de mi cuerpo. Me adelanté a su imaginación, la ansiedad me devoraba y volé solo. Conduje por los túneles perdidos de la memoria dispuesto a hacerla recordar. La encontré acostada en la arena, observando el cielo, esperando que las nubes grises se saturaran y conviertan su ira en fuertes chaparrones. No notó mi presencia, ni siquiera cuando pasé delante de ella. Necesité hablarle, que escuchará mi voz, para traerla de regreso de esa nube gris que lloraba en silencio. Me dijo “vete de aquí, no molestes. Esta isla es mía, me pertenece, yo la inventé. Esta isla es segura y no quiero que me encuentren”. Me sorprendí a mí mismo desanimado por aquella confesión desabrida, que estaba completamente seguro de que escucharía. Le expliqué serenamente que no buscaba sacarla de allí, que vine a visitarla porque estaba preocupado y allá afuera empezaban a extrañarla. No contestó, pero adiviné en su silencio que no le interesaban los sentimientos que le pudiera ocasionar a alguien más. Por fin, estaba sola, había logrado ignorar todas las vías de escape que le ofrecieron para ayudarla a reaccionar y creo una propia. 

Esa isla, ajena a cualquier sonido ensordecedor, era la vía de escape que Mara había estado creando durante los últimos dos años, para asegurarse que si debía volver en un futuro, lo haría cuándo y cómo ella quisiera. 

Me acosté a su lado, y suspiré un par de veces. La había extrañado tanto…Quería abrazarla, deseaba que sintiera que no estaba sola, apartarla unos segundos de ese blanco sufrimiento; que mis suspiros además de secretos también le contaran historias, cortas y sin esperanza, pero al fin y al cabo, historias. Deseaba que pudiera decidir salvarse y enfrentará la realidad a la que tanto le temía y huía, pero esa decisión estaba en mis manos y no en las suyas. Aunque ella tratará de quitarme la pluma y seguir su rumbo, yo debía escribir un final. 

Me levanté de la arena y la miré por última vez. Era como la niña que recordaba y despedí hace un tiempo ya, a la que le fascinaba devorar historias y enseñé a atesorarlas hasta la eternidad; y sin embargo era también los restos de una mujer desconocida, que ahora tomaba su lugar. Caminé hacia el frío e infinito mar que se lucía impotente y feroz delante de mí, y me hundí en él, dejando un centenar de huellas atrás. Un centenar de huellas que le recordaran cuanto la amaba, por si acaso, quisiera seguirme. Pero no lo hizo. Y con una última línea, en un último párrafo, termine de escribir.

Y de nuevo volvió a pedirme que le contara el final de Romeo y Julieta, precipitadamente, y prometió, entre risas, que esta vez no lloraría.”

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19 de enero de 2017

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Vasos Vacíos


-Disculpe Sr, ¿Podría llenarlo?

Qué aburrido debe de ser hablar con alguien que ve la luna como una simple roca blanca suspendida en el cielo. Alguien que no sea capaz de imaginar un elefante en las formas que dibujan las nubes; ni que se atreva a pedir deseos a las estrellas, por miedo a que no se le cumplan.

Qué indiferente debe de ser aquella persona que ignora los susurros del viento en la noche y los confunde con simples lamentos. Aquella que observa una planta y no conversa con sus raíces, o que se sienta bajo un árbol y no acaricia sus ramas, sus hojas, sus flores.

Qué pena aquel que no planta una semilla para no desequilibrar el orden impuesto. Aquel que no ríe a carcajadas para no molestar a los sordos del corazón y a los muertos; ni da la mano, por si acaso en una de esas se aprovechan y lo agarran de los pies. Aquel que cubre sus ojos con un antifaz para ocultar lo que no quiere ver.

Qué repulsión me genera aquel que silencia al más pequeño porque sólo da por segura y verdadera la opinión del más grande. Aquel que se adelanta y empuja al débil, para que no retrase al que va detrás y es más fuerte; y el que aplasta y humilla al diferente, para que no se mezcle con los iguales.

Qué inhumanos debiéramos ser para correr la vista hacia un costado y fingir que nada de esto está pasando. Para pintar la escenografía de azul claro, cuando detrás inunda el negro indiferencia y nos cubre las manos, los pies, el cuerpo, los oídos y la lengua.

Qué crueles debiéramos ser para no asumir que si lastiman al otro nos sangra la herida a nosotros.

Cuánto poder, cuánta riqueza nos han hecho creer que tenemos y sin embargo acá estamos, mendigando migajas de compasión, de cariño y de afecto. Cuánta pobreza habrá en el alma del que cree que con dinero puede solucionarlo todo, cualquier inconveniente, que con un regalo es suficiente y no es capaz de pararse frente a un espejo y preguntarse si ese no es el verdadero problema.

Cuánta ignorancia debe llenar mi vaso, por tomar lo que no es mío y hacerlo nuestro. Por hacerme cargo de lo que fui y decir que es lo que pienso.


-Otro trago, por favor.

Pero esta vez, desbórdelo.
June
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16 de enero de 2017

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El invierno más frío


Como vaticinando la más absoluta de las desgracias, el invierno azotó al mundo con su soplido más frío. Y fue dicho viento glacial el que se filtro por cada uno de sus huesos, recorriendo cada uno de sus rincones para no separarse de él nunca más, para ayudarle... 

Su vida se había vuelto monótona, sin sentido y llena de desesperación, las semanas pasaban como si cada día fuera la misma película dramática con una misma introducción y un idéntico fatal desenlace. Podía ser verano en la calle, podía brillar el más hermoso sol en el más alto del cielo, pero de nada valía lo que pasase alrededor si dentro su corazón se encontraba el más duro invierno… Una vida de pérdidas le había llevado a la más profunda amargura y ese estado le había llevado a una profunda soledad. Su vida era un sinsentido desde que lo pierdo todo, desde que la perdió a ella… 

Recordaba aquel día con tanta nitidez que a veces el solo intento de olvidarlo le hería la mente hasta dejarlo sin aliento… Se lo intentaban explicar pero él no quería oírles, había una posibilidad entre un millón de que la operación saliera bien, y aún así, el coste era muy elevado. Pero… ¡Que sabrían ellos de la vida! Él no hubiera podido soportar ver como el último rayo de esperanza se escapaba como una estrella fugaz sin vida después de miles de años de viaje. Su hija lo era todo para él y si se la arrebataban no le quedaría nada para querer vivir. Así que decidió venderlo todo, vendería su alma al mejor postor si hiciera falta con tal de verla sonreír una y otra vez. Lo era todo para él y si ellos no lo entendían… ¡Al diablo! ¡Ellos tenían una familia sana en la que refugiarse! ¿Cómo conseguiría vivir sabiendo que dejo escapar su última esperanza? 

Como siempre que lo recordaba, necesitaba abrir los ojos y respirar lo suficiente, para amortiguar el dolor que se acrecentaba por instantes creando un nudo en su garganta que no le dejaba respirar. Los siguientes recuerdos siempre eran en forma de imágenes que invadían su mente cada día, eran como gotas de lluvia en la ventana, agolpándose de tal manera en su mente que no le permitían ver más allá del cristal de la vida. La falta de ganas de vivir, la despedida, el último adiós, su primera noche sin hogar… 
Hacía ya tiempo que vivía en la calle, sin dejar de ser un hombre de costumbres, se sentaba en el mismo rincón de la plaza principal de su ciudad, como si aquel sitio fuera el único que le entendía. Cada día se levantaba en un suelo frío rodeado de cartones y unas pocas mantas donde refugiarse en las duras noches de invierno. A veces durante la noche dejaba de sentir su cuerpo y se dejaba llevar por los sueños, esos en los que él volvía atrás en el tiempo y podía sentir el abrazo de su pequeña cuando llegaba de trabajar. En aquellos instantes vacíos de su vida, se sentía lleno, pero al despertar cegado por el amanecer que le acompañaba cada día, miraba a su alrededor y volvía a la realidad. 

Y entre suspiros, lágrimas acumuladas en el olvido y miles de gotas de impotencia pasaban los minutos para él. Muchos ratos de silencio recordaba la teoría de los 7 sucesos traumáticos que había leído en algún lugar en la época en la que era un hombre lleno de esperanza y amor: las personas sin hogar viven una media de 7 u 8 sucesos traumáticos encadenados en poco tiempo y la falta de apoyo por parte de familiares y amigos, añadida a la insuficiencia de recursos sociales les llevan a esa situación. ¡Era tan fácil hacer estadísticas! Que le dijeran a su pobre corazón hundido en el hielo cuantos sucesos hacían falta para morirse aunque siguiera latiendo. 

Para él solo había un único suceso traumático, la muerte, y eso había hecho que todas las estaciones se fusionaran en una, en la estación más fría inimaginable, imposible de superar con miles de mantas y buenos deseos. Una estación donde los copos de nieve caían sin cesar para despertarle de su utopía, donde el viento le azotaba en la cara para demostrarle que él no era nadie en la vida, donde la lluvia le recordaba que no tenía unos brazos donde refugiarse y donde las nubes le gritaban que nunca volvería a ver la luz del sol. 

Él no quería dar pena a la gente, él solo quería que el tiempo pasara lo más rápido posible para volver a encontrarse con ella en uno de esos mundos que nadie se puede imaginar. Él no quería dinero a cambio de compasión, él solo quería que el invierno mostrará su cara más salvaje y le dejara morir...

Tenía cincuenta y seis años, cuando fruto del frío mortal de aquella mañana de invierno, o quizás de los copos de amargura que se helaban en su corazón, tras una vida de terribles consecuencias, su cuerpo cedió al peor de los destinos…

Dicen que el invierno es la época más fría del año, que comienza en el solsticio del mismo nombre y termina en el equinoccio de primavera. Pero para algunas personas, el invierno es ese estado de insensibilidad, en el que la vida duele y no puedes hacer otra cosa distinta de sufrir hasta que todo termina y encuentras una vida mejor.

Atenea

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4 de enero de 2017

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Los viejos tiempos nunca fueron en blanco y negro


Una sonata de piano añeja, años 40.

Luces que se encienden ante nosotros, qué alegría.

El tiempo marchitando los colores y decían: ¡Qué buen traje! Nunca sus ojos habían brillado tanto.

Romances y funerales, mi traje continúa siendo igual.

En nuestra boda, amor, vamos tradicionales, blanco y negro, pero como en sueños, que mi vestido brille.

Un solitario atardecer, una mañana acalorada, qué mohíno.

Jazmines, orquídeas, rosas, mi amor las prefiere sin color.

Y el tiempo retumbaba detrás de ellos, pero nunca llegaría.

¿Cómo querer conocer una utopía? Qué locura, eres todo lo que conozco.

Pero, cariño, no irrumpas tan fuerte, no sea que tanto cambio, tanta variación, me obliguen a preferir el roce azul, una flor polícroma.

Y de tanta belleza, marchitar la existencia lívida y frágil que siempre ha existido, pero ya no más.

Deslízate suave, me puedo quebrar.

En mi alma, ya hay una grita.

No evites el desastre inminente.

Azul, amor, el color de tus ojos puedo sentir.

Tu aura se diluyó como el sol en el mar.

Aquella clepsidra se ha roto, el cielo está al revés.

¿Dónde estuviste?

Es hora de la ceremonia, y como siempre quisiste, tu vestido resplandece.

Rossana Zurita

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