26 de octubre de 2018

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Fatalidad



Aquel apuesto Director dirigía la orquesta con reiterada maestría. Verlo de espaldas, semejaba a un ave en posición de remontar vuelo. Supuse alas en sus brazos, mientras su batuta mágica despertaba la novena sinfonía de Beethoven.
Escuchar esa música arrancaba emociones latentes en el auditorio. Mi alma danzaba liberada y trepaba hasta el escenario, vibrando junto con las notas musicales que inundaban, luminosas, el entorno de los instrumentos formando un arcoiris musical.
Desde la primera fila seguí el espectáculo tal como si me desplazara en una nube melodiosa. El último acorde, síntesis perfecta del autor, marcó el final de la actuación y el de mi embrujo. Un bullicioso aplauso general estalló en la sala.
Me acerqué lentamente hasta el escenario apoyada en mis muletas convertidas, desde el accidente, en parte de mi pobre cuerpo.
Era cruel recordar y recordarle con mi implacable presencia aquél hecho siniestro que enterró mi juventud y mi belleza.
Como siempre, le entregué la rosa que había llevado para él. Como siempre, se acercó gentilmente para tomarla y agradeció con una mueca, parecida a la sonrisa de los que no sonríen nunca. Una vez más, me sumergí en la profundidad de sus ojos celestes. Fue suficiente. Mi ego estaba satisfecho.




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