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25 de noviembre de 2021

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Manifiesto comunista


Alberto murió rumbo al aeropuerto. Creo que en el kilómetro 12 de la autopista Ricchieri se desvaneció en la bruma de la mañana. Estaba sentado junto a mí en el coche de papá, pero de un momento para otro había desaparecido. Apenas una fluorescencia verde marcaba el lugar donde había estado sentado. Era yo el único que notaba esa ausencia. Mi viejo seguía hablándole como si nada hubiera pasando. Mi vieja asentía a cada palabra con un movimiento de cabeza, pero se veía que su mente estaba viajando hacia Europa en un vuelo adelantado. Mi cuñada sentada junto a mí en el asiento trasero del Renault 12, parecía ajena a todo. Ambos dejaban atrás sus carreras y sus libros. "El Estado y la revolución" de Vladimir Lenin, "El Capital" de Karl Marx y cientos de tomos sobre psicología y filosofía que habían acumulado en alguno de sus fallidos intentos universitarios. Mi viejo seguramente los cuidaría a pesar de ser sentencias de muerte bajo el gobierno militar que oscurece el cielo de mi terruño. Es que los libros no se tiran. Un mandamiento que ha permanecido marcado a fuego en mi mente aún cuando quisiera quemarlos. 
Caminamos el trecho que separaba el estacionamiento del Check-in arrastrando dos maletas flacas. La música, la literatura comunista y la vida pasada quedarían atrás custodiados por los padres. Los sueños capitalistas estaban por delante.
Qué rápido se puede embarcar en un viaje que cambia nuestra percepción del mundo hasta erradicar nuestros supuestos ideales. Apenas unas horas y algunos miles de litros de combustible separan una vida de la otra. Y cuando la voz del aeropuerto anunció el embarque, vi a mi viejo desmoronarse en un  abrazo a esa sombra distorsionada que se marchaba, roto el corazón en mil pedazos noté que sus sueños ya no le importaban a nadie.
Volteé hacia el mostrador para darles más privacidad en medio de cientos de personas que no entendían lo sagrado del momento  y me resigné a ser hijo único para siempre.

OPin 
Agosto 2018


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5 de diciembre de 2020

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La magestuosidad de su muerte


Dedicado a los que se fueron...

Antes de dormir pienso en ella. Me obsesionan sus manos, la piel tan fina y frágil como las alas de mariposa, el mapa de sus venas que mostraba el paso de la edad, el cuidado de unas uñas pintadas con suma elegancia por una hija que no dejaba de verla ni en las peores tempestades de la vida... Las recuerdo una y otra vez, intentando sentir en mis manos el frío que transmitían, pero el abrazo tan cálido que embargaba cada uno de los rincones de mi cuerpo. Después de recorrerlas mil y una veces, memorizo su mirada cuando me decía todo lo que me quería, sus arrugas llenas de amor y de historias, el color de sus ojos como el cielo que avecina la mayor de las tormentas...

Desde el aquel día convivo con el miedo de que por un suspiro se aleje de mi y ya no pueda volver a verla en mi mente con la misma intensidad y realidad. Pero en el fondo de mi alma lo sé, no puedo traerla de vuelta... Ella no va a volver...

Y desde entonces en mi cuerpo se agolpan cuatro sentimientos... impotencia. tristeza, castigo y amor.

Todo comenzó el día 13 de marzo, el día que ya no pudimos volver a ver su menuda figura en aquella silla de ruedas en la sala de su residencia, donde, como de costumbre, se batían batallas milenarias de juegos de cartas. Guerras en las que todo el mundo participaba, con el papel importante de hacerla creer que, por azares del destino, ella era la figura de la reina del ajedrez que siempre conseguiría dar jaque mate a su adversario. Pero aquel día, lo que ella ni nadie sabíamos, es que nuestra guerrera comenzaba su batalla más dura. Como si de un presentimiento se tratara, aquel día en mi interior se generó un agujero negro tan grande, como la incertidumbre más oscura, y el vacío más insalvable que la gente pueda llegar a entender.

Los días pasaban, las noticias se reducían, y la distancia de las dos calles que nos separaban, cada día se hacía más y más grande. Nadie sabe la cantidad de veces que me quería olvidar de todo lo que me rodeaba, saltarme las reglas, correr por la calle, llegar hasta ella y dormir a su lado para que no se sintiera sola. Pero no, seguíamos muriendo de impotencia, destinando nuestros esfuerzos en llamadas que se quedaban en la política impuesta, intentando que nuestros amigos nos filtraran información, que sus cuidadoras la mimaran más de lo que la directiva del centro permitía, venciendo el miedo a un virus del que no se sabía nada, orando para que no se sintiera sola...

Las noticias desde la residencia pasaron a ser una crónica de contagios o muertes diarias sin concretar, como el diario de una muerte anunciada de alguien que no tiene nombre ni familia, donde se despersonalizaba a los seres humanos como meros números de una sociedad cada vez menos emocional y más llevada por políticas sin sentido ni sentimientos. Cada llamada, cada noticia, era como una puñalada en el corazón, los nervios del que sabe que le van a dar una mala noticia, y el abrazo gélido del que se espera lo peor.

Y entonces llego la llamada, la fiebre, la duda, la inconcreción, el final ya escrito sin fecha, y la pena por el último abrazo no dado. La tristeza inundaba las habitaciones de una casa más llena que nunca pero con el silencio más amargo nunca escrito. Las horas pasaban tan extremadamente largas, las noticias tan sumamente escasas... que cada risa emitida era como una puñalada en el corazón, como si se traicionara la lucha de alguien que todavía tenía vida que vivir, nietos que conocer y sueños que cumplir.

Y sin embargo, y a pesar de las plegarias y los esfuerzos mentales, al final de aquella épica batalla estaba por llegar... Aquel 2 de abril nos confirmaron que el COVID había entrado en su cuerpo, y que dado su estado físico donde ya no comía ni los flanes que en secreto pedía mi madre que le dieran a escondidas, que ya no hablaba ni para decirles a las enfermeras lo bonitas que eran, y que sus respiraciones cada vez se reducían más hasta parecer el suspiro de la criatura más mágica y débil, se la llevaban a un complejo asistencial para cuidarla mejor. Pero nuestra esperanza duro unas horas escasas hasta que su doctora llamó para decir que ya nada se podía hacer, solo medicarla para que sus últimas horas fueran lo más dulces posibles, mientras ella se quedaba a su lado para su último suspiro no fuera en una solitaria cama de hospital. Así que aquella médica se convirtió en su ángel, y como tal, hizo que la soledad de la habitación de aquel hospital se redujera a dos almas donde una esperaba a que otras se elevara al cielo, con la dignidad de la más poderosa de las reinas.

Aquella madrugada del 3 de abril soñé con ella, en mis sueños ella me daba su peine y me decía: hoy quiero que me peines tu. Recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, cómo con toda la delicadeza del mundo, como quien tuviera el ser más débil en sus manos, mis dedos acariciaban su cabeza y su escasa cabellera, con el orgullo de haber sido elegida para acometer semejante labor. Como si todo el amor del universo se concentrara en aquel peine y en los cabellos que lo atravesaban.

Desde entonces me castigo mentalmente una y otra vez por no haberla visto más, por no haberla dado los millones de besos que desde su silla de ruedas me daba ella a mí, cuando yo agachaba mi cuerpo para rodearla con mis finos brazos... Me lamento por no haberla dicho más veces que era la mejor abuela del mundo, que su sonrisa inundaba cada rincón de la habitación, y que sus besos me hacían sentir la nieta más afortunada del mundo. Y aún así, me consuelo cada noche soñando que aprieto su mano mirando los anillos que solo una reina llevaría con tanto esmero, mientras sus ojos me miraban con un orgullo digno solo de las personas que practican el amor más puro. Y es entonces cuando me vence el sueño y durante unos minutos eternos siento que ella esta a mi lado dándome todo su cariño y que no me va a abandonar jamás.

Desde aquí y a mi ángel solo le puedo decir... Te sigo queriendo.

Atenea

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11 de septiembre de 2020

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Día del Maestro


La Señorita Inés se parecía a mi mamá, usaba los peinados armados con spray, los tacos altos, casi el mismo maquillaje, cuando entrabamos a la escuela nos abrazaba y yo sentía en la nariz el almidón del guardapolvo, los abrazos de mi vieja eran tal cual, pero contra el trajecito que usaba en la oficina. Yo creo que la Señorita Inés me abrazaba solamente a mí, en la puerta del aula. Por eso puse especial dedicación en repetir tercer grado, pero el argumento no convenció a mi mamá y pasé a cuarto, ahí los abrazos mutaron en palmadas de maestro barbudo, casi como un consuelo por tirar un penal afuera.


Osvaldo Barales.
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10 de abril de 2020

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Puntada de frío


-Viejooo !! No salgas así. Mirá que en la calle hace mucho frío. El informativo de la radio dijo que hace tres grados y va a seguir bajando...

El anciano la miró con ojos cansados y mansos, porque nunca se podía enojar con ella que lo cuidaba tanto. Se preocupaba demasiado y él aprovechaba esos cuidados para con su salud y se ponía juguetonamente rebelde. Salió a la calle cuando empezaba el informativo en la televisión, que le resultaba insoportable, y en la oscuridad del barrio su figura delgada se deslizó en silencio, como una sombra más sumada a las de los árboles.

Sin importar la temperatura siempre vestía liviano. Una camisa, el saquito de lana que le regalara su hija para su cumpleaños número "no me acuerdo", pantalón oscuro y medias de lana (porque siempre tenía los pies fríos, aunque en el cuerpo nunca lo sintió). Si hasta su calva no la defendía de las inclemencias del tiempo con una mísera gorra, ni helando como en una noche tan fría como ésta.

Antes de llegar al café se arrimó Mario, al cual apenas reconoció bajo la cantidad de ropa que llevaba puesta. Tenía un pasamontañas, sobretodo y con toda seguridad -pensó- calzoncillos largos de friza.

Mario, sin detenerse y sacando bocanadas de vapor al hablar le dijo: -Viejo, estás loco. Tan desabrigado con este frío ? Tené un poco de cuidado, mirá que a mí esa misma locura me hizo pasar un susto padre no hace mucho. Sentí una puntada en la espalda y al rato estaba en el hospital. Tardé dos semanas en fugarme- dijo socarronamente.

El viejo lo miró de reojo mientras pasaba y le contestó - Pero si yo no tengo frío, en serio, no tengo-

Un tanto molesto por el interés de tantos por tan poco, volvió su vista hacia el lejano Café y se puso a caminar lentamente, muy lentamente.

Caminó pocos pasos en realidad, pues sintió un poco de ese frío del que tanto le hablaban. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dobló un poco como para penetrar a la fuerza esa barrera helada que se interponía en su camino. 

¿Por qué ahora el frío? No tuvo tiempo de responderse pues sintió de inmediato algo helado que le penetraba la espalda. -Zas!!-pensó- la puntada de Mario-. Pero para su sorpresa un suave calor comenzó a envolverlo y hasta las baldosas en su cara las sintió confortablemente blandas.

Pronto una luz blanca, muy blanca y el silencio, solo silencio. Como contaban las viejas.

Los vecinos decían que en las noches de frío no hay que salir tan desabrigado, menos aún cuando se es un anciano. La muerte del viejo se caratuló como "Homicidio con arma blanca" Dicen que la puñalada entró rápida y certera por la espalda.

Muerte instantánea...como el café.


Osvaldo Pin
(Mi padre)


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21 de marzo de 2020

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Kapusca



Recuerdo el aroma de las torrijas que hacía mi padre los domingos por la mañana. 

Ese olor a aceite caliente, canela y cáscara de limón despertaba mi olfato mientras mis orejas se afilaban acechantes, aunque no abría los ojos hasta que escuchaba el sonido de la cafetera para saltar de la cama como un gato.

La cocina, si te agrada, tiene eso, te puede hacer viajar en el tiempo y la nostalgia. Y también puede transmitir nuestra fritanga emocional: imaginen que si vamos harinadas en mal humor o rebozadas en corajina quien pruebe nuestro plato puede acabar con una buena espumadera intestinal. Y espumadera intestinal la que llevo con el coronavirus Covid-19, estoy hasta el niquel ‘Nanas’ de él.

Que si la culpa del contagio es de los madrileños que se desplazaron huyendo de la quema, que si la culpa es de la concentración feminista del 8M, que si la culpa es de las religiones y sus millones de creyentes asistiendo a los cultos, que si de los mítines políticos, los eventos deportivos, de los políticos…, en fin, el caso es no responsabilizarse cada uno de lo suyo, cabrearse contra lo que sea y dar el pestiño por Facebook, Whatsapp e Instagram. De todo esto que se ha movido por las redes sociales, me quedo con el aplauso a las 20h por todos aquellos que trabajan por protegernos y facilitarnos la vida en estos días de encierro. Parece que, por fin, hemos conjurado la canción de Mecano ‘ Un año más’ que ironizaba, refiriéndose a las uvas de Nochevieja, con que “los españolitos (...) hacemos por una vez algo a la vez”.

El caso es que, como ya tengo la casa como los chorros del oro, los cajones y la nevera como nunca, ya me leí los Episodios Nacionales, la Ilíada, la Odisea y la Eneida y Así habló Zaratrusta, y ya he hecho la gerontozumba diaria en Youtube, ahora voy a cocinar.

La col es uno de esos ingredientes que apenas uso en la cocina. Lo mismo me ocurre con el nabo. Fuera de un hervido, guiso o ensalada, no sé qué hacer con ellos. Así que le he pedido a un amigo que me pasara la receta de la kapusca.

Me explicó que necesitaria medio kilo de carne picada de cerdo, tres tomates grandes y tomate concentrado. Cebolla, ajo, sal, a ser posible del Himalaya, por aquello de la tensión, pimienta negra y dos especias muy interesantes: el isot, que es kurda y que son escamas de pimiento rojo picante fermentado y el sumac, unas bayas molidas de color rojo intenso cuyo sabor sirve de sustituto al vinagre y al limón. 

Menos mal que me ha dado por cocinar porque hay ratos que estoy como Martirio cuando canta ‘Estoy atacá’ y dice: 

“ ¡Estoy atacá, estoy atacá!, 
¡Estoy atacá!,
estoy na más deseandito,
de cogé la puerta,
y salir corriendo!”

Pero me calmo comiendo un pedazo de pan con jamón y me concentro de nuevo en la Kapusca. Este plato se acompaña con un buen cuenco de yogur griego que previamente filtramos durante dos horas en un colador de tela y al que se le añade ajo picado, aceite de oliva, sal y un poquito de limón. 

Pongo la sartén en el fuego y le pongo un poquito de mantequilla y aceite de oliva. Desmenuzo con suavidad la carne con un tenedor para que no queden trozos grumosos. Y entre rasera y rasero se hornea en mi mente la canción de Serrat ‘Aquellas pequeñas cosas’ pero en la voz de Enrique Bunbury: 

“Uno se cree
Que las mató el tiempo y la ausencia
Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta
Son aquellas
Pequeñas cosas
Que nos dejó un tiempo de rosas
En un rincón
En un papel”.

Y sigo cocinando la carne, la cebolla y el ajo para que quede bien dorada. Ojeo cómo gotea el agua del yogur, como la letra de la canción que se escurre entre los dedos. De alguna manera, este encierro nos replantea nuestras vidas.

Corto la col en tiras finas y alargadas, en juliana y la espolvoreo en la sartén sobre el frito como si repartiera el fin de los tiempos, lo tapo y aflojo el fuego para que se cueza lento, muy lento durante media hora, y recito el estribillo de la canción, como un mantra: ” Son aquellas pequeñas cosas...”.

Ya tengo listo el yogur para añadirle el ajo, el limón y el aceite. Lo remuevo muy bien con una cuchara mientras observo la espiral del aceite disolverse. El aroma del yogur me recuerda que, de cría, lo hacíamos en casa con una yogurtera que dejábamos conectada toda la noche.

Pongo el yogur en un cuenco bonito. Caliento mantequilla con isot o pimentón picante y se lo echo por encima. Saco un mantel de lino verde hoja y unos bajoplatos y cubiertos dorados. ¡Vaya!, parece una mesa barroca. Me río. Y suena la música porque no he podido resistir poner a Bunbury a toda pastilla: 

“O en un cajón
Como un ladrón
Me acechan detrás de la puerta
Te tienen tan
a su merced, como a hojas muertas.
Que el viento arrastra allá o aquí
Que te sonríen tristes y
Nos hacen que
Lloremos cuando nadie nos ve”.

Coloco dos portavelas de vidrio y acerco el encendedor a las velas, lo sostengo cerca de la llama para sentir el calor intenso. Corto una cala blanca y la pongo, con poquita agua, en un jarrón también de cristal. El jarrón, las velas, los platos y cubiertos, las servilletas de tela…, y mi mantra: “Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas…”.

Llevo a la mesa, en una fuente, bien mezclada, la carne con la col y el bol con la salsa de yogur griego. Los olores son exóticos y picantes. Los centro en la mesa y voy por unas copas grandes de vino. Es una comida vistosa porque puedes situar ambos preparados en el mismo plato y mezclarlos al gusto. El contraste del guiso caliente con el frescor del yogur es delicioso. Se puede acompañar también con arroz o bulgur cocido. Y sigo cantando:

“Son aquellas pequeñas cosas
Que nos dejó un tiempo de rosas
En un rincón
En un papel
O en un cajón”.

Y os acercáis a la mesa riendo y se alborota mi nostalgia. ¡Qué hambre!, ¡qué bien huele!, ¡por fin sabes qué hacer con la col!, - bromeáís . Os servís el vino, desdobláis la servilleta con cuidado y la ponéis sobre las piernas mientras pienso en el estribillo: “Son aquellas pequeñas cosas...”, y dándole una patada a la letra de la canción digo: estas son las grandes cosas y no están en ningún cajón. Es como si este virus también nos transmitiese una pizco de cordura y realidad.

Por cierto, lo de que a la gente le haya dado por comprar papel higiénico en cantidades industriales me tiene fascinada.



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20 de agosto de 2019

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Rodando Málaga


Salí de Rennes a las 17:00, una hora más tarde porque Vueling.... no Vueled on time.... llegué a Málaga a eso de las 18:30. Me dirijo al Renfe Cercanías para ir hacia Málaga centro, donde había rentado un cuarto por Airbnb a módico precio a un tal Pedro ... con buenas referencias en el sitio, intercambiamos mensajes para avisarle a la hora que llegaría.

Mientras esperaba el tren, ya una hora más tarde de lo pensado, recibo un mensaje de WhatsApp de un tal Peti, preguntando si ya había llegado, imaginé que era el apellido del tal Pedro....

Hablé con él y noté un acento extraño....

-Pedro?

- Sie aquié pides llamarme Piedro soy de Rumanía. Te esperro en el apartiamiento para te explica las cosas....

Bue.... ya con alguna idea más sombría de mi destino, subí al tren con mis dos valijas: la pequeña, con las cuatro rueditas multidirectionales que se maneja de maravillas y la grande de 23 kg con dos ruedas fijas y robustas e inamovibles en otra dirección que no sea avance recto y hacen que maldiga al infeliz diseñador de Samsonite que la diseñó - hijo de su madre meretriz. Espero que arda en el infierno de los maleteros - acarreando toda la eternidad su infame creación y con escaleras mecánicas fuera de servicio

En fin, subí al tren, repleto de gente que volvía de las playas. Estaciono como puedo el mamut de dos ruedas junto al asiento donde se hallaba un joven morena, que charlaba con otras tres muy jocosas sobre su día de playa. No la vi muy bien, pero creo que tendría unos 29 - 30 años, piel morena, ojos negros, mirada profunda sonrisa resplandeciente, labios rojos, trenzas afro, manos sutiles, piel de terciopelo, estimo como 1,70 de estatura, vestido claro de playa, sandalias con brillos y pies perfectamente cuidados, caderas generosas, corazón grande y ardiente que se traslucía por el vestido.

Me ve.... la veo..., me sonríe y le sonrió y ... hubo una conexión inmediata

Será el aire de Málaga, será mi aspecto de latín lover, con las feromonas que emanaba mi piel después de la ardua caminata de 650 metros bajo el sol y con mi barba salvaje que, refleja la experiencia de una vida excitante - como la de todos los ingenieros electrónicos -

Y Cuando nos miramos, hubo un flash ! Y con una hermosa sonrisa me invita y me dice:

- “.... señor quiere sentarse...”

- no, gracias, estoy bien, le dije con voz sensual algo recia y decepcionada ....

A los 3 minutos, bajaron ella y sus amigas y dejó el asiento vacío que yo ocupé, pero para no desperdiciar lugar y dejar pasar a los que subían

Como dijo mi amigo Marcos, que conozco desde hace muchos años, aunque él no a mi:

“....Antes, cientos de chicas nos cedían sus gracias por pasión y hoy, gracias si por compasión, nos ceden el asiento....

Ya es la segunda vez que me pasa .... tengo que regular mis encantos


J.L. Caresani



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17 de agosto de 2019

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La puerta detrás del refrigerador





Todos hablan de ese lugar, pero pocos han ido. Para mi ese lugar era lo que todos usamos para mantener los alimentos frescos y las bebidas frías. Tal vez demasiado pequeño y nada apropiado para ser un salón o algo más pero decían que todos, al menos una vez en la vida, debían ir. 

Un día, al despertar revisé mi correspondencia y, escondido en una pila de cartas, encontré un sobre de color sepia, lacrado, con mi nombre escrito con tinta café. Sorprendido ante semejante formalidad, lo abrí. Dentro estaba esa invitación tan codiciada. Era una gran oportunidad para estrenar mi nuevo juguete, además de conocer ese misterioso lugar. El fin de un ciclo lunar estaba a la vuelta de la esquina con todo lo que eso significa: los cambios de cielo, el mal humor de la gente y la prisa por resolver lo que no hicimos las seis lunas que dejamos atrás, pero eso no me iba a detener.

A pesar de todos los compromisos sin concluir, me encontraba en la estación. El trole salía en punto de la puesta del sol chico. Ya empezaba a salir el sol grande y el transporte ni siquiera se veía llegar. Salimos mucho tiempo después por un atasque en las vías. Me puse nervioso por el retraso, el programa que se consideraba en la carta era muy estricto, pero llegué a la estación de Gem y al bajar ya me esperaban con una bandera que tenía mi nombre escrito. Me sentí importante, como el ganador de los juegos de las letras y signos, aunque en realidad esta sería mi primera prueba. El valet sonrió al aproximarme a él. En nombre de las vías del trole me disculpé por la tardanza, lo tomé del hombro y juntos caminamos hacia donde había estacionado el carruaje.

Dejamos atrás el barrio de Gem y nos dirigimos a Rui. Tras avanzar en la carretera, tan recta como una regla, Héctor, que se así se llamaba el valet, jaló las cuerdas para detenernos en una colina. Orgulloso habitante de Rui, señalaba desde lo alto sus virtudes. Me indicó lugares emblemáticos y me dio las coordenadas de cada uno de ellos insistiendo en que debía conocerlos. Lo escuché con atención, aunque estaba agotado. 

Ya en mi posada y después de una larga travesía, Héctor se bajó del carruaje y me llevó a la entrada como si guiara a un niño perdido. Se despidió, no sin antes recordarme las actividades del día siguiente.

Esperé unos segundos a que se fuera, caminé por la vereda y crucé el puente que delimitaba la posada. Todo lo había imaginado mejor. Siempre que viajo trato de conocer los alrededores, para encontrar lugares adecuados y salir temprano a explorar, pero al llegar tan tarde no logré ver nada. Ya estábamos en el cuarto sol, mi estómago pedía algo de comer. Un poco de lechón con un tarro de vino de uva azul me caerían de maravilla. Olvidé la prisa por irme a la cama y bajé al comedor.

Me desperté en punto de la primera luna. Tenía escasos minutos para alistarme, Héctor esperaba en la puerta. Mi primera audición era en un lugar cercano a mi posada hacia la segunda luna. Al verme, Héctor soltó una de las riendas y alzó el brazo para saludarme. Antes de avanzar hacia él, metí el tazón en el barril de jugo fresco de amapola. Le di dos sorbos para despejarme porque las mañanas sin salir a explorar ponen rígido mi cuerpo. Se me hincha la cara, todo me pesa. 

Llegamos al puesto, un guardia lo custodiaba con vaina larga en mano. Me anuncié. Revisó su pergamino y según él, mi nombre no aparecía en la lista. De forma muy amable extendió su vaina y me señaló un lugar para esperar. Me desparramé sobre el sillón aguardando que alguien saliera por mí. Casi me duermo, a pesar del jugo de amapola que bebí. Para la tercera luna llegó un individuo de baja estatura y poca ropa. Además de tartamudo jadeaba por el esfuerzo que había hecho para llegar hasta mí, dijo que el guardia había revisado la lista equivocada y a paso veloz me dirigió hasta el hueco donde se llevaría a cabo mi audición. Al entrar, solo vi una silla con un cable que colgaba de una viga de madera sosteniendo el techo de paja. Estaba iluminado por una vela que, postrada en la pared, me permitió ver la tercera luna. Escuché el crujir del piso y al mismo tiempo una sombra se acercaba. Cuando esta visión se mostró por completo, pude ver el rostro de mi entrevistador, o lo que su larga barba permitía ver. 

Antes de cualquier audición, siento un vacío en el estómago y percibo el cable colgante más grande de lo que es. La incertidumbre de contestar bien, el temor de no hablar apropiadamente y más aún, el no decir todas las virtudes de la habilidad que presentaría. Traté de acomodarme en la silla, pero se sentía tan grande que mis pies no tocaban el suelo. Conforme la plática fluía poco a poco la silla adoptaba su tamaño real.

No duró ni mucho ni poco, la vela se había consumido y era imposible ver si seguía la tercera o la cuarta luna. Perdí la noción del tiempo. Al concluir el hombre se despidió y mientras se alejaba, note como su sombra se achicaba hasta desvanecerse por completo.

Me quedé sentado hasta que el mismo hombre jadeante llegó. Con la misma dinámica atravesamos un largo pasillo que nos conducían a otra choza, ésta más alta y grande que la anterior. La iluminaban dos grandes velas de flama rojoazulada que encuadraba una mesa de madera. Del otro lado una mujer me invitaba a pasar. Sostenía con su brazo derecho el otro cable que bajaba desde el techo. Pude ver que los pies de esta mujer no llegaban al piso, colgaban amarrados entre sí por una soga de fieltro verde. Cerraron la puerta de acero tras de mi con un estruendo inquietante. Junto a mis pies, la flama de las velas se movía como si estuviera en una pista de baile. Ahí tendría una segunda audición que no estaba en mi agenda, pero la primera hizo que la incertidumbre desapareciera y para ésta, la silla y el cable no lograron amedrentarme.

La quinta luna en todo lo alto y Héctor ya me esperaba en el mismo sitio donde me había dejado. Subí al carruaje que nos sacaría hacia la vereda principal de Rui. Con su amabilidad habitual e intuyendo que tendría hambre, me propuso ir en busca de comida. Para mi sorpresa en la vereda divisé un Starbucks (de estilo medieval donde el café lo muelen con la boca: el arte está en escupirlo con fuerza suficiente y atinar directo en el vaso con agua muy caliente). Con dos monedas de bronce compré café y pan para los dos y nos acomodamos en unos cojines naranjas que estaban sobre el piso simulando un sillón. Comí todo el pan, aun sabiendo que no me había ejercitado esa mañana. La conversación con Héctor se alargó hasta que nos percatamos de que era momento de ir a mi primera entrevista del día.

El convento estaba justo en la cima. Llegamos luego de un largo camino por veredas hasta que llegamos a la imponente muralla. Entré por un pasillo que me llevó a un enorme patio central rodeado de columnas de piedra natural. Lo cruzamos hasta llegar a una oficina de piso de laja café y muebles de hierro. Tras de mi entraron dos jóvenes, uno sostenía una cámara fotográfica y la otra libreta y pluma. Con calidez y hablando despacio preguntaron sobre mi estancia en Rui y después sobre mis expectativas de mi próxima visita al cuarto detrás del refrigerador. Posé para el fotógrafo en medio del patio; no sé si en realidad soy fotogénico, pero la incertidumbre de esperar desde que suena el clic hasta ver mi reflejo se me hace eterna. 

Con varias lunas por delante me encontré sin nada que hacer. Presentarme ante la puerta de aquél refrigerador era hasta la última luna. Inquieto con el cuerpo cortado decidí que debía volver a mi posada y salir a explorar para compensar lo que en la mañana había evitado. Me decidí por un monte con amplios caminos enmarcados por árboles frondosos. Era la mejor opción acorde con los comentarios de Héctor. Caminé y escalé por más de una luna, estaba empapado en sudor, pero satisfecho. Por fin mi cuerpo recobraba su forma y calma con los dolores habituales que todo explorador tiene en las piernas.

Me quedaba algo de tiempo libre así que busqué un lugar para comer. Fui al centro de Rui donde encontré una calle angosta llena de comedores públicos con mesas en las banquetas y toldos azules. Me senté en una incómoda silla de hierro, pero desde ahí podía apreciar el ir y venir de la gente, además de la plaza central rematada por la vista del enigmático templo, justo arriba del monte, como una meta lejana por alcanzar. 

Del templo, bajé la vista hasta el impecable mantel blanco, decorado con un florero morado que contenía rosas azules, en perfecta simetría con cubiertos y platos. Se acercó a atenderme un hombre entrado en años sin uniforme de mesero. Me entregó el menú, pero insistió tanto en preparar cualquier cosa que se me antojara y no estuviera en la carta que me dio cierta desconfianza. No quise estropear mi apetito así que pedí carnero y un flan de hígado, sin más. Luego, satisfecho, pagué la cuenta y caminé un poco por el centro sin perder de vista el templo, que desde cualquier punto me vigilaba. 

Regresé hasta la posada para preparar mi esperada cita en la misteriosa entrada detrás del refrigerador. Me vestí con ropa adecuada para la ocasión: un pantalón tornasol, camisa con olanes en el pecho y mangas, rematada con una capa, ese era el código de vestimenta. Tomé la mochila con todo lo que usaría en mi acto y salí presuroso. Héctor, como siempre, me esperaba. 

Llegamos al monte del templo, desde ahí puede ver la plaza donde comí en la tarde. El lugar ya me resultaba familiar. Al entrar vi mucha gente esperando para ver la presentación, mis dos audiciones previas habían sido todo un éxito según comentó Héctor. Fernanda, la presentadora, me acompañaría durante el acto. Hablamos un poco, le mostré mi magia. Fernanda sostenía en su mano una libreta llena de anotaciones, lo que me puso aún más nervioso por no saber qué tanta información tenía sobre mi. 

Caminamos cruzando aquel patio que hace pocas lunas me había impactado, ahora estaba oscuro, apenas iluminado por velas iguales en flama y distancia que guiaban enmarcando el final de pasillo donde la puerta detrás del refrigerador se mostraba enigmática. Esa puerta era mi destino y esta noche debía cruzarla. Al abrir la puerta una luz nos cegó por segundos, pero luego todo se normalizó. Cedí el paso a Fernanda para que entrara primero. Dos filas de sillas conducían a un escenario con sillones. Fernanda inició el acto, comenzó con una introducción mientras yo sacaba de mi mochila un muñeco de tela color sepia con dos botones de marfil simulando unos ojos, las costuras resaltaban en sus costados. Después de un conjuro cobró vida. Movió sus brazos y piernas como ajustándose a ese cuerpo de tela. Busqué con la mirada a alguien en el público. Hice el primer movimiento, clavé un alfiler en su mano derecha. La persona a quien miré gritó frotándose la mano, señal de que todo estaba funcionando a la perfección. Seguí con el segundo piquete, ahora en la mano izquierda. La misma persona reaccionó adolorida. Así continué hasta que los alfileres cubrieran todas las extremidades y nervios. Hubo una pausa en el acto cuando la persona, objeto del embrujo, cayó al suelo retorciéndose de dolor. Creo que no querrá volver a asistir a eventos como éste. Mientras el asombro del público se hacía notar, me distrajo una luz desde el fondo del salón donde la puerta se abría y daba paso a dos mujeres que caminaron hacia el escenario y se sentaron justo frente a mí. El acto estaba por terminar, estábamos por explicar las razones para hacer sufrir a distancia a través de un muñeco vudú. Una de las recién llegadas me examinaba y yo a ella. Su belleza me deslumbraba, pero además, el parecido con mi muñeco era asombroso. A partir de ese momento la concentración resultaba muy difícil, su rostro ya me poseía. ¿Quién era? ¿Qué hacía ahí? Las posibilidades de ir a una ciudad nueva y encontrar al objeto de mi magia en persona eran tan remotas como el hecho de que yo algún día imaginara que me invitarían a ese lugar. Sin embargo, estaban ambas situaciones remotas, una frente a la otra. Su mirada me intimidaba pero aún así, lo único que deseaba era conocerla y saber si podía responder tantas preguntas que empezaban a formularse en mi cabeza, hablarle y ¿por qué no? captar una imagen de su rostro junto a mi muñeco.

Terminada la sesión la gente se dirigía a la salida. Me inquietaba que ella también se fuera y no pudiera acercarme para conocerla. Angustiado, tomé el muñeco una vez más. Le clavé un alfiler para generar un grito que distrajera a la gente y así detener su salida. Caminé hasta donde estaba ella, la tomé del brazo lo más delicadamente posible para que volteara y así pudiera presentarme. Me miró sorprendida pero no me rechazó. Después de unas cuantas frases triviales acompañadas de sonrisas tímidas me atreví a pedirle que se dejara fotografiar sosteniendo mi muñeco en la mitad de su cara. Sonrió ante tan inusual petición, se mantuvo en silencio unos segundos que me parecieron eternos pero poco después aceptó.

Nos quedamos en el salón conversando un rato más. Su amiga empezaba a impacientarse porque hablábamos solo entre nosotros. Me habló de su vida como habitante de Rui y de su trabajo. Había sido invitada al evento por la organizadora a quien conocía porque era la encargada de la elección de los menús diarios del templo y el equilibrio alimenticio de los monjes y caballeros. Por último le pregunté su nombre. Suspiró girando un poco su cabeza mientras su cabello rozaba levemente sus hombros y con una voz suave y delicada me dijo: Me llamo Venus. Me bloqueé al escucharlo. Venus seguía hablando y yo no entendía casi nada. Mi concentración estaba en su rostro. Al final pude entender que me invitaba a la inauguración de una sala de cata de vinos azules donde su hija había pintado un fresco en las paredes. En ese momento mi anfitriona se despidió aludiendo un compromiso y me encargó por completo con Venus. Esperé a que el recinto se vaciara, el protocolo marcaba que yo debería ser el último en salir para sellar la puerta del refrigerador. Así lo hice caminando tras de Venus. Pude notar que de su capa sobresalían dos alas color verde esmeralda que resaltaban con el reflejo de la flama de las velas. Cruzamos el gran patio, éramos los últimos. Las velas se iban apagando a nuestro paso hasta cruzar la puerta que retumbó al cerrarse.

Afuera, esperaba el carruaje de Venus, conducido por una mujer quién como su escudera, la resguardaba. Venus era un elemento valioso para los caballeros del templo. Bajamos a la ciudad y pasamos por una plaza atestada de gente que salía a disfrutar la lira de los trovadores en competencia para demostrar sus habilidades. Tardamos en salir hasta que al fin alcanzamos la vereda principal. 

Llegamos a la inauguración, bajamos por una rampa que nos llevó al centro de la mina. Al fondo resaltaban alumbrados con cientos de velas los frescos rojos con rostros orientales, obra de la hija de Venus. Mientras observaba, alguien me tocó por la espalda. Eran los dos jóvenes de la segunda audición, hacían un reporte de aquel evento para los gobernantes de Rui. Junto con el amo de la taberna, nos tomaron una fotografía para los registros de la ciudad. El amo era extranjero en Rui, provenía de las tierras sureñas que cruzan el gran océano, ahí se había establecido sirviendo comida típica del poniente. 

Nos dieron un tablón apartado y sirvieron en unas copas de cristal una bebida verde y humeante, cortesía de la casa. De niño me enseñaron a nunca rechazar una cortesía, pero esta me infundía tanta desconfianza que fingí un dolor estomacal para evitarla. Venus en cambio la bebió de un solo trago, tan rápidamente que al terminar aun el humo seguía saliendo por su boca. Cenamos los tres, comimos todos los platillos que el amo nos ofreció. Al final cuando llegó el dulce, Venus me hablaba de un lugar de baile justo al lado de la taberna, en lo alto de una torre donde se disfrutaba una vista panorámica de Rui. Yo, aun con la emoción del éxito de mi acto, no pretendía dormir, así que pagamos la cuenta y nos fuimos.

Bajamos una larga pendiente desde donde se veían las luces de la torre. Había dos guardias malencarados en la entrada y la iluminación de color rojo hacía pensar en el purgatorio. Justo al acercarnos, los tipos abrieron la cadena para darnos acceso a la plataforma que nos subiría.

Cuando se abrieron las puertas un sinfín de luces de colores y música penetrante inundaron mis retinas y tímpanos. Venus llamó a un capitán quien nos asignó un tablón en la orilla, junto a un ventanal desde donde supuestamente se podría disfrutar de la vista pero desde ahí no se veía nada. Después de muchas bebidas bailamos en la pista. Traté de imitar los pasos que la multitud hacía con naturalidad. Venus me tomaba del brazo tratando de guiarme, pero fue inútil. Eran contorsiones nada conocidas para mi cuerpo. Más tarde y sin esperarlo sentí un calor fuerte en mi espalda. En los tablones vecinos quemaban canela emulado un volcán en plena erupción, por Dios… ¿Quién hace eso en estos tiempos tan modernos? Después de semejante demostración de mal gusto en un intento fatal de burguesía, se acercó un noble caballero. Miró a Venus fijamente y sin decir palabra se alzó la casaca y mostro su barriga. La frotaba haciendo círculos mientras sonreía. Venus, apenada, me explicó que se trataba de un gladiador de los juegos ecuestres quien, por malos hábitos, había convertido su cuerpo atlético en un saco de cebo y grasa. Ella con sus habilidades culinarias y mucho trabajo logró que bajara de peso y casi recuperara su figura. Impositivo, como suelen ser los gladiadores, pretendía que bebiera del volcán de canela al tiempo que me exhibía un saco de monedas de titanio. No soy fanático de este tipo de actitud, ni siquiera me interesan las habilidades de los gladiadores. Defienden su vida quitando otra solo por entretener a una serie de morbosos con sed de sangre. Pero admito que a pesar de su embriaguez, presunción y feo ombligo el hombre no me resulto desagradable, aunque su presencia se hacía eterna porque interrumpía mi preciado tiempo con Venus. Afortunadamente una melodía lo obligó a regresar con sus compinches.

No me lo podía guardar, ella tenía que saber lo que su rostro me había provocado. Tímido y con reserva, después de varias horas y bebidas la llevé aparte. Le dije que su cara me tenía hipnotizado, no solo por su belleza natural sino porque la reconocía en la imagen de mi muñeco. Eso sin contar lo bien que me había tratado desde que subí a su carruaje. Se ruborizó. Noté que se apenaba pero sonreía halagada.

Fue una de esas noches que uno desea que no terminen, pero cerca del sexto sol era irremediable despedirse. Mi posada estaba en el centro y ellas vivían cerca de la taberna. No les pedí que me llevaran aunque dispusieran de un carruaje, se trataba de dos mujeres solas en medio de la madrugada y un caballero jamás haría tal cosa. Tomamos la plataforma que nos sacó del infierno y bajó al purgatorio, subimos la rampa empinada para estar de regreso en el mundo de los vivos. Solo me quedaba resolver el transporte a mi posada. Aquellos tipos-luchadores-cara-de-malos notaron mi espera y me ayudaron llamando a un carruaje “de confianza”. Me despedí de Venus y de su dama de compañía. Estaba ansioso por descansar. Ya en el carruaje y a solas, me sentía nervioso por la oscuridad de la noche. El camino largo y empedrado me alteraba y con el octavo sol casi poniéndose, la primera luna se asomaría en cualquier instante. Al llegar a la posada, fui directo a la cama. Debía levantarme antes del cuarto sol, ya que el trole saldría en el sexto.

Me desperté con dolor de cabeza, tanto opio y vino de uva azul me habían dejado en malas condiciones. Dejé sonar el despertador, retumbaba en mi cerebro generando un hoyo por cada pitido. Pensé en Venus. Entré en el baño con lentitud aunque debería tener prisa. A los pocos minutos llamaron de recepción para avisar que un carruaje me esperaba. Salí de la tina vaciándome el último balde de agua tibia. Con la cabeza más fresca, las ideas empezaban a tomar su sitio y el dolor a dispersarse. Empaqué mis cosas y dejé el cuarto.

Al salir de la posada, vi al sonriente Héctor abriendo la puerta del carruaje. Hubiera preferido que fuera Venus quien me esperara, pero hay momentos para vivir intensamente sin esperar nada en el futuro. Era el final de una travesía inolvidable que nunca hubiera imaginado encontrar detrás de un refrigerador



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16 de agosto de 2019

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Maravilagro




─No te parece una maravilla la complejidad de nuestros cuerpos?
─Que cosa?
─Eso, que somos organismos capaces de crear materia con solo digerir alimento.
─Recién me despierto, no esperaba ponerme a analizar esas cosas.
─Pero es una maravilla.
─Si, es así, es un milagro.
─Milagro no, es todo química. Comemos un alimento y con esos compuestos químicos fabricamos nuestros tejidos, obtenemos energía y hasta nos reproducimos. Maravilloso.
─Milagroso. Yo no se cómo se hace eso. Y si, nos reproducimos, pero alguien creó el primer organismo para que se reproduzca.
─Que se yo. Con solo pensar que estamos hechos de compuestos químicos que sacamos de la comida, me parece increíble. Y nosotros somos seres muy complejos, pero, ¿y los virus? Son tan simples, pero así y todo son capaces de infectarnos y lograr reproducirse.
─Si, la vida es maravillosa.
─Es lo que yo te decía, es una maravilla ser una bacteria.

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28 de mayo de 2019

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Azul y blanco




Mi sueño era ir al Fin del Mundo. Contigo.
Agarrarnos a la barandilla salada de la proa del velero y que se nos queme la cara con la ventisca seca  mientras olemos las montañas y los gajos azules de hielo que flotan en el Antártico.
Y ver una ballena azul y un leopardo marino; y pingüinos saltando desde un iceberg.
Vestidas de blanco: guantes blancos, botas blancas, gorros blancos. De blanco, como nos casamos.
Y reír de frío mientras nos desnudamos en Isla Decepción para bañarnos en su cráter de agua caliente rodeadas de hielo, vapor y nieve.
Pero ya no estás. El frío es frío sin ti.




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