20 de febrero de 2017

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No sucede


No sucede todos los días igual,
Ni si quiera en el pensamiento se vuelve a dibujar de la misma manera,
Solo ocurre una vez cada vez,
Solo tiene un instante pero es original,
Son pocas las veces que sucede
Cuando me tienes aquí, pensando en ti.

Si ocurrieras en los próximos meses,
Así como los eventos que tardan en suceder
Pero ocurrieras definitivamente,
Que hubiera magia de un minuto a otro,
Que al abrir mis ojos estuvieras tu,
Señalándome, llamándome, indicándome, transformándome.

No quiero iniciar como este final,
Con incertidumbre,
Como ese viajero que ve el mapa y ve que su camino se aparta mas lejos de su destino.
Quiero empezar contemplando tu mirada,
Con tu caricia en mi rostro,
Con mi mano aferrada a la tuya.

Esdras Hernández Argueta
 
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15 de febrero de 2017

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Exterminio


A Telémaco Rodriguez en la Federal lo llamaban "El Lobo". Su metro ochenta y físico trabajado imponían respeto mucho antes de escuchar su vozarrón cargado de testosterona retumbando entre las paredes del centenario edificio del cuartel central. Admirador de John Wayne, había trabajado duro como cadete en la escuela de policías Juan Vucetich y luego en la calle, como para llegar a integrar el servicio secreto que la fuerza desplazaba a Tucumán cuando hacía falta hacer un operativo relámpago para atrapar o eliminar a algún subversivo. Luego, si tenía la suerte de matar a alguno en un enfrentamiento franco, le tocaban los seis meses de licencia post traumática y un premio en monetario como para que en la próxima redada no le molestara recorrer los 1246 kilómetros que lo separaban del Operativo Independencia que el gobierno democrático había establecido para aniquilar el accionar de la Compañía Ramón Rosa Jiménez del Ejército Revolucionario del Pueblo, así como a los combatientes enviados a apoyarlos con la idea de crear un "foco revolucionario" en el hermoso e intrincado monte tucumano.
Nico lo conoció un día de los pocos en que iba a visitar a su padre a la fábrica de autoelevadores donde El Lobo montaba guardia como personal de seguridad. Apenas lo vio lo escuchó ladrar un "está dulce" al franquearle la puerta de entrada. Claro que lo primero que hizo Nico fue preguntarle a su padre, el gerente general de la planta, que qué era eso de "dulce".

-Es que como viniste en remera a simple vista pudo verificar que estabas desarmado o "dulce" como dicen ellos- fue la simple respuesta.

A Nico le pareció una sobreactuación. Aún no entendía que existiera otra posibilidad para un joven de diecisiete años que la de ir desarmado por la vida. La cuestión era que El Lobo y cualquiera de sus amigos de turno en la vigilancia estaban tan orgullosos de sus vidas de película que siempre terminaban hablando de más, creando un pequeño guión de película con cada paso de sus carreras. Cada vez que volvían de uno de los operativos no paraban de contar con lujo de detalles, que no excluían movimientos en cámara lenta, cómo habían perseguido a tal o cual, saltado muros y cruzado patios traseros, hasta disparar la bala letal mientras sus cuerpos recorrían una perfecta curva en caída libre desde lo alto de una medianera hacia el pasto recién cortado de alguna casa. Eran relatos de western llevados a los setenta y relatados mientras su actor principal utilizaba las perforadoras de banco de la empresa para taladrar huecos en balas simples para convertirlas en perforantes. Se trataba de un diseño sencillo de deformación forzada con la punta hueca y un inserto metálico, que normalmente era una bolita de rulemán,  sellada con una gota de lacre, que al impactar penetra en el núcleo forzando la expansión del plomo. Ese mismo núcleo duro es el que potenciaba la capacidad perforante mientras que la expansión asegura el mayor daño posible en el tejido del blanco.
Todos los de las fuerzas de tareas las fabricaban de forma casera y clandestina. No querían dejar la posibilidad de que un subversivo al que le habían acertado, lograra levantarse, devolverles otra bala o intentar huir.
Por eso el peor enemigo del Lobo y sus secuaces no eran los subversivos, sino sus propias bocazas. Eran felices reviviendo para el público cada incursión con lujos de detalles haciendo hincapié en que cada muerto representaba seis meses pagos en los que podían trabajar como vigiladores privados.
Pero no todo el mundo lo disfrutaba tanto.
Poco tiempo pasó para que unos pocos se dieran cuenta que dentro de la misma fábrica existía una célula extremista oculta y latente. Todos menos El Lobo y sus secuaces, ocupados como estaban en la veneración de ellos mismos.
Bajo la apariencia de un supuesto activismo gremial se ocultaba el viejo esquema de convencer al obrero desde el llano. Los militantes teóricos de universidad que propugnaban el vuelco al comunismo habían notado que su propio nivel intelectual los alejaba de las masas y que lo mejor que podían hacer era bajar al llano, hacerse pasar por obreros y diseminar la semilla de la rebelión.
Así un reducido grupo de doce comandados por un licenciado en filosofía y letras que ocupaba el puesto de aprendiz de tornero habían comenzado a militar orientando sus primeras acciones en convencer a la patronal de conceder ciertos beneficios laborales que consideraban imperativos y justificados. En realidad eran pruebas de liderazgo que se vieron teñidas con vestigios de subversión en el mismo momento en que para conseguir las conquistas sociales amenazaron de muerte al gerente general, su esposa y sus dos hijos.
Asi Nico vivió la paranoica zozobra del que debe permanecer en casa, con miedo a que algún loco le dispare en un supuesto ajusticiamiento en aras del poder popular. Aprendió que cualquiera que apuntara un arma contra él o su familia era el enemigo a destruir. No importaba si era un subversivo, un guerrillero, un revolucionario, un milico , un policía o un ladrón. Ni siquiera cual era el color político de sus ideas. Aprendió que como víctima potencial y desarmada cualquiera que empuñara un arma en su contra era un enemigo que debía ser exterminado.
Claro que mientra él aprendía ese abecé de los setenta, su padre cedía a la exigencias en un exitoso intento de protege a su familia. Pero el grupo ya había quedado expuesto. Las cartas estaban echadas. Era cuestión de tiempo para que la bomba explotara y los constantes cuentos del Lobo lo llevaran a un camino sin retorno.
La pequeña fábrica siempre había sido una gran familia hasta la llegada del activista universitario. Estaba la tía secretaria del gran escote que a todos hipnotizaba con la cadencia de sus movimientos, el capataz tío solterón que convocaba a las lechonadas regadas con buen tinto, el contador primo cordobés con sus ocurrencias que hacían reír a todos, la encargada madre protectora que ordenaba todos los desastres y el sereno abuelo simpático que cuidaba la casa cuando todos estaban disfrutando de sus vidas privadas.
Ése era Ignacio Chaves un abuelo con cara de tano y apellido español que había cumplido los setenta años y los sábados cumplía las funciones de sereno en la fábrica. Sábados que trágicamente también usaba el Lobo para su producción de balas. A las 14 horas de ese apacible día de junio de 1975, apenas el Lobo salió para su casa, se lo vio a Ignacio tomar la visera de su gorra gris y tirarla para abajo unos centímetros.
El Lobo ya estaba marcado.
A cien metros un Peugeot 504 bordó mantenía el motor en marcha y el techo corredizo abierto. Apenas Ignacio volvió a entrar a la fábrica el auto se puso en marcha siguiendo el derrotero del servicio secreto de la Federal. Sobre la calle Herrera una mujer de cabellos ondulados de color rojo intenso y pecas haciendo juego,  apodada "La Colorada" se asomó por el techo corredizo como si fuera una torreta de tanque y extrajo de debajo de un poncho salteño que combinaba con su pelo, una ametralladora Ak-47 con la que barrió al Lobo acertándole un total de veinticinco balas sin que éste pudiera darse cuenta de lo que le había pasado.
El Lobo ya no la contaba.
Nico pasó con su padre apenas unos minutos más tarde, lo suficientemente pronto como para poder ver el cuerpo ensangrentado que la morguera cargaba en medio de un silencioso operativo militar.

El lunes siguiente en la fábrica todo fue callado y calmo. Aún no habían terminado de comentar con lujo de detalles lo que sabían que había pasado, cuando un camión del Ejército Argentino se detuvo al frente de la fábrica y descendieron no más de veinte soldados bien equipados. No dudaron ni un momento. Fueron a buscar a los doce, uno por uno a cada puesto de trabajo. El aprendiz de tornero con título universitario, la secretaria ejecutiva, el operario de grúa, el cortador de soplete, el mecánico, el cadete y por supuesto, el viejito de setenta años que había obrado de entregador.

Todo fue inútil. Una vez que subieron al camión ninguno de los trámites de Abeas Corpus o pedidos de paradero sirvieron de algo. Una procesión de familiares acudió cada día a la fabrica, al regimiento y a cualquier cura que pudiera interceder en algo, hasta que el cansancio los hizo desistir de la ilusión de recuperar aunque fuera algún cuerpo.
Pero de los doce, ninguno, nunca apareció.

Dicen que sus nombres ni siquiera fueron incluidos en el Monumento a la Memoria. Que sus familiares nunca recibieron ninguna compensación monetaria. Dicen que fueron borrados de la tierra como si nunca hubieran existido. Que no figuran en el Nunca Más.
Es que apenas unos meses más tarde comenzaría el verdadero exterminio.
Y desde allí escribirían la otra historia.

O.Pin
Febrero 2017
Basado en hechos reales


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12 de febrero de 2017

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3 am



3 am.
TOC, suena el minutero, entrecierro los ojos para conciliar el sueño. TIC….TIC. No puedo dormir. Escucho un susurro que no me deja concentrar, a lo largo del pasillo, llegando a la puerta, no, no es ahí, miro la ventana y las luces de los carros no dejan de pasar, noche transitada aquella intrigante sombra de mayo que no quiero recordar, TiC, sigue el segundero marcando mi desvelo sin demora. Sigue el susurro mortificando mi ser, carcome mis pensamientos y no me deja aliviar. Quiero que pare!. Cierro los ojos, secos sin poder descansar, cubro mis oídos, presiono mis manos para callar el susurro. De repente me detengo, dejo de presionar, de revolcarme en la cama, abro los ojos y me doy cuenta, si, el susurro soy yo, es mi cabeza, mi cuerpo queriendo hablar, me altera saber que no puedo controlarlo, me toma por sorpresa, sin aviso previo mi siento paralizado, agobiado. Me toma un momento contener mi ser, tranquilizar la mente y relajar el cuerpo. Por fin puedo escuchar el susurro, la voz que recuerda todo sentido de odio, de desesperación, aquella sensación de olvido, torpeza de mi ser, me grita lo que no quiero ser, lo que nunca voy a ser. Mi respiración se agita y sin más las lagrimas empiezan a brotar, no creo resistir. TIC TIC TOC, un minuto más, una eternidad parmi, sin más que esperar, el valor se fuga de mi esperando lo peor, preparando el suspiro que de fin al sufrimiento. De repente me sacude el sueño, el cuerpo, la voz desaparece y abro los ojos, Despierto y te veo a mi lado, acariciando mi cabello, abrazándome entre las cobijas, cierras los ojos y te acomodas a mi lado, TIC TOC. El tiempo pasa y yo a tu lado.

Ricardo Pena

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2 de febrero de 2017

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Un saco de huesos


A las seis de la mañana la anciana se sentaba en su destartalado banquito esperando a que saliera el sol invernal para calentarle los huesos. Tejía con un poco de lana azul retorcida y cansada de anudarse vanamente una y otra vez. Por la tarde destejería el trabajo realizado para que el material no faltara a la madrugada siguiente, cuando debiera esperar nuevamente la salida del cálido sol.
A pocos pasos de ella el intendente había decidido asfaltar la avenida frente al matadero, desde el viejo puente sobre el Riachuelo hasta el viaducto donde el tren alcanza la única estación existente. La antigua calzada de adoquines asentados en arena era un pequeño muestrario geológico de los estratos de la isla Martín García, cortados en perfectos cubos de veinticinco por veinticinco centímetros a punta de pico por los presidiarios con más pecados políticos que delitos penales. Los patrones de arcos repetidos y entrecruzados que formaban ese piso habían sido parte de un arte difícil de aprender y eran contados con los dedos de una mano aquellos especialistas que lograban realizarlo dominando el acabado diseño y obteniendo simultáneamente una superficie plana apta para el tránsito de caballos y carretas. Artesanos no reconocidos que estaban extinguiéndose con la llegada del cemento asfáltico desapareciendo toda una tradición que no legaría ni monumentos ni restos de su trabajo. 
Nadie había esperado que bajo los mismos cubos grises y pesados se ocultara un osario interminable que obraba como contrapiso y cimiento de pura cal orgánica. Mauro se dio cuenta que no siempre los frigoríficos habían utilizado la res completa y que la centenaria factoría local era la culpable de que esas cornudas calaveras se encontraran compactadas unas contra otras a lo largo de un kilómetro de Camino Real.
Eran épocas de desentierros en las que mientras Mauro se levantaba de la cama a las 4, se vestía en la helada vivienda suburbana y salía a esperar el colectivo en la desolada esquina escarchada, las topadoras sacaban a la luz un desfile de rumiantes cuencas vacías y desencajadas que lo esperaban del otro lado del recorrido. Una hora de viaje y la escuela industrial asomaría en medio de la niebla de la mañana, allí junto a la cancha del club de los amores de su madre, donde un tacho de petróleo albergaba la fogata que lo mantendría aislado del frío hasta que el maestro llegara a abrir el taller de hojalatería. El paquete de Colorados con filtro se agotaría en convites y brasas albergadas entre las manos en otro intento vano de combatir el gélido aire matinal que ningún pullover tejido por mamá, la abuela o alguna tía, vencería con éxito.
Día tras día la anciana lo miraba pasar luchando con su tablero y regla "T" batidos por el viento que parecían llevarlo sin control como una vela a una fragata. Era el momento en que el tejido comenzaba nuevamente al asomar el alba, sin desayunos ni comidas hasta entrada la mañana, cuando en el bar de la esquina Don Elisario se asomara con un par de facturas de ayer y una taza de leche humeando de calentita. Ella parecía ignorarlo entre la gente, pero Mauro sentía una conexión que no había podido definir y que tal vez solo fuera su curiosidad al ver a la anciana sola, abandonada de la mano de Dios habitando el hall de entrada de una vieja zapatería desierta con vidrieras a ambos lados y un conveniente espacio bajo ellas como para que la anciana pudiera almacenar algunas prendas, un colchón y su osamenta en las heladas noches de invierno.
De pronto Mauro notó que en su cabeza sonaba ´Canción para mi muerte´ cada vez que veía a la abuela, los cráneos, el cementerio de su zona, o pasaba por la casa de sepelio junto a la centenaria iglesia. Incluso la vieja escuela donde asistía había sido donada por un famoso arqueólogo y antropólogo cuyo padre le había solventado los estudios mediante el producido de una fábrica de soda. Una sodería que se habría de convertir en escuela industrial y que seguía usando sus salones de pisos de tablas de pinotea , patios con baldosas de diseños árabes y un aljibe que apenas había dejado de funcionar cuando a Mauro le habían tomado su examen de ingreso.
Y es que en el momento en que las topadoras dejaron por el piso la centenaria casa para construir la nueva escuela, sus cimientos entregaron miles de restos fósiles de sifones, botellas de ginebra que habrían sido un lujo en su época y un esqueleto completo que nunca supieron bien de quién era. Los alumnos eligieron contar la historia de un negro esclavo que había sido emparedado por el sodero con la simple justificación de una venganza por haber ultrajado la inocencia de su hija. Poco importaba a la purretada la rigurosidad histórica de que el propietario hubiera tenido únicamente hijos varones.

Y Charly y Nito le cantaban en la oreja.

En el lado B de ese acetato que era su vida había otro país donde el Ejercito Revolucionario del Pueblo, Montoneros y la Alianza Anticomunista Argentina hacían sonar sus bombas, secuestros y asesinatos mientras el pueblo intentaba seguir estudiando y trabajando en un remedo de vida normal. Mauro había visto un poco de todo ello sin darse cuenta mientras escuchaba a los grandes suplicando que alguien pusiera un poco de orden en un país asediado por la guerrilla.

El mundo a su alrededor olía a muerte y Mauro no sabía bien por qué.

Esa mañana de Julio había sido la más fría de la década. La escarcha crujía bajo sus pies mientras esperaba el viejo Bedford de la línea 386 que lo llevaría por el camino más largo con la contraprestación de ir sentado todo el recorrido.
Bajó cerca del matadero donde las cuencas vacías aún lo miraban con descaro, revisó sus provisión de cigarrillos para encarar la fría mañana y se dejó llevar por la vela que era su tablero navegando por la desolada avenida que no terminaba de despertar.
La anciana no estaba tejiendo. En su lugar se observaba a cuatro civiles y un sobrealimentado policía que parecía mirar como mudo testigo sin tomar intervención. Cuando Mauro arrió las velas para atracar en puerto seguro su nave, pudo ver que bajo la abandonada vidriera vacía de zapatos estaba ella, acurrucada como un ovillo de su lana azul atravesada por las agujas de hielo de aquella mañana.
Era su primer muerto y Charly no dejaba de cantarle en la oreja que eran épocas donde uno no debía temerle a la muerte y había que invitarla a la cama. Nunca había imaginado que sería ese tipo de cama, tan solitaria, fría e inhospitalaria.
Uno de los hombres tomo con un poco de asco un tobillo de ese montón de huesos que ahora era la anciana y tiró para retirarla de ese escondrijo que había sido su lecho de muerte. Mauro quedó sorprendido por la rigidez de ese cuerpo marchito que parecía más un maniquí de yeso que una persona capaz de tejer una mañanita cada mañana. Vio la cara desdentada de la muerte y quedó petrificado con la revelación de la nada, del objeto sin alma en que se convertía finalmente un cuerpo vacío.

Un saco de cuero viejo lleno de huesos.

Sintió una mano sobre su hombro que lo sobresaltó sin miedo.

-Palmó la vieja pibe- le dijo el policía a modo de aclaración innecesaria. -Dale, andá para el cole, que acá no hay nada para ver...-

Y Mauro se dio cuenta que el policía estaba errado. Que entre tanta muerte injusta que lo rodeaba cada día, en esta oportunidad y por primera vez en su vida, se la habían presentado personalmente.


O.Pin
Enero 2017.
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