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29 de enero de 2019

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Una forma particular de pensar.


Tengo tiempo para pensar en los errores que he cometido.
Es un tiempo acotado, pero existe, está y debe ser utilizado.

Entonces me encuentro leyendo Howl de Ginsberg, y
pensando seriamente las bostas que escribo.
¿De qué sirven si no son honestas?

Honestas... honestidad, a eso debo remitirme.
A escribir desde lo que siento, lo que pienso, lo que quiero cambiar...
Lo que quiero que cambie.

Pero yo no escribo desde lo político... creo
Lo mío es más personal, digamos...
y Simone de Beauvoir tan solo puede mirarme y reirse.
como para no... "lo personal es político"

Is it tho?
Me pregunto, lo es?

En mi mente hay espacios que no quiero conquistar,
sucumben al caos de forma diaria... y eso me da paz,
me trasmite mucha paz, tranquilidad, armonía...
Es ese lugar de mi mente en el cual siempre quiero morir,
un lugar nefasto, triste... inteligente.

Y entonces vuelvo a Ginsberg, y me encuentro emocionado y asqueado por lo que escribe.
Sí, asqueado... en un buen sentido.
Y ahí, en ese momento solo puedo preguntarme
¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?
¿Hay alguien a quién pueda confiar mi... yo?

En mi mente hay espacios que no logro contener...
que no quiero contener, pero quiero que dejen de estar.
Quiero terminar con ellos, pero no puedo hacer que terminen...
Y me río pensando en el burócrata Poseidón de Kafka,
y me río de él en su abarrotada oficina,
con ese final inminente, de terminar o que te terminen.
Y a mi me termina agotando todo mucho antes de que se termine el mundo,
"el mundo", como si existiera fuera de mi mente.

Tengo miedo de que mi mundo deje de existir.

No sé si soy feliz,
no sé si lo que hago me hace feliz,
no sé si tomarme el 60 siempre 10 minutos más tarde de lo que debería,
y llegar a la maldita oficina en la cual me cuelgo una vincha y laburo,
amenazo a gente con cosas que sé no van a pasar,
les pido que paguen cosas que no sé si les convendría pagar,
para poder llegar a una comisión a la que nunca llego,
para poder cobrar un sueldo que no me sirve para nada.

Y después llego a mi casa a leer a Foucault, y me río de mis contradicciones.
Y pienso que lo que hago es importante...
estudiar, me refiero, como si fuera importante...
y no estoy tan seguro de que lo sea.
Pero tampoco estoy seguro de que no lo sea,
entonces lo hago... lo mínimo.
Mi "mínimo".

Y vuelvo a pensar en Poseidón, y ese Kafka con el que comparto nombre.
Y me sonrío al pensarme tan importante como para ser el personaje principal de cualquier novela...
Como para ser ese Lobo particular de Hesse.

Y vuelvo a Ginsberg, a su vida...
O a esa vida que encuentro entre textos y películas
¿No es genial ver a Radcliffe jugando con esos lentes?
Jugando a pensar...

Pensar, eso es icónico.

Yo no pienso...
o bueno, todo lo que hago es pensar.
Y "si todo es todo, nada es nada".

Y entonces empieza a llover, y de la explanada de la Intendencia
nos movemos bajo la lluvia hacía la casa de Mari,
donde minutos después de su llegada,
un adicto a los derivados del opio rompería la puerta.
Y yo solo quiero un abrazo,
entonces abrazo a Emi, toda la noche.
Y nos reímos, porque
¿qué hay de no gracioso en necesitar afecto de gente que apenas te conoce?

Y vuelvo a casa bajo la lluvia,
en un taxi que apenas puedo pagar,
y vuelvo a leer Howl de Ginsberg,
y ahora entiendo aún menos lo que dice.
Y menos entiendo a Hesse, y a Foucault y a de Beauvoir (que nunca la entendí),
Y poco entiendo a Kafka (que siempre me escribió a mí).

Entonces escribo, intentando entenderme.
Y pienso en Lucas y me da rabia y me pongo a llorar.
Me pongo a llorar porque es un maldito hijo de puta que logra lo que quiere,
pero no se muere.
¿Por qué no se muere?
Yo no logro lo que quiero, pero siento que muero... de a poquito.

Y Pablo creo que está realmente ofendido, y no sé si entiendo por qué,
Y Mari, la Mario, está triste... y si hermana, te entiendo.
Pero no entiendo a Hesse, la puta madre no lo entiendo.

Y la única persona que me entiende, Cami, no está...
disponible.
Está para ella, ahora (sano).
Y estoy feliz por ella, pero quiero un abrazo
(entonces vuelvo a abrazar a Emi).

Y volemos a ese circulo vicioso en el que la gente me sigue agregando a Facebook.
1984 un poroto...

Y tengo miedo.

"¿Miedo a qué?", me pregunto.
Miedo a la muerte... a mí muerte.
A dejar de existir, para siempre.

Me gustaría matar a alguien, para ver que se siente.
A una oveja...
a La Oveja.

Y entonces vuelvo a sentir miedo.
Y ya sé a qué.
"Ahora todos lo saben"
(Darín, la puta madre, ¡qué película del orto!)



Eugene
[créditos de la imagen a quien corresponda]
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26 de enero de 2019

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Diez años después




Diez años pasan rápido,
Nada cambia y poco sucede.
La vida sigue, todo fluye.
Las calles, los coches y la gente.


Es solo un ágil soplido de aire,
Que apenas te mueve un pelo.
Misma platica, mismos lugares.
Misma gente, mismos cuentos.
Duele lo mismo, nada ha cambiado.


Mas fue a ti a quien ni vi,
Y rogué por un profundo cambio.
Que acortara esta brecha y
Nos uniera otros diez años.


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25 de diciembre de 2018

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Día de Reyes


Es la víspera de Reyes Magos y Camila ha colocado su carta en los pies del árbol de Navidad, árbol color plata que cada año adornan con muchas luces de colores y esferas de todo tipo frente a la gran ventana del comedor, que también es sala y por las noches se convierte en la recamara de su mamá. La carta tiene un dibujo de Melchor, Gaspar y Baltazar, decidió dibujarlos sin su respectivo transporte porque Camila no es muy talentosa dibujando y no le sale muy bien la trompa del elefante, ni las jorobas del camello y el caballo parece más bien un perro. Para no ofender a los animalitos, Camila dibujó solo a los pasajeros.

Al lado de su carta están las de sus hermanas. Cada una ha dejado un dibujo para los magos pensando en no solo pedir regalos sino en dejarles algo en agradecimiento.

Son las 7pm y Camila y sus hermanas se han ido a la cama, la hora normal de ir a dormir oscila entre las 9:30 y las 10:00 pm pero no todos los días son Día de Reyes, este día es el más emocionante de todos, quizás el más importante para todos los niños del mundo y Camila lo sabe. Su madre les da instrucciones precisas de ir a dormir antes de que se haga tarde, es muy importante que cuando los Reyes lleguen, ellas duerman o estos no podrán entrar a casa a leer sus cartas y dejar sus regalos. 

Ya en la cama el tiempo pasa muy lento, entre ellas hablan, platican lo que harán con sus juguetes, imaginan que no solo les toca uno y que a lo mejor a los Reyes les parece bien dejarles dos a cada una o quizás tres y ¿Por qué no? Se preguntan, finalmente ellas se han portado bien que es la premisa más importante para que el 6 de enero amanezcan o no los juguetes solicitados en la carta. A Miriam su prima le traen muchas cosas y Camila y sus hermanas no creen que se porte tan bien, así es que es probable que esta vez los Reyes ya no se equivoquen como el año pasado y dejen los juguetes justos a cada quien.

Su mamá ha entrado a llamarles la atención y a asegurarse de que duerman o no llegaran los Reyes Magos a su casa. Los niños no pueden verlos o se rompe la magia, es necesario que estén dormidos para que los Reyes puedan entrar a casa. Con los adultos no hay problema porque ellos les pasan el reporte de cómo se portaron los hijos en el año, así es que la mamá de Camila tiene que esperar a que lleguen, pero las 3 niñas deben estar dormidas.

Finalmente, las niñas han sido vencidas por el gran Morfeo. Se respira total calma. La hermana mayor habla entre sueños sobre la Barbie quinceañera que le trajeron los Reyes Magos. La madre se acerca a la cama a preguntar entre susurros si alguien está despierta. Nadie contesta.

Confiada, abre la puerta del pequeño ropero que ha cerrado con llave, entre sombras saca uno a uno los tres juguetes que ha comprado en el tianguis navideño de la colonia. Camila despierta y un tanto confundida escucha que alguien está moviéndose en el pequeño cuarto que comparte con sus hermanas. Espantada y con los ojos muy abiertos trata de ver si es un fantasma. Con tantas historias de terror que le cuenta su abuelo, Camila vive todos los días espantada rezando para que la llorona no se meta por la ventana o el diablo no aparezca a los pies de su cama.

Ve a su madre saliendo de la recámara y se levanta tras ella, recuerda en ese momento que es noche de Reyes. Emocionada sale a ver si los regalos ya están en el arbolito de navidad. Con vista nublada por la luz de la sala, ve a su madre con una caja en las manos que dice “juego de química”, eso fue lo que pidió a los Reyes la hermana mayor de Camila. La pequeña se mantiene en silencio mientras observa. De la bolsa de plástico que está en el piso, su mamá ha sacado la Barbie Malibú que pidió su hermana mediana y también está es colocada en los pies del árbol a un lado del juego de química. Finalmente, la madre saca de la bolsa la muñeca patinadora que Camila ha pedido en su carta y su madre la acomoda al lado de los otros dos juguetes.

Camila regresa de puntitas a su cama y despierta a sus hermanas. Con voz apenas audible les cuenta a las dos niñas adormiladas que los Reyes Magos sí son los papás como su abuelo ya les había dicho. Jesy, la hermana mediana, está medio dormida y no contesta nada, Maribel la hermana mayor reacciona muy enojada y se levanta muy determinada de la cama. Entra a la sala y asombra a su madre que en ese momento ya tomaba su café bien caliente porque tibio no le gustaba.

No le pregunta a la madre si es verdad lo que Camila dice, no, para sorpresa de Camila, Maribel la acusa de husmear en silencio e inventar que los Reyes no existen. Le dice mentirosa y también chismosa. Jesy se ha levantado también y empieza a llorar muy fuerte al parecer decepcionada de que los Reyes en realidad son su mamá o puede ser que llorara porque Camila pudiera haber inventado algo tan triste como eso o tal vez porque la despertaron y estaba ahí parada temblando de frío y llorando como si su hámster se hubiera muerto, pero el hámster al parecer estaba bien. Camila empieza a sentirse muy nerviosa y mira con sus pequeños ojos muy abiertos y muy redondos a su hermana llorando y a su otra hermana acusándola de mentirosa y a su mamá, en realidad de su mamá no sabe que pensar ni de lo que estará por suceder.

La madre les dice que los Reyes han llegado y que abran su regalo. Camila está titiritando de frío y de nervios y de miedo, pero se acerca al árbol en silencio a tomar a la muñeca patinadora. Ahí estaba la muñeca, con los patines color plata y sus rizos amarillos, mostrando una gran sonrisa con unos dientes muy derechitos y muy blancos. El corazón de Camila late emocionado, no puede creer que por primera vez los Reyes le han traído exactamente lo que ella pidió y no lo que ellos quisieron como le ha pasado otros años. La pequeña se agacha a tomar su regalo que está aun dentro de su caja, justo antes de alcanzarla con sus dos manitas, su madre se ha adelantado y ha tomado a la muñeca poniéndola en lo más alto del librero mientras le dice a Camila que está castigada. No podrá abrir su regalo hasta el próximo sábado, eso significa que no saldrá el jueves 6 de enero a jugar con sus vecinas, ni irá a casa de sus primas, ni estará en la calle como todos los niños hacen el Día de Reyes. Sus hermanas tienen ya sus juguetes en la mano, los están abriendo y hablan muy fuerte llenas de emoción y entusiasmadas. Es día de Reyes, el día más importante del año para Camila y sus hermanas. Camila las mira con los ojos llenos de lágrimas. No cree que Maribel su hermana sea tan mala y la haya traicionado. Tampoco cree que su mamá sea capaz de castigarla por decirle a sus hermanas lo que vio y lo que sospechaba.

Ha amanecido y Camila va con su abuelo a preguntarle si es que los papás son los Reyes Magos, el abuelo le responde -Ya te dije que sí y que el ratón que te trae dinero por los dientes también-.


Lizeth Luna

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21 de noviembre de 2018

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Atrapada


Atrapada entre dos hemisferios: el derecho y el izquierdo, cualquiera creería que soy una neurona, viajando en los canales de luz, pero no, soy una persona común y normal, más común que nada.
Estoy atrapada en mis pensamientos, en los recuerdos, en los deseos y los sueños, no me libero de los anhelos, ellos se aferran a mí, pero, ¿Qué no saben que atrapándome jamás se podrán cumplir?
Día a día escucho mi voz retumbar de un lado a otro, viajando de estante en estante, hasta que llega a aquellos rincones en donde abundan los colores grises, olvidados, y entonces desaparece
Quizá, yo ya sea también gris.
¿Para que soñar cuando es impalpable? ¿Para que emocionarse por algo inexistente? Quizá lo más inexistente que pueda haber en este momento sea yo.

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26 de octubre de 2018

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Fatalidad



Aquel apuesto Director dirigía la orquesta con reiterada maestría. Verlo de espaldas, semejaba a un ave en posición de remontar vuelo. Supuse alas en sus brazos, mientras su batuta mágica despertaba la novena sinfonía de Beethoven.
Escuchar esa música arrancaba emociones latentes en el auditorio. Mi alma danzaba liberada y trepaba hasta el escenario, vibrando junto con las notas musicales que inundaban, luminosas, el entorno de los instrumentos formando un arcoiris musical.
Desde la primera fila seguí el espectáculo tal como si me desplazara en una nube melodiosa. El último acorde, síntesis perfecta del autor, marcó el final de la actuación y el de mi embrujo. Un bullicioso aplauso general estalló en la sala.
Me acerqué lentamente hasta el escenario apoyada en mis muletas convertidas, desde el accidente, en parte de mi pobre cuerpo.
Era cruel recordar y recordarle con mi implacable presencia aquél hecho siniestro que enterró mi juventud y mi belleza.
Como siempre, le entregué la rosa que había llevado para él. Como siempre, se acercó gentilmente para tomarla y agradeció con una mueca, parecida a la sonrisa de los que no sonríen nunca. Una vez más, me sumergí en la profundidad de sus ojos celestes. Fue suficiente. Mi ego estaba satisfecho.



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29 de agosto de 2018

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El secreto de la lluvia


Nadie pudo explicarme jamás si fue culpa de la difteria, de la maldita poliomielitis o una mal tratada tuberculosis laríngea. La cuestión es que en un impreciso momento del pasado Saturnino Benigno Carrizo decidió cambiarse el nombre para darse a conocer únicamente por el apodo de "El Tuna", acción que, dicho sea de paso, resultó totalmente inútil, ya que de todos modos lo recordábamos como el tipo con el gran agujero en la garganta.
Por entonces mi mente infantil solía fantasear que dicho orificio era el resultado del impacto de  un proyectil disparado por el trabuco de algún  gaucho maula o por un arcabuz de pirata oculto en una pata de palo. Tal vez por eso prefería no preguntar y aferrarme a la aventura que libremente le dibujaba a esa cara.
La primera vez que lo vi se encontraba parado en medio del patio de los helechos, en plena lluvia torrencial, con los brazos abiertos y sin ser tocado por gota alguna. Uno se daba cuenta a simple vista pues se notaba su camisa blanca de lino totalmente seca y el peinado a la gomina impecable y sin chorrear.
Abuela Paula nunca me dejaba acercar a esos macetones gigantes que en cantidad de veinte albergaban los helechos más grandes que había visto en mi vida. Ella sabía que yo no podía resistirme a tomar cada tallo entre mis dedos y en un solo movimiento deslizarlos mientras las hojas se desprendían con un ruido similar al de un cierre relámpago cubriendo el suelo con un adelantado y verde otoño. Por eso me vigilaba desde la ventana de la cocina con una varita de paraíso a mano, como para que aprendiera. Esa pequeña y flexible vara  era el mejor correctivo inventado en los anales de la pedagogía. Ella lo sabía y también me lo hacía saber.
Pero para mi mal, ahí estaba el Tuna con sus brazos en cruz desde mucho antes de que la lluvia se desencadenara llamándome en silencio hacia el territorio prohibido de la abuela. Dicen que apenas sentía el petricor por el agujero en su garganta, salía corriendo hacia la puerta para hacer cruces de sal en la entrada y volvía para pararse ahí, en el medio, con su blanca pelambre iluminada.
Pronto aprendí a adentrarme a escondidas en ese circulo de sequía que lo rodeaba y con la mirada interrogarlo sobre tamaña magia sin sentido. El sólo sonreía desde su árido espacio . Pero aunque le hubiera hecho la pregunta pronunciando con exageración todas las vocales y consonantes, era seguro que la respuesta se disiparía en ronquidos y ahogos que ni siquiera el laringófono podría lograr hacerme inteligible por encima del ruido de la lluvia que lo rodeaba.
Vivía con dos hermanas. Ninguna de ellas había demostrado contar con similares habilidades mágicas, con la honrosa excepción de haberse mantenido célibes hasta la tumba. Isolina la más férrea y contestataria y Yolanda la más sumisa y contemporizadora. La primera gorda y la segunda sorda. Una jubilada de la fábrica de fósforos Ranchera y la otra de Medias París. Pero del Tuna no existían antecedentes declarados, salvo que el hermano poseía el don de desmaquillar mujeres con la mirada y observar así a sus dueñas a cara lavada sin siquiera tocarlas, o que el primo Gervasio era el responsable de darle a las nubes formas de animales. Un poder muy popular e inútil que se venía traspasando de padres a hijos desde épocas inmemoriales, sin que nadie en el planeta supiera que no era la casualidad ni la imaginación la que ponía esas figuras flotando frente a sus miradas.
Al Tuna lo supuse ferroviario como mi abuelo, operario textil, carpintero, colectivero, bombero o mago. Y, claro, ésta última era la opción que más puntos había ganado.
Muy a mi pesar, de entrada el pobre hombre me resultó aterrador. Cuando hablaba me recorría un escalofrío por la espina, cuando se alimentaba mis ojos buscaban algún escape indecoroso de comida y cuando tosía, ese trapo que usaba como tapón me resultaba en extremo repulsivo per se. Claro que el Tuna era un pan de Dios y  mis remilgos sumamente exagerados y faltos de empatía.
Como resultado, por años su estampa me recordó la lluvia. Podía encontrarme a miles de kilómetros de casa que a las primeras gotas buscaba con la mirada la figura blanca con los brazos abiertos del Tuna y su circulo de exclusión a lo mojado.
La última vez que lo vi fue en aquella, su Nochebuena final, cuando se me acercó por detrás tocándome el hombro en un llamado para que lo siguiera. Atravesamos el patio de los helechos, el pasillo del descubrimiento de las tetas, el zaguán de los trasnochados, hasta la calle que nos estaba esperando vestida de noche en vísperas del gran acontecimiento. Caminamos juntos pero respetuosamente distantes hacia la esquina de aquella calle Quinquela que atesoraba el viejo buzón rojo y negro que había servido de apoyo a más de un  malevo, y cruzando en diagonal terminamos en el almacén que se había convertido sólo por aquella noche en un dispensario de explosiones y chispas de diferentes colores envueltas para regalo para aquél que las pudiera pagar. El Tuna me hizo una seña con la cabeza que decía : "dale pibe, elegí lo que quieras" y cañitas, triángulos, rompeportones y otros productos de los que ahora no recuerdo el nombre, pasaron a formar parte de mi regalo de Navidad.
Una vez pagado y empaquetado, el hombre del agujero en la garganta se inclinó y me dijo varias palabras gorgoteantes en un solo ronquido, que por la seriedad de su semblante seguramente eran de gran relevancia. Tan importantes como el secreto para convocar la lluvia y que no te toque. Le dije que sí. El se puso contento por que lo había comprendido y me palmeó el hombro como quién felicita a un cachorro que aprendió el truco más difícil.
Han transcurrido tantos años que la memoria se vuelve engañosa pero aún sigo intrigado por aquellas palabras no oídas, pensando que tal vez todo habría sido diferente de no haberle mentido. Que de haber prestado un poco más de atención hoy posiblemente  podría estar desmaquillando mujeres con la mirada, dibujando figuras en las nubes o que tal vez , solo tal vez, la lluvia me estaría evitando permanentemente.


OPin
Agosto 2018

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13 de agosto de 2018

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Me repartes un recuerdo, ¡por favor!


No era tarde, tampoco temprano. No tanto para salir corriendo de mi casa con el temor a llegar tarde y ganarme otra vez una llamada de atención. Cabe mencionar que, con mi ya casi habitual impuntualidad, estoy rozando el límite y en una de esas me echan a la calle con todas mis cosas, si es que estas “cosas” pueden llamarse así y acceder a esa categoría, ya que mis compañeros mas bien las llaman porquerías. No todo en mi trabajo es malo, hay días que para despertarme trato de visualizar esas escasas cosas que podría decir como buenas, pero reflexionando un poco más, termino solo con cosas menos malas y hasta aquí termino con eso.

Mas bien escribo estas palabras para hablar de otra cosa, la verdad no sé por qué mi impuntualidad y mis cosas serían tan relevantes como para ser el inicio de este relato, pero ahí están y no pienso borrarlas aun que mi mente tan alocada insista en hacerlo. Me pasan mucho este tipo de cosas. Pretendo hacer algo, pero mi cerebro me juzga y en ocasiones me gana, otras no.  Detesto cuando me gana, ya que la razón es cosa seria, estoy tan seguro de que mi cerebro no se divide en hemisferios, como los que saben lo dicen, mas bien yo creo que está separado por lo serio o solemne y lo no serio o coloquial, así de fácil y sin tanta cosa. Me queda claro que la división lógica sería mitad y mitad, pero en mi caso, y creo que en muchos más casos de los que la gente sabe o quiere saber, es ochenta veinte. Ósea, me explico mejor aclarando que ochenta por ciento lo no serio y veinte por ciento lo serio. No al revés como tal ves pensaron que estaba apuntando. No me desvío y les explico a dónde quiero llegar con lo de mi cerebro, la idea es que me entiendan las batallas que mi parte seria tiene que librar, con esa minoría a logrado que lleve una vida rutinaria, ya saben lo típico como estudios, trabajo y pagar la cuentas, pero hasta ahí…. Eso de aceptar cabeza y tener esposa e hijos no le basta, para ello creo yo que mínimo con el treinta. Soy joven aun así que no descarto nada (aclaro que esto último no lo escribí yo).

Recordaba las cosas buenas de mi trabajo, ahí es donde quiero llegar y por una u otra razón solo me desvío, han de pensar que soy un desastre y no tengo idea que escribir y solo ando redondeando frases para hacerme el interesante, aunque les confieso que algo hay de eso. En realidad, todos nosotros lo hacemos. Solo tecleamos y tecleamos cosas para que el conteo de palabras que nuestro aliado y querido Word nos marque y así poder presumir las miles de líneas y palabras que escribimos. Por favor no me juzguen aún, solo esperen y veamos si logro llegar o no, les adelanto que la mayoría de las veces no llego.

¿Ya les platiqué de mi nuevo trabajo? ¡No, verdad! Tantas palabras y no le dije eso… en serio que soy malo en esto. Bueno pues soy repartidor de recuerdos. Si exacto: de recuerdos, leyeron bien. Y por si no saben que es un recuerdo, pues es todo aquello que guardamos en nuestra memoria que no nos acordamos y dejamos ahí guardado en la parte seria. Almacenado y ocupando lugar que impide espacio para más. Por eso al recordarlo lo ponemos en estado neutral desocupando lugar y dejándonos pensar un poco más serio. No me mal entiendan, yo soy el primero que deseo que mi parte seria esta llena hasta no poder pensar más, pero al final las cosas no funcionan así y nada que hacer con ese tema. Pero como mi trabajo no es aleccionar a nadie y ni pretendo hacerlo voy a dejar de hablar de esto y mejor les cuento más de mi trabajo.

Como yo somos varios, mas bien lo fuimos y como tal ahora nos encontramos en este estado neutro. Podemos ver cosas que ustedes no. Tal vez con esto y con su buena memoria regresan al principio y se cuestionan quien ese ese jefe por qué se requiere puntualidad. Pues se lo aclaro fácil: es un trabajo. Todos tienen horario y jefe. Bueno obvio algunos si eres muy afortunado no.  Mi jefe a su vez tiene otro jefe y así sucesivamente hasta llegar a quien sabe dónde.

Mi problema es que tengo el sueño pesado. Siempre tuve allá y ahora lo he tenido aquí. Ese es mi gran defecto y la razón principal del por que me hallo en este estado y en este trabajo. Lo que me reclutaron están muy al tanto de quienes podemos ser parte de este leal escuadrón de recordantes profesionales desde que fuimos usuarios del servicio. Y, yo si lo fui y por muchos y muchos años. Mi problema y disculpen si soy repetitivo (llevo 828 palabras… son pocas.) es que mi sueño pesado me metió en tantos problemas de los que me era difícil salir hasta que el último no salí más dejándome hasta aquí. No es que era muy activo como para quedarme dormido donde fuera, la realidad es que mi cuerpo era pesado. No por el tamaño, nada más me costaba trabajo moverlo de más. Y mis párpados era los mas pesados, mantenerlos abiertos era un verdadero reto. Y así podría quedarme dormido en cualquier lugar ante cualquier situación. Lo bueno de llevar una vida con más horas de dormir de las que están destinadas es que la parte seria del cerebro está mas activa, aunque les suene incongruente así es ya que dormidos no pensamos en tonterías ni locuras solo soñamos pedacitos de lo que recordamos de lo que tal vez vivimos. Yo dormía mucho y vivía poco, así fue como se me paso la vida y no viví poco, más bien dormí mucho. Disculpen la redundancia, pero si es importante aclarar esto, y si eres de los que duerme mucho y vives poco como yo, pues ya sabes que después puedes aspirar a este trabajito y si eres de los que duerme poco y vives mucho, pues felicidades.

Cada cosa tiene un motivo, mi cosa como la de ustedes también y si me escondo para escribir esto mas vale que sea aprovechado y logre explicar por que pasa lo que pasa cuando de repente y así de la nada nos viene a la mente algo que pasó o pudo pasar. Verán este trabajo es constante, solo que nos dividimos por turnos para poder descansar. Es lógico que un grupo de dormilones lo requiera ¿no creen? No éramos precisamente atletas…  Bueno ven, ahí me desviaba otra vez. No llevo mucho tiempo en esto y con exactitud me es difícil saber cuánto, aquí contamos diferente. Cambié hace poco, ya que soy de los mensajeros jóvenes y con poca experiencia. Lo bueno es que me tocó un gran tutor quién, además de ser condescendiente con mi impuntualidad, me explica con calma bien esta labor para no causar algún mal recuerdo innecesario. Por que los malos recuerdos duelen y si algo me quedó claro de cuando sentía, era lo desagradable del dolor. Es peor causarlo que sentirlo, si eso lo tenemos claro desde allá, seremos mejores mensajeros. Y si  tenemos que hacerlo es por que era necesario y ese dolor tenía que ser sentido, y así las cosas.

No era tarde ni temprano, pero ya por andar perdiendo el tiempo en esto se me hizo tarde, otra vez. De verdad que mi mente, que es ahora lo único que me queda, divaga y se va y viene. Como deseo poder dormir mas y así no estar pensando en tantas tonterías. Me espera un regaño eso es claro, más bien me espera otro regaño a manera de llamada atención. No crean que soy uno de esos descarados que saben que hacen mal y no les importa. Este trabajo es bueno y no quiero perderlo. No creo que se de las cosas que puedes perder. Además, es bonito ver los rostros de la gente que recuerda, y como dice mi tutor: recordar es vivir de nuevo.

No me olvides.




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10 de agosto de 2018

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Sensaciones


Amenaza lluvia, el cielo está gris, la tarde se vuelve noche en un apresurado crepúsculo. Las primeras gotas golpean tintineantes contra los vidrios de la casa.
El trueno llega explosivo y el chaparrón se descarga, y lo inunda todo. 
Las gárgolas se montan en las nubes mientras el zigzagueante resplandor de los relámpagos ilumina la húmeda oscuridad.
Un torrente cubre el camino que se transforma en cauce. Los árboles se contornean anunciando el arribo del viento. La lluvia deja de ser mansa, las ventanas se cierran con prontitud. El temporal arrecia por dos días.
Su saldo será el desplome de algunos especímenes autóctonos, techos de chapa que no estarán, un campo que sonríe, y la incomparable y grata sensación de respirar un aire limpio, de mirar un cielo diáfano y de saber que la vida continúa.

Imagen del pintor argentino, Jorge Frasca
 No te duermas sin un cuento

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8 de agosto de 2018

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Bésame

Dos ranas en la panza de una serpiente hablaban sobre su destino.

-Bésame.

-Que me dejes. No pienso besar a un sapo de charca. ¿Pero tú te has visto?, yo soy gigante ágil, estilizada y saltarina y tú eres muy pequeño y gordo: un nido de verrugas incapaz de saltar tan alto como yo.

-¡No seas tonta! Si me besas me convertiré en el más gallardo de los príncipes y te sacaré de aquí.

-¡Sí, claro! A mí no me vengas con cuentos, batracio asqueroso. Además, aquí dentro soy feliz. No vivo a la intemperie debajo de una piedra ni huele a fango. Y para alimentarme no he de ir a la caza de bichos inmundos, ¡pero si aquí me sobra la buena comida!

-¡Serás necia! Aquí dentro la única comida que hay somos tú y yo. Bésame y escapemos, no seas estrecha.

-¡Que me dejes!, ¡todos los sapos pensáis en lo mismo!

-Que no, ranita linda. Yo soy diferente. Bésame y verás como me transformo en príncipe y te llevo lejos de aquí.

-¡Pero qué pesado eres, sapo enano! Ya te he dicho que aquí estoy mejor que en la charca y que no me falta de nada.

-Eso te pasa porque tienes el síndrome ese del poblado vikingo. Estás demasiado tiempo en la barriga de esta boa y las sombras de esta caverna te ciegan con la idea de que no hay nada mejor ahí fuera.

La rana estaba hambrienta y harta de la cháchara del sapo, aunque sonreía por dentro porque ya sabía cómo iba a acabar la historia.

-Mmm, bueno, vale. - croó la aburrida rana - Pero ponte de espaldas que soy muy tímida y me da vergüenza que me veas colorada.

Entonces, cuando el confiado sapo se giró, la rana dio un brinco y se lo zampó.

- Idiota - sonrió mientras se relamía y se tumbaba sobre una hermosa hoja de loto a esperar al siguiente incauto- . Todos los sapos que me trae esta culebra son iguales.

Inma Barranco


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