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29 de agosto de 2018

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El secreto de la lluvia


Nadie pudo explicarme jamás si fue culpa de la difteria, de la maldita poliomielitis o una mal tratada tuberculosis laríngea. La cuestión es que en un impreciso momento del pasado Saturnino Benigno Carrizo decidió cambiarse el nombre para darse a conocer únicamente por el apodo de "El Tuna", acción que, dicho sea de paso, resultó totalmente inútil, ya que de todos modos lo recordábamos como el tipo con el gran agujero en la garganta.
Por entonces mi mente infantil solía fantasear que dicho orificio era el resultado del impacto de  un proyectil disparado por el trabuco de algún  gaucho maula o por un arcabuz de pirata oculto en una pata de palo. Tal vez por eso prefería no preguntar y aferrarme a la aventura que libremente le dibujaba a esa cara.
La primera vez que lo vi se encontraba parado en medio del patio de los helechos, en plena lluvia torrencial, con los brazos abiertos y sin ser tocado por gota alguna. Uno se daba cuenta a simple vista pues se notaba su camisa blanca de lino totalmente seca y el peinado a la gomina impecable y sin chorrear.
Abuela Paula nunca me dejaba acercar a esos macetones gigantes que en cantidad de veinte albergaban los helechos más grandes que había visto en mi vida. Ella sabía que yo no podía resistirme a tomar cada tallo entre mis dedos y en un solo movimiento deslizarlos mientras las hojas se desprendían con un ruido similar al de un cierre relámpago cubriendo el suelo con un adelantado y verde otoño. Por eso me vigilaba desde la ventana de la cocina con una varita de paraíso a mano, como para que aprendiera. Esa pequeña y flexible vara  era el mejor correctivo inventado en los anales de la pedagogía. Ella lo sabía y también me lo hacía saber.
Pero para mi mal, ahí estaba el Tuna con sus brazos en cruz desde mucho antes de que la lluvia se desencadenara llamándome en silencio hacia el territorio prohibido de la abuela. Dicen que apenas sentía el petricor por el agujero en su garganta, salía corriendo hacia la puerta para hacer cruces de sal en la entrada y volvía para pararse ahí, en el medio, con su blanca pelambre iluminada.
Pronto aprendí a adentrarme a escondidas en ese circulo de sequía que lo rodeaba y con la mirada interrogarlo sobre tamaña magia sin sentido. El sólo sonreía desde su árido espacio . Pero aunque le hubiera hecho la pregunta pronunciando con exageración todas las vocales y consonantes, era seguro que la respuesta se disiparía en ronquidos y ahogos que ni siquiera el laringófono podría lograr hacerme inteligible por encima del ruido de la lluvia que lo rodeaba.
Vivía con dos hermanas. Ninguna de ellas había demostrado contar con similares habilidades mágicas, con la honrosa excepción de haberse mantenido célibes hasta la tumba. Isolina la más férrea y contestataria y Yolanda la más sumisa y contemporizadora. La primera gorda y la segunda sorda. Una jubilada de la fábrica de fósforos Ranchera y la otra de Medias París. Pero del Tuna no existían antecedentes declarados, salvo que el hermano poseía el don de desmaquillar mujeres con la mirada y observar así a sus dueñas a cara lavada sin siquiera tocarlas, o que el primo Gervasio era el responsable de darle a las nubes formas de animales. Un poder muy popular e inútil que se venía traspasando de padres a hijos desde épocas inmemoriales, sin que nadie en el planeta supiera que no era la casualidad ni la imaginación la que ponía esas figuras flotando frente a sus miradas.
Al Tuna lo supuse ferroviario como mi abuelo, operario textil, carpintero, colectivero, bombero o mago. Y, claro, ésta última era la opción que más puntos había ganado.
Muy a mi pesar, de entrada el pobre hombre me resultó aterrador. Cuando hablaba me recorría un escalofrío por la espina, cuando se alimentaba mis ojos buscaban algún escape indecoroso de comida y cuando tosía, ese trapo que usaba como tapón me resultaba en extremo repulsivo per se. Claro que el Tuna era un pan de Dios y  mis remilgos sumamente exagerados y faltos de empatía.
Como resultado, por años su estampa me recordó la lluvia. Podía encontrarme a miles de kilómetros de casa que a las primeras gotas buscaba con la mirada la figura blanca con los brazos abiertos del Tuna y su circulo de exclusión a lo mojado.
La última vez que lo vi fue en aquella, su Nochebuena final, cuando se me acercó por detrás tocándome el hombro en un llamado para que lo siguiera. Atravesamos el patio de los helechos, el pasillo del descubrimiento de las tetas, el zaguán de los trasnochados, hasta la calle que nos estaba esperando vestida de noche en vísperas del gran acontecimiento. Caminamos juntos pero respetuosamente distantes hacia la esquina de aquella calle Quinquela que atesoraba el viejo buzón rojo y negro que había servido de apoyo a más de un  malevo, y cruzando en diagonal terminamos en el almacén que se había convertido sólo por aquella noche en un dispensario de explosiones y chispas de diferentes colores envueltas para regalo para aquél que las pudiera pagar. El Tuna me hizo una seña con la cabeza que decía : "dale pibe, elegí lo que quieras" y cañitas, triángulos, rompeportones y otros productos de los que ahora no recuerdo el nombre, pasaron a formar parte de mi regalo de Navidad.
Una vez pagado y empaquetado, el hombre del agujero en la garganta se inclinó y me dijo varias palabras gorgoteantes en un solo ronquido, que por la seriedad de su semblante seguramente eran de gran relevancia. Tan importantes como el secreto para convocar la lluvia y que no te toque. Le dije que sí. El se puso contento por que lo había comprendido y me palmeó el hombro como quién felicita a un cachorro que aprendió el truco más difícil.
Han transcurrido tantos años que la memoria se vuelve engañosa pero aún sigo intrigado por aquellas palabras no oídas, pensando que tal vez todo habría sido diferente de no haberle mentido. Que de haber prestado un poco más de atención hoy posiblemente  podría estar desmaquillando mujeres con la mirada, dibujando figuras en las nubes o que tal vez , solo tal vez, la lluvia me estaría evitando permanentemente.


OPin
Agosto 2018

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13 de agosto de 2018

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Me repartes un recuerdo, ¡por favor!


No era tarde, tampoco temprano. No tanto para salir corriendo de mi casa con el temor a llegar tarde y ganarme otra vez una llamada de atención. Cabe mencionar que, con mi ya casi habitual impuntualidad, estoy rozando el límite y en una de esas me echan a la calle con todas mis cosas, si es que estas “cosas” pueden llamarse así y acceder a esa categoría, ya que mis compañeros mas bien las llaman porquerías. No todo en mi trabajo es malo, hay días que para despertarme trato de visualizar esas escasas cosas que podría decir como buenas, pero reflexionando un poco más, termino solo con cosas menos malas y hasta aquí termino con eso.

Mas bien escribo estas palabras para hablar de otra cosa, la verdad no sé por qué mi impuntualidad y mis cosas serían tan relevantes como para ser el inicio de este relato, pero ahí están y no pienso borrarlas aun que mi mente tan alocada insista en hacerlo. Me pasan mucho este tipo de cosas. Pretendo hacer algo, pero mi cerebro me juzga y en ocasiones me gana, otras no.  Detesto cuando me gana, ya que la razón es cosa seria, estoy tan seguro de que mi cerebro no se divide en hemisferios, como los que saben lo dicen, mas bien yo creo que está separado por lo serio o solemne y lo no serio o coloquial, así de fácil y sin tanta cosa. Me queda claro que la división lógica sería mitad y mitad, pero en mi caso, y creo que en muchos más casos de los que la gente sabe o quiere saber, es ochenta veinte. Ósea, me explico mejor aclarando que ochenta por ciento lo no serio y veinte por ciento lo serio. No al revés como tal ves pensaron que estaba apuntando. No me desvío y les explico a dónde quiero llegar con lo de mi cerebro, la idea es que me entiendan las batallas que mi parte seria tiene que librar, con esa minoría a logrado que lleve una vida rutinaria, ya saben lo típico como estudios, trabajo y pagar la cuentas, pero hasta ahí…. Eso de aceptar cabeza y tener esposa e hijos no le basta, para ello creo yo que mínimo con el treinta. Soy joven aun así que no descarto nada (aclaro que esto último no lo escribí yo).

Recordaba las cosas buenas de mi trabajo, ahí es donde quiero llegar y por una u otra razón solo me desvío, han de pensar que soy un desastre y no tengo idea que escribir y solo ando redondeando frases para hacerme el interesante, aunque les confieso que algo hay de eso. En realidad, todos nosotros lo hacemos. Solo tecleamos y tecleamos cosas para que el conteo de palabras que nuestro aliado y querido Word nos marque y así poder presumir las miles de líneas y palabras que escribimos. Por favor no me juzguen aún, solo esperen y veamos si logro llegar o no, les adelanto que la mayoría de las veces no llego.

¿Ya les platiqué de mi nuevo trabajo? ¡No, verdad! Tantas palabras y no le dije eso… en serio que soy malo en esto. Bueno pues soy repartidor de recuerdos. Si exacto: de recuerdos, leyeron bien. Y por si no saben que es un recuerdo, pues es todo aquello que guardamos en nuestra memoria que no nos acordamos y dejamos ahí guardado en la parte seria. Almacenado y ocupando lugar que impide espacio para más. Por eso al recordarlo lo ponemos en estado neutral desocupando lugar y dejándonos pensar un poco más serio. No me mal entiendan, yo soy el primero que deseo que mi parte seria esta llena hasta no poder pensar más, pero al final las cosas no funcionan así y nada que hacer con ese tema. Pero como mi trabajo no es aleccionar a nadie y ni pretendo hacerlo voy a dejar de hablar de esto y mejor les cuento más de mi trabajo.

Como yo somos varios, mas bien lo fuimos y como tal ahora nos encontramos en este estado neutro. Podemos ver cosas que ustedes no. Tal vez con esto y con su buena memoria regresan al principio y se cuestionan quien ese ese jefe por qué se requiere puntualidad. Pues se lo aclaro fácil: es un trabajo. Todos tienen horario y jefe. Bueno obvio algunos si eres muy afortunado no.  Mi jefe a su vez tiene otro jefe y así sucesivamente hasta llegar a quien sabe dónde.

Mi problema es que tengo el sueño pesado. Siempre tuve allá y ahora lo he tenido aquí. Ese es mi gran defecto y la razón principal del por que me hallo en este estado y en este trabajo. Lo que me reclutaron están muy al tanto de quienes podemos ser parte de este leal escuadrón de recordantes profesionales desde que fuimos usuarios del servicio. Y, yo si lo fui y por muchos y muchos años. Mi problema y disculpen si soy repetitivo (llevo 828 palabras… son pocas.) es que mi sueño pesado me metió en tantos problemas de los que me era difícil salir hasta que el último no salí más dejándome hasta aquí. No es que era muy activo como para quedarme dormido donde fuera, la realidad es que mi cuerpo era pesado. No por el tamaño, nada más me costaba trabajo moverlo de más. Y mis párpados era los mas pesados, mantenerlos abiertos era un verdadero reto. Y así podría quedarme dormido en cualquier lugar ante cualquier situación. Lo bueno de llevar una vida con más horas de dormir de las que están destinadas es que la parte seria del cerebro está mas activa, aunque les suene incongruente así es ya que dormidos no pensamos en tonterías ni locuras solo soñamos pedacitos de lo que recordamos de lo que tal vez vivimos. Yo dormía mucho y vivía poco, así fue como se me paso la vida y no viví poco, más bien dormí mucho. Disculpen la redundancia, pero si es importante aclarar esto, y si eres de los que duerme mucho y vives poco como yo, pues ya sabes que después puedes aspirar a este trabajito y si eres de los que duerme poco y vives mucho, pues felicidades.

Cada cosa tiene un motivo, mi cosa como la de ustedes también y si me escondo para escribir esto mas vale que sea aprovechado y logre explicar por que pasa lo que pasa cuando de repente y así de la nada nos viene a la mente algo que pasó o pudo pasar. Verán este trabajo es constante, solo que nos dividimos por turnos para poder descansar. Es lógico que un grupo de dormilones lo requiera ¿no creen? No éramos precisamente atletas…  Bueno ven, ahí me desviaba otra vez. No llevo mucho tiempo en esto y con exactitud me es difícil saber cuánto, aquí contamos diferente. Cambié hace poco, ya que soy de los mensajeros jóvenes y con poca experiencia. Lo bueno es que me tocó un gran tutor quién, además de ser condescendiente con mi impuntualidad, me explica con calma bien esta labor para no causar algún mal recuerdo innecesario. Por que los malos recuerdos duelen y si algo me quedó claro de cuando sentía, era lo desagradable del dolor. Es peor causarlo que sentirlo, si eso lo tenemos claro desde allá, seremos mejores mensajeros. Y si  tenemos que hacerlo es por que era necesario y ese dolor tenía que ser sentido, y así las cosas.

No era tarde ni temprano, pero ya por andar perdiendo el tiempo en esto se me hizo tarde, otra vez. De verdad que mi mente, que es ahora lo único que me queda, divaga y se va y viene. Como deseo poder dormir mas y así no estar pensando en tantas tonterías. Me espera un regaño eso es claro, más bien me espera otro regaño a manera de llamada atención. No crean que soy uno de esos descarados que saben que hacen mal y no les importa. Este trabajo es bueno y no quiero perderlo. No creo que se de las cosas que puedes perder. Además, es bonito ver los rostros de la gente que recuerda, y como dice mi tutor: recordar es vivir de nuevo.

No me olvides.




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10 de agosto de 2018

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Sensaciones


Amenaza lluvia, el cielo está gris, la tarde se vuelve noche en un apresurado crepúsculo. Las primeras gotas golpean tintineantes contra los vidrios de la casa.
El trueno llega explosivo y el chaparrón se descarga, y lo inunda todo. 
Las gárgolas se montan en las nubes mientras el zigzagueante resplandor de los relámpagos ilumina la húmeda oscuridad.
Un torrente cubre el camino que se transforma en cauce. Los árboles se contornean anunciando el arribo del viento. La lluvia deja de ser mansa, las ventanas se cierran con prontitud. El temporal arrecia por dos días.
Su saldo será el desplome de algunos especímenes autóctonos, techos de chapa que no estarán, un campo que sonríe, y la incomparable y grata sensación de respirar un aire limpio, de mirar un cielo diáfano y de saber que la vida continúa.

Imagen del pintor argentino, Jorge Frasca
 No te duermas sin un cuento

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8 de agosto de 2018

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Bésame

Dos ranas en la panza de una serpiente hablaban sobre su destino.

-Bésame.

-Que me dejes. No pienso besar a un sapo de charca. ¿Pero tú te has visto?, yo soy gigante ágil, estilizada y saltarina y tú eres muy pequeño y gordo: un nido de verrugas incapaz de saltar tan alto como yo.

-¡No seas tonta! Si me besas me convertiré en el más gallardo de los príncipes y te sacaré de aquí.

-¡Sí, claro! A mí no me vengas con cuentos, batracio asqueroso. Además, aquí dentro soy feliz. No vivo a la intemperie debajo de una piedra ni huele a fango. Y para alimentarme no he de ir a la caza de bichos inmundos, ¡pero si aquí me sobra la buena comida!

-¡Serás necia! Aquí dentro la única comida que hay somos tú y yo. Bésame y escapemos, no seas estrecha.

-¡Que me dejes!, ¡todos los sapos pensáis en lo mismo!

-Que no, ranita linda. Yo soy diferente. Bésame y verás como me transformo en príncipe y te llevo lejos de aquí.

-¡Pero qué pesado eres, sapo enano! Ya te he dicho que aquí estoy mejor que en la charca y que no me falta de nada.

-Eso te pasa porque tienes el síndrome ese del poblado vikingo. Estás demasiado tiempo en la barriga de esta boa y las sombras de esta caverna te ciegan con la idea de que no hay nada mejor ahí fuera.

La rana estaba hambrienta y harta de la cháchara del sapo, aunque sonreía por dentro porque ya sabía cómo iba a acabar la historia.

-Mmm, bueno, vale. - croó la aburrida rana - Pero ponte de espaldas que soy muy tímida y me da vergüenza que me veas colorada.

Entonces, cuando el confiado sapo se giró, la rana dio un brinco y se lo zampó.

- Idiota - sonrió mientras se relamía y se tumbaba sobre una hermosa hoja de loto a esperar al siguiente incauto- . Todos los sapos que me trae esta culebra son iguales.

Inma Barranco


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22 de junio de 2018

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A mi sobrina


Tu no lo sabes aún, pequeña Olivia, pero los recién nacidos son el Año Cero, el boton reset, la levadura madre. Son la curva que no te esperas, el cuaderno en blanco. Eres demasiado menuda para saber que cuando nace un niño todo se para y se borra y se comienza de nuevo. Que cuando nace un niño se hacen las paces con el mundo, con los demás, con nostros mismos. Eres el principio y el final feliz, la protagonista de todas las historias. Tienes el poder de la creación, abriendo los ojos has hecho nacer un padre y una madre. 

No lo sabes todavía, pero te esperan una bandada de primos de todos los grados, tu casa y tu cuna nueva. Te esperan días de brazo en brazo y una enorme familia y no habrá boca que no diga tu nombre con arrebato. Te esperan tus perros, los manguitos de la piscina y la antologia completa del Señor de los Anillos, de la que no podrás escapar. Te esperan las tardes al sol, la ermita de la Sierra y el Coto Tobarrillas. Las brasas para el cordero y el chocolate escondido en la mano de la abuela. 

Pequeña Olivia, tu no has venido al mundo, es el mundo que se acerca a ti para darte un beso en la frente, de puntillas y en silencio, para que no te despiertes. 

Carmen Lozano


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14 de mayo de 2018

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Tarde


La tarde comenzaba a desvanecerse y lo observaba por la ventana de mi habitación, el cielo se volvió en tonos anaranjados dejando atrás el cielo azul que había predominado durante el día... Un huracán de pensamientos atiborraban mi mente, de repente como si lo hubiera llamado, la puerta de mi casa comenzó a vibrar, alguien la golpeaba desesperadamente como si una tormenta se encontrara afuera y lo único que se busca es un refugio.

Se preguntarán: ¿acaso vives sola? no, claro que no, vivo con mi familia, sin embargo todos trabajan, y por ser temporada de vacaciones, no tengo asuntos escolares por atender.

Pero a pesar de los golpes en la puerta no iba a abrir abruptamente, necesitaba cerciorarme de que sería seguro abrirla, así que pregunte: -¿Quién?- y los golpes cesaron, me acerqué a la puerta y si percibía la respiración de alguien, volví a preguntar y esta vez contestaron: .-yo- los vellos de mi cuerpo, mi corazón y mis pensamientos se volvieron locos, era él, pero ¿qué demonios hacía afuera de mi casa?...

Me volví a verme en el espejo de la sala, era un hermoso desastre mi aspecto en esa tarde, sin embargo lo único que haría sería abrir la puerta, correrlo y listo, continuaría como si nada, sin embargo al abrir la puerta el rápidamente se abalanzó sobre mi, no para estrangularme y así eliminar uno de sus mayores problemas, sino que me abrazó como un niño abraza a su peluche en una noche tétrica y tormentosa, <<¿Qué le pasó?>> me preguntaba, quizá yo muy tonta, creí que había terminado con ella, sin embargo después de ese largo abrazo que hubo en la puerta de mi casa, lo pasé pues no quería que los vecinos chismosos sacaran conclusiones, el solo se limito a verme y disculparse, se disculpaba por cualquier acción que haya provocado mi molestia una noche antes en su apartamento, el como todo buen hombre aún no comprendía lo mucho que me molestaba su relación, creyó que sus acercamientos me habían incomodado, pero como podía ser posible si lo único que yo deseaba era que el se acercara a mi de la manera más intima y pasional que pueden tener dos personas que se aman... así que tomé la determinación, me acerqué mucho a su rostro, el muy torpemente me tomó de mi cintura, rozamos nuestras narices, primero un beso en la mejilla, otro en la comisura, en la nariz y por fin en los labios..


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12 de marzo de 2018

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Sol de cuarta vida


Tengo ganas de hacerme un mate que me lleve a recorrer paredes ajenas. Cuatro, de ser posible... que  me inciten e inviten a mirar por la ventana a este sol latente que llama a una lluvia nueva. Y que me abraces por la espalda y te quedes en silencio mirando el horizonte de sucios sonidos a ciudad. Y me invites a hacerte todo lo que quiero que me hagas, y sudemos juntos mientras se hincha el mate a una corta distancia... y que se sienta una risita, tuya o mía, que me obligue a pensar en ojos marrones, tuyos o míos, y que me obligue a olvidarme de esos tantos verdes que me atormentan. Y que volvamos la vista al sol y lo saludemos con un pucho tenue, y mientras cebás un mate me detenga en tu cuerpo desnudo, sudado, impregnado de todo el mío... y que te diga al oído todo lo que siento... lo bueno, lo malo, lo intermedio... y si por alguna razón que desconozco sentís la necesidad de vestirte en mi presencia, encuentres difícil hacerlo... y que te rías y te acerques a darme un beso y me cebes otro mate...


Eugene
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22 de febrero de 2018

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¿Dulce o Truco?


Mis manos rabian por enredarse en su escote y mi boca babea por recorrer su piel. Los ojos, únicos privilegiados, me empiezan a arder cuando ella se despoja del brassiere. Estoy a punto de perder la apuesta, no del primero en acabar desnudo, sino de quién desnuda más al acabar. Todavía puedo darme el lujo de llevar los pantalones puestos, sin embargo me pregunto por cuánto tiempo habrán de soportar la presión de mi entrepierna sin hacerla evidente a través de la tela del blue jean.
Debí haberme decidido por “dulce”, puestos a elegir o comparar tentaciones a ellos soy con vasta diferencia inmune, pero otra vez me vuelvo marioneta de las ganas, el deseo y el morbo que rechaza con rotundidad la sensatez al atisbo de una curva femenina.
Para meternos en materia y resumir, ella consiente el placer si se le alegra el estómago y yo, si se me alegra la vista. No es de extrañar que ella esté más libre de prendas, aunque frecuentemente con la boca llena y yo, más vestido de lo que quisiera y con la boca echa agua por su culpa.
—De esta agua no beberás... —Susurra tal si adivinara el rumbo de mis pensamientos. Se relame un bocado maliciosa y yo, ya casi deshidratado por la sed que me provoca, le doy un sorbo al vaso de coñac. Se me forma un nudo en la garganta ante la visión de sus pechos bamboleándose y los movimientos perceptibles de mi manzana de Adán deben de enviarle señales de mi lucha interna. Sonríe a posta y sé que en silencio empieza a proclamar su victoria.
Vuelve a ser mi turno, pregunto si dulce o truco, mas a ésta regordeta no le apetece tanto verme desnudo como comer y va y se traga una cucharada entera del postre con un deleite solo comparable al tamaño de sus proporciones. A mí ya me comienza a morder de más el placer. Me pican en demasía las manos por encontrarse tan vacías cuando hay tanto con lo cual llenarlas a su alcance. La zurda, siempre preñada de malas intenciones, se rebela testaruda contra el frente delantero de mi verduga y es obligada a batirse en retirada con una rauda y contundente palmada de la zurda adversaria.
—Ca-ca —me reprende—. Mientras haya postre sobre la mesa el juego no se acaba.
—Gorda, no hagas trampa, es hasta que alguno se quede sin prendas y a ti nada más te queda la tanga.
—Dale, ahora inventa... ¿Vas a seguir mis reglas o las tuyas?
—Las tuyas, claro —convengo, calculando que siguiendo su pauta mis deseos conseguirán materializarse en menor tiempo. Solo queda un bocado del postre cuando me hace por enésima vez la pregunta y yo, no interesado en retrasar el asunto un turno más, decido cambiar por primera vez mi respuesta:
—Dulce.
Ante su mirada sorprendida me llevo el sobrante del postre a la boca, las órbitas parecen agrandársele a medida que mastico el pedazo de pastel. Está mejor de lo que creí, la crema se me adhiere al paladar, trazas de nueces o almendras rozan mis dientes y mi lengua se deshace complacida. Se me escapa un gemido de puro gusto y cuando termino de dar cuenta de tal delicia me percato de que, estupefacta, mi verduga me observa con los ojos en blanco.
— ¡Lambucio! ¡Ese pedazo era mío!
—Y todo lo que tú llevas ahí también... ¡Y ni siquiera me lo has dejado probar!
Replico sin sentirme culpable en tanto me aproximo dispuesto a darle a ella un buen mordisco. Da un paso atrás, levanta la diestra recriminadora con el índice como mensajero de su negativa. Me quedo plantado en el mismo sitio por unos minutos mientras la veo ir y volver de la cocina. Trae un vaso entre manos y, sin dejar entrever nada en su rostro, me lo ofrece.
—Ten, para la sed y el calor. Esta es la única agua de la que esta noche beberás.
Seria y resuelta me da la espalda, me abandona en la sala.
“¡No me lo puedo creer!”
Entretanto se bambolea hacia la habitación casi desnuda mi entrepierna eleva su queja, me arden no solo las manos por el deseo insatisfecho. Escucho al vaso de agua burlarse: “eso te pasa por comerte el dulce incorrecto”. Me desquito vaciándolo sobre mi cabeza.
Tarde me doy cuenta de que ni esa agua me bebí. Aunque para el calor y la sed... ni la ducha va a servir.


Fritzy Zamor

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31 de enero de 2018

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El don



Se dispararon las puertas y cajones de la cocina y los cacharros volaron hasta estrellarse contra el suelo. Los vasos y los platos se estamparon contra la pared de enfrente y entonces mi abuela Cayetana supo que yo acababa de nacer.

Así me lo contó ella, a mis quince años, en Villananitos, a orillas del Mar Menor, en la noche de San Juan, mientras me miraba con sus ojos amarillo vibrante:

—Apenas pesaste al nacer dos kilos, Coqui, hijica, ¡cómo serías de chiquitilla, que tu padre te mecía en la palma de su mano! Apoyaba tu cabeza en su dedo corazón, tu cuerpo caía a lo largo de la base de sus dedos y tus piernas apenas llegaban a sus muñecas. Si es que eras ochomesina y no estabas desarrollada. Tus orejas, tus ojos y tus puños estaban cerrados y cubiertos por un telo transparente que fue desapareciendo poco a poco. Eras tan prematura que te tuvieron a suero de una misma vaca hasta que tu estómago maduró. ¡Eres un milagro!

—No sé si te contó tu madre que, desde que naciste, una paloma te seguía a todas partes y volaba tras el coche cuando tu padre conducía contigo dentro. Recorrió Marruecos viajando con vosotras. Fueses donde fueses, ahí estaba. Eso indica que tienes mano santa. ¡Si hasta los pavos se duermen cuando los tocas!

Me explicó que algo parecido ocurrió al nacer ella. Su tía abuela Remedios supo que quien acaba de venir al mundo traía con ella el don porque los animales del corral y los perros se movían inquietos, como si hubiese un terremoto y, además, el cielo estaba azul a pesar de la granizada que caía. A sus quince años y en la noche de San Juan, le leyó el porvenir al igual que ella me lo haría a mí aquella noche.

—Por entonces, —me dijo—, vivía en Nador, frente a la Mar Chica. Varias familias de pescadores del Mar Menor emigramos a Nador y a Melilla cuando la guerra porque ambos mares tienen las mismas características: una laguna salada que está separada del Mediterráneo por una franja de tierra, el mismo idioma, temperatura, hasta el mismo langostino. Mi tía Remedios, esa noche, fundió el plomo y me anunció que me casaría con un capitán de los Regulares y que yo sería una buena costurera. Que tendría dos hijos y dos hijas y que regresaríamos de nuevo al Mar Menor porque al protectorado le quedaban dos días. —Así que ya ves hijica, con el don se nace, pero es en la noche de San Juan cuando hay que explicarlo para que una no crezca pensando que está loca. —Me contó.

El resto de la familia, en la calle junto a los vecinos, amontonaba maderas y trastos viejos, rellenaban un mono azul de mecánico con paja que serviría para hacer el San Juan con el que coronarían la hoguera al son de los petardos y al olor de la gasolina. Entonces, mi abuela aprovechó el jolgorio para escabullirse; me tomó de la mano y regresamos a casa. Salimos a la cocina del patio, cogió un bote vacío y limpio de leche condensada, lo puso en el infiernillo rojo desgastado y fundió en él un gran trozo de plomo.

—Es para ver tu futuro, hijica. —Dijo misteriosa mientras vertía el plomo derretido en un cazo con agua. Según ella, esas gotas de plomo se transformarían en distintas figuras que revelarían datos sobre mi destino.

—¡Mira, un ancla! Cruzarás mares. ¿Y esto?, a ver qué parece, mmm, te casarás con un médico. Hijica, tú como yo y mi tía abuela Remedios has nacido con el don; ya te he contado la que se lio en mi cocina cuando viniste al mundo. —Decía mientras observaba uno por uno los trozos de plomo.

Cuando acabó de mirarlos los envolvió en una tira del periódico y se los guardó en el canalillo. Se dirigió a la alacena y me dio una vaina con siete habas, que secó durante el invierno, para que la pusiera bajo mi almohada. Me pidió que, nada más despertar, anotase en un cuaderno todo lo que recordara porque a partir de esa noche mágica, lo que yo soñase, se cumpliría, adivinaría el porvenir leyendo los posos de plomo y sobre quien yo pusiese mis manos sanaría.

Al acabar, busqué a mis hermanos, les conté lo de la abuela y nos reímos de ella. Me sentí una traidora cuando la vi a lo lejos; me observaba con tal tristeza y decepción que aún hoy tengo esa mirada clavada en mi alma. Ese día juré no volver a reirme de nadie más en mi vida.

Por unos años renegué de mi don, era joven y descreída y desatendía a mi voz interior, pero la vida es como una caja de puzzle y, poco a poco, fui encajando piezas sin darme cuenta. Me hice fisioterapeuta y mis clientes me llamaban ‘mano de ángel’. Pasó el tiempo y se cumplió todo lo que vaticinó mi abuela. Aprendí a convivir con mis dones con discreción. Nunca sentí estar loca, sabía que era una chica normal que pertenecía a una saga particular.

Una noche me desperté sobresaltada porque mis abuelos visitaron mis sueños. Mi abuelo murió en la cama mientras dormía. Mi abuela estaba junto a él y se desconectó de la realidad porque para ella era demasiado perder a quien la acompañó más de sesenta años. Quedó hasta su muerte como un bebé: sonriente, con mirada limpia y pícara y con una piel cada día más blanca y juvenil. Solo despertaba cuando yo la acariciaba, entonces me miraba con sus ojos amarillo vibrante y sonreía: Hijica, eres un milagro.

Hoy el ordenador ha dejado de funcionar, la batería se ha descargado de forma inexplicable, ha caído el sistema eléctrico de la calle y el coche no había forma de arrancarlo. Mi nieta acaba de nacer. Tengo guardado un buen trozo de plomo.



Fotografía: http://www.egolandseduccion.com/la-importancia-de-la-mirada/



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